Rima interna
Adam Zagajewski, en defensa de la
experiencia
por Martín López-Vega
Mano invisible (Acantilado) es el
último libro de poemas de Adam Zagajewski, traducido, como ya es feliz
costumbre, por Xavier Farré. En él se mantiene intacta su capacidad
poética de encontrar, en medio de la multitud cotidiana, un chispazo de verdad
que nos hace ver la realidad desde otro ángulo para, a un mismo tiempo,
cuestionarla y darle el grado de novedad que nos permita seguir amándola. Así
por ejemplo en "Caras":
Al atardecer se iluminaron en la plaza las
caras de la gente
que no conocía. Miraba con avidez
las caras humanas: cada una era diferente,
cada una decía algo, quería convencer,
se reía, sufría.
Pensé que las ciudades no las construyen
las casas,
ni las plazas o las avenidas, los parques,
las anchas calles,
sólo las caras que se iluminan como
lámparas,
igual que los sopletes de los soldadores
que por la noche
reparan el hierro entre nubes de chispas.
Hace unos meses, con motivo de su visita a
la Residencia de Estudiantes para hablar de Antonio Machado y leer sus propios
poemas, charlamos unos ratos, y parte de esos ratos los recupero transcritos a
continuación.
Zagajewski ha aprovechado su visita a
Madrid para volver al Prado, para ver de nuevo el que dice que es uno de sus
cuadros favoritos, “Las meninas”, porque “es un cuadro absolutamente loco, con
su perro durmiendo, sus enanos, sus infantas idiotas… Es toda una metáfora de un cierto momento del mundo, o
del mundo en general”. Hablamos también del poema que Tomas Venclova ha escrito
sobre ese cuadro. Esta vez Zagajewski ha ido también a la Academia de San
Fernando, advertido por un amigo pintor. Se ha detenido más tiempo, cuenta, en
Murillo y en un Rubens con un Cristo y una Magdalena sorprendentemente sensuales.
Se siente más cómodo hablando de estas
cosas, de sus visitas a los museos y de los otros poetas que de sí mismo, así
que la única forma de conseguir que hable de su propia obra parece ser
rodearla, hacer un calco de sus contornos. Sin embargo, en su libro En
defensa del fervor ha tratado más directamente de algunos de estos
asuntos.
-Sí, en algunos de los ensayos de ese
libro hago algo que normalmente trato de no hacer: proponer algunas ideas
programáticas acerca de la poesía. La poesía debe hablar por sí misma y
contener, junto a otras muchas cosas, su propio programa.
-¿Por qué se ha desobedecido
entonces?
-Difícil decirlo. Quizás porque he sentido
que era muy discreto en mis poemas relativos a estos asuntos, lo que
probablemente no sea verdad. O quizás me sentía a disgusto con algunas ideas
que están circulando actualmente sobre la poesía y necesitaba explicar las
mías, contrastarlas. O a lo mejor simplemente me gusta hacer un manifiesto de
vez en cuando…
-¿Y por qué defender precisamente el ardor?
-Me parece que no abunda en nuestro
tiempo. Al menos, no en la literatura. Hay mucha ironía, mucha sofisticada
indulgencia. La dimensión trágica tiende a desaparecer en un entorno
intelectual como el presente. Por eso el ardor debe ser defendido.
-En un poema de Antenas, su ya
penúltimo libro, titulado “Leyendo a Milosz” escribe: “A veces usted habla con
tal tono / que, de verdad, el lector cree / por un instante / que cada día es
sagrado // y que la poesía, cómo decirlo, / redondea la vida, haciéndola
/plena, orgullosa, sin avergonzarse / de la fórmula perfecta”. Sobre Machado
comenta que, del mismo modo, comenzaba hablando de cosas comunes para luego
elevarse. Esa misma búsqueda está en sus poemas, cuando habla de una ciudad, de
un lugar visitado en viaje, siempre busca elevar el pensamiento, busca una
epifanía.
-Ese es mi ideal de poesía, pero es
imposible alcanzarlo en cada poema. Para mí un poema logrado es el que
consigue esa transformación: comienza con algo cotidiano, que cualquiera puede
compartir, y después de alguna manera hace una cata en algo más profundo, un
momento cotidiano se convierte, como dices, en una epifanía. Pero nuestro
lenguaje es muy pobre cuando debe explicar cómo se opera esta transformación,
hay muy pocas palabras y nociones para describir ese paso, que es lo más
importante en poesía. Y sí, es cierto que es lo mismo que encuentro en Milosz y
en Machado, aunque en maneras ligeramente distintas. En Machado hay siempre
algo, digamos, ingenuo, a menudo suena como un poeta popular, muy influido por
el folclore, pero luego igualmente asciende ese escalón, da ese salto que te
deja sin respiración, que te sorprende. Milosz es diferente: es un poeta
filosófico, cualquier poema suyo empieza ya en un nivel de abstracción, de
meditación, nunca podrías decir que hay en él nada de ingenuo, es un poeta de
reflexión filosófica; pero aunque de un modo distinto, sí, es cierto, la
transformación que se opera en sus poemas desde el nivel de lo cotidiano a la
epifanía, es la misma que en Machado.
-Tituló uno de sus libros Misticismo
para principiantes…
-Sí, hay que evitar el misticismo. Hay que
ser sobrio, inteligente, educado, permanecer fiel a la realidad tangible
mientras se pueda. Pero el acto de la escritura es una pequeña parte de algo
más grande. Hay que defender el valor de la experiencia espiritual, y si
alguien dice que eso es anticuado, reírse en voz baja y serenamente. No hay que
creer en los curas de la religión posmoderna de la alegría absoluta.
-Hablaba de la cercanía de Auschwitz. Y
ayer, hablando de Almodóvar, decía que le interesa una especie de misterio
relativo al pasado del país en el que ocurren sus historias, España, claro. En
sus poemas siempre hay una presencia de la historia, pero siempre, digamos, en
segundo plano, hay cosas que sabemos que han pasado, pero rara vez se vuelven
explícitas. La historia es el paisaje de la vida del hombre, pero no su
fundamento, parece decirnos. ¿Es importante que el contexto histórico en el que
se escribe un poema esté de alguna forma presente en él?
-No lo formularía como un principio
absoluto, pues pienso que lo maravilloso de la poesía es que permite puntos de
vista muy diversos. Por ejemplo, en la poesía norteamericana contemporánea, que
es muy interesante, hay muy pocos poetas que hagan referencia a hechos
históricos. Algunos sí lo hacen, como Charles Wright o C. K. Williams. En mi
caso, siento que soy un nieto o tal vez un hijo de los poetas polacos de la
generación de la guerra, y como te decía, la poesía polaca se ha construido en confrontación
al genio maligno de la historia, de modo que pertenezco a la segunda generación
de esa poética. Y nací en 1945, me crié no lejos de Auschwitz. La memoria
humana aún se resentía de esos horrores que habían ocurrido tan cerca, y además
sufrí la expulsión de Lvov, donde nací, y donde había unos barracones que
habían sido una sucursal de Auschwitz, y era muy consciente de lo antinatural
que era la situación de mi familia: tuvimos que abandonar la ciudad en la que
habían vivido durante generaciones, de modo que fue un hecho tremendo, una
sucesión de hechos tremendos, aunque al mismo tiempo fue también algo que me
concedió lo que hoy es mi bagaje poético, que está desde luego más enraizado en
la historia que en el pensamiento abstracto o en la naturaleza.
-El viaje es una constante en su obra,
tanto poética como en prosa. El hecho de llegar a una ciudad, estar en ella
unos días y marchar de nuevo, ¿tiene quizás algo que ver con esa experiencia
primigenia de dejar la ciudad de nacimiento?
-Viajo mucho, pero no soy un viajero: que
ande de aquí para allá es sobre todo una casualidad. Lecturas, clases… Si pudiera elegir probablemente no
saldría de Cracovia, soy muy hogareño. No hay nada mejor que estar en tu casa
con tus libros, con toda tu música… Para mí es dramático marchar para cinco o seis días y tener que elegir
libros, pues nunca puedes saber de qué humor vas a estar dos días después, así
que es muy difícil elegir… Así que viajo
siempre con cinco o seis libros siempre … Tal vez ahora el libro electrónico me lo ponga más fácil… Pero hablando más en serio, en el
viaje hay algo quizás que abre nuestra mente, que renueva nuestra manera de
mirar el mundo. He leído incluso un ensayo sobre los medios de transporte
que aparecen en mis poemas: trenes, aviones… Es algo de lo que no me había dado cuenta, de la
cantidad de vehículos que hay en mis poemas, de que siempre me estoy moviendo… Viajar nos abre los ojos, nos prepara
para los momentos de epifanía. Te aparta de la rutina vacía para regalarte
momentos de revelación. De algún modo quedas expuesto al universo.
Zagajewski no puede evitar un deje de
tristeza al recordar a Zbigniew Herbert. “Era una persona maravillosa, con un
gran sentido del humor, muy generoso con los demás”, recuerda. Pero también,
como Robert Lowell, bipolar. Cuando llegaba una de sus largas épocas de
depresión no salía de casa y nadie le veía. Acabó sus días carcomido por un
cáncer de pulmón -fumaba sin parar- y por otro igual de nocivo: la envidia.
Czeslaw Milosz, a quien siempre había considerado su maestro, se había
convertido en una celebridad mucho mayor que él, sobre todo tras la concesión
del premio Nobel. En una ocasión llegó a comprar una postal humorística en
la que se veía a un elefante a punto de aplastar a un ratón. Escribió: “No me
aplastes”, la firmó y se la envió a Milosz, a quien siempre le dolió esa
actitud de su antiguo amigo. De modo que Zagajewski prefiere recordar su
sentido del humor, no exento de malicia. Cuenta Zagajewski que -la
anécdota, a su vez, se la relató W. S. Merwin- en una ocasión Herbert perdió en
un taxi una serie de poemas inéditos. Cuando le preguntaron que si no se los
sabía de memoria, respondió: “Sólo los poetas rusos se saben sus poemas de
memoria”, una evidente referencia a Brodsky. Cuando le pregunto si Herbert
recuperó los poemas Zagajewski me dice: “la anécdota termina ahí”.
-Recuerdo que Herbert vino al instituto en
el que yo estudiaba. Fue un hecho muy simbólico, aunque lo convertí en
simbólico mucho después, claro, como siempre hacemos, los hechos son los hechos
y nosotros los hacemos simbólicos o no… Herbert fue el primer poeta contemporáneo al que leí. Había leído mucha
poesía antes en la escuela, pero Herbert fue el primero cuyo nombre
pronuncié en una librería para pedir un libro suyo, el primero a cuyos nuevos
libros estaba siempre atento. Desde el comienzo me sedujo su combinación de
ironía y seriedad. Estableció un equilibrio entre ambas que ningún otro poeta
ha alcanzado. No es sólo un ironista, siempre hay algo debajo de sus ironías.
Nunca dice lo que realmente piensa, pero sí que lo deja sugerido entre líneas.
Es algo que los grandes poetas no hacen nunca: nunca dicen lo que piensan,
simplemente lo sugieren. Más tarde nos hicimos amigos. Pero hay que
insistir en que Herbert no se limitaba a la ironía, si se le percibe así se
disuelve en la cultura posmoderna, en la corriente dominante. Y Herbert tenía
posturas políticas y sociales muy fuertes, no ya como poeta, como ciudadano.
Otra cosa es que eso, puesto por escrito en un poema, se deba ver envuelto en
el misterio. Y sobre todo, hay una cosa: en los poemas de Herbert la ironía no
va dirigida al mensaje, sino al mensajero. Herbert se ríe de sí mismo, del
hecho de que no está a la altura del mensaje que transmite. Y para mí este es el
aspecto más intrigante de su poesía. Un lector cuidadoso reparará sin duda en
que se trata de un poeta que defiende ciertas cosas de un modo sutil, nada
didáctico. Es irónico, pero la suya es una ironía reflexiva. Su mensaje es
misterioso y complejo. Por eso escribía poemas y no artículos de
periódico.
-Quería preguntarle también por un poeta lituano, Tomas Venclova, que de algún modo cierra el círculo de una cierta forma de entender la poesía.
-Hay muy buenas traducciones de su poesía al polaco. Tiene un poema sobre París que es una auténtica obra maestra…. Hay dos cosas muy importantes en la poesía de Venclova: la experiencia personal, muy “personal”, diría, como en ese poema, y luego la erudición. Prefiero al poeta que habla desde la experiencia personal, pero no puede dejar de gustarme el erudito, porque se trata de referencias que en buena medida comparto. En su poesía está la elegancia de la acumulación de la cultura europea. Algunos poetas jóvenes lituanos le atacan por estar demasiado influido por Brodsky, pero me temo que en diez años veremos a Venclova como el último gran poeta tras el cual nos invadieron los bárbaros imitadores de Ashbery.
-Quería preguntarle también por un poeta lituano, Tomas Venclova, que de algún modo cierra el círculo de una cierta forma de entender la poesía.
-Hay muy buenas traducciones de su poesía al polaco. Tiene un poema sobre París que es una auténtica obra maestra…. Hay dos cosas muy importantes en la poesía de Venclova: la experiencia personal, muy “personal”, diría, como en ese poema, y luego la erudición. Prefiero al poeta que habla desde la experiencia personal, pero no puede dejar de gustarme el erudito, porque se trata de referencias que en buena medida comparto. En su poesía está la elegancia de la acumulación de la cultura europea. Algunos poetas jóvenes lituanos le atacan por estar demasiado influido por Brodsky, pero me temo que en diez años veremos a Venclova como el último gran poeta tras el cual nos invadieron los bárbaros imitadores de Ashbery.
-Ashbery es la gran moda, sí, tanto en
España como, según tengo entendido, en Polonia y en otros países…
-Es delicado para mí hablar de él, porque
es una persona maravillosa, y ha escrito grandes poemas, como “Autorretrato en
un espejo convexo” pero… escribe
demasiado, creo que su máquina de escribir ya ha aprendido a escribir poemas de
John Ashbery… Hay algo que
sólo él puede reflejar en un poema, la desilusión. Y eso no puede imitarse. Él
es un gran poeta, pero no soporto a sus imitadores.
-¿Y qué es lo que nos pueden hacer perder
esos imitadores?
-Ciertamente en Europa podemos llegar a
perder ese sentimiento de la tradición, de la herencia, que nos ayuda a
expresar las experiencias más personales.

