Narrador y dramaturgo Premio Revista de
Libros 2011
Marcelo Leonart: "Escribo para poner
en escena y hago teatro para narrar"
Por Pedro Pablo Guerrero
El escritor y guionista chileno ganó el
certamen convocado por "El Mercurio" y Empresas CMPC con "Fotos
de Laura" -presentada al concurso con el título "Inquilina en
tránsito"-, novela que relaciona la desmemoria y las traiciones amorosas
con la historia política reciente.
Está viviendo una buena racha Marcelo
Leonart (Santiago, 1970), de eso no hay duda. Acaba de ganar el Premio Revista
de Libros con una novela que empezó a escribir en Barcelona cuando terminó el
volumen de relatos Mujer desnuda fumando en la ventana(Planeta, 1999). Ya
el año pasado había obtenido el Premio del Consejo del Libro con un libro de
cuentos que publicará en abril. Para Leonart, sin embargo, acostumbrado a tomarse
todo el tiempo del mundo en sus proyectos narrativos, y a ir y volver del
teatro como director y dramaturgo, los reconocimientos del último tiempo no son
más que algo "circunstancial".
-Es una casualidad. Pasó nomás. En
general, tratas de hacer el mejor cuento o la mejor novela. Los concursas
porque es una manera buena de difundirlos, de ganar plata. Cuando era chico
-pre Bolaño, hay que decirlo-, yo viví de los concursos literarios por mucho
tiempo. Teníamos la fortuna con la Nona (Fernández), mi pareja, de que
ganábamos becas o concursos a cada rato.
-Enviaste el manuscrito de la novela con
el título de "Inquilina en tránsito". ¿Por qué la vas a publicar con
el de "Fotos de Laura"?
-El libro originalmente se llamaba así,
pero se presentó con un título que es como el seudónimo de la novela. Hay que
considerar que tiene su tiempo, incluso le hice una revisión, pero nunca quise
reescribirla. Si hay un tema que me interesaba cuando la empecé era el del
doble y la relación con las vidas que están a tu lado: cómo uno las lee. Cuando
tenía clases con Egon Wolff -que es prácticamente mi único maestro en teatro
junto con Alfredo Castro-, él nos decía que viéramos situaciones atípicas en la
calle y a partir de ellas elucubráramos historias. Es de alguna manera lo que se
hace en la novela: los personajes, a partir de los ruidos, de las cosas que
ven, de las fotos, empiezan a elucubrar historias posibles, que nunca se
dilucidan.
"Es una novela de la memoria"
-Tanto en " Mujer
desnuda..." como en " Fotos de Laura"utilizas una voz
de mujer en primera persona. ¿A qué se debe?
-Nunca más volví a escribir con esa voz
después de esta novela. En ese tiempo la utilizaba porque me interesaban mucho
los personajes femeninos. Eso tiene que ver con una "deformación": yo
estaba en una compañía donde había mujeres. Trabajar con actrices era
fascinante. Lo curioso es que las mujeres hacían roles muy masculinos, porque
como los escribía yo, había una mezcla. También estaba harto influenciado, en
el cine, por las mujeres de Kieslowski y de Bergman. Eso me interesa todavía,
pero lo ejerzo menos como autor.
-Las relaciones de pareja, el abandono, la
pérdida y la traición son un leitmotiv de tu literatura. ¿Tienen algo que ver
con tu trabajo en las teleseries?
-Nada. Yo en la televisión lo paso muy
bien, hago un trabajo colectivo donde todos tratamos de hacer un producto lo
más entretenido posible, pero no tiene nada que ver con mi trabajo literario.
De hecho, todos los cuentos de mi primer libro los escribí antes de entrar a la
televisión. Con el teatro, todo que ver, porque en el teatro, incluso para
establecer conflictos de carácter social, que en esta novela también se
establecen -y es la lectura que más me interesa-, esto se hace a partir de las
relaciones personales.
-¿Dirías que en la novela este aspecto
social está más presente?
-Sí. Es como la vuelta de tuerca. Mis
cuentos estaban llenos de desaparecidos, pero yo nunca lo tomé como un tema
político. Después me lo dijeron en Francia. Que alguien desaparezca en Chile es
un dato de la causa, lo puedo poner en un cuento sin que tenga una lectura
política. En esta novela lo que trato de hacer derechamente es eso: no se trata
de la mala memoria amorosa, se trata de cómo podemos ser hijos de puta y
después decir que no nos acordamos, o acordarnos del pasado como si fuera otra
cosa. No parece, pero es una novela de la memoria. Se podría llamar "La
memoria obstinada", por ejemplo. Pero a la vez es una historia
tremendamente íntima de traiciones amorosas.
-El epígrafe de la segunda parte de la
novela, sobre la exhumación ilegal de detenidos desaparecidos, es harto más
contingente que los epígrafes de la primera parte. ¿Ahí la Historia
"irrumpe sin contemplaciones", como dice en la novela?
-Ahí yo meto el teatro. La intencionalidad
era absolutamente la misma, pero hay un momento en que digo esto tiene nombre y
apellido: Augusto Pinochet, en la época en que está detenido en Londres. Con el
teatro me empiezo a volver mucho más explícito. En el texto dramático, cuando
yuxtapones dos imágenes, te dicen otra cosa. Una vez, en 1995, la dramaturga
inglesa Sarah Kane estaba escribiendo una obra de teatro sobre un traficante de
armas que se encerraba en un hotel con su amante. Un día enciende la tele, ve
la guerra de Bosnia y se dice: "Tengo que escribir sobre esto".
Luego, en la obra tocan el timbre en la pieza del hotel y entra un soldado que
amenaza a los personajes. Entonces el escenario explota y ellos están en
Bosnia. Eso en teatro lo puedes hacer, queda maravilloso, no tienes que
explicar nada ni hacer esta cosa más racional que tiene cierta literatura.
En Fotos de Laura la protagonista siempre tiene conciencia de su
"pequeña historia", como la llama, hasta que de repente estalla la
Historia.
-¿De dónde viene el papel protagónico de
la fotografía, tan presente en la novela?
-Lo lógico generacional, claramente, como
cuestión estética, de goce, es "Las babas del diablo", de Cortázar, y
por ende "Blow Up", de Antonioni. Pero los libros que leí después,
mucho después, y encontré impresionantes, fueron Sobre la fotografía ,
de Susan Sontag, y La cámara lúcida , de Roland Barthes. La
fotografía es una mirada, no es la realidad, sino lo que uno quiere ver. Y es
lo que pasa también con la memoria, pero la memoria nos ataca como un virus, en
el sentido de que nos juega malas pasadas. La foto es más un registro. A veces
uno se acuerda de una foto y después cuando la encuentra no es como la
recordaba. En esta novela finalmente la foto es una prueba.
-Alguna vez dijiste que escribías para ver
cómo se articula la historia de nuestras vidas. ¿Todavía lo piensas?
-Yo creo que escribo por más y por menos
que eso. Escribo porque me gusta, porque me interesa ver cómo funciona el
mundo, preguntarme cosas sobre el mundo, dar testimonio del mundo. Pero también
es entretenido manipular lo que va pensando el lector. Te diría que yo escribo
para poner en escena, porque me di cuenta de que era una idiotez separar las
cosas que hago. Escribo para poner en escena y hago teatro para narrar. Son lo
mismo. Me molesta mucho cuando leo un texto narrativo que no pone en escena y
cuando veo un teatro que prescinde de narrar.
-¿Te consideras realista?
-¿Pero qué es ser realista? En la
literatura actual chilena, Alejandro Zambra podría ser: la cosa íntima, como
que nada se aleja de la realidad. Pero un tipo encerrado con un bonsái también
me parece inquietante. Yo creo que no es realista. Finalmente nada es realista.
En teatro buscas lo real, algo que no necesariamente es la realidad, sino un
concepto medio lacaniano. Lo real va más allá de las estructuras simbólicas con
las que uno se mueve. Zizek dice enBienvenidos al desierto de lo real ,
que en Occidente lo real surge con los atentados a las Torres Gemelas. Eso es
lo real, como un guatacazo. Lo otro, lo que vivimos, es mentira.
-Entonces lo real es el trauma.
-Sí, podría ser, o el éxtasis. Me imagino
que puede ser planteado en esos términos, una cuestión que suspende el juicio
simbólico de la realidad. En ese sentido, las cosas que me interesan en
literatura no tienen un rasgo tan realista a pesar de que esta novela, incluso
para mi gusto, es muy realista. Pienso en Juan Carlos Onetti, en José Donoso,
hasta los textos de Bolaño me parece que no son realistas. Sus personajes no
existen, y sin embargo existen. De lo que ha salido ahora, en Chile, Soldados
perdidos , de Alejandro Cabrera. Eso es lo real.
-Él pertenece a tu misma generación junto
con Nona Fernández, Larissa Contreras...
-Nona es mi pareja desde hace 22 años, y
Alejandro y Larissa son mis amigos hace 24. Es decir, los primeros cuentos que
escribió el Alejo me los pasaba a mí, y los primeros que escribí yo se los
pasaba al Alejo, y así entre los cuatro. Con Larissa y Nona armamos las
primeras compañías de teatro, porque Larissa también es actriz. Somos amigos,
somos hermanos, antes de dedicarnos a escribir. Nos conocimos en la Escuela de
Teatro de la Universidad Católica. Alejandro estudiaba literatura en esa época.
Escribíamos de manera amateur y adolescente, no los conocí por la literatura.
Si no hubiéramos escrito una línea seríamos amigos igual. Obviamente que hay un
diálogo entre nosotros, es natural.
-¿Cómo es vivir con una escritora?
-Puras ventajas. De hecho, prácticamente
mi única lectora es la Nona y yo soy el primer lector de sus cosas. Es
entretenido, siempre nos estamos mostrando lo que escribimos. En teatro también
trabajamos juntos y lo hemos hecho en televisión.
-¿Y no se mimetizan los temas o el
lenguaje?
-A veces compartimos temas. Harto. Al
principio había una escritura que era más parecida, no igual, como si
compartiéramos la cuadra, no la pieza. Pero eso de alguna manera se ha ido
bifurcando hacia caminos distintos, más personales.
-¿Por qué haces una separación tajante
entre el trabajo literario y el de la televisión?
-Creativamente es una separación muy
tajante. No tiene nada que ver, en mi caso, con lo que yo he hecho. Ni técnica
ni temáticamente, porque en la tele yo me pongo al servicio de un producto con
otras coordenadas. Tampoco me han tocado proyectos como a la Nona, que hizo
"Los archivos del cardenal", que tenía directa relación con lo que
estaba escribiendo. Cuando Pablo Illanes publica su primera novela, Una
mujer brutal , y es sobre una actriz de telenovelas, las cosas se unen. No
es mi caso, pero, repito, he trabajado con gente increíble en las teleseries,
lo he pasado muy bien, he tenido grandes amigos, he conocido a grandes
escritores, como a René Arcos, un muy queridísimo amigo, y qué pena que no haya
escrito más.
-Hablando de él, ¿crees que la televisión
malogra a los buenos escritores?
-No. Probablemente es un caso muy cercano,
pero Alejandro Cabrera escribe guiones y su novela es increíble. La Nona,
demasiado cerca, pero es súper buena. López-Aliaga está escribiendo teleseries.
Jorge Marchant, después de retirarse, ha escrito novelas y le ha ido bien. De la
nueva generación, están Simón Soto y Pablo Toro. Lo que hoy sucede, eso sí, es
que muchos guionistas no tienen interés en ser escritores. Igual pienso que
nosotros, el equipo con el que partí, era muy raro. Todos éramos escritores, y
más densos. "Amores de mercado" la escribimos René, Alejo, Larissa y
yo. Nos matábamos de la risa y después llegábamos a escribir cosas que
claramente no eran como las teleseries. No hay ningún trabajo que de por sí te
malogre. Lo mismo se podría decir de los escritores que hacen talleres o clases
en la universidad.
"Hay que contar las cosas que no nos
gustan"
-¿El teatro, la literatura, son
didácticos?
-No, para nada, ni el mejor Brecht es
didáctico. En un sentido estricto, creo que todo teatro y literatura
evidentemente conllevan una mirada moral. Más que moral, ética. Lo moral está
de acuerdo con lo que uno vive, y lo ético de acuerdo con las aspiraciones. El
teatro y la narrativa que nacen de los griegos tienen un componente súper
moral. Edipo se da cuenta de que es el causante de la catástrofe en Tebas y se
saca los ojos. Él no es culpable, no tenía la intención de hacerlo, pero se
saca los ojos. En mi novela el personaje Caetano de alguna manera purga su
culpa. En mis trabajos los personajes no son portavoces de la sociedad, tampoco
modelos de conducta, pero creo que sí hay una mirada. No un juicio, porque
sería algo categórico. Una mirada. Por eso es tan importante desde qué punto de
vista cuento la historia, cuáles son los elementos que escojo y por qué. Lo
digo al comienzo de la novela: hay que contar las cosas que no nos gustan,
porque si nos gustaran no hay necesidad de contarlas.
Articulo : http://diario.elmercurio.com
29/01/2012

