Cultural
Una noche inolvidable
Por Roberto Fontanarrosa
EL QUE CONOCÍA todos los piringundines era
mi amigo, el Narigón Costoya. Hombre de la noche a pesar de su juventud, era
para mí una imagen digna de admiración y envidia, cuando se entreveraba con
gente avezada en el trajín algo turbio de boliches y reductos tangueros. Por
eso, aquella vez en que me dijo: "Esta noche nos vamos al Tabarí", no
puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza en el Narigón era completa.
Purretes todavía, a pesar del estímulo
varonil que nos prestaban el cigarrillo con boquilla y la botita charolada, el
ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las moscas.
Canta un coso que no te podés perder me
confió Costoya. No teníamos mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos,
pero sí podíamos ufanarnos de un atrevimiento a toda prueba. En especial de
parte del Narigón, poseedor de un ángel y una soltura verdaderamente notables.
Años más tarde hablaría de él aquel
inmortal bardo que fuera don Nicolás Casona.
La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí
por Suipacha al 400, pasamos bajo la mirada entre severa y cómplice de
"Lopecito", el portero, y nos mandamos para adentro.
"Lopecito" no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros
sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba
algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre.
Tiempo después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada,
pobrecito, en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya.
Esa noche de sábado, el "Tabarí"
estaba de bote en bote y corría la bebida entre la algarabía del gentío.
Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró unas rupias)
conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar y
recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el
local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar
de saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo
pretendían un mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi
amigo, no vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante
la admiración de nuestras ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una
hora cuando subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña
orquesta y a renglón seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una
porcelana. Hubo aplausos y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso
silencio cuando el bandoneón rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el
mutismo de aquel público de habitual mordaz y bullanguero! ¡Qué dominio sobre
la audiencia poseía aquel cantor de fino bigotito y voz cristalina que a cada
momento amenazaba quebrarse!
El artista finalizó sus canciones y no
pudo abandonar el proscenio, ante los hurras y reclamos de la gente que pedía,
a grito pelado, alargar su actuación. Fue cuando yo, intrigado por ese
magnetismo increíble que irradiaba de esa garganta privilegiada, le toco el
codo al Narigón y le pregunto: -Che, ¿quién es?
-¿Cómo? ¿No lo conoce? -se adelanta,
entonces, una de las pibas.
-Es Agustín Magaldi -dice la otra. Yo,
recuerdo, hice un gesto de asentimiento sorprendido pero, en verdad, no conocía
mucho sobre ese tal Magaldi. Había oído de sus condiciones, sí, pero sólo un
par de veces, como de paso.
-El gran Agustín Magaldi -sentenció el
Narigón, que había vuelto a sentarse, tras la euforia del agasajo. En el
escenario, Magaldi estaba anunciando ante la ávida expectativa de la multitud,
su última entrega. En eso, una voz estentórea interrumpe su soliloquio:
-¡Tenga mano, compañero!
Giramos todos nuestras miradas hacia la
puerta y vemos la silueta amenazadora de un hombre recortada frente a los
vidrios de la entrada. Se hizo un silencio de muerte cuando el recién llegado
comenzó a avanzar hacia el escenario a paso firme. Llevaba una daga
impresionante en la mano. De más está decir que la gente se abrió, presurosa,
en el camino de aquel malevo. Cuando trepó al tablado pude verlo mejor, un
morocho grandote, aindiado, de rasgos nobles a pesar de su ferocidad, con el
hombro derecho cubierto por un poncho y el toque elegante de unos gemelos de
oro en el puño que sobresalía bajo la manga que cubría el brazo sostenedor de
la faca amenazante. Se enfrentó a Magaldi y, ante el horror de todos, gritó:
-¡No me gustan los cantores de voz
finita!- y le tiró una puñalada. Pero quiso Dios Todopoderoso que un segundo
antes una mano femenina le propinara un empujón a Magaldi quitándolo del rumbo
homicida del puñal. El fierro prosiguió su vuelo y se ensartó en el instrumento
del primer bandoneonista. Recuerdo que el fuelle, herido, exhaló un quejido
profundo, como un lamento. El matón, defraudado, retiró el arma, miró con
desprecio a Magaldi que había caído sobre el piano y se retiró a paso vivo,
dejándonos con la boca abierta. No voy a contar, por extensos, los comentarios
que entonces se sucedieron, el parloteo alarmado de las mujeres y el murmullo
de asombro entre los varones. Pero Magaldi era un hombre de decisiones rápidas,
pidió silencio golpeando sus palmas, exclamó "Aquí no ha pasado nada"
y dijo que el espectáculo iba a continuar. Todos se animaron nuevamente hasta
el momento en que cayeron en la cuenta de que el bandoneón agonizaba sobre las
rodillas de su desconsolado dueño por la puñalada recibida. No había poder
humano que le arrancase un sonido. El Narigón, con esa facilidad suya para
apoderarse de las situaciones, saltó sobre la tarima y gritó:
¡La fiesta recién comienza! ¡No vamos a
permitir que una cosa así nos amargue la noche!
Y acto seguido, ante la mirada atribulada
del gordito bandoneonista, tomó el herido instrumento diciendo:
-Vengan conmigo. Acá cerca hay una
gomería.
Y ahí salimos todos en manifestación, ante
la mirada atenta de los presentes que aprobaban, entusiastas, la decidida
acción de mi amigo. Habremos sido unos catorce los que nos movilizamos hacia la
estación de servicio. Hacía frío, recuerdo, y el Narigón tuvo que explicarle a
un policía qué era eso de andar a altas horas de la noche llevando un bandoneón
en brazos como quien lleva un pibe accidentado. Debo confesar que, dentro del
absurdo, la cosa tenía algo de trágica, de litúrgica procesión pagana tras la
figura de un dios caído. El agente del orden comprendió -era un porteño,
después de todo-, y nos dejó seguir nuestro camino. Cuando llegamos a la
estación de servicio, la gomería estaba cerrada: eran como las tres de la
mañana. Había un pibe, sin embargo, sentado en una pequeña caseta vidriada,
haciendo la tediosa guardia nocturna, tomando mate.
-Queremos ponerle un parche a este fuelle
-le dijo el Narigón. El pebete lo miró con ojos vivaces y contestó:
-Me parece difícil. La gomería está
cerrada y don Hipólito está durmiendo.
En efecto, el pequeño galponcito que hacía
las veces de gomería, tenía sus puertas de chapa cerradas.
-¿Y ahora qué hacemos? -pregunté yo.
-Esperen -nos dijo el pibe, comedido-. Si
don Hipólito se despierta, tal vez les hace el laburo.
Ante nuestra natural ansiedad, el muchacho
se encaminó hasta el galpón y golpeó la puerta. Debo confesar que nosotros
esperábamos por toda respuesta el insulto o el silencio más frío, pero de
inmediato desde adentro se escuchó una voz áspera y somnolienta.
-¿Qué pasa?
En breves palabras el pibe que nos había
atendido le contó al tal don Hipólito nuestro problema. Al rato se dio vuelta y
nos hizo una seña con la mano: que esperáramos. Enseguida se abrió la puerta,
se encendió la luz de adentro y vimos la silueta de un hombrón grandote
poniéndose una bufanda.
-Pasen -dijo. Al gordito dueño del
bandoneón se le iluminó la cara.
Nos metimos todos dentro de aquel tinglado
y durante casi una hora presenciamos, en un silencio respetuoso, cómo el viejo
y el muchacho emparchaban la herida del fuelle, con un cuidado, un amor y una
dedicación dignas del equipo más refinado de cirugía. Cuando hubieron terminado
le pasaron el instrumento al gordito, que temblaba como un padre ante el
retorno de su hijo accidentado.
-¿Puedo tocarlo? -preguntó.
-Por supuesto -dijo don Hipólito. Y allí
mismo, en ese galpón de chapa, ante nuestro grupo amontonado por la falta de
espacio y emocionado hasta las lágrimas, el músico se mandó "Desde el
alma" de Rosita Melo. Puedo jurar que lloramos todos y hubo abrazos y
aplausos.
Como si eso fuera poco, ni el pibe, ni el
viejo de la gomería a quien habíamos despertado de su sueño de laburante, nos
quisieron cobrar un peso. Pero no estaba terminada esa noche memorable para mí.
Cuándo volvimos al Tabarí, entre la
algazara de la gente que nos recibió como quien recibe a los soldados volviendo
del frente, la cosa se prolongó hasta que empezó a amanecer. Después nos fuimos
un grupito, el más aguantador, a desayunar esas medias lunas maravillosas al
"Viejo Roma", el cafetín de Parador y Reconquista. Me parecía mentira
estar en compañía de aquella gente de la noche, entre figuras legendarias,
entre nombres que había sentido nombrar una y mil veces en boca de los mayores.
Fue allí cuando Natalio Perinetti, el que fuera celebérrimo insider de la
Academia, me pasó una mano sobre el hombro y me dijo:
-Pibe... de buena se salvó esta noche
Agustín -haciendo referencia al suceso de la puñalada. Yo asentí con la cabeza.
-Ese malevo es muy peligroso -me dijo-.
Muy peligroso.
-¿Quién era? -pregunté-. ¿Usted lo conoce?
-Cómo no voy a conocerlo, muchacho -dijo
Natalio- ¡ese hombre era ni más ni menos que Juan Moreira!
* * * *
De más está decir que el recuerdo de
aquella noche ha quedado impreso en mi memoria con caracteres indelebles,
máxime cuando con los años me volví a encontrar con uno de sus protagonistas.
Una noche, presenciando un espectáculo tanguero en el "Café de
Miguel", reconocí a aquel gordito cuyo bandoneón había recibido el puntazo
destinado al pecho canoro de Agustín Magaldi. El muchacho estaba un poco más
rollizo aún, mantenía su expresión adormilada, pero su nombre ya era un crédito
rutilante en las marquesinas de los bailongos porteños: Aníbal Troilo.
Pero sin duda los detalles de esta
anécdota memorable estaban destinados a no agotarse tan fácilmente. El año
pasado, en ocasión de mi viaje a Estocolmo, con motivo de ir a retirar el
premio Nobel con que me galardonaron, tuvo lugar una recepción de festejos en
la Embajada Argentina.
No eran muchos los invitados, pero había
un ambiente de jolgorio ante la distinción que se me había concedido, a mi
juicio, inmerecidamente. De pronto se me acerca un hombre no muy alto,
semicalvo, con barba entrecana.
-Usted no se acuerda de mí -me dice.
-Para serle sincero... -me disculpo.
-Yo soy Astor Piazzolla -me dice. Es de
imaginarse mi emoción ante la presencia de tamaña figura de nuestra música y su
cordialidad en el saludo.
-Por supuesto que lo conozco -recuerdo que
le dije-. Pero no creo que hayamos tenido oportunidad de vernos personalmente.
-Se equivoca -me dijo el gran maestro, que
se hallaba casualmente en la capital sueca brindando una serie de recitales-.
¿Se acuerda de una noche en que usted y unos amigos llevaron un bandoneón a una
gomería para emparcharlo?
Mi asombro entonces no tuvo límites. Me
quedé mirando a Astor con la boca abierta, sin atinar a soltar su diestra que
aún estrechaba.
-Yo era el pibe de la gomería -me dijo.
¡Después dicen que el destino no suele
manifestarse en formas evidentes!
-Y le digo más -me dice Piazzolla sin
darme respiro-. El viejo, el viejo a quien desperté para que les arreglara el
bandoneón, don Hipólito, era ni más ni menos que don Hipólito Yrigoyen. El
mismo que con el tiempo se convirtió en caudillo del movimiento radical.
Aquello fue demasiado para mí. Estreché a
Piazzolla en un abrazo y ambos lloramos como niños.
La semana pasada, nomás, leo en un
reportaje que la valiente mujercita que apartó el cuerpo de Agustín Magaldi del
curso mortal de la hoja del puñal agresor, supo también dejarnos, años más
tarde, piezas que se enraizaron en lo más granado de nuestra verba: esa mujer
no era otra que doña Juana de Ibarbourou.
ROBERTO FONTANARROSA (1944-2007).
Argentino. Libros: Bestseller, No sé si he sido claro, El mundo ha vivido
equivocado, La mesa de los galanes, Una lección de vida.
