samedi 4 février 2012

Rómulo TORRE TORO/ Chile y una novela



Alejandro Zambra
Formas de volver a casa
Santiago, Anagrama, 2011. 165 pp.

Chile y una novela
Por Rómulo Torre Toro

”Un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas”, dice Raymond Carver en un pequeño ensayo. Se refiere a la forma distinta de apropiarse al mundo, y de reflexionar sobre él, que debe tener un narrador. 


De hacernos sentir la vida de una manera similar a la suya. Esa es, quizás, una de las constantes de la narrativa de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975). Su última novela,Formas de volver a casa (2011) es, a la vez, la consolidación de su obra y la búsqueda de un rumbo distinto, la voluntad de representar ampliamente, alejada de las posturas sesgadas y definitivas, la sociedad chilena de la post dictadura. Cómo queda ésta, después de la experiencia del golpe y el autoritarismo. Sin embargo, la frase inaugural de Carver apunta hacia algo en particular: el estilo. EnBonsái, primero, y en La vida privada de los árboles, después, Zambra trabaja sobre lo cotidiano, sobre microhistorias que pueden perderse en el anonimato, pero que el narrador rescata para contarlas desde una perspectiva muy personal. Perspectiva que podemos entender como una versión de hechos ya consumados, una versión incompleta, limitada, y que deja constancia de serlo. Asimismo, el lenguaje es fundamental: su naturaleza poética convierte a la narración en algo que tiñe lo verosímil con lo insólito, con aquello que no se ve comúnmente en la vida diaria. Como algo que nos deja perplejos ante el mundo. Zambra, entonces, quiere alcanzar la poesía contándonos historias. Y quiere que sus historias sean poesía y nada más que eso. 

De este modo, las dos primeras novelas de Zambra apuntan más hacia la construcción de una poética que entiende la literatura como una suerte de disciplina de lo privado. Narraciones que se desarrollan en casas, casi nunca en lugares abiertos o públicos, solo en ambientes íntimos donde los personajes se desenvuelven en toda su complejidad y en todos sus matices, desde los más elementales, hasta los más incomprensibles. Es en espacios como estos donde hay poco que hacer y más espacio para pensar. Para reflexionar sobre el sentido de la vida presente, la del pasado y la del futuro, como en La vida privada de los árboles. O sobre la continuidad de la existencia y, por lo tanto, del amor, como enBonsái. Son novelas donde los personajes tienen la capacidad de revelarnos, dentro de lo verosímil, lo increíble, lo extraño, lo desacostumbrado. Como dije líneas arriba: captar la realidad de manera distinta es, también, presentarla como algo nuevo, bajo un matiz que no había sido tomado en consideración. 

Por esa razón, una novela como Formas de volver a casa resulta ser inesperada. Porque es una apuesta distinta. La novela se ubica de manera tangencial, pero quizás por eso más intensa, en el período de la dictadura de Pinochet para intentar dar una mirada a la sociedad chilena en su conjunto, durante y después de ella. La novela se centra en esas “nuevas familias, las familias sin historia, dispuestas o tal vez resignadas a habitar ese mundo de fantasía” (p. 29) que constituyen la nueva sociedad chilena que brota de la militarización de la vida política durante casi dos décadas. Familias que vivieron sin oponerse ni apoyar, solo viviendo. Al margen. Lo que intenta Zambra en esta novela es, por lo tanto, no dar un testimonio de aquella época, sino destacar los resultados de dicha experiencia. Cómo se reestructuraron sus vidas con la llegada de la democracia y el balance que hacen de la dictadura. Pero es, también, más que eso. Formas de volver a casa es una especie de exposición de la sensibilidad de una generación. La generación de la que forma parte el niño que espía a su vecino, Raúl, un militante opositor al régimen, por encargo de Claudia, otra niña que, al final, resulta ser su hija. La generación que vivió como una masa de actores secundarios que creció “creyendo eso, que la novela era de los padres” (p. 56). Es, de esta manera, una novela de padres e hijos. Del cambio de una literatura a otra: cómo entender el pasado, cómo juzgarlo, cómo escribir y cómo vivir. El narrador chileno ha conseguido un ensamblaje casi perfecto en la novela: ha fusionado lo político y lo familiar, siempre desde el ámbito de lo privado. 

Esta última afirmación, sin embargo, debemos matizarla. Las dos primeras novelas de Zambra se desarrollan, como se dijo líneas arriba, básicamente en lugares íntimos, por ejemplo, una casa. Las acciones se reducen a lo mínimo indispensable, lo que significa que los desplazamientos también son mínimos. Por ejemplo, enBonsái parece ser que el movimiento está dentro del pequeño árbol en miniatura que cuida el protagonista. En La vida privada de los árboles, el narrador está todo el tiempo en su casa e imagina cómo será el futuro, las posibilidades del futuro. EnFormas de volver a casa, notamos, en ese sentido, un cambio. Ya no encontramos solo espacios privados. Tenemos, además, el espacio público por antonomasia: la calle. Tenemos otros, como el colegio. Los desplazamientos de los personajes no se limitan a un espacio cerrado, sino que involucran toda la ciudad y varias casas, la de los padres, la del narrador, la de Raúl y Ximena. Por lo tanto, en esta novela, Zambra le da un lugar a lo público. 

Pero siempre debe ser con cuidado. No podemos entender el texto sin su referente inmediato: la dictadura. Ella impone control sobre sus ciudadanos, lo requiere. La calle, lo público, es, en ese sentido, un lugar peligroso. “Cada casa era una especie de fortaleza en miniatura, un reducto inexpugnable” (p. 30) donde los padres contagian el temor a los personajes secundarios, los niños. El espacio público está presente, pero lo que prima en la novela son las vidas privadas, las experiencias de personas perfectamente individualizadas.

La dictadura es una presencia que necesita ser explicada. En el texto, no intervienen actores directos en el terreno político. Raúl es, por ejemplo, un militante que es básicamente un fantasma. Los niños, Claudia y el narrador, hablan de él, pero el personaje no tiene voz. Lo mismo sucede con el régimen. No es una presencia que descargue su violencia directamente, la novela no pretende describir crímenes, ni a  policías organizando operativos. Prefiere, más bien, describir sus efectos sobre las particularidades de los personajes y en las relaciones entre ellos. El niño que fue el narrador es un buen ejemplo. En su vida cotidiana espía a su vecino, entabla una amistad con una niña que calla ante la palabra comunista, tiene un profesor que le dice que no debería hablar demasiado sobre esas cosas. Los padres se limitan a ver televisión y soportar la aparición de Pinochet en mitad de un programa. Es decir, la dictadura forma parte de lo cotidiano, pero es aquello que lo define. Nada ni nadie escapa a ella. Todos están dentro de sus márgenes y sus vidas quedan afectadas para siempre. 

Esta marca indeleble es, lógicamente, compartida entre las dos generaciones: la de padres e hijos. Los padres que son los actores del momento, que son los protagonistas de la novela (que es como el narrador llama a ese período de la historia chilena), y los hijos que, en ese momento, no entienden nada o que empiezan a entender, pero que son, como en el título de la primera parte, “Personajes secundarios”, seres que no pueden definir nada. Las relaciones entre ambas generaciones son, también, tensas. Y no exactamente porque toda generación busque siempre impugnar lo que hace la anterior, criticarla. Es más que eso. Formas de volver a casa explora las diversas posibilidades y diferentes aristas que implica revisar lo que hacen los padres, hacer un balance de lo que hicieron. Y de lo que dejaron de hacer. Resulta sintomático, por ejemplo, que el narrador de “Literatura de los padres” y “Estamos bien”, tenga este diálogo con su madre:
“Eres la persona más divertida que he conocido, dijo. Pero también eres serio y eso me desconcertaba, me desconcierta. Te fuiste muy chico y yo a veces pienso cómo sería la vida si te hubieras quedado en casa. Hay hijos de tu edad que todavía viven con sus padres, los veo pasar de repente y pienso en ti.
La vida habría sido peor, le dije. Y esos grandotes son unos mamones.
Sí. La verdad que sí. Y tienes razón. La vida sería peor contigo aquí” (p. 79).

En el mismo sentido, en “Literatura de los hijos”, el narrador discute con su padre por la inevitable elección de Piñera como presidente de Chile.  La separación entre ambas generaciones es casi total. Los lazos afectivos se mantienen y los recuerdos. Sobre todo los objetos que, como los libros del narrador, son conservados por los padres en un estante, ordenados. Pero no necesariamente eso supone un reconocimiento en los otros. Los hijos quieren escribir su propia vida, quieren tener sus propios libros y su propia literatura. Claudia quiere vender la casa de su padre y acabar con el pasado, por ejemplo. La generación de los hijos opta por el anonimato. Buscan confundirse, sin pasado, ser como cualquiera, sin recordar el dolor o el miedo: “… hace años descubrí que quería una vida normal. Que quería estar, sobre todo, tranquila. Ya viví las emociones, todas las emociones. Quiero una vida tranquila, simple. Una vida con paseos por el parque. (…). Pero entendí lo que quería decir. Buscaba un paisaje propio, un parque nuevo. Una vida en que ya no fuera la hija o la hermana de nadie” (p. 140).

Zambra alcanza a construir una novela que recrea a su propia sociedad, la chilena, y le da a su generación un punto de apoyo. Producto de una historia violenta,Formas de volver a casa es, justamente, eso: un modo de volver a empezar en el mismo lugar y con las mismas personas.

Rómulo Torre Toro (Lima - Perú, 1987): Estudia Literatura en la UNMSM. Ha participado en Textura: Mercado ambulante de cuentos. Acaba de obtener una mención honrosa en el concurso de cuentos  de los Juegos Florales de la Universidad Ricardo Palma. Actualmente colabora con el blog Germinal (Política-Actualidad-Cultura) y es reseñista en la Bitácora de El Hablador.

Articulo : http://www.elhablador.com 01/2012

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