NOVELA | 'El mapa y el territorio'
Houellebecq llega al club
Por Lorenzo Silva
Hay muchas razones para leer la última
novela de Michel Houellebecq, 'El mapa y el territorio'. Quizá, la principal
sea que después de unos cuantos libros, todos ellos interesantes y discutibles,
como es marca de la casa, el autor ha acertado a alumbrar otro puñetazo de
lucidez como aquel 'Ampliación del campo de batalla' con el que saltó a la
escena literaria y que para algunos, sin negar méritos a sus obras posteriores,
seguía siendo su obra más redonda y lograda, ya desde el título (que suena
mucho mejor en francés, 'Extension du domaine de la lutte').
Otro buen título el de esta novela
(también en francés, 'La carte et le territoire'), pero sobre todo, certera e
implacable mirada sobre la realidad de esta Europa en decadencia de la que
Francia, mal que pese a los compatriotas de Houellebecq, oficia como arrogante
y patético paradigma. De cómo el confort, la renuncia, la autosatisfacción,
conducen a la elegancia, la sofisticación, y a partir de ahí a la
falsedad, la inercia moral, la soledad atroz del individuo y, en fin, la
irrelevancia histórica. Todo ello a través de una sangrante disección de las
fuerzas intelectuales y económicas que dirigen por caminos absurdos el arte
contemporáneo y una no menos lacerante sátira que el novelista perpetra a costa
de sí mismo, porque Houellebecq tendrá sus defectos, pero no la grosería de
creer que uno puede reírse de los otros sin haber aprendido a reírse antes, y
ante todo, de sí mismo.
Sin embargo, no es de nada de todo esto de
lo que toca hablar aquí, sino del que acaso sea el aspecto más sorprendente de
la novela. En su última parte, la que se desarrolla a partir de un macabro y
salvaje asesinato, el 'enfant terrible' de las letras francesas (menos terrible
desde el Goncourt cosechado justamente con este libro) se descuelga nada más y
nada menos que con un puro ejercicio de género (negro, por supuesto), del que
hay que decir que no sólo sale airoso, sino que, yendo aún más lejos, se
desempeña en la labor con una solvencia que pone en ridículo a más de un
presunto especialista en la materia. Todo está bien resuelto en esta
'nouvelle' negra que viene a sumar un centenar de páginas de las 400 de que
consta (en la edición francesa, que es la que tengo a mano) 'El mapa y el
territorio'.
Comenzando por el personaje del
investigador, el desilusionado policía al borde de la jubilación Jean-Pierre
Jasselin, continuando con la mecánica de la investigación (Houellebecq
despacha, en este sentido, un 'police procedural' modélico) o la
descripción del contexto social, tanto del crimen como de los propios
investigadores, y afinando hasta el extremo de controlar los más ínfimos detalles
(como el tiempo que por ley están obligadas las operadoras de telefonía móvil
francesas a guardar los SMS y la ventaja que a ese efecto tiene como fuente de
información el correo electrónico, que permanece ilimitadamente almacenado en
los servidores si el usuario no borra los mensajes).
Conejos, no, por favor
No es la historia principal de la novela,
y así y todo la trama criminal está perfectamente estructurada y zanjada, sin
giros inverosímiles ni conejos sacados de la chistera, bien que el desenlace,
como por otra parte sucede a menudo en el género, remita a un comportamiento y
un carácter algo anómalos. Singularmente destacable resulta la simpatía de
Houellebecq por el personaje del policía, al que atribuye incluso unafunción
medular de cohesión social, cuando llega a decir que es el miedo al gendarme lo
que cimenta la sociedad humana, deslizando de paso una carga contra la
degradación de la autoridad pública como uno de los factores de la
descomposición de Occidente. Es significativo que el libro se cierre con unos
agradecimientos, algo del todo inusual en las novelas del autor (según él mismo
dice, irónico, porque normalmente se lo inventa todo y no necesita
documentarse).
Los destinatarios de estos agradecimientos
son los funcionarios policiales del Quai des Orfèvres Henry Moreau y
Pierre Dieppois, con los que no sólo queda claro que Houellebecq habló, sino
que supo escucharlos.
La novela negra escondida en 'El mapa y el
territorio', con la que Houellebecq ingresa con todos los honores en el club
criminal, viene a probar lo que ya dijera Raymond Chandler hace muchos años. No
importa de qué vaya una historia: lo que importa es quién la escribe,
y qué tiene dentro para escribir. Cuando un Houellebecq en plena forma se
aplica, la felicidad lectora está garantizada. Aunque nos hable de crímenes y,
a través de ellos, del declive irreversible de esta Europa a la que, si se
cumplen sus vaticinios, vendrán los jubilados chinos a pasar sus últimos años y
a emplearnos como limpiadoras y camareros.
Articulo : http://www.elmundo.es
03/02/2012

