SILLÓN DE OREJAS
Más contentos que unas castañuelas
Los libreros cruzan los dedos para que no
se cumpla el viejo refrán “marzo marceador, un día malo y otro peor”
Surgían de todas partes, como los
insidiosos formícidos del estupendo relato La hormiga
argentina (Siruela), de Italo Calvino. Protestaban contra la imposición de
esa reforma laboral que nos lleva a casi todos a maltraer, y que es el buque
insignia de la “modernización retrógrada” (para emplear la expresión aplicada a
la de la señora Thatcher: retrogressive modernisation) que quiere implantar la
derecha para que los-que-mandan-detrás-de-los-que-mandan se sientan (todavía
más) felices. Las masivas manifestaciones del domingo demostraron que no está
todo perdido, sobre todo cuando los capos más reaccionarios del empresariado
(incluyendo a don Arturo Fernández, de cuya cadena de restaurantes hace tiempo
he dimitido como cliente), crecidos como no lo estaban desde 1975, comienzan a
exigir a su Gobierno favorito la revisión de la Ley de huelga. No me extrañaría
que la siguiente petición (“para acabar con el paro”) fuera la recuperación
oficial de la panoplia de torturas que la Santa Inquisición aplicaba a los
herejes. Por no hablar de los banqueros, principales responsables inmediatos de
lo que se nos ha venido encima desde 2008, cuando Lehman Brothers quebró a
cuenta de los créditos subprime. Por entonces, por cierto, su máximo
responsable en España era don Luis de Guindos, pero ya se sabe que en la política
nacional esos detalles no cuentan: les recuerdo que al incompetente Arias
Navarro —el “carnicero de Málaga”— también le ascendieron tras el asesinato de
Carrero Blanco, de cuya seguridad era máximo responsable. De modo que no está
mal que, mientras los poderosos celebran a su Gobierno más contentos que si
fueran expertos en crotalogía (la ciencia de las castañuelas, tal como fue
instituida a finales del XVIII por el poeta salmantino Juan Fernández de
Rojas), la gente salga a la calle a gritar que los de abajo (y los del medio)
también cuentan. Y conste que la cosa no pudo ser más pacífica y amable, a
pesar de que seamos muchos los que sospechamos que en el interior de cada
banquero tóxico podría ocultarse un Patrick Bateman, el financiero psicópata y
asesino en serie de American Psycho (Bret Easton Ellis, 1991). Para
eso, entre otras cosas, sirve la literatura: para encontrar siempre una
referencia libresca a los grandes temas de la actualidad. Corto y cambio, que
si sigo me la juego.
Marceando
Los libreros cruzan los dedos para que no
se cumpla el viejo refrán “marzo marceador, un día malo y otro peor”. Y lo
cierto es que, para desmentirlo, las editoriales vienen sacando —o están a
punto de hacerlo— lo más vendible de cada casa. La palma de los superventas se la
llevará 22/11/63 (Plaza & Janés), la ambiciosa novela del maestro
Stephen King en torno a un viaje en el tiempo para impedir el asesinato de JFK.
Dominique Lapierre, otro histórico, salta a la lista con India, mon
amour (Planeta), un ensayo autobiográfico que contribuirá al incremento
del turismo en el país por el que Salman Rushdie no puede viajar
tranquilamente. Kate Morton, una de las pocas autoras románticas que en el
último año ha conseguido vender un número de ejemplares por encima de las seis
cifras, regresa a Suma con Las horas distantes, otra historia más o
menos “neovictoriana” de las que hacen furor entre sus lectoras. En el campo de
los libros españoles con vocación bestselérica, destaca en primer
lugar Palmeras en la nieve, de Luz Gabás, último intento de Temas de
Hoy por “descubrir” una nueva y rentable María Dueñas, esta vez con una
historia “cautivadora” que recrea (atención a la nostalgia) “nuestro pasado
colonial en África”; Plaza & Janés apuesta por El mapa del
cielo, de Félix Palma, una historia de aventuras y romance con homenaje a
H. G. Wells; Jesús Ruiz Mantilla se estrena en Planeta con Ahogada en
llamas, una saga familiar (y literaria: Galdós es uno de sus personajes)
ambientada en Santander entre el incendio del vapor Cabo Machichaco, en 1893, y
el que asoló la ciudad en 1941. También publican otras prestigiosas firmas más
literarias: mi admirado Vila-Matas lo sigue haciendo en Seix Barral con su
novela Aire de Dylan; Saramago, en Alfaguara con su novela “perdida” (¿no
habrá más?)Claraboya; y Almudena Grandes, en Tusquets, con El lector
de Julio Verne, segunda entrega de su saga sobre la “guerra interminable”,
esta vez más contenida en extensión (“solo” 418 páginas). Así que ya ven: los
escaparates de las librerías (como ese que está escrutando el abrigado lector
de Max) vuelven a llenarse de “productos” de grandes grupos. Y es que la única
presencia independiente entre las “apuestas” de marzo es la de Tusquets, a la
que quizás le quede poco tiempo en ese estado, a juzgar por los planetarios
rumores que me llegan. Por otra parte, y según mi topo en Gallimard, el grupo
“independiente” (disculpen el oxímoron) que acaba de adquirir la muy comercial
Flammarion (provocando con ello un pequeño seísmo en el mundo cultural
francés), la célebre compañía habría intentado recientemente llegar a un
acuerdo con mi venerada Beatriz de Moura para adquirir su sello, por lo que no
sería de extrañar que la editora hispano-carioca (sí: nació en Río) pudiera
estar ahora escuchando ofertas más convenientes. Respecto a la abrumadora
presencia de los grandes grupos en las mesas de novedades, no hay nada raro:
entre los 20 libros de literatura “más leídos” de 2011 (datos de los editores),
sólo figuran 2 (ambos de Dan Brown, por cierto) publicados por un sello independiente.
Ilustradores
En la prehistoria alemana del cómic ocupan
un lugar de honor las estupendas historietas de Max y Moritz, de
Wilhelm Busch (1832-1908), que tan primorosamente acaba de editar Impedimenta,
la cada vez más interesante editorial de Enrique Redel, con traducción (en
verso) del maestro Víctor Canicio. El Max de Busch no tiene nada que ver
(aparentemente) con el Max que ilumina este sillón de orejas, y de quien, por
cierto, se acaba de inaugurar una imprescindible retrospectiva (Panóptica, 1973-2011)
en la sede del Instituto Cervantes de Madrid, cuya clásica arquitectura
(antiguo edificio del Banco Español del Río de la Plata, de Antonio Palacios,
1918) se ve estos días extrañamente realzada por las banderolas maxianas que
cuelgan entre las columnas jónicas de su fachada. Si vienen por Madrid, no se
la pierdan y, si no pueden (allá ustedes), háganse una idea por medio del
catálogo, publicado por Kalandraka. Max prologa también el álbum Casi completo
(La Cúpula), de Joost Swarte, el mesmerizante dibujante holandés de “línea
clara”, al que he situado (algo tardíamente, lo reconozco) entre los diez
primeros de mi particular panteón de historietistas gráficos. Clásicas resultan
también las tiras cómicas de Charles M. Schulz, seleccionadas en Lo mejor de
Carlitos y Snoopy (Debolsillo). Cierro este pequeño apartado sobre grandes
dibujantes mencionando el interesante estudio de José Manuel Trabado Antes
de la novela gráfica. Clásicos del cómic en la prensa norteamericana,publicado
por Cátedra en su colección Signo e Imagen.
Articulo : http://blogs.elpais.com 25/02/2012
