LITERATURA
El cuerpo en el que habito
Por Patricia KOLESNICOV & Andres HAX
Dos seres componen al celebrado escritor
estadounidense: uno de carne y hueso, histórico, “que lava los platos”; otro
interior, que está solo en lo que escribe, y no entiende. Ahora, publica la
historia de aquel “cuerpo”: heridas, barrios, cuartos, intemperie. Y con dos
periodistas de Ñ habla de eso. Y de política y amor.
¿Ya se arregló el problemita con la
licencia de alcohol? El hombre que pide –se arregló– una copa de vino blanco
antes de sentarse a ser interrogado por dos desconocidos, mañana (el mañana de
la entrevista, 3 de febrero) cumple 65 años. Y como el hombre se llama Paul
Auster, recibe los 65 con un libro autobiográfico, Diario de invierno. Un
libro que –como si el que cumpliera fuera el cuerpo, no el hombre y menos el
autor–, indaga “lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo”. “Un
catálogo de datos sensoriales” económico en pudores, que no evitará ni el pobre
debut sexual en un prostíbulo ni –página 9– “el enorme forúnculo que una vez me
brotó en el carrillo izquierdo del culo.” El hombre que pide el vino va a
cumplir 65 años y se nota. Habla con la voz baja de siempre, mira con esos ojos
hermosos de siempre, pero algo en la manera de ponerle el cuerpo al aire ha
cambiado. Ahora no va cortando el aire con el pecho, ahora lo sostiene con los
hombros.
“Piensas que nunca te va a pasar,
imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás
ocurrirán esas cosas y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual
que le suceden a cualquier otro”.
(Diario de invierno , página 7)
¿Le resulta extraño este cuerpo de 65
años?
A veces ni me miro. Bueno, me miro al
espejo cuando me afeito y me peino. A veces sorprende ver una foto sacada hace
tiempo y notar cómo cambiaste; tu pelo, tu cara no son como hace 30 años, es
como una broma. Pero tampoco me deprime.
¿Pero se siente usted mismo?
Me siento diferente y me siento igual al
mismo tiempo.
Son las dos de la tarde, el frío aprieta
pero no ahorca en Brooklyn y en el café donde sabe parar Auster bajan para que
los grabadores hagan su trabajo.
El hombre se mudó al barrio hace algo más
de 30 años, antes de que ese suburbio de Nueva York se pusiera de moda y se
llenara de restaurantitos y le crecieran escritores entre las baldosas. Cerca,
a una cuadra, hay una librería con piano al fondo y clásicos estadounidenses en
la vidriera y, entre ellos, no falta un Paul Auster, claro. Pero Brooklyn sigue
siendo Brooklyn: te perdés cuatro o cinco cuadras y quedás entre galpones
enormes, das la vuelta y frente a una especie de maxikiosco donde se recargan
celulares deambula una embarazada sin dientes; te alejás a pie del café y la
librería y entrás en una peluquería antigua, donde de los dos lados del sillón
hay negros locales y latinoamericanos, el corte cuesta 12 dólares –pero sube si
el cliente se porta mal–, el estilista tiene serpientes tatuadas en el brazo y
el gordo con gorrita de lana no cuelga el celular –tijera en la derecha,
teléfono en la izquierda– para dar forma a la cresta de la víctima. En la
peluquería hay pósteres de Will Smith, de beisbolistas, de celebridades negras
de todos los tiempos. No han oído nombrar al vecino escritor.
Paul Auster hizo un oficio de eso de
mezclar vida y obra, de poner un escritor a trabajar como detective (en La
trilogía de Nueva York) tras haber sido confundido con el detective Paul Auster
y cuando el autor se ha acostumbrado a su nueva personalidad –“Había empezado a
notar que el efecto de ser Paul Auster no era del todo desagradable”– hacerlo
encontrar con un “verdadero” Paul Auster, que no es detective sino escritor y
que tiene una mujer “alta, delgada, rubia” y un hijo que se llama Daniel, como
el Auster de forúnculo y hueso. En Leviatán, el protagonista es, otra vez,
un escritor, su mujer se llama Iris (la de Auster es Siri Hustvedt, escritora)
y Auster le presta a otro personaje una anécdota que ahora, en Diario de
invierno, aparece como propia: la madre sube con el chico a la Estatua de la
Libertad y ahí en la cumbre del ser nacional le viene el vértigo; para no matar
al chico de un susto inventa un juego: bajar de cola, peldaño por peldaño. En
la película La vida interior de Martin Frost (Auster también dirige),
un escritor va a pasar una temporada a la casa de una pareja amiga, que está de
viaje: en un portarretratos se ve que son Paul y Siri. En Sunset Park , la
madre de uno de los personajes hace chistes con él un fin de semana y la mujer
que limpia su casa la encuentra muerta en la cama días después, con el New York
Times todavía abierto junto a ella: Auster contará en el nuevo libro que así
fue la muerte de su mamá. El padre de ese personaje también muere como el de
Auster: a punto de tener orgasmo.
“Murió en la cama haciendo el amor con su
novia, un hombre sano a quien inexplicablemente le falló el corazón. En los
años transcurridos desde aquel día de enero de 1979, numerosos hombres te han
dicho que es la mejor forma de morir (la pequeña muerte convertida en verdadera
muerte), pero ninguna mujer te lo ha dicho, y a ti personalmente te parece una
horrible forma de morir, y cuando piensas en la novia de tu padre en el funeral
y en la traumatizada expresión de sus ojos (sí, te confirmó, fue realmente
horroroso, lo más terrible que le había pasado en la vida), ruegas para que eso
no le ocurra a tu mujer.”
Para los fans, los que recuerdan los
detalles de la obra, Diario de invierno funcionará como un detector
de las piezas autobiográficas incrustadas en la ficción austeriana. Pero –este
es Auster, que pliega ficción y realidad como un origami– este libro que
aparece como autobiográfico está contado en segunda persona: es a otro,
escribió Borges, al que le ocurren las cosas.
Dos y diez en Brooklyn. Llegó el vino.
“Diario de invierno” rompe una regla de la
autobiografía: está escrita en segunda persona. ¿Hay un Auster que vive y otro
que escribe?
Creo que es así, siempre hice la
distinción entre el yo que escribe y el biográfico, el hombre que paga sus
impuestos, que saca la basura y lava los platos. Ese no es el mismo tipo que
escribe mis libros.
¿Cuál es la diferencia entre ellos?
No sé, el que escribe es el ser invisible
que me habita, pero no soy exactamente yo, no es mi yo físico o biográfico.
¿Con cuál estamos hablando ahora?
Con el ser biográfico, el que lava los
platos.
¿El otro es mejor?
No compiten, son simplemente diferentes.
¿Te trata bien o te hace sufrir?
Ambas cosas. Lo mejor y lo peor, está todo
ahí. Sólo que no es accesible para nadie más, la única forma que tiene de
presentarse es en los libros que escribe, no podés conocerlo hablando conmigo.
Por eso no puedo discutir sobre mi trabajo, porque no lo entiendo muy bien.
Cuando la gente pregunta por qué esto, por qué aquello, no puedo responder.
Puedo decir cómo, o cuándo, pero nunca por qué. Que es lo que los demás quieren
saber.
Este es un libro expresamente
autobiográfico y aparecen muchas anécdotas que leímos en sus novelas. ¿Qué pasa
cuando usa su vida como materia prima para la ficción?
Escribir no ficción da el mismo trabajo
que escribir ficción. La diferencia es esta: con la no ficción, particularmente
con el trabajo autobiográfico, ya conocés los hechos, algo que no pasa cuando
escribís una novela. Todo lo demás es igual. Tenés que hacer el mismo esfuerzo
por escribir buenas frases, para hablar de la manera más real que puedas. Así
que sí, mis novelas a veces toman cosas prestadas de mi vida, pero el hecho de
poner ese material en una novela lo cambia, lo ficcionaliza, lo convierte en
otra cosa.
Como si tomara un trozo de vida y lo
pusiera en un museo... Una operación literaria a la manera de Duchamp.
La mayoría de los novelistas lo hace.
Puede ser un detalle, como el tipo de anteojos que usás, o algo más importante,
una experiencia.
Pero “Diario...” puede leerse como una
clave del resto de su narrativa: la verdad de su vida.
Sí. Pero es un libro que habla básicamente
de mi yo físico.
Efectivamente. Diario de
invierno habla del cuerpo de Auster. “Placeres físicos y dolores físicos”,
avisa que contará. Los dolores, con detalles: la pelota de béisbol que le
partió la frente; el clavo que le atravesó la mejilla cuando resbalaba por el
suelo a los tres años, cuya cicatriz (“acá, ya está muy suave”, dice ahora en
el café) todavía se ve; una herida sobre la ceja jugando a la pelota en la
primaria, otra –la otra ceja– en una cancha de básquet a los veintipico; rotura
de córnea izquierda, rotura de córnea derecha, ataques de pánico (cuerpo y
alma), trombo en la pierna izquierda, falso infarto a punto de cumplir los 50
–era una inflamación de esófago–, mononucleosis, gastritis. Pero no tiene
grandes problemas físicos, dice, a los 65. “No tengo ninguna enfermedad, los
anteojos no me molestan, supongo que lo que me preocuparía es mi pasión por los
cigarrillos, tengo más tos que la que tendría que tener y sé que eso me va a
hacer mucho daño al final. Pero no puedo parar y parte de mí no quiere parar.
Yo sé que (Samuel) Beckett, que me gusta mucho, murió a los 83 y era un gran
fumador, tenía un enfisema, bebía, y eso probablemente lo mató. Pero él decía
que no se arrepentía de haber fumado porque había demasiado placer en eso. Hay
un librito sobre Beckett, se llama Cómo fue, lo escribió Anne Atik, una
joven poeta norteamericana. Ella cuenta que cuando le dijo que iba a dejar de
fumar, él respondió: “¿Y qué haremos? ¿Cómo vamos a vivir? ¿Cómo pasaremos la
noche?” No es que sea un buen ejemplo...
“Toses, ni que decir, sobre todo por la
noche, cuando tu cuerpo se encuentra en posición horizontal, y en esas
madrugadas en que los bronquios están obstruidos más de la cuenta, te levantas
de la cama, vas a otra habitación y toses como loco hasta expectorar toda la
porquería”
Diario..., dice entonces, es el libro del
cuerpo. Pero ahora, cuenta Auster, viene el otro, el de las ideas. “Después de
meses de pensar qué hacer empecé algo nuevo: estoy tratando de escribir una
historia de mi mente, del desarrollo de mis pensamientos, así que voy muy para
atrás, hasta cuando era chico, y trato de recordar qué pensaba sobre las cosas.
¿Trata de forzar excursiones por la
memoria?
No, no. Simplemente me siento ahí y las
cosas vuelven. El animismo de la infancia, por ejemplo. Recuerdo un bol con
arvejas, yo pensaba que cada arveja tenía una personalidad distinta. O una cosa
sobrecogedora que me pasó cuando tenía seis años, la primera vez que fui al
cine de noche. Había visto dos o tres películas antes, películas de Disney, y
de pronto, en 1953, fui a ver La guerra de los mundos. Ahí estaba yo, un niñito
estúpido que creía en Dios y en su poder bondadoso y entonces vienen los
marcianos y comienzan a exterminar a los seres humanos.
¿Iba con sus padres?
No recuerdo, ese es el punto, sólo
recuerdo que estaba allí. Debió de haber sido con mis padres. Y claro, los
terrícolas están muy asustados y se defienden y atacan a los marcianos, pero
las armas no sirven para nada. Uno de los protagonistas es un ministro, un
hombre de Dios, que les dice que se equivocan, que no luchen, que sólo son
criaturas como nosotros y va hacia una de las naves espaciales diciendo que no
se enojen, que Dios los ama. Y los marcianos salen y lo eliminan. O sea que
Dios no tiene efecto sobre el demonio.
Eso fue una crisis de fe...
No sé si alguna vez me recuperé.
¿Y quién le habló de Dios?
No recuerdo, mi madre debió de haberme
dicho que había un Dios, y que estaba en todas partes. En fin, ahora estoy
escribiendo esto, veamos si lo puedo sostener, puede que no termine nunca, no
lo sé, pero lo voy a intentar.
Algo llamativo en el libro es que no habla
sobre su escritura, ni cuándo empezó.
En este libro que estoy escribiendo ahora
voy a hablar sobre la decisión de convertirme en escritor. Tampoco hay mucho en
realidad, apenas la determinación de hacerlo, cuando era joven.
Lo que aparece aquí es el relato de un
“epifánico momento de claridad”, cuando usted vuelve a escribir y empieza a ser
quien es hoy. ¿Cada libro tiene su momento epifánico? ¿Usted puede convocarlo?
No, no puedo convocarlo. Finalmente
aprendí, y ya tenía 31 años y había estado escribiendo mucho tiempo, que tenía
que cambiar mi acercamiento a la escritura. Aprendí a dejar las cosas ir. Antes
de eso, me imponía mucha presión, todo tenía que tener doble, triple, cuádruple
significado. Estaba trabajando demasiado duro, creo, y esta experiencia, esta
epifanía, como la quieras llamar, me permitió relajarme y confiar en mi
instinto. Antes era demasiado consciente. Construía cosas por adelantado, en
vez de ir descubriéndolas. Aún estoy en eso.
Pasa el rato, baja la copa, el café de
Brooklyn se va llenando y acá ya se olvidaron de que hay un escritor famoso
haciendo una entrevista, así que la música sube de nuevo y por la puerta que da
al fondo, junto a la que ocurre esta charla, dos muchachos entran y salen,
mueven cosas pesadas, inyectan aire frío en el salón. El cuerpo, escribió este
señor, es donde todo empieza y donde todo termina.
“Sin duda eres una persona precaria y
dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo
(¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como
sangre en una hoja de papel?).”
¿Cuál es esa herida original?
Creo que alguien se convierte en artista,
particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal
en nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente,
entonces sentís que tenés que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona
saludable estaría contenta con tomar la vida como viene y disfrutar la belleza
de estar vivo... no se tiene que preocupar por crear nada. Alcanza con hacer un
trabajo interesante, amar a alguien, comer buena comida, vivir todo lo que se
pueda, morir. Esa parece una linda forma de vivir. Otros, como yo, estamos
atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es
haciendo arte. Es decir, si estoy haciendo esto, es porque algo está mal. ¿Qué
es lo que está mal? Difícil decirlo porque estas heridas se producen cuando sos
muy joven.
¿Existe la posibilidad de despertarse y
pensar que ya no tiene que escribir más?
Me encantaría, ya escribí un montón de
libros, así que todo lo que haga ahora va a ser muy importante para mí. Si
muero hoy, ya he dejado muchas cosas.
Aquí usted dice que estuvo casi siempre
enamorado. ¿Cómo sabe cuándo está enamorado?
Lo sentís, es una emoción, no lo decidís.
¿Cómo se expresa? ¿Cómo se expresa el
amor?
Es un deseo, deseo de estar con esa
persona, es una especie de encantamiento con esa persona. Y también un deseo
físico tremendo.
¿Y cómo cambia eso según pasa el tiempo?
He pasado la mitad de mi vida con Siri, 31
años juntos. Y cuando miro hacia atrás, veo que seguimos evolucionando, que las
cosas siguen cambiando. Lo más gracioso después de haber estado con alguien
durante tanto tiempo es que terminás tan ligado emocionalmente, mentalmente,
que muchas veces sabés exactamente lo que el otro va a decir. Por ejemplo, el
año pasado, volvimos a tener la misma respuesta ante algo. Sacamos a colación
la misma historia para describir algo. Y me di vuelta y dije: “Si viviéramos
juntos durante cien años, seríamos la misma persona”.
¿Todavía siente ese enorme deseo?
Sí, lo confieso.
(Tus manos) “han recorrido toda la piel
desnuda de tu mujer y encontrado el camino hacia cada parte de su ser. Ahí es
donde son más felices, crees tú, desde el día en que la conociste ahí es donde
han sido más felices porque, parafraseando un verso del poema de George Oppen,
algunos de los sitios más hermosos del mundo están en el cuerpo de tu mujer.”
Eso es una bendición.
Sí, soy un hombre con suerte, pero ella es
una mujer extraordinaria. Nunca deja de sorprenderme. Es la persona más
inteligente que he conocido y es una gran escritora y una gran pensadora. Es
una aventura, siempre hay algo nuevo de qué hablar.
¿Eso es más importante que la parte
erótica de la relación?
La parte erótica es muy importante, pero
no es... ya no es como cuando nos conocimos, nos hacemos mayores al fin y al
cabo... no podés hacer las cosas que hacías antes, todavía podés hacerlo
pero... no diré más sobre el tema.
Esto de reencontrar las mismas anécdotas
nos hizo pensar en su obra. ¿La piensa como un todo, un gran texto?
Creo que todo está conectado, aunque cada
vez trato de escribir un libro nuevo, hacer un nuevo acercamiento. Repienso
todo. Pero después seguís descubriéndote a vos mismo. No podés escapar. Así que
sí, creo que todo es parte del mismo proyecto incompleto. Sea cual sea ese
proyecto.
¿Intenta un nuevo acercamiento a qué?
Supongo que a mis sentimientos sobre el
mundo.
En Diario... Paul Auster se
instala en la vida a través de sus casas. Como cuenta la historia de sus heridas,
cuenta la de sus casas. Empezando por “1. Calle South Harrison, 75; East
Orange, Nueva Jersey. Un apartamento en un edificio alto de ladrillo. Edad, de 0 a 1 y 1/2 ”. Contando qué
pasó en cada casa, se despliega la biografía.
¿La lista sirvió para recordar?
No había olvidado nada. Podría haber
agregado más lugares, pero incluí aquellos donde pasé un año por lo menos. No
podía recordar las direcciones de las casas donde vivíamos cuando era un bebé,
nunca supe las dos primeras direcciones, pero entonces no sé, buscando algo,
encontré mi libro de bebé, que mi madre había escrito, y ahí estaba todo. Esto
tiene que ver con la manera en que encaré este trabajo: mi cuerpo a la
intemperie, mi cuerpo adentro, protegido. ¿Dónde me guarecí? Haciendo la lista
de mis casas puedo contar detalles de lo que pasé.
Usted no tiene nada que ver con las
computadoras, usa una máquina de escribir, pero sabrá que hoy se puede entrar
en Internet, poner una dirección...
¿Y ver la casa?
Nosotros lo hicimos. Vimos la casa en Nueva
Jersey…
Oh, oh.
La casa, el barrio, se puede dar una
vuelta...
Bueno, qué interesante, yo no hago esas
cosas, ni tengo computadora, pero en fin, yo di las direcciones, quien quiera
puede ir y ver las casas. De última, qué importan, hay que vivir en alguna
parte. Ahora tengo ganas de ir a ver la casa donde viví la mayoría de la
infancia, entre los 5 los 12. Supongo que lo haré en marzo, con un amigo. Pero
sólo voy a pasar, no voy a llamar a la puerta, no quiero entrar.
“Irving Avenue, 253; South Orange, Nueva
Jersey. Una casa de madera de dos plantas construida en el decenio de 1920, con
la puerta principal amarilla, camino de entrada de grava y gran jardín. (...)
Empezaste a vivir allí hace tanto tiempo que durante los primeros dos años
repartían leche en un carro tirado por un caballo.”
Los de esa casa son los días anteriores a
“los tormentos de la adolescencia”, que vendrán en la próxima, y a la
separación de los padres. La última casa en la que entraron los cuatro juntos
(Auster tiene una hermana) y salieron juntos.
Es amarga la mirada sobre su padre en “La
invención de la soledad”. Y acá no lo es tanto. ¿Cambió su forma de verlo?
No mucho, pero siento mucha compasión por
él, entendí sus problemas, las tragedias de la vida que lo hicieron quien era,
simplemente no lo culpo. Una de las entradas del nuevo libro serán todos los
sueños que tuve con él. Hablo con él muchas noches, nos sentamos en la
habitación a charlar.
¿De qué?
Nunca, nunca puedo recordar de qué
hablamos.
¿Ahora que tiene dos hijos, cambió su idea
de qué es un padre?
Nunca he tenido una idea de qué es un
padre, sos lo que sos y lo hacés lo mejor que podés. Además, cada chico es
diferente, unos son sensibles, otros son tan duros que aunque los golpees no te
van a hacer caso, no sé cuál es la regla, es un trabajo duro.
¿Qué le dieron sus padres?
Como trato de expresar en el libro, mi
madre me dio un amor muy intenso. Quizás todo lo bueno que hay en mí vino de
ella.
¿Qué hay de bueno en usted?
Soy amable, no busco peleas, trato de ser un
buen amigo, un buen marido, trato de pensar en los demás antes que en mí, soy
perseverante, hago bien mi trabajo y trato de tener una postura ética en la
vida y de mantenerla. Claro que me equivoco todo el tiempo, pero hago lo mejor
que puedo; eso viene de mi madre.
“Era quien te acostaba, quien te enseñó a
montar en bicicleta, la que te ayudaba con tus lecciones de piano, con quien te
desahogabas, la roca a la que te aferrabas cuando los mares se encrespaban.”
De mi padre no sé, creo que la perseverancia
también porque a él realmente no le importaba lo que pensara la gente, podía
comportarse muy mal algunas veces y le daba lo mismo cómo reaccionaban los
demás. Hay algo admirable en eso.
Auster llegó a esta charla hablando de
política. Antes de sentarse casi, antes de pedir el primer vino, habló de
Turquía. Un par de días antes había dicho que no iría a Turquía a
presentar Diario... porque allí había escritores y periodistas
presos. Que no es, dijo, un país democrático. El primer ministro turco, Recep Tayyip
Erdogan, le contestó criticando que hubiera ido a Israel sin ver “la represión
y las violaciones a los derechos” en ese país. Cuenta el incidente, dice que ya
ha dicho todo lo que tenía para decir.
Auster estuvo siempre atento a la
política. Desde que a los dieciséis años se fue a Washington para el funeral de
Kennedy: “(...) pero lo que te encontraste aquella tarde fue una turba de
curiosos y mirones bulliciosos, gente subida a los árboles con cámaras,
empujando unos a otros para quitarles sitio y ver mejor.”
O cuando participó de sentadas en la
universidad y la policía lo sacó a patadas y de los pelos.
Aquí, en Diario de invierno,
encuentra libros nazis en una de las casas a las que se muda. Y los tira a la
basura.
¿Cuándo empezó a tener conciencia
política? ¿Ser judío tuvo algo que ver con eso?
Nací justo después de la Segunda Guerra,
crecí a su sombra, el nazismo estuvo presente en mi infancia, en mi imaginación
de chico diría, así que no sé cuándo supe que era judío, cuándo entendí lo que
era ser judío, pero probablemente muy temprano, a los 5 o 6 años. Sabía que
había una diferencia entre “ellos” y “nosotros”, ¿no? La conciencia política
llegó pronto. A los 10, 11 años estaba atento a las injusticias de la sociedad
americana, seguía de cerca los temas de Derechos Humanos, estaba muy interesado
en las cuestiones de la esclavitud. Me acuerdo a los 13, cuando Kennedy peleaba
por la presidencia. Estaba muy entusiasmado con Kennedy, había pasado toda mi
vida bajo Eisenhower. Kennedy era tan joven, fresco, tan emocionante, yo solía
ir a las oficinas de la campaña y agarraba todos los carteles y los ponía en mi
habitación: estaba cubierta con pósteres de Kennedy.
¿Cómo vivió con Bush?
Muy mal... y el país no se ha recuperado,
va a llevar 20 años deshacer lo que él hizo, y sólo han pasado tres. Y los
republicanos no quieren hacer nada, su única misión es destruir a Obama. Bush
fue una pesadilla. Creo que debería estar preso, porque es un criminal, y
también Cheney: deberían estar presos toda la vida.
¿Pensó en irse del país?
No, sólo pensé que vivir iba a ser peor.
Trato de luchar desde aquí, soy muy activo en el Pen Club y estoy muy
involucrado en el tema de la libertad de expresión, que es de lo que se trata
este tema con Turquía. Ahora, espero que pierdan los republicanos en noviembre,
porque si alguno de esos ignorantes llega a tener poder, vamos a retroceder 40
años.
¿Dónde hay que mejorar?
En infraestructura: el país está al borde
del colapso. Tienen que subir los impuestos para los ricos, hace falta un nuevo
plan de salud. Confío en que Obama va a ganar, porque los otros son idiotas
hasta un grado que es difícil de expresar, si tienen que ir a la campaña
nacional se van a exponer y se va a ver lo idiotas que son.
No para: Auster tiene mucho que decir: que
el racismo existe pero un poco menos, que cuando era chico no había ley a favor
del aborto ni plan de salud y eso ahora está, en fin. El grabador se apaga,
Auster pide una botella de vino blanco para los cuatro –también está la
fotógrafa– y luego otra. Volvemos a Turquía y así corre la tarde: siguiendo la
tradición que los tiene unidos desde hace siglos, tres judíos –el que no lo es
guarda prudente silencio– discuten sobre Israel y Palestina en un café que
podría estar en Bolonia, en Buenos Aires, en Alejandría, en Praga, pero esta
vez está en Brooklyn. “En Israel no hay periodistas presos”, argumenta Auster.
Es él, por supuesto, el que marca el
final, cuando mira el reloj y saluda y sale. Dentro de siete horas tendrá 65
años.
“Se ha cerrado una puerta. Otra se ha
abierto.
Has entrado en el invierno de tu vida.”
Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com17/02/2012
***
'Diario de invierno'
Paul Auster
Disponible en ebook
Paul Auster, incansable creador de
ficciones y de personajes inolvidables, vuelve aquí su mirada sobre sí mismo. Y
si en un libro anterior, A salto de mata, rememoraba sus años juveniles de
aprendiz de escritor, en este Diario de invierno parte de la llegada
de las primeras señales de la vejez para rememorar episodios de su vida.
Y así, se suceden las historias: un
accidente infantil mientras jugaba al béisbol, el descubrimiento del sexo, las
masturbaciones adolescentes y la primera experiencia sexual con una prostituta,
la rememoración de sus padres, un accidente de coche en el que su mujer resulta
herida, una presentación en Arles acompañado por su admirado Jean-Louis
Trintignant, la estancia en París, una larga lista comentada de las 21
habitaciones en las que ha vivido a lo largo de su vida hasta llegar a su
actual residencia en Park Slope, sus ataques de pánico, las historias de sus
abuelos, sus dos primeros matrimonios fallidos y el largo y feliz matrimonio
actual, la visión de un viejo thriller por televisión y las reflexiones que
propicia, las visitas a la familia de Siri, los viajes, los paseos, la
presencia de la nieve, el paso y la herida del tiempo, la conciencia del cuerpo
que envejece...
En definitiva, el puzle de una vida a
través de vivencias, sensaciones y recuerdos. Un magistral autorretrato
construido con la pasión, la desbordante creatividad literaria y la ejemplar
viveza de la prosa que son ya las señas de identidad de este escritor amado por
los lectores y admirado por la crítica.
«Paul Auster ha construido uno de los
universos más inconfundibles de la literatura contemporánea... Realmente está
en posesión de la varita de un mago» (Michael Dirda, The New York Review
of Books).
«Auster es uno de los escritores
intelectualmente más elegantes...
Los temas son fantasmas hambrientos, dijo Borges. Afortunadamente los fantasmas de Auster son insaciables» (Howard Norman, The Washington Post Book World).
Los temas son fantasmas hambrientos, dijo Borges. Afortunadamente los fantasmas de Auster son insaciables» (Howard Norman, The Washington Post Book World).
«Uno de los grandes escritores americanos»
(Jonathan Messinger, Time Out).
«Un escritor cuya obra brilla con
originalidad e inteligencia» (Don DeLillo).
PÁGINAS DEL LIBRO
Piensas que nunca te va a pasar, imposible
que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán
esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le
suceden a cualquier otro.
Tus pies descalzos en el suelo frío cuando
te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes seis años. Afuera cae la
nieve, y en el jardín las ramas de los árboles se están poniendo blancas.
Habla ya antes de que sea demasiado tarde,
y confía luego en seguir hablando hasta que no haya más que decir. Después de
todo, se acaba el tiempo. Quizá sea mejor que de momento dejes tus historias a
un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo
desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy. Un catálogo de datos
sensoriales. Lo que cabría denominar fenomenología de la respiración.
Tienes diez años, es pleno verano y hace
un calor sofocante, tan húmedo y molesto que, incluso sentado a la sombra de
los árboles del jardín, se te llena de sudor la frente.
Que ya no eres joven es un hecho indiscutible.
Dentro de un mes cumplirás sesenta y cuatro años, y aunque eso no es ser
demasiado viejo, no lo que todo el mundo consideraría una edad provecta, no
puedes dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar tan lejos como
tú. Ése es un ejemplo de las diversas cosas que podrían no pasar nunca pero
que, en realidad, han ocurrido.
Articulo : http://www.elboomeran.com17/02/2012


