samedi 18 février 2012

Mercé IBARZ/ Antes de que el tiempo lo borre


Antes de que el tiempo lo borre
Por Mercé IBARZ 

“Mañana, todos seréis negros”, anunció el escritor James Baldwin. Santa razón, Jimmy. Lo somos

El título no es mío sino del hermoso libro que en 2003 publicó Javier Baladia, heredero de un legado cultural y vital formidable, nada menos que el de Teresa Mestre, la Ben plantada de Eugeni d'Ors, entre otras figuras señeras de dos sagas fenomenales, la paterna y la materna, en las que sobresalen las damas. Así Isabel Llorach, la Hortènsia Portell de Vida privada, novela de Sagarra, una de las señoras de la cultura europea, burguesa de día y bohemia de noche. Dos damas olvidadas, al igual que sus caballeros, jóvenes provincianos que llegaron a ser eruditos y políglotas, modernos empedernidos y empresarios de éxito sin que la mezcla les resultara difícil. Algo parecido al mundo en el que tenía depositadas sus esperanzas el Jay Gatsby de Scott Fitzgerald en Estados Unidos por aquellos años veinte, y que tampoco terminó bien. Males de amor, clasismo soberbio y destructor, grandes cambios, una guerra tremenda. Una ciudad en transformación y luego en destrucción. El libro se tradujo después al catalán y hoy es un documental que lleva más de un año en sala, lo que pocos filmes indígenas, documentales o no, pueden decir. Con guión de Victoria Bermejo y del propio Baladia, producida por Marta Figueras, la cinta está dirigida por Mireia Ros, esa potente mujer que vaya usted a saber por qué no cuenta como debería entre los valedores indígenas del cine a pesar de haber hecho películas nada despreciables.

Antes de que el tiempo lo borre, el filme reconstruye. Reúne el imaginario de una treintena de familias burguesas de Barcelona, tan discretas que sus nombres no son conocidos fuera de sus círculos. Da lo mismo, al menos a mí me da lo mismo. Me parece comprender su discreción, su secretismo si se quiere, ante el alcance de lo que unos de sus ancestros construyeron y otros destruyeron. No se pasa por una guerra y una posguerra sin más. Sus archivos fotográficos y cinematográficos, reunidos y seleccionados para la película, reviven sobre todo el tiempo de los bisabuelos, cuando entre fábricas y luchas obreras, familias de rígido control e inventos prodigiosos, la ciudad de Barcelona se puso en pie con un trapío de aquí te espero. Antes de que el tiempo lo borre, constatan que si bien sus herederos acabaron puliéndoselo todo sin importarles un pimiento el postor, sus mayores no creían plausible ni tolerable medrar sin contribuir a la vida de la comunidad. Para mejor dejarse ver y lucir la mayoría, claro; pero porque unos cuantos de ellos y de ellas creían que eso les hacía mejores y que por eso les correspondía lograr que la ciudad fuera mejor.

Aunque, ¿quién puede en verdad recordarlos? A no ser que les hagan una serie de tele o unos cuantos best sellers, en papel o electrónicos, el tiempo lo borra todo a velocidad implacable. Cuarenta años de dictadura no ayudan, menos aún si la amnesia —puerta abierta a la impunidad— es la receta para seguir adelante. El caso no es específico de Barcelona ni de lo catalán ni de lo ibérico. He seguido de cerca los avatares culturales de mi tiempo, agradezco lo nuevo y adoro lo viejo, me he quemado las pestañas leyendo a los mayores, he escrito sobre Rodoreda y sobre Buñuel, y leí en su momento el libro de Baladia. Pues oiga, ya había olvidado los nombres de Teresa Mestre y de Isabel Llorach, me sonaron nuevos durante la proyección, y, al salir, ya había olvidado los de sus caballeros más o menos andantes, y eso que ya les digo que estamos hablando de tipos de envergadura. Poco es percibido, a veces nada. No es un caso específico barcelonés ni catalán ni ibérico. Es cosmopolita.

Esta velocidad del olvido, esta desaparición de las cosas trae a mi memoria (alguna me queda) las palabras del escritor norteamericano James Baldwin en los sesenta o puede que en los setenta: “Mañana, todos seréis negros”. Santa razón, Jimmy. Lo somos. No sabemos ni podemos saber de dónde venimos, o sea que menos aún podemos conocer no ya adónde vamos sino simplemente quiénes somos. Para hacerlo más evidente, la crisis. Las imágenes del filme resultan tan exóticas como las máscaras africanas que llegaron a Europa hace un siglo en modernos aviones. Y aquí estamos, sin saber dónde colgarlas ni poder comprender que, cuando la industrial Ramona Soler ardió en ira al saber que la mujer de su heredero Jaume había sido pintada por Casas y loada por D’Ors como la Ben plantada, y eso llevó a Teresa Mestre a huir de Mataró y exiliarse, algo muy profundo se quebraba en lo que podríamos ser. Bueno, nos queda un libro y una peli. Dos preciosas máscaras africanas, por suerte.

Articulo : http://cultura.elpais.com 17/02/2012

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