IDEAS
Robert Darnton: “Los libros y los ebooks
se complementan”
Por Santiago BARDOTTI
En París del siglo XVIII las canciones
callejeras funcionaban como diarios y transmitían información, recuerda aquí el
autor de “El beso de Lamourette”. En la historia de los medios de comunicación,
afirma, el cambio implica “integrar lo nuevo con lo viejo”.
Considerado uno de los mayores
especialistas en Historia de Francia del siglo XVIII, desde su despacho como
director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard, EE.UU., Robert Darnton
atiende el teléfono con voz amable y serena, para hablar, entre otras cosas, de
El beso de Lamourette, una serie de ensayos que reflexionan sobre la historia,
los medios de comunicación y la historia de los medios , tomando para el título
el apellido de un obispo que trabajó como ghost writer de Mirabeau.
En pleno auge de la era digital, pionero
en el campo de la historia del libro, con inusual optimismo, Darnton ve cómo su
objeto de estudio parece desvanecerse en el aire para transformarse en otra
cosa. A su juicio, no hay lugar para la nostalgia, sin embargo: la historia del
libro, como la de la tecnología y la de las ideas no puede ser sino una
historia de la trasformación; del encuentro entre pasado y futuro. Ante la
proclamación general de que “vivimos en la era de la información”, contesta:
“Toda era fue una era de la información, cada una a su manera y según los
medios disponibles en ese momento”. En complejizar y analizar esa historia ha
invertido buena parte de su obra.
Recientemente se publicó en castellano su
libro “El beso de Lamourette”. ¿Qué me puede decir de esta colección de ensayos
con la perspectiva del tiempo transcurrido?
El libro se publicó en inglés en 1990, y
aunque no parece demasiado tiempo, sí lo fue porque ocurrieron muchas cosas en
los medios desde entonces. De hecho, la Web se inventó en 1991. La propia
Internet – que no debe ser confundida con con la World Wide Web, WWW, que es
sólo uno de sus desarrollos – data de 1974. Por eso, en cierto sentido, hoy, es
un momento interesante para volver a este libro porque aunque toma a la
comunicación y los medios como tema central, evalúa el estado de los medios en
vísperas de la gran revolución de las comunicaciones en los tiempos modernos.
Se puede leer como una serie de estudios sobre la naturaleza de la comunicación
en vísperas de la revolución de las comunicaciones que todos estamos viviendo
en la actualidad. Me parece interesante que hoy, que todo el mundo está
obsesionado con Google, Internet, iPads, iPods, smartphones , como
una suerte de reacción ante la fascinación que ejercen todas estas maravillas
de las comunicaciones, exista a mi juicio una fascinación igual por el viejo
mundo de la imprenta.
Muchos de los ensayos de este libro parten
de una imagen o se centran en una figura marco …
Sí, encuentro imágenes que tienen tremendo
poder para mí, que, como dicen los antropólogos, son “multifocales”, es decir,
que tienen muchos significados.
El Beso de Lamourette empieza con
imágenes de gente que era colgada, decapitada y luego exhibida por las calles
en los extremos de las picas durante las terribles revueltas de 1789. Me parece
que debemos aceptar que hubo violencia durante la Revolución Francesa. Es
realmente un error pensar que fue sólo la aprobación de una Constitución y la
Declaración de los Derechos del Hombre. Parte de mi modo de entender la
Revolución Francesa, que quizá no sea el adecuado, es que la violencia
colectiva produjo un shock que transformó el sentido de lo posible que tenía la
gente. Tomar el poder y ejercer su poder simbólicamente a través de la
violencia, no sólo matando personas sino cortándoles la cabeza y metiéndoles
heno en la boca, y exhibiendo esas cabezas en los extremos de las picas, es
algo muy impactante, toda una declaración. La muchedumbre amotinada decía: “Los
poderosos tratarán de matarnos de hambre, nos dirán que debemos comer heno.
Bueno, ahora, al llenarles la boca de heno a ellos, estamos revirtiendo la
situación. Así, la violencia colectiva encontró un modo de expresarse
simbólicamente, no tanto con palabras sino con objetos reales. Este es un
ejemplo horroroso que describo en la introducción del libro, pero también hay
ejemplos más felices; momentos en que la gente sortea los antagonismos y de
alguna manera se une a través de la fraternidad, que, para mí, es el más
misterioso de los valores que conforman la trinidad de la libertad, igualdad y
fraternidad. Es una idea fascinante, que nos remite a la cultura de la
Revolución Francesa. Una cultura que yo abordaría antropológicamente.
Como director de la Biblioteca de Harvard,
usted presta mucha atención a los libros como objetos físicos. Pero en la era
de la informatización, los libros parecen destinados a desaparecer. Una especie
de paradoja, ¿no?
¿Sabe? Me han invitado a tantas
conferencias sobre la muerte del libro que estoy convencido de que el libro
está bien vivo. La gente simplifica demasiado las cosas. Pocos entienden que
cada año se publican muchos más libros que el año anterior. La impresión de
libros se expande a un ritmo vertiginoso, y, de hecho, este año habrá un millón
de nuevos títulos impresos. También es cierto que los libros digitales están
adquiriendo cada vez más importancia, como nunca antes. Se piensa que el
mercado de libros electrónicos ocupa el 15% de las ventas. Es mucho. A los
libros electrónicos les está yendo muy bien en EE.UU. Es una tendencia mundial.
Los libros electrónicos, por supuesto, se están volviendo cada vez más
importantes. Pero, al mismo tiempo, eso sucede con los libros impresos.
Entonces, ¿cómo podemos interpretar esta situación?
Por eso hablé de paradoja. Porque coincido
en que no creo que el libro esté muerto; hubo, más bien, un cambio en la manera
de abordarlo como objeto físico y de pensamiento. ¿Cómo cree que esta nueva
manera de abordar la actividad de la lectura está cambiando nuestra forma de
pensar?
Es una pregunta complicada. Yo sólo puedo
darle mi opinión. Empezaría por hacer una observación que tiene que ver con la
historia de la tecnología. Me parece que la gente hoy comprende la llegada del
mundo digital como algo que transforma totalmente nuestra experiencia. Entonces
imaginan que los medios de comunicación digitales y analógicos ocupan extremos
opuestos del espectro tecnológico. Eso, en mi opinión, es un malentendido de
base. Para mí, de hecho, se complementan entre sí. Me parece que estamos
atravesando un período de transición hacia un futuro que va a ser
impresionantemente digital. Pero aún no estamos allí y no sabemos cuándo
llegará. Estamos, entonces, viendo la existencia de libros híbridos: libros que
se pueden publicar en papel pero con complementos disponibles en Internet.
Estamos viendo cómo florece la impresión a pedido. Para continuar con esta
idea, una cosa que la historia de los libros nos ha enseñado es que un medio de
comunicación no desplaza a otro. Así, uno de los descubrimientos más
interesantes que han hecho los historiadores de libros en los últimos 10 años
es que en los tiempos de Gutenberg, inmediatamente después de la invención de
los tipos móviles por parte de Gutenberg, la publicación de manuscritos
aumentó. Es incorrecto imaginar la invención de Gutenberg como algo que eliminó
las formas tradicionales de publicación. No sabíamos esto, pero resultó que la
publicación de manuscritos continuó por tres siglos después que se inventó la
publicación de libros impresos. Creo que esto nos enseña una lección: no
debemos imaginar que la revolución digital simplemente va a destruir a los
viejos medios de comunicación que utilizan la impresión. De hecho, creo que
esto es lo tan interesante de la situación actual, porque estamos viendo que
todo el mundo de la comunicación cambia, pero que cambia integrándose lo nuevo
con lo viejo.
En estos ensayos anteriores a la era de
Internet, usted decía justamente que el libro y la televisión no eran tan
opuestos como se creía.
Sigo con esa línea de pensamiento y la
aplico al presente.
Percibo, sin embargo, un temor primitivo
referido a las nuevas tecnologías en general que va más allá del tema del libro
en sí. ¿Cómo lo ve usted?
La gente no es racional. Hace conclusiones
rápidas. Tiende a simplificar demasiado. Estamos viviendo en un mundo en que se
simplifica demasiado con relación a estos grandes cambios. A la gente le gusta
dramatizar, por eso produce nociones como la de la muerte del libro.
Sin embargo, hay muchos intelectuales que
comparten este miedo básico.
Quizá los intelectuales más que nadie
(risas). Tal vez los intelectuales deberían estudiar más sobre la historia de
los libros y así tendrían una perspectiva más amplia sobre el modo en que el
cambio realmente ocurre en los sistemas de comunicación.
En varias entrevistas usted aludió al
malentendido sobre la era de la información, sobre algunos mitos de la era de
la información. ¿Me puede comentar algo sobre esto, en relación con lo que
estábamos hablando?
Escuchaba y aún hoy escucho proclamar a
mucha gente, como si fuese un anuncio que hace temblar al mundo, que “vivimos
en la era de la información”Okey, así es. Pero mi respuesta es: “Toda era
fue una era de la información, cada una a su manera y según los medios
disponibles en ese momento. En distintos estudios que he realizado,
particularmente a partir de El beso de Lamourette , quise mostrar
cómo distintos medios de comunicación pudieron coexistir y operar en el pasado.
Doy algunos ejemplos. Uno tiene que ver con canciones. La importancia de las
canciones callejeras como una especie de diario en París del siglo XVIII. Era
información, claro. La gente quería saber qué ocurría a su alrededor. Y tenían
medios para comunicar ese conocimiento sobre los sucesos de actualidad. Pero
los medios eran muy diferentes de los de hoy. Si tratáramos de entender
exactamente cómo se desarrollaron los medios del pasado y se superpusieron y se
cruzaron se renovaría nuestra comprensión general de la historia. En otras
palabras, lo que impulso es la noción de una historia amplia de la
comunicación, que incluya una suerte de enfoque sociológico o antropológico
hacia sistemas de pensamiento de la cultura.
En varios de estos ensayos usted se
muestra atento y preocupado por el vínculo entre la historia y las ideas
sociales, la sociología y la antropología. ¿Qué opinión le merece hoy la
relación entre la historia y las ciencias sociales?
Es una pregunta muy amplia. Cuando yo era un
historiador más joven, trabajaba mucho en Francia. En ese momento, había mucho
entusiasmo por lo que los franceses llamaban “Histoire des Mentalités”
(Historia de las mentalidades). Eso ya no se usa más en Francia. No prendió en
inglés y no sé si en español. Fue algo que creó mucho entusiasmo entre los
historiadores de vanguardia y luego desapareció, especialmente en la llamada
Escuela de los Anales; fue reemplazado en París por la historia antropológica.
Y eso aún es fuerte. Muchos historiadores aún toman inspiración metodológica de
los antropólogos. En ese sentido, debo decir que no he cambiado de opinión.
Pero la antropología ha cambiado y esto se está poniendo complicado. En otras
palabras, y tratando de hacerlo simple, me parece que la aplicación de los insights provenientes
de la antropología, no la aplicación mecánica de alguna teoría, sino usando la
riqueza conceptual de la antropología, esa clase de aplicación en la historia
funciona muy bien. Pero los antropólogos han cambiado y ahora están mucho menos
seguros de lo que se conoce como “la coherencia de la cultura”. La tendencia de
muchos antropólogos es hoy cuestionar cómo la cultura se mantiene unida y ver
cómo ellos no pueden con eso. La idea de obtener un principio organizador de la
cultura como lo hicieron Victor Turner o Clifford Geerzt o Keeth
Basso, los antropólogos que cito en mis ensayos, esa confianza en la naturaleza
sistémica de la cultura se ha modificado y hoy muchos antropólogos abordan la
cultura de un modo distinto y buscan el disenso, el desacuerdo, los puntos
flojos, errados, la polémica. Somos testigos de discursos que compiten que no
están integrados dentro de un sistema.
¿Y cómo pueden hacer los historiadores
para buscar ayuda hoy?
No estoy seguro de tener una respuesta a
esa inquietud. Me parece que nos volveremos mucho menos confiados en las
generalizaciones; en mi caso, por ejemplo, sobre la cultura francesa del siglo
XVIII como un todo. Creo que, por el contrario, vamos a ver maneras
contrapuestas de construir el mundo por parte de distintos grupos sociales y
esa clase de choque merecerá un estudio más profundo. En otras palabras, el
foco no está en un sistema cultural sino en posiciones contrapuestas y
diferentes sobre valores, actitudes y la naturaleza de la condición humana.
Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com
21/02/2012

