Personajes / Del libro al cine
Albert Nobbs, la simuladora sufriente
Por Mónica OTTINO
Del relato del irlandés George Moore
surgieron primero una adaptación para el teatro y después una versión
cinematográfica. Con el éxito de ambas tuvo mucho que ver la actriz Glenn Close
Hay quienes dicen que los irlandeses
escriben mejor que los ingleses y, para probarlo, citan nombres contundentes:
Wilde, Shaw, Beckett, Synge, Yeats, Joyce, Banville. Y George Moore, cuyo
relato "Albert Nobbs" cobra actualidad en estos días, con el estreno
de la película protagonizada por Glenn Close. El asunto sirve para discutir con
algún londinense, salvo por lo que dice un buen amigo mío: "No
menosprecies a un inglés. No vale la pena, porque no te cree".
Nacido en Moore Hall, County Mayo,
Irlanda, en 1852, George Moore fue un mal alumno, desertor escolar, expulsado
de un colegio católico; sólo parecía satisfecho en las caballerizas de su
padre, con la crianza de caballos de carrera. Su padre fue nombrado miembro del
Parlamento, lo que significó una mudanza familiar a Londres. Moore padre,
consciente de la alegre ignorancia y del ocio al que se entregaba su
primogénito, resolvió que el ejército sería un buen lugar para enderezar a este
espíritu interesante pero sin destino. A George la sucesión de madrugones y el
sinsentido de morir en alguna guerra lejana y absurda lo llenaban de tedio y de
terror. Finalmente convenció a su padre de que lo enviara a una escuela de
artes y oficios; comenzaba el largo equívoco que postergaría su entrada en la
literatura, pero que le permitiría, como pésimo estudiante de pintura, vivir en
París once años. Su padre había muerto, él había heredado; podía vivir con
desahogo, tomar contacto con la vanguardia impresionista, con el ambiente
mezquino y sofocante de los talleres y con personajes mundanos como Henry
Marshall, que despertaba grandes simpatías y conocía a todo aquel que mereciera
ser conocido: jóvenes liberales con las que compartían el taller; cortesanas
más o menos bien ubicadas y salonières influyentes. En su
adolescencia fue un admirador de Shelley, quien lo puso en el camino del
ateísmo y lo incitó a leer a Kant, Spinoza y Darwin. Advertida su madre de su
abandono de toda creencia religiosa, sólo dijo: "Pobre George, lo lamento
por ti", para decepción de su hijo, que esperaba una escena. Antes de
esto, había pasado del catolicismo romano al protestantismo irlandés. Su
relación con Irlanda oscilaba entre la veneración y el odio. Expresión de este
último sentimiento fue su libro Parnell y su isla (1887).
En Francia, superada su ignorancia del idioma,
se convirtió en admirador de Baudelaire, de Mallarmé, de Zola y, hasta cierto
punto, de Hugo y de los Goncourt. Conoció a Manet, Degas, Pisarro y otros
grandes pintores de la época, que por entonces causaban más espanto que
admiración. París no hizo de él un buen pintor, pero sí un excelente crítico
plástico, sarcástico, temible y, generalmente, acertado.
Hasta entonces sólo era para sus
compañeros un joven adinerado y generoso, pero no particularmente dotado. Él
pensaba distinto. Escribe en Confesiones de un hombre joven :
"No exagero si digo que pude ser faraón, mozo de cuadra, proxeneta o
arzobispo y que en cualquiera de estas funciones hubiese alcanzado cierto
éxito". Convencido de que su camino eran las letras, volvió a Londres a
vivir en una pintoresca pensión, poblada por actrices y gente de pocos medios,
como lo era en ese momento el propio Moore, que enfrentaba grandes dificultades
para cobrar sus rentas irlandesas. Antes de decidirse por la literatura
creativa intentó trabajar como periodista.
Esther Waters , su novela más
popular, cambió el tono de la narrativa inglesa y la liberó de ciertas barreras
temáticas y estilísticas. Escribió "Albert Nobbs", un cuento largo,
con las características que se atribuyen a los irlandeses: evitó definir las
cosas con exagerado ahínco. Hace unas décadas, Albert Nobbs se
convirtió en obra teatral, un éxito en París y en Broadway. Allí se estrenó en
1982, protagonizada por Glenn Close. Había sido adaptada para la escena
francesa por Simone Benmussa, mano derecha de Jean-Louis Barrault, y después
fue traducida al inglés. Para la versión cinematográfica que se estrena en la
Argentina en estos días colaboraron en el guión John Banville y Glenn Close,
quien está nominada para el Oscar por su actuación. Además, fue la productora:
invirtió su propio dinero para completar un proyecto que fue madurando a lo
largo de veinte años. Rodrigo García, el hijo de Gabriel García Márquez, es el
director.
Dos mujeres
En la ficción, Albert Nobbs es una niña,
seguramente bastarda, enviada a vivir a un convento en Londres. Su único
contacto afectivo es su niñera, que recibe cien libras anuales para mantenerla
y mantenerse y que muere sin revelarle su origen, que se supone noble pero
embarazoso. Antes de eso, la remesa desaparece. Las dos mujeres, en una miseria
gradual, se dedican a labores domésticas en las oficinas y departamentos del
Temple, nido londinense de abogados. Albert se enamora de su empleador, cuida
sus objetos y cepilla su ropa con la convicción de que jamás llegará a tener
con él un vínculo amoroso. La época victoriana era muy rígida y no tenía la
menor simpatía por las relaciones formales entre clases diferentes. Además, el
amado, un hombre agradable y convencional, adopta y mantiene a una amante
francesa. Albert, con el corazón destrozado, piensa seriamente en el suicidio.
Aconsejada por una amiga, se trasviste para conseguir trabajo como mozo de
hotel. Con el tiempo, se transforma en perseverante mascarita de un opaco
carnaval, con su nombre inventado. A cambio de eso, claro, logra comer todos
los días. Aprende su oficio a la perfección y viaja a Dublín para trabajar en
un hotel enorme y lujoso, en el que mantiene su ficción. Reservada, discreta,
sin amigos entre los hombres ni entre las mujeres, vive en la cárcel que ella
misma se fabricó. Un día, obligada por la dueña del hotel, tiene que compartir
su cama con un pintor y carpintero. Albert ruega, se niega, pero, asustada por
el enojo de su patrona, acepta lo inevitable.
El pintor, Hubert, es un joven alegre y
sencillo, que no bien se acuesta en la cama se queda dormido. Albert, aliviada,
resuelve dormir hasta que una o varias pulgas, legado de su ocasional
compañero, comienzan a atormentarla con fruición. Se levanta, frenética, y
Hubert también se despierta, para comprobar que Albert es una mujer. Albert le
suplica que no la denuncie y Hubert le revela que ella también es mujer y que,
dados los golpes recibidos de su marido, un pintor que al menos le enseñó el
oficio, se vio obligada a abandonarlo, a dejar a sus hijos y a adoptar la ropa,
los instrumentos y el sexo de ese mal hombre. En este difícil camino, le
cuenta, ha conocido a una joven mujer, solitaria, que necesitaba ser protegida.
Viven juntas, afirma Hubert. Con gran felicidad, aclara. Bien, nos preguntamos:
¿serán amantes, socias, amigas? No hay respuesta: no olviden que es George
Moore el dueño de la información. Hubert se duerme y a la mañana siguiente
Albert se encuentra solo, hundido en un mar de dudas. Le parece impensable
asumir su sexo real y conseguir un compañero varón. Se siente vieja, fea: tal
vez sea Hubert quien ha encontrado una solución posible.
Albert comienza a estudiar a sus
compañeras de trabajo, hasta que aparece Helen, bonita, alegre, joven y amante
de un apuesto ayudante de cocina, muy activo y satisfactorio, si es que no
estamos hablando de su trabajo. Helen acepta las invitaciones de Albert, que
consisten en largas caminatas, a veces por barrios modestos, en los que su
extraño festejante busca un comercio y una pequeña casita. No le importaría que
Helen quedara embarazada, porque Albert ama a los niños y, en el mejor estilo
de un admirador del matrimonio igualitario del siglo XXI, cree que lo único que
necesita un niño solo en el mundo es amor y cuidados. Nadie mejor que ella para
saberlo. Helen resulta una compañía agradable, pero muy cara. Albert apenas la
toca para darle el brazo hasta que, harta y despechada por no despertar ningún
deseo, Helen le pide un beso. Albert, ya decidida a casarse, ignorante de las
consecuencias legales que podría sufrir, la besa en la mejilla. Pero Helen
quiere un beso en la boca para saber si realmente la ama. Albert le contesta
que amó mucho a su niñera, pero que jamás la besó en la boca. Helen,
enfurecida, la echa y transforma en leyenda y chiste de pasillo y de cocina las
palabras de Albert. Más sola que nunca, trata de recuperar lo gastado en Helen
y se convierte en una acosadora de huéspedes y tramitadora de propinas. Pasan
unos tristes años para la protagonista, pese a que según una dudosa tradición, las
mujeres se conduelen de los desdichados en amores y tratan de acercarse a estos
seres quebrados.
Los sucesos que rematan la historia
merecen la lectura del cuento o la visión de la película de Close y García.
Citando a Christopher Isherwood, "no se trata de la historia de una
lesbiana frustrada", sino de un ser aterrado ante la vida que decide usar
un disfraz que, como todos los disfraces, termina por adherirse a su piel. La
intención de Moore fue describir una sociedad cruel. Para describir sus efectos
no usó a niños maltratados, como el gran Dickens, o a jóvenes prostituidas a
los diez años, sino a una mujer adulta, privada de la libertad de serlo y de
actuar en consecuencia..

