Columnas
¿Plaza John Lenin?
Paseos citadinos
Por Juan Luis Rodríguez
¿Sigue siendo el Che Guevara el símbolo
más apropiado para el movimiento estudiantil en Colombia?
Como estudiante de arquitectura de la
Universidad de los Andes, recuerdo que salir de taller un viernes a las seis de
la tarde era como pasar por una zona en alerta por huracán. Ahora, como
profesor de la Universidad Nacional, salir de taller un viernes a las ocho de
la noche y pasar por la Plaza Che, se parece más a lo que uno puede ver un
domingo en el Parque Nacional. Entre todo lo que pasa, lo que más me sorprende
es que siempre hay gente bailando tango.
Con motivo del reciente paro
universitario, la actividad y el ambiente en la plaza se intensificaron, o al
menos así lo percibimos quienes anduvimos por ahí, tratando de aprovechar el
tiempo en busca de mejores soluciones que la del gobierno para el futuro de la
educación pública.
La agenda estudiantil era muy apretada.
Además de las marchas y la planificación y coordinación de actividades, había
reuniones de estudiantes y profesores a toda hora y de todo tipo. Unos
aprovecharon para expandirse contra el intervencionismo norteamericano a través
de la Unesco y del tlc, otros para criticar al gobierno por arrodillarse, unos
más para desquitarse del rector o el decano de su facultad, y algunos pocos
para discutir la contrapropuesta a la reforma de la Ley 30. Como profesor que
apoya el paro y los ideales que lo inspiran, me hice parte de un grupo que
intentaba analizar la “estética de la protesta”, buscando dar soluciones para
que fuera visualmente más efectiva.
Se trataba de multiplicar iniciativas como
la abrazatón y la besatón, o la marcha con antorchas, caracterizadas por su
pacifismo, su aceptación pública y su efectividad mediática. También buscábamos
evitar actos de vandalismo que, si bien son rechazados por la mayoría, se sabe
que quienes los cometen no son necesariamente militantes de las Farc, sino
estudiantes que todavía creen en métodos y símbolos de otras épocas.
Uno de estos símbolos es el Che Guevara.
Un duro entre duros, tan famoso por su idealismo como por su intransigencia,
convencido desde el hígado de que por las buenas no se hace una revolución. Si
la protesta estudiantil continuara como muchos quisiéramos, y se encauzara de
tal modo que el gobierno entienda que la educación es el mejor negocio posible
para la puesta al día de un país como Colombia, no se me ocurre peor héroe que
un personaje con un fusil como instrumento de trabajo. Por eso, la Plaza Che
debería reconsiderarse como símbolo y cambiar de nombre.
¿Qué puede pensar una persona que entra a
la plaza y descubre a los legendarios Che Guevara y Camilo Torres frente a
frente? ¿Qué pensaría la misma persona si encontrara, por ejemplo, un dibujo
gigante de John Lennon y Yoko Ono desnudos, uno encima del otro? Convengamos, por
lo menos, en que el mensaje sería otro.
La toponimia se utiliza en calles,
edificios y plazas por igual, por lo general con sentido conmemorativo. Avenida
Caracas, Avenida Luis Carlos Galán, Plaza del Chorro de Quevedo o Torre Eiffel
son nombres que recuerdan y celebran, pero no simbolizan nada o su símbolo no
se relaciona con el nombre. Por ejemplo, la Plaza de Bolívar no simboliza la
Independencia y la libertad sino el poder. Pero la Plaza Che es diferente:
simboliza la rebeldía y la revolución, por medio de una figura que es para
muchos un ideólogo, para muchas un buenmozo, y un salvaje para mis estándares
actuales. Acepto que fue el guerrillero por excelencia, el gran teórico de la
guerrilla latinoamericana, y el “Jesús” de la fe en la violencia como partera
de la historia. Era un hombre –joven– de su época, una época cuyos errores no
hemos dejado de pagar y cuyas culpas aún cargamos. Pero en todo caso una época
que ya pasó y tan ajena a los jóvenes de hoy como lo fue la Independencia
durante los setenta.
Sugiero entonces abrir un debate para ver
quién o qué podría convertirse en el nuevo símbolo de la plaza y de esta
generación de estudiantes. No sería la primera vez que este espacio cambia de
nombre. Hasta 1976 se llamó Plaza Santander, y fueron precisamente “los
estudiantes” quienes, mediante un acto simbólico en el que decapitaron la
estatua de Francisco de Paula Santander –el Hombre de las Leyes–, pusieron en
su lugar un árbol y pintaron a Ernesto Guevara en la pared del auditorio. No
sobra recordar que en refuerzo del acto los revolucionarios del momento
colgaron la estatua de un puente peatonal.
Un nuevo cambio de nombre podría no
agradarle a quienes se tomaron la plaza la primera vez. ¿Y qué? A quienes tiene
que gustar y para quienes debe tener significado es para sus dueños actuales.
Además, es probable que mientras la mayoría de los revolucionarios de entonces
se sintiera a gusto con un héroe violento, la mayoría de los jóvenes de hoy
preferiría un maestro de la palabra a un maestro de las armas. O, cuando menos,
sentirían más afinidad con la nueva consigna “No todo vale” que con el viejo
díctum “Todas las formas de lucha”.
Recordemos también que al penúltimo
rector, Marco Palacios, le dio por restituir al general Santander pero no pudo
porque los mismos estudiantes que protestaban contra el gobierno de turno lo
impidieron. Si respetamos la historia, solo a los estudiantes les corresponde
decidir el destino de un espacio cuya mayor potencia arquitectónica está en lo
que simboliza.
Acuerdo no habrá, eso es seguro, porque
cuando se trata de símbolos la unanimidad también suele ser inalcanzable. Ni
siquiera en la India están de acuerdo en que Gandhi sea tan importante. Los
sikhs, para quienes el atuendo es una cuestión simbólica, lo consideran un
flaquito semidesnudo y más bien afeminado; los musulmanes, un impío; y los más
indios, un mal defensor de sus tradiciones.
Mi voto para sustituir al revolucionario de fusil que domina la plaza sería John Lenin, el personaje del humorista Jaime Garzón, un revolucionario armado de consignas pacifistas y gestos humorísticos. Un candidato alterno podría ser Alfonso López Pumarejo, gestor no solo de la Universidad Nacional “moderna” sino de la educación pública en Colombia. Si López se levantara de la tumba, creo que se haría el harakiri al ver lo que está por suceder en nombre de las finanzas públicas, cuando se olvida que una buena educación pública debería considerarse una “locomotora” en un país tan rezagado como Colombia. Entre los dos, sin embargo, me quedo con el compañero John Lenin, o Jaime Garzón, porque su lección de humor e inteligencia jamás estará fuera de sitio en un claustro universitario.
Mi voto para sustituir al revolucionario de fusil que domina la plaza sería John Lenin, el personaje del humorista Jaime Garzón, un revolucionario armado de consignas pacifistas y gestos humorísticos. Un candidato alterno podría ser Alfonso López Pumarejo, gestor no solo de la Universidad Nacional “moderna” sino de la educación pública en Colombia. Si López se levantara de la tumba, creo que se haría el harakiri al ver lo que está por suceder en nombre de las finanzas públicas, cuando se olvida que una buena educación pública debería considerarse una “locomotora” en un país tan rezagado como Colombia. Entre los dos, sin embargo, me quedo con el compañero John Lenin, o Jaime Garzón, porque su lección de humor e inteligencia jamás estará fuera de sitio en un claustro universitario.
En la pared del frente, en lugar de Camilo
Torres, y en una especie de “Panteón revolucionario”, me parece que deberían
estar personajes como Gandhi, Lennon y López Pumarejo. Y para ser fieles a la
historia, las imágenes del Che y Camilo Torres deberían permanecer, acompañadas
de un retrato del general Santander, como símbolo de que a la revolución
también se llega por las leyes.
Justo cuando había dado este artículo por
terminado, recibí por correo electrónico una foto del día de la marcha
nacional, retocada por unos estudiantes que evidentemente no están de acuerdo
con desterrar al Che. En lugar de una Plaza John Lenin, ellos sugieren una
Plaza Che-Lenin, o Che-Garzón, que no solo los deja más satisfechos sino que a
mí me pone a revaluar la idea de ser tan intransigente con el símbolo. Si bien
mi desaprobación con el personaje histórico se mantiene intacta, hablando de
símbolos, y de historia de la cultura, debo reconocer que “el punto” planteado
mediante esta imagen tiene argumentos que vale la pena considerar en
serio.
Pero, más allá de cuál sea la nueva
simbología, insisto en que debería reflejar el sentir de los estudiantes en
cada momento histórico. Ellos –y nadie más– son los dueños de la plaza.
