LITERATURA
La literatura que es siempre nueva
Por Raquel GARZON
La “Serie del Recienvenido” es la nueva
ocupación de Piglia, retirado ya de la enseñanza en Princeton. Se trata de una
colección que ha rescatado libros de Sylvia Molloy y Germán García, y seguirá
con uno de Ana Basualdo. Libros, dice, que parecen haber generado poéticas,
espacios donde volver a leerlos en el presente. De paso, habla del canon, y de
la moda de decir “relato”.
Serán las cerezas que acaba de servir en
gesto de espléndido anfitrión o el talante que cuadra al verano? El buen humor
de Ricardo Piglia esta tarde inspira, de cualquier modo, el consejo: para
entrevistar a un escritor, prefiera siempre un sitio que le sea familiar; no
los lugares que sugieran la editorial o el azar: un mapa donde él o ella se
sientan cómodos en su piel y en sus zapatos. Aquí, en su estudio de la calle
Marcelo T. de Alvear –bibliotecas de pared a pared, imágenes de Joyce como
santo patrono, un afiche de La naranja mecánica , de Stanley Kubrick, una mesa
y dos sillas “en el corazón del centro de la ciudad”–, el autor de Prisión
perpetua conversa con una distensión envidiable. Bromea sobre la geografía del
departamento, donde mandan las líneas verticales –“el arquitecto debió ser un
expresionista alemán” –; dice que está contentísimo de haber vuelto a vivir en
Buenos Aires –“me retiré, ya no doy clases en Princeton”– y hasta elucubra
venganzas sutiles cuando la fotógrafa lo apestilla con una ráfaga de disparos:
“Estoy pensando en montar una exhibición: diez escritores y diez fotógrafos.
Los escritores tomaríamos las fotos y los fotógrafos deberían escribir por lo
menos una línea sobre la experiencia de ser retratados. Entonces yo podría
decirte ‘natural, nomás’, y verías cómo eso, por sí solo, es una invitación a
ponerse tieso”.
La razón del encuentro no son los éxitos
que ha cosechado su novela más reciente, Blanco nocturno , que en 2011 se alzó
con los premios Dashiell Hammett, el de la Crítica española y el Rómulo
Gallegos, entre otros, sino lo que Piglia llama una de sus “vidas paralelas”:
su faceta de editor, a la que debemos, por ejemplo, la Serie Negra, una
colección de policiales que difundió a fines de los sesenta a autores como
Raymond Chandler, David Loeb Goodis y Horace McCoy. Bajo su batuta editorial
comienzan a salir este mes, prologados por él, los títulos de la “Serie del
Recienvenido”, nombre que homenajea a Macedonio Fernández, autor de los Papeles
del recienvenido (1929) y guiño hacia una tradición con la que Piglia quiere
poner a dialogar los textos elegidos.
La colección, publicada por el Fondo de
Cultura Económica, propone el rescate de “grandes obras de la literatura
argentina de las últimas décadas del siglo XX” a un ritmo de tres o cuatro
títulos por año y el debut justifica la espera: ya están en la calle En breve
cárcel (1981), de Sylvia Molloy, y Nanina (1968), de Germán García. “La idea
–sintetiza el editor– es buscar algunos libros –novelas y cuentos– publicados
en distintas épocas pero conectados con ciertas poéticas actuales, como si la
literatura hubiera ayudado a construir lugares para volver a leerlos o seguir
leyéndolos. La imagen del ‘recienvenido’, un chiste de Macedonio, es también
ésa: textos que siempre están llegando como nuevos”. Entre los que le gustaría
publicar a continuación, Piglia incluye El mal menor , de C. E. Feiling, La
pasarela del alcohol , un relato autobiográfico de María Moreno, alguna buena
traducción de “un libro de la gran tradición” como Días de ocio en la Patagonia
, de Guillermo Enrique Hudson y, en el mediano plazo, textos latinoamericanos
como Morirás lejos , de José Emilio Pacheco, “para enfrentar la balcanización
de los grandes grupos editoriales, que sólo editan a los autores en sus países
de origen”.
Mientras apura unas cerezas y sirve dos
vasos de agua, Piglia se sienta de espaldas a una ventana, donde la siesta
comienza a urdir cómo convertirse en otra cosa, para conversar sin prisa sobre
este proyecto y otros temas tan variados como el canon literario, el
protagonismo que ha adquirido en la política argentina la idea de “relato” y el
debate sobre “qué es el presente”, uno de los que, a su juicio, está marcando
la literatura actual.
En una entrevista anterior hablamos de su
deseo de escribir un ensayo sobre primeras novelas. Los dos libros que ha
elegido para abrir esta serie lo son. ¿Puede verse esta colección como una
forma de aquel ensayo? Y en ese caso, ¿con qué hipótesis trabajó?
No lo había pensado, pero creo que
Oldsmobile 1962 , el libro de cuentos de Ana Basualdo, tercer título de la
Serie, es también un primer libro. Elegirlos debe hablar, por lo menos, de la
persistencia de aquel interés mío. Sería bueno, ya que seguimos trabajando con
esta idea macedoniana de lo posible, de lo que se podría hacer, delinear una
colección de primeras novelas. Porque ellas suponen la aparición de una voz,
algo que uno puede identificar como un futuro que está implícito y eso en sí
mismo genera una atracción. Sería un modo de llamar la atención, además, sobre
un género que suele ser mal visto por los editores, que siempre quieren
escritores conocidos, y sobre la posibilidad de jugarse por identificar nuevos
autores o estilos. Pero no ha sido una intención consciente elegir primeros
libros.
El prólogo a “En breve cárcel” destaca la
intensidad y la belleza con que está contada la historia. Cierta crítica
cuestiona el valor de la belleza, ¿por qué sigue siendo importante para
usted?
La novela de Sylvia Molloy narra una
pasión sentimental entre dos mujeres; en su momento funcionó como un libro que
a cualquiera le parecía extraordinario, pero ahora también encuentra un diálogo
con textos que han trabajado esa cuestión casi como si fuera un género. Eso que
llamamos belleza sería una manera de recortar en el fluir de los
acontecimientos algunos hechos que parecen tener una dimensión propia y son
inolvidables para quien los vive. Eso también tiene que ver con los cuerpos y
con el amor, con cómo se embellecen los cuerpos en el amor. Uno tendría que
asociar la belleza con la pasión, no son cosas desligadas; en este libro eso
está trabajado de una manera absolutamente notable. Cuando uno dice “no puedo
dejar de leer esta novela”, es porque hay algo ahí, una voz que está narrando:
más allá de la anécdota o de la trama, lo que uno quiere seguir escuchando es
esa voz que narra y devela una relación particular con la historia que cuenta.
¿De allí surge la distinción que hace
entre tono y estilo?
Sí, el estilo alude a la elegancia en la
disposición de las palabras; el tono, a la cadencia e intensidad del relato.
Esas son las cosas que persisten. Estamos todos muy interesados en ver qué es
lo que cambia y cómo podemos adaptarnos a ello; pero también tendríamos que
reflexionar sobre qué es lo que queda, por qué nos interesa lo que persiste y
cuál es la virtud que tiene para poder persistir. En el mundo de la narración,
una cuestión que me parece importante señalar es el tipo de voz que tiene el
narrador, sea un personaje real, un personaje interno de la trama o alguien que
cuenta esa historia; eso podría entenderse como una persistencia. Es algo que
la literatura nos da: la sensación de una voz interna que nos ayuda a
comprender lo que se está narrando de una manera distinta a como se comprende
un relato audiovisual, se trate de un filme o de imágenes que se superponen en
cualquier formato. Esa relación entre el lenguaje y los tonos del lenguaje es
algo que la literatura practica y modula de una manera única. Por otra parte,
la literatura por su propia dinámica tiende a pensar más en lo que no existe.
Se adapta a los cambios y se adapta de una manera muy fluida a los formatos, a
las técnicas, a todo lo que está renovando. Pero al mismo tiempo, puede
incorporar un debate, una discusión o una visión que tiene el aire de una pausa
en medio de un rumor rápido. No digo que todo eso esté en esta Serie. Son las
cuestiones que giran alrededor de lo que quiere decir hoy publicar literatura;
es una microscópica intervención en esa línea.
Una colección de estas características,
dado el lugar que usted ocupa en la literatura iberoamericana, supone proponer
nuevos clásicos, canonizar. ¿O no?
Los cánones son múltiples, cada uno tiene su propio canon y es una discusión abierta sobre el valor, sobre las jerarquías, sobre las persistencias de los textos, sobre las colocaciones y las rupturas de los espacios demasiado acotados a veces, que excluyen textos; pero es un debate distinto a cómo los libros circulan.
Los cánones son múltiples, cada uno tiene su propio canon y es una discusión abierta sobre el valor, sobre las jerarquías, sobre las persistencias de los textos, sobre las colocaciones y las rupturas de los espacios demasiado acotados a veces, que excluyen textos; pero es un debate distinto a cómo los libros circulan.
¿Cómo plantearía usted ese debate?
Me parece que yo llevaría la cuestión a
cómo podemos lograr que el mercado escape a esa especie de presente perpetuo,
en el cual los libros circulan rápidamente y es muy difícil conseguirlos luego.
Ese trabajo es previo a la discusión del canon, porque muchas veces el canon ni
siquiera tiene a mano los libros que habría que ponerse a leer. Yo quería
regalar un libro de Cabrera Infante, por ejemplo, y hoy no lo conseguís. No es
que vayamos a revertir esa situación, pero es importante recuperar una idea de
catálogo. En ese sentido, creo que este proyecto está en conversación con otros
que se han venido produciendo en la Argentina en los últimos diez años:
experiencias como las de Mansalva, La Bestia Equilátera o Eterna Cadencia, El
Cuenco de Plata, Adriana Hidalgo o lo que fue Interzona: una cierta tradición
de la edición más ligada con escritores y con la persistencia de ciertas
lecturas. Estas iniciativas han empezado a cambiar un poco el modo en que los
autores nuevos encuentran espacios. Esa es la base para empezar una discusión
sobre qué está pasando con la literatura argentina o latinoamericana en los
últimos años.
¿Y qué está pasando a su juicio?
Hay una discusión sobre las nuevas
tecnologías que genera una serie de perspectivas poéticas, nuevos textos. Pero
hay que tener cuidado con la mirada eufórica sobre ellas porque tienen una
dinámica que no es la de la cultura. Es una periodización rápida, que envejece
inmediatamente formas anteriores, estetizando lo que envejece. Yo decía en
broma que pronto habrá una gran retrospectiva de Twitter en el Louvre. Esos
sistemas ayudan a la difusión de la cultura, pero los libros, en cierto
sentido, también están presentes en ese debate. Es muy común, por ejemplo, que
jóvenes que hacen revistas en la Web luego las publiquen en papel, porque la
página impresa todavía tiene un espacio que funciona. En este contexto, hay una
discusión bastante intensa entre críticos y escritores sobre cuál es la
literatura argentina actual, cuál es la literatura del presente, qué tipo de
características tiene esa literatura.
¿Algo así como una urgencia por ser
contemporáneo?
Sí, y uno se pregunta ¿en qué consistiría?
¿En incluir personajes que se envían mails o tweets? Me parece interesante la
discusión, pero creo también que es una problemática más ligada al periodismo
que a la tradición de discusiones sobre literatura. No porque la literatura no
trabaje con el presente; lo hace pero de una manera más enigmática, más
desplazada. La exigencia sería una demanda hacia los escritores. Los escritores
tendríamos que estar muy atentos a que no se nos vaya a escapar el presente,
cuando el presente si está, funciona por sí mismo. Decir “yo soy un escritor
del presente” parece más bien una condena.
¿Cómo recuerda su “presente”, el momento
en que usted comenzó a escribir?
Cuando nosotros empezamos, en los años 60,
el problema era: ¿Cómo se conecta uno con la realidad? Esa era la discusión.
Cómo los escritores establecíamos conexiones con la realidad y cómo la realidad
entraba, si entraba, en la sintaxis, en el léxico. Me parece que los grabadores
ayudaron a resolver esa cuestión, para poner otra vez un ejemplo técnico. Hoy
me parece que la tensión es la relación con la imagen. En el caso de los libros
de la “Serie del Recienvenido” participan en la polémica contemporánea habiendo
sido publicados en otro momento, lo cual ya es una manera de intervenir en la
discusión: no sólo son contemporáneos los contemporáneos.
Timbre. Llega el resto del equipo: la
cámara que dará cuenta de esta entrevista para la Web. Más cerezas en la pausa
y agua para quienes traen el calor de la calle. “¿Está bien el aire así?”,
pregunta Piglia. Asentimos, mientras lentes y cables se apropian de la luz y
los rincones.
El secreto del diario
Hablábamos del presente y quería
preguntarle en relación con su propia percepción cotidiana por la decisión de
comenzar a publicar en Ñ fragmentos del diario privado que escribe desde hace
más de cuatro décadas.
Había algo de arrastre que yo quería cambiar: se había impuesto la idea de que existía algún secreto con ese diario. Publicarlo me parecía un modo de cambiar la conversación sobre esa cuestión. Y por otro lado, por circunstancias múltiples, entre otras porque yo había dejado de enseñar literatura en Princeton, surgió la posibilidad del periodismo y me pareció que el formato unía los dos espacios: hacer algo periódico, pero algo que a la vez se relacionaba con cuestiones que ya estaban en marcha. En 2011 publiqué a lo largo de seis meses “Notas de un Diario” y este año comencé a hacer lo mismo.
Había algo de arrastre que yo quería cambiar: se había impuesto la idea de que existía algún secreto con ese diario. Publicarlo me parecía un modo de cambiar la conversación sobre esa cuestión. Y por otro lado, por circunstancias múltiples, entre otras porque yo había dejado de enseñar literatura en Princeton, surgió la posibilidad del periodismo y me pareció que el formato unía los dos espacios: hacer algo periódico, pero algo que a la vez se relacionaba con cuestiones que ya estaban en marcha. En 2011 publiqué a lo largo de seis meses “Notas de un Diario” y este año comencé a hacer lo mismo.
Publicado, el diario deja de ser un
laboratorio de escritura privado para convertirse en algo distinto. ¿Debemos
leer al Piglia que aparece allí como un personaje?
Por supuesto, yo selecciono de lo que
tengo escrito, lo que me parece que puede tener un interés que no sólo sea el
que me produce a mí releer los diarios. Hay una carga fuerte de una especie de
ayuda memoria sobre la experiencia propia. Uno escribe el diario pensando que
va a releerlo en el futuro y que le va a ayudar a entender algunas cosas que
estaban pasando y que en ese momento no comprendía bien. Lo que yo trato de
ofrecer cuando selecciono los fragmentos, es algo que sirva para ver cómo puede
funcionar alguien en una situación determinada: ciertos hechos cotidianos, domésticos
a veces, encuentros, lecturas. Tengo una consigna: trato de escribir igual y de
no cambiar algo porque lo voy a publicar.
¿Un pacto de sinceridad con usted mismo a
la hora de escribirlo?
Eso podría pensarse en relación con toda
la literatura. Uno escribe cosas y algunas las publica y otras no. Es parte de
lo que yo escribo, algo que se supone que es para mí y que decido publicar.
Pero hay un momento dado, el de la lectura, en que el diario de un escritor es
algo distinto de un diario escrito de manera casi privada o ligada con
elementos de la propia vida: a ese nivel, más importante que si uno es sincero
o no, es si uno produce un efecto de sinceridad en el lector o un efecto de
artificialidad. Hay gente que cree que es muy sincera cuando escribe y uno nota
la afectación inmediatamente.
El relato.
Sí.
La idea de que la sociedad puede leerse
como una trama de relatos que circulan y donde se destacan algunas ideas
dominantes es algo sobre lo que ha reflexionado en “Crítica y ficción” y parece
haber hecho escuela: hasta la Presidenta habla hoy de “el relato”.
A mí me impresiona mucho que todo el mundo
hable de relatos, me siento un poco incómodo. Se ha abusado de esa metáfora; es
una palabra que tiene una función específica, que supone una serie de cuestiones.
Supone que hay alguien que recibe ese relato, supone que hay que decidir si el
relato es verdadero o no. También es cierto que pone la discusión política o la
discusión social en un registro más horizontal. Si uno dice “el relato que
alguien hace sobre qué le pasa en relación con una situación determinada” está
hablando de cómo la experiencia de una persona actúa para la reconstrucción de
una determinada interpretación de la realidad; se acepta que hay versiones
distintas. Pero la sociedad no es sólo relato.
Y de los relatos que circulan hoy, ¿cuáles
marcaría como ideas fuerza?
Creo que muchas de las discusiones
actuales tienen que ver con la impostura. Sobre si lo que se dice es algo en lo
que se debe creer o no. Cuáles son las imposturas que hay detrás de los
relatos, quiénes son los que están escondiendo cosas cuando dicen A o B: está
en juego la creencia y en general pareciera que el espíritu crítico consiste en
ejercitar el “yo no me la creo”. Por otro lado, eso es algo que está siempre
implícito en un relato, pero ahora se ha hecho parte de un debate político
mucho más intenso.
Dada su formación, que proviene de la
Historia, proponer “grandes libros de las últimas décadas del siglo XX” como
esta Serie, implica de algún modo que la literatura puede contar cosas que la
historia no nos ha dicho. ¿Qué vienen a contarnos estos libros?
La literatura aborda experiencias
concretas; son siempre situaciones muy puntuales, muy personales, las que
aparecen en las novelas. Registros que no son los más deliberados a veces nos
dan la pauta del funcionamiento de un momento. En el caso de la novela de
Sylvia Molloy, hay algo muy interesante sobre qué quiere decir la pasión. Para
decirlo como la literatura lo dice: lo importante es estar enamorado, no que lo
quieran a uno; el problema es si uno siente algo y qué riesgo supone. También
habla de qué es un amor entre personas del mismo sexo. Uno podría decir que la
sociedad, en la Argentina al menos, se fue haciendo cada vez más amplia o más
comprensiva respecto a lo que supone el hecho de que el amor se puede dar de
maneras muy diversas. Allí habría un signo, de hace mucho tiempo, es una novela
de 1981, donde aparece contado algo que tiene un efecto que se mantiene en
términos de intensidad literaria, aunque es probable que hoy sea recibida con
menos, llamémosla, incomodidad.
¿Y “Nanina”?
La novela de Germán García convoca una
serie de discusiones: ¿Qué quiere decir educación? ¿Cómo se educa a un
adolescente? ¿De dónde aprende? Porque la historia muestra un aprendizaje en
los bares, con los amigos, una atención a los libros que están circulando en la
ciudad, una capacidad de captar lo que está en el aire. Eso es algo que sería
interesante considerar, sobre todo porque hay una actitud hostil hacia los
jóvenes, en general; hay como una exaltación de los jóvenes en el discurso
publicitario y luego, una desconfianza respecto a sus formas, a sus maneras de
gozar, de dar placer, de buscar modos de vida. Esta es una novela de educación
de alguien que viene de un lugar muy ajeno; un joven que ve en la cultura un
modo de zafar de una situación que lo va a hundir si no, posiblemente, en el
delito o en un mundo marginal. Lo que se narra es la épica de estar lejos de
casa, perdido en el mundo; la literatura es una tabla de salvación. En ese
sentido es una novela que retoma una tradición importantísima y se enlaza con
El juguete rabioso , de Arlt, pero también con Juvenilia , de Miguel cané, con
Cuadernos de infancia de Norah Lange y La traición de Rita Hayworth , de Manuel
Puig, entre otros.
Arlt como una estética de euforia
narrativa y Borges, ejemplificando la contención formal, son las dos vertientes
dominantes que ha señalado usted en relación con la tradición literaria del
siglo XX. ¿Siente que esos parámetros marcan aún la literatura escrita en el
país?
Sí, uno también puede verlas como grandes
líneas, no sólo en la literatura argentina. Un intento de que la literatura se
renueve sobre la base de ir a buscar fronteras ajenas. Mundos donde el delito y
cierto tipo de transgresiones están presentes, donde el lenguaje se amolda a
ese tipo de experiencia, como en El juguete rabioso . Y otro tipo de relato que
tiende a trabajar con conceptos formales más elegantes y que se propone no
hacer un camino horizontal hacia una nueva frontera sino hacer, más bien, una
especie de camino perpendicular hacia abajo, para ver hasta dónde se puede
llegar. Claro que en todo esto estamos simplificando demasiado. La literatura
siempre es mucho más compleja que una clasificación. La relación que uno mantiene
con los libros escritos en su propia cultura, en su propio espacio es mucho más
personal, mucho más intrigante también. Suelo hacer un chiste con algo que mi
madre decía: “Yo no leo novelas argentinas porque estas historias las conozco”.
Quería novelas extranjeras porque sucedían en otros lugares, para ir a otro
lado y salir de donde estaba. Era injusta, desde luego, porque uno también lee
para saber cómo son las cosas en su lugar.
Una última pregunta
“Miércoles. Antes, cada dos por tres
entraba en una polémica pública. Ahora no le encuentro sentido a ese murmullo
incesante de opiniones y de pronósticos. Sin embargo, a veces, todavía, a la
mañana temprano, bajo la ducha, escribo indignadas cartas imaginarias a los
periódicos contestando argumentos idiotas”, se sinceraba Piglia en la entrega
del 21 de enero de “Notas de un Diario”. Abusando de la afabilidad que me ha
prodigado esta tarde, dos minutos antes de la despedida, ante la puerta, le
pregunto si tiene tiempo para una última pregunta incómoda; quiero consultarle
por un viejo rival literario, muerto en agosto de 2010, que le dedicó diatribas
encendidas y provocaciones escandalosas en medios y libros, mientras la crítica
literaria impartía justicia por partes iguales y señalaba a Respiración artificial
, de Ricardo Piglia, como la gran novela argentina de los años 80 y a Vivir
afuera como el libro de los 90. Accede.
¿Hay lugar en su colección de nuevos
clásicos para Fogwill?
Dejemos a Fogwill descansar en paz.
El ascensor espera.
Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com
24/02/2012

