samedi 25 février 2012

Rafael GUMUCIO/ De POE a JAMES


Ida y vuelta
De Poe a James
Por Rafael GUMUCIO

Sentir miedo ante lo horroroso no es lo mismo que sentir el horror ante pecados difusos. Uno y otro parecen las marcas de Edgar Allan Poe y de Henry James. Pero, ¿son tan distintos Poe y James?

Cuando era joven, Henry James era lectura de gente seria. Gente que habla de «armados» de novelas, estructura, cambio de narradores y otras sutilezas por el estilo. Gente que iba al taller de José Donoso y recibía la verdad a la hora del té. Gente que intimidaba a gente tan desarmada como yo por entonces, volcado por entero en leer a escondidas paginas de Artaud, Jarry, mientras escuchaba los chistes cultos de los dependientes de la librería Mimesis, allá cerca de la escuela de arquitectura.

Me sentía destinado, pensaba yo, al otro gran americano del siglo XIX, Edgar Allan Poe, traducido por Baudelaire y Cortázar, mis ídolos de entonces. Ninguno de los cuentos de Poe logro, sin embargo, darme tanto miedo como Otra vuelta de tuerca de James, que leí obligado en el colegio. Me asustaba justamente lo contrario de los cuentos de Poe, lo indeterminado, lo impreciso de su fantasma y sus pecados sin corazones delatores, gatos negros y péndulos asesinos.

En Otra vuelta de tuerca, James se resigna a escribir en el género que más se ajusta a su talento: el cuento inglés de fantasmas. La mayor parte de su obra tiene la audacia de intentar el realismo para que su sentido completamente alterado de la realidad no lo preparaba ni en lo mas mínimo. Como el terror de Poe nunca me dio miedo, la psicología en las novelas de James siempre me pareció fantasiosa. Es lo que hace sus obras únicas, su intento por ser grandes novelas realistas balzacianas que fracasan con una mente que suele ver los acontecimientos mas banales como si se tratara de una conspiración teología.

Muy lejos de ser perfectas o armoniosas, las novelas de James son la prueba viva de una especie de dislexia ontología. Si las primeras novelas de James, como tantas de su maestro Turgeniev, cuentan el intento de rebelión de sus personajes contra las convenciones sociales, las últimas cuentan, al revés, la rebelión de esas convenciones, de esas reglas contra unos personajes que desesperadamente intentan ajustarse, que son rechazados por eso mismo, por querer ajustarse demasiado. Las convenciones y reglas sociales no son tratadas en la novela de James, como en la mayor parte de las novelas del siglo XIX, como convenciones huecas impuestas por los hombres, sino como verdaderos mandatos de algunos dioses arcaicos sedientos de sangre, misteriosas criaturas del mas allá que eligen cada cierto tiempo una presa que devorar.

Henry James agiganta anécdotas, chismes, cuentos que caben en una página o media pagina de su diario de vida. No agrega mucho más que ese esqueleto. Hasta cierto punto, no profundiza, sino que agrega detalles y más detalles a la misma anécdota. El despliegue es tan inesperado, que nos hace pensar que esta contando algo más de lo que cuenta. La verdad es que no lo hace, la verdad es que terminamos por hacerlo nosotros por él. No conocemos el coleccionista de los papeles de Aspen o la anciana que guarda sus papeles mas al final de la novela que al comienzo. Sólo hemos visto su presencia llenar un jardín flotante en Venecia y un palacio lleno de habitaciones oscuras. La escenografía misma de un cuento de fantasmas y traiciones, y fuego y vampiros.

Edgar Allan Poe habría empezado por ahí, por los fantasmas, por los vampiros, por los fuegos. A la postre, nos habría sugerido la sordidez, la soledad, la obsesión de la que parte James. Todos los caminos llevan a Roma, en el Poe de mi adolescencia buscada al James en que ya maduro reconozco tantas cosas de Poe. Porque hay una continuidad secreta entre esos dos americanos obsesionados por el refinamiento europeo, la decoración, los castillos y los seres que no duermen buscando un manuscrito o un anillo en arcón recóndito.

Hijos del artificio, en una sociedad creada de todas piezas alrededor de una constitución y otros contratos por el estilo, los dos coleccionaron justamente eso, artificialidades llevadas al extremo de su autodestrucción.

Los dos evitaron el canto a los indios que les era destinado por el solo hecho de ser norteamericanos; pero en su forma de mirar Europa no dejaron nunca de ser salvajes del nuevo mundo. Los personajes de Poe y los de James, artistas frustrados o no, coleccionistas de toda especie, con un esfuerzo que resulta entre irritante y creíble, intentan vivir su vida como si fuese una obra de arte.

Cuando lo logran, se dan cuenta de que no pueden respirar bien en ella, que no manejan los resortes de ella, que los traga como tantas de las maquinarias infernales de Poe.

Su intento desesperado de salvarse del artificio constituye muchas veces el drama de sus personajes desmedidos, obsesivos, irreales y, sin embargo, ejemplares, como esos mosquitos o esas libélulas atrapadas en el ámbar gracias a lo que los científicos pueden reconstruir toda la fauna y la flora de una selva olvidada.

Articulo: http://www.mer.cl 19/02/2012

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