Ida y vuelta
De Poe a James
Por Rafael GUMUCIO
Sentir miedo ante lo horroroso no es lo
mismo que sentir el horror ante pecados difusos. Uno y otro parecen las marcas
de Edgar Allan Poe y de Henry James. Pero, ¿son tan distintos Poe y James?
Cuando era joven, Henry James era lectura
de gente seria. Gente que habla de «armados» de novelas, estructura, cambio de
narradores y otras sutilezas por el estilo. Gente que iba al taller de José
Donoso y recibía la verdad a la hora del té. Gente que intimidaba a gente tan
desarmada como yo por entonces, volcado por entero en leer a escondidas paginas
de Artaud, Jarry, mientras escuchaba los chistes cultos de los dependientes de
la librería Mimesis, allá cerca de la escuela de arquitectura.
Me sentía destinado, pensaba yo, al otro
gran americano del siglo XIX, Edgar Allan Poe, traducido por Baudelaire y
Cortázar, mis ídolos de entonces. Ninguno de los cuentos de Poe logro, sin
embargo, darme tanto miedo como Otra vuelta de tuerca de James, que leí
obligado en el colegio. Me asustaba justamente lo contrario de los cuentos de
Poe, lo indeterminado, lo impreciso de su fantasma y sus pecados sin corazones
delatores, gatos negros y péndulos asesinos.
En Otra vuelta de tuerca, James se resigna
a escribir en el género que más se ajusta a su talento: el cuento inglés de
fantasmas. La mayor parte de su obra tiene la audacia de intentar el realismo
para que su sentido completamente alterado de la realidad no lo preparaba ni en
lo mas mínimo. Como el terror de Poe nunca me dio miedo, la psicología en las
novelas de James siempre me pareció fantasiosa. Es lo que hace sus obras únicas,
su intento por ser grandes novelas realistas balzacianas que fracasan con una
mente que suele ver los acontecimientos mas banales como si se tratara de una conspiración
teología.
Muy lejos de ser perfectas o armoniosas,
las novelas de James son la prueba viva de una especie de dislexia ontología.
Si las primeras novelas de James, como tantas de su maestro Turgeniev, cuentan
el intento de rebelión de sus personajes contra las convenciones sociales, las últimas
cuentan, al revés, la rebelión de esas convenciones, de esas reglas contra unos
personajes que desesperadamente intentan ajustarse, que son rechazados por eso
mismo, por querer ajustarse demasiado. Las convenciones y reglas sociales no
son tratadas en la novela de James, como en la mayor parte de las novelas del
siglo XIX, como convenciones huecas impuestas por los hombres, sino como
verdaderos mandatos de algunos dioses arcaicos sedientos de sangre, misteriosas
criaturas del mas allá que eligen cada cierto tiempo una presa que devorar.
Henry James agiganta anécdotas, chismes,
cuentos que caben en una página o media pagina de su diario de vida. No agrega
mucho más que ese esqueleto. Hasta cierto punto, no profundiza, sino que agrega
detalles y más detalles a la misma anécdota. El despliegue es tan inesperado,
que nos hace pensar que esta contando algo más de lo que cuenta. La verdad es
que no lo hace, la verdad es que terminamos por hacerlo nosotros por él. No
conocemos el coleccionista de los papeles de Aspen o la anciana que guarda sus
papeles mas al final de la novela que al comienzo. Sólo hemos visto su
presencia llenar un jardín flotante en Venecia y un palacio lleno de
habitaciones oscuras. La escenografía misma de un cuento de fantasmas y
traiciones, y fuego y vampiros.
Edgar Allan Poe habría empezado por ahí,
por los fantasmas, por los vampiros, por los fuegos. A la postre, nos habría
sugerido la sordidez, la soledad, la obsesión de la que parte James. Todos los
caminos llevan a Roma, en el Poe de mi adolescencia buscada al James en que ya
maduro reconozco tantas cosas de Poe. Porque hay una continuidad secreta entre
esos dos americanos obsesionados por el refinamiento europeo, la decoración,
los castillos y los seres que no duermen buscando un manuscrito o un anillo en
arcón recóndito.
Hijos del artificio, en una sociedad
creada de todas piezas alrededor de una constitución y otros contratos por el
estilo, los dos coleccionaron justamente eso, artificialidades llevadas al
extremo de su autodestrucción.
Los dos evitaron el canto a los indios que
les era destinado por el solo hecho de ser norteamericanos; pero en su forma de
mirar Europa no dejaron nunca de ser salvajes del nuevo mundo. Los personajes
de Poe y los de James, artistas frustrados o no, coleccionistas de toda especie,
con un esfuerzo que resulta entre irritante y creíble, intentan vivir su vida
como si fuese una obra de arte.
Cuando lo logran, se dan cuenta de que no
pueden respirar bien en ella, que no manejan los resortes de ella, que los
traga como tantas de las maquinarias infernales de Poe.
Su intento desesperado de salvarse del
artificio constituye muchas veces el drama de sus personajes desmedidos,
obsesivos, irreales y, sin embargo, ejemplares, como esos mosquitos o esas
libélulas atrapadas en el ámbar gracias a lo que los científicos pueden
reconstruir toda la fauna y la flora de una selva olvidada.
Articulo: http://www.mer.cl 19/02/2012

