samedi 18 février 2012

Mónica OTTINO/ Albert NOBBS, la simuladora sufriente


Personajes / Del libro al cine
Albert Nobbs, la simuladora sufriente
Por Mónica OTTINO

Del relato del irlandés George Moore surgieron primero una adaptación para el teatro y después una versión cinematográfica. Con el éxito de ambas tuvo mucho que ver la actriz Glenn Close

Hay quienes dicen que los irlandeses escriben mejor que los ingleses y, para probarlo, citan nombres contundentes: Wilde, Shaw, Beckett, Synge, Yeats, Joyce, Banville. Y George Moore, cuyo relato "Albert Nobbs" cobra actualidad en estos días, con el estreno de la película protagonizada por Glenn Close. El asunto sirve para discutir con algún londinense, salvo por lo que dice un buen amigo mío: "No menosprecies a un inglés. No vale la pena, porque no te cree".

Nacido en Moore Hall, County Mayo, Irlanda, en 1852, George Moore fue un mal alumno, desertor escolar, expulsado de un colegio católico; sólo parecía satisfecho en las caballerizas de su padre, con la crianza de caballos de carrera. Su padre fue nombrado miembro del Parlamento, lo que significó una mudanza familiar a Londres. Moore padre, consciente de la alegre ignorancia y del ocio al que se entregaba su primogénito, resolvió que el ejército sería un buen lugar para enderezar a este espíritu interesante pero sin destino. A George la sucesión de madrugones y el sinsentido de morir en alguna guerra lejana y absurda lo llenaban de tedio y de terror. Finalmente convenció a su padre de que lo enviara a una escuela de artes y oficios; comenzaba el largo equívoco que postergaría su entrada en la literatura, pero que le permitiría, como pésimo estudiante de pintura, vivir en París once años. Su padre había muerto, él había heredado; podía vivir con desahogo, tomar contacto con la vanguardia impresionista, con el ambiente mezquino y sofocante de los talleres y con personajes mundanos como Henry Marshall, que despertaba grandes simpatías y conocía a todo aquel que mereciera ser conocido: jóvenes liberales con las que compartían el taller; cortesanas más o menos bien ubicadas y salonières influyentes. En su adolescencia fue un admirador de Shelley, quien lo puso en el camino del ateísmo y lo incitó a leer a Kant, Spinoza y Darwin. Advertida su madre de su abandono de toda creencia religiosa, sólo dijo: "Pobre George, lo lamento por ti", para decepción de su hijo, que esperaba una escena. Antes de esto, había pasado del catolicismo romano al protestantismo irlandés. Su relación con Irlanda oscilaba entre la veneración y el odio. Expresión de este último sentimiento fue su libro Parnell y su isla (1887).

En Francia, superada su ignorancia del idioma, se convirtió en admirador de Baudelaire, de Mallarmé, de Zola y, hasta cierto punto, de Hugo y de los Goncourt. Conoció a Manet, Degas, Pisarro y otros grandes pintores de la época, que por entonces causaban más espanto que admiración. París no hizo de él un buen pintor, pero sí un excelente crítico plástico, sarcástico, temible y, generalmente, acertado.

Hasta entonces sólo era para sus compañeros un joven adinerado y generoso, pero no particularmente dotado. Él pensaba distinto. Escribe en Confesiones de un hombre joven : "No exagero si digo que pude ser faraón, mozo de cuadra, proxeneta o arzobispo y que en cualquiera de estas funciones hubiese alcanzado cierto éxito". Convencido de que su camino eran las letras, volvió a Londres a vivir en una pintoresca pensión, poblada por actrices y gente de pocos medios, como lo era en ese momento el propio Moore, que enfrentaba grandes dificultades para cobrar sus rentas irlandesas. Antes de decidirse por la literatura creativa intentó trabajar como periodista.

Esther Waters , su novela más popular, cambió el tono de la narrativa inglesa y la liberó de ciertas barreras temáticas y estilísticas. Escribió "Albert Nobbs", un cuento largo, con las características que se atribuyen a los irlandeses: evitó definir las cosas con exagerado ahínco. Hace unas décadas, Albert Nobbs se convirtió en obra teatral, un éxito en París y en Broadway. Allí se estrenó en 1982, protagonizada por Glenn Close. Había sido adaptada para la escena francesa por Simone Benmussa, mano derecha de Jean-Louis Barrault, y después fue traducida al inglés. Para la versión cinematográfica que se estrena en la Argentina en estos días colaboraron en el guión John Banville y Glenn Close, quien está nominada para el Oscar por su actuación. Además, fue la productora: invirtió su propio dinero para completar un proyecto que fue madurando a lo largo de veinte años. Rodrigo García, el hijo de Gabriel García Márquez, es el director.

Dos mujeres

En la ficción, Albert Nobbs es una niña, seguramente bastarda, enviada a vivir a un convento en Londres. Su único contacto afectivo es su niñera, que recibe cien libras anuales para mantenerla y mantenerse y que muere sin revelarle su origen, que se supone noble pero embarazoso. Antes de eso, la remesa desaparece. Las dos mujeres, en una miseria gradual, se dedican a labores domésticas en las oficinas y departamentos del Temple, nido londinense de abogados. Albert se enamora de su empleador, cuida sus objetos y cepilla su ropa con la convicción de que jamás llegará a tener con él un vínculo amoroso. La época victoriana era muy rígida y no tenía la menor simpatía por las relaciones formales entre clases diferentes. Además, el amado, un hombre agradable y convencional, adopta y mantiene a una amante francesa. Albert, con el corazón destrozado, piensa seriamente en el suicidio. Aconsejada por una amiga, se trasviste para conseguir trabajo como mozo de hotel. Con el tiempo, se transforma en perseverante mascarita de un opaco carnaval, con su nombre inventado. A cambio de eso, claro, logra comer todos los días. Aprende su oficio a la perfección y viaja a Dublín para trabajar en un hotel enorme y lujoso, en el que mantiene su ficción. Reservada, discreta, sin amigos entre los hombres ni entre las mujeres, vive en la cárcel que ella misma se fabricó. Un día, obligada por la dueña del hotel, tiene que compartir su cama con un pintor y carpintero. Albert ruega, se niega, pero, asustada por el enojo de su patrona, acepta lo inevitable.

El pintor, Hubert, es un joven alegre y sencillo, que no bien se acuesta en la cama se queda dormido. Albert, aliviada, resuelve dormir hasta que una o varias pulgas, legado de su ocasional compañero, comienzan a atormentarla con fruición. Se levanta, frenética, y Hubert también se despierta, para comprobar que Albert es una mujer. Albert le suplica que no la denuncie y Hubert le revela que ella también es mujer y que, dados los golpes recibidos de su marido, un pintor que al menos le enseñó el oficio, se vio obligada a abandonarlo, a dejar a sus hijos y a adoptar la ropa, los instrumentos y el sexo de ese mal hombre. En este difícil camino, le cuenta, ha conocido a una joven mujer, solitaria, que necesitaba ser protegida. Viven juntas, afirma Hubert. Con gran felicidad, aclara. Bien, nos preguntamos: ¿serán amantes, socias, amigas? No hay respuesta: no olviden que es George Moore el dueño de la información. Hubert se duerme y a la mañana siguiente Albert se encuentra solo, hundido en un mar de dudas. Le parece impensable asumir su sexo real y conseguir un compañero varón. Se siente vieja, fea: tal vez sea Hubert quien ha encontrado una solución posible.

Albert comienza a estudiar a sus compañeras de trabajo, hasta que aparece Helen, bonita, alegre, joven y amante de un apuesto ayudante de cocina, muy activo y satisfactorio, si es que no estamos hablando de su trabajo. Helen acepta las invitaciones de Albert, que consisten en largas caminatas, a veces por barrios modestos, en los que su extraño festejante busca un comercio y una pequeña casita. No le importaría que Helen quedara embarazada, porque Albert ama a los niños y, en el mejor estilo de un admirador del matrimonio igualitario del siglo XXI, cree que lo único que necesita un niño solo en el mundo es amor y cuidados. Nadie mejor que ella para saberlo. Helen resulta una compañía agradable, pero muy cara. Albert apenas la toca para darle el brazo hasta que, harta y despechada por no despertar ningún deseo, Helen le pide un beso. Albert, ya decidida a casarse, ignorante de las consecuencias legales que podría sufrir, la besa en la mejilla. Pero Helen quiere un beso en la boca para saber si realmente la ama. Albert le contesta que amó mucho a su niñera, pero que jamás la besó en la boca. Helen, enfurecida, la echa y transforma en leyenda y chiste de pasillo y de cocina las palabras de Albert. Más sola que nunca, trata de recuperar lo gastado en Helen y se convierte en una acosadora de huéspedes y tramitadora de propinas. Pasan unos tristes años para la protagonista, pese a que según una dudosa tradición, las mujeres se conduelen de los desdichados en amores y tratan de acercarse a estos seres quebrados.

Los sucesos que rematan la historia merecen la lectura del cuento o la visión de la película de Close y García. Citando a Christopher Isherwood, "no se trata de la historia de una lesbiana frustrada", sino de un ser aterrado ante la vida que decide usar un disfraz que, como todos los disfraces, termina por adherirse a su piel. La intención de Moore fue describir una sociedad cruel. Para describir sus efectos no usó a niños maltratados, como el gran Dickens, o a jóvenes prostituidas a los diez años, sino a una mujer adulta, privada de la libertad de serlo y de actuar en consecuencia..

Articulo : http://www.lanacion.com.ar 17/02/2012

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