CLAVES DE LA RAZÓN PRÁCTICA
Un escritor judío en América
Por Saúl Bellow
Conferencia de Saúl Bellow donde nos
habla sobre algunos aspectos de su historia personal. Publicada
en Claves de la Razón Práctica.
"El `problema de la identidad` ha
atribulado y acosado al intelecto moderno. Así pues, ¿cómo se me ocurre a mí, a
la vista de la `nueva perspectiva` sobre el individuo (es decir, de todos y
cada uno de nosotros) promovida por muy influyentes artífices existencialistas,
deconstruccionistas y nihilistas, hablar de mi personalidad y de mi historia
personal?"
1.
Unas palabras preliminares sobre el título
de esta conferencia: trata sobre algunos aspectos de mi historia personal y
sobre la sustancialidad de la persona que habita esa historia. La idea de una
persona sustancial ha sido sometida, por pensadores modernos, posmodernos, y
postposmodernos, a pruebas que inducen a pensar en el crudo uso de maniquíes
por parte de los ingenieros que simulan choques de vehículos: los muñecos son
desembrados ante nuestra mirada o devorados por una ola en llamas de
combustible de aviación.
El “problema de la identidad” ha
atribulado y acosado al intelecto moderno. Así pues, ¿cómo se me ocurre a mí, a
la vista de la “nueva perspectiva” sobre el individuo (es decir, de todos y cada
uno de nosotros) promovida por muy influyentes artífices existencialistas,
deconstruccionistas y nihilistas, hablar de mi personalidad y de mi historia
personal? Y la verdad es que semejante derecho no puede ser formalmente
defendido por un escritor—un novelista—que, en todo caso, no tendría ni el
tiempo ni la competencia metafísica para hacerlo. Todo lo que puedo decir es
que estos sabios filósofos y críticos han planteado ciertas cuestiones que
acaso no han de plantearse, cuestiones siniestras que yo asocio a un desafío
aún más siniestro, a saber, el desafío a nuestro derecho a existir en alguna
forma.
Un estudiante preguntó una vez al filósofo
Morris R. Cohen: “Profesor, ¿cómo puedo saber que existo?”
“Pues bien”, contestó Cohen, “¿quién me
está preguntando?
Gracias al profesor Cohen siento que piso
terreno más firme, y puedo hacer lo que he hecho toda mi vida, es decir,
recurrir instintivamente a mi primera conciencia, que siempre me ha parecido la
más real y más fácilmente accesible. Para la persona que no tiene acceso a esta
índole de conciencia nuclear, no existe el misterio. El objetivo de los
analistas lingüísticos es despejar todos los misterios; pretendidos misterios,
dirían ellos. Ahora bien, hay que respetar los hechos, y el hecho es que, por
razones que no puedo explicar, mi primera conciencia ha tenido una historia
larga e ininterrumpida. No sabría defender mi fiel adhesión a ella. Lo único
que puedo decir es que es un hecho y me pregunto por qué hay quien cree
necesario poner en duda su realidad. Pero nuestro entrometido mundo mental pone
en duda todas las realidades de esta índole. Este mundo de conciencia
verdaderamente moderna, culta y avanzada recela de esa conciencia nuclear que
para mí es un hecho, por considerarla inauténtica y probablemente engañosa.
Voy a pedirles que por el momento crean
que yo tengo razón y que lo que llamo nuestro entrometido mundo mental no la
tiene. Así pues, en mi primera conciencia, yo era, entre otras cosas, judío,
hijo de inmigrantes judíos. En casa nuestros padres hablaban ruso entre ellos,
los niños hablábamos yiddish con nuestros padres y en inglés entre nosotros. A
los cuatro años empezamos a leer el Antiguo Testamento en hebreo, observábamos
las costumbres judías, algunas de ellas supersticiones, y recitábamos oraciones
y bendiciones el día entero. Porque tuve que aprender de memoria la mayor parte
del Génesis, mi primera conciencia fue la de un cosmos, y en ese cosmos yo era
un judío. Supongo que sería apropiado aplicar la palabra “arcaica” a semejante representación
del mundo: arcaica, prehistórica. Esto fue para mí lo “dado” y sería inútil
debatirme con ello o intentar revisarlo o borrarlo. La creencia milenaria en un
Dios Sagrado acaso tenga el efecto de ahondar el alma, pero es también
evidentemente arcaica y, con el tiempo, las influencias modernas me pondrían al
día y me revelarían hasta qué punto eran anticuados mis orígenes. Dar la
espalda a dichos orígenes, no obstante, siempre me ha parecido una absoluta
imposibilidad.
Sería una traición a mi primera conciencia
el des-judaizarme. Cabría sentir la tentación de dejar atrás lo dado e inventar
algo mejor, procurando reintroducirse en la vida en un punto más conveniente.
En América esto es algo común, todos hemos visto hacerlo, y hacerlo en muchos casos
con gran habilidad. Pero jamás se me pasó por las mientes la idea de semejante
intento. Por eso quizá haya sido arcaico, pero he evitado los tormentos de una
crisis de identidad.
Hubo, sin embargo, otras crisis que
capear. Siendo estudiante de escuela secundaria leí La decadencia de Occidente
y me enteré de que en opinión de Spengler la nuestra era una civilización
faustiana y que nosotros, los judíos, éramos una comunidad mágica,
supervivientes y representantes de un tipo anterior, totalmente incapaces de
comprender el espíritu faustiano que ha creado la gran civilización de
Occidente, foráneos cuyas estrategias adaptativas o miméticas se basaban en
métodos ciegos de supervivencia o en engaños. Así, Disraeli, a menudo
calificado como el más grande hombre de estado del siglo XIX, no sabía
realmente lo que hacía.1
No podía entrar de modo natural en el
espíritu inglés y triunfó sólo gracias a estudio y artificio.
Cuando leí esto me sentí profundamente
herido. Envidiaba a los faustianos y maldecía mi suerte. Me había preparado
para ser parte de una civilización, uno de cuyos intérpretes prominentes
(Spengler era un bestseller internacional) me decía que yo estaba descalificado
por herencia. No decía que tuvieran que darme muerte, y cabría sentirse agradecido
por ello. Pero sí calificaba a los judíos de fósiles, espiritualmente arcaicos,
y eso era en sí mismo una especie de muerte. Yo era, no obstante, un judío
americano, no un judío alemán o francés, y en América todo era distinto. Mi
intuición juvenil era que los Estados Unidos, fuente ilustrada de un orden
liberal, podría ser una empresa nueva de civilización, dejando a los faustianos
a la zaga. De modo que sin duda lo que esa comunidad mágica era a los
faustianos, podían ser los faustianos a los americanos. Con medios tan
ingeniosos mantuve a Spengler a raya.
Posteriormente discerní una suerte de
darwinismo en esta clase de historia: el hombre avanzaba por etapas evolutivas.
En el museo de historia natural no conseguía reconciliarme con los
pterodáctilos y amonitas que me rodeaban, con pertenecer a una olvidada vía
muerta de la evolución. No fue un error el imaginarme en un museo. Por el
contrario, comprendí que mi sitio no era ése.
Habiendo iniciado esta conferencia sin la
debida perspectiva, empiezo ahora a ver en ella cierta intención. La situación
en la que indago es la de un joven americano que a finales de los años treinta
descubre que es algo parecido a un escritor y comienza a pensar qué puede hacer
al respecto, cómo situarse y cómo combinar el ser judío con ser americano y
escritor. No todo el mundo tiene buena opinión de semejante plan. El joven se
ve cuestionado por todas partes. Los representantes de la mayoría protestante
quieren ver sus credenciales. Menos abiertamente hostiles porque son más snobs,
los ingleses quieren saber quién es o qué cree que es. Más adelante sus
editores franceses encargarán invariablemente sus libros a traductores judíos.
Los judíos también quieren situarle. ¿Es
demasiado judío? ¿Es lo bastante judío? ¿Es benéfico o perjudicial para los
judíos? Los judíos del mundo comercial y político preguntan: “¿Vamos a tener
que leer eternamente sobre sus malditos judíos?” Los críticos judíos le
examinan con cierta acritud: tienen sus propias hachas que blandir. Como hijos
de inmigrantes judíos, descendientes de las gentes cuyas risas socarronas y
griterío daban dentera a Henry James cuando visitó el East Side de Nueva York,
se auto-acusan secretamente de presunción cuando escriben de Emerson, Walt
Whitman o Matthew Arnold. Yo, por mi parte, pienso que, dado que Henry James y
Henry Adams no vacilaron en expresar su antipatía por los judíos, no hay razón
para que los judíos, si bien llenos de respeto por estos maestros, no se
sientan libres para escribir lo que les plazca sobre ellos. Permitirles (a los
WASPs* americanos hostiles) que determinen de una vez por todas lo que es la
psique americana, no poner en tela de juicio sus opiniones cuando éstas son de
mira estrecha, o aceptar la transmisión de infecciones y venenos raciales europeos
sería desleal y cobarde.
Por otra parte no se puede ser siempre
heroico, y hay veces en que la sombra de Brownsville y Delancey Street**
rodeaba a los amantes judíos de la literatura americana y se preguntaban
tristemente qué estaría pensando de ellos Edmund Wilson o T. S. Eliot. Entre
mis contemporáneos judíos, más de un poeta tuvo devaneos con el anglicanismo y
otros recurrieron a diferentes evasiones, subterfugios, tretas y disfraces.
Yo tenía poca paciencia con esas cosas. Si
los aristócratas WASP querían pensar que era un cazador furtivo judío en sus
preciados predios culturales, pues allá ellos.
Fue en este espíritu desafiante que
escribí
Las aventuras de Augie March y Henderson,
el rey de la lluvia: “Soy americano”, etc. Pero, naturalmente, no era yo tan
simple como para pensar que había satisfecho ciertas cuestiones persistentes y
mortíferas. Esas me eran repetidamente impuestas por todo el mundo, incluidos
escritores y pensadores judíos a quienes tenía en gran estima. Allá en los años
cincuenta visité a S. Agnon en Jerusalén y mientras bebíamos té tranquilamente,
charlando en yiddish, me preguntó si me habían traducido al hebreo. En aquel
entonces, todavía no. Me dijo con encantadora astucia que aquello era muy de
lamentar. “La lengua de la Diáspora no va a perdurar”, me dijo. Entonces sentí
que la eternidad pendía sobre mí y cobré conciencia de mi insignificancia. Pero
no perdí toda mi presencia de ánimo y para dar pábulo a su ingenio y mantener
viva la conversación, pregunté: ¿Qué será de poetas como el pobre Heinrich
Heine?” Agnon respondió: “Ha sido maravillosamente traducido al hebreo y su
supervivencia está asegurada.”
Lo que Agnon estaba subrayando, claro
está, es que la lengua pertinente para un escritor judío era el hebreo. No quise
discutir la cuestión. No estaba en condiciones de desmantelar toda mi vida y
empezar otra vez desde cero en hebreo. Agnon no esperaba que lo hiciera. Sin un
ápice de mala fe estaba sencillamente dirigiendo mi atención hacia ciertos
capítulos de la historia judía. Estaba apremiándome cariñosamente.
Gershom Scholem, cuyos libros admiro, fue
menos delicado conmigo. Me dijeron que una declaración que, según se dijo,
había hecho yo en 1976 cuando gané el Premio Nobel, le había enfurecido. La
prensa publicó que yo había declarado ser un escritor americano y un judío.
Debido a que Scholem es uno de los más grandes intelectuales del siglo, siento
haberle ofendido, pero después de este reconocimiento me permito añadir que
esta cuestión me recuerda a la que algún torpe visitante de domingo preguntaba
antaño al niño: “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?” Reconozco que respondí
a los periodistas sin pensar: “primero escritor, después judío.”
Por razones fácilmente comprensibles,
Scholem me colocó de inmediato junto a esos judíos alemanes que habían hecho
todo lo posible por asimilarse y sobre los que Lionel Abel ha escrito (en The
Intellectual Follies): “La cultura alemana era la cultura del mundo de los
gentiles”, la más admirable. La tragedia de los judíos alemanes, dice Scholem
(porque también Abel se está refiriendo a él en este pasaje), fue “que fueron
destruidos por el movimiento político nacionalista de la nación que más
amaban.”
Ésta, como tantas otras cuestiones judías,
es más honda y más trágica de lo que puede parecer. La examinaré desde mi
propia perspectiva: la de un escritor judío americano, y en mi análisis volveré
a Agnon, que tan cariñosamente me apremió respecto a la desaparición de las
lenguas de la Diáspora. La lengua propia es un espacio espiritual, alberga tu
alma. Si has nacido en Estados Unidos, toda comunicación esencial, tus
comunicaciones más profundas contigo mismo, serán en inglés, en inglés
americano. No dirás mentira ni verdad en ninguna otra lengua. Sin ella no es
posible ningún juicio elemental. No reflexionarás sobre tu propia muerte en
hebreo o francés. Tu inglés es el principal instrumento de tu humanidad. Y
cuando se cerró la puerta de la cámara de gas, muchos de los judíos alemanes
que invocaban a Dios por última vez inevitablemente utilizaron la lengua de sus
asesinos, porque no tenían otra.
Algún reconocimiento de esta índole late
bajo la burlona advertencia de Agnon. Su broma era su modo judío de ser serio
conmigo. Él sostenía que el alma del judío tiene que volver la espalda a Europa
y en la paz edénica de la Tierra Prometida contemplar la Hochma (sabiduría).
Sí, pero los judíos no pueden ni soportar ni permitirse el limitarse a la
Tierra Prometida. Ni siquiera aquellos que hacen la Aliyah (inmigración en
Israel) pueden arreglarse sin la ciencia occidental, la cultura occidental, la
economía y tecnología occidentales. Qué grato habría sido estudiar sabiduría a
los pies de Agnon. Él prácticamente me lo dijo: me dijo en yiddish que si
hubiera sabido suficiente hebreo para entenderle habría anhelado volver a verle
(ihr volt noch mir gebenkgt). Después de los horribles tormentos del nazismo,
podíamos sentarnos junto al fin para esperar la restauración del reino de Dios.
A mí ésta se me antojó no sólo una visión
literaria judía, sino también una visión literaria judía europea. En Europa los
judíos acaso fueran bien acogidos en casi todos los campos del conocimiento,
pero como artistas se enfrentarían inevitablemente a una barrera nacional o
racial. El wagnerismo de una forma u otra los rechazaría. Goethe era
infinitamente más sensato y equilibrado que Wagner, pero incluso él escribió en
Wilhelm Meister (tercer libro): “… No toleramos a ningún judío entre nosotros;
pues ¿cómo podríamos otorgarle una participación en la más excelsa cultura,
cuyo origen y tradición él niega?” Y Nietzsche escribía en Más allá del bien y
del mal: “Estoy por conocer a un solo alemán con una disposición favorable
hacia los judíos.” No decía esto como un cumplido a los alemanes. Después, en
1953 Heidegger, calificado por muchos como el máximo filósofo del siglo XX,
hablaba todavía de “la verdad interior y la grandeza del nacional socialismo.”
¿Participación en la más excelsa cultura
cuyo origen el judío niega? Es más bien la cultura tradicional la que hace esa negación.
En la Europa del siglo XX aparecen en
número considerable los escritores métèque. Métèque se define en los
diccionarios franceses como “forástero” o “extranjero residente”, y es un
término peyorativo. Esta palabra aparece en el diccionario Oxford de inglés en
la forma “metic”, aunque no es de uso general en esta lengua. El novelista
Anthony Burgess alude a los métèques y hace una fuerte defensa del escritor
métèque: el no autóctono que, situado en los márgenes de una lengua y la
cultura que la engendró, carece supuestamente de respeto (eso dicen los
entendidos) por las normas más sutiles de la expresión y la gramática inglesas,
por “el genio de la lengua”. Porque, dice Burgess, el genio de la lengua
inglesa, siendo ésta maleable, está tan dispuesto a entregarse al métèque como
al racialmente puro y gramaticalmente ortodoxo: Si consideramos métèques a los
polacos o los irlandeses, hay motivos para suponer que los métèques han hecho
más por la lengua inglesa en el siglo XX (en el sentido de que han mostrado de
lo que es realmente capaz esta lengua, o han demostrado cómo es realmente el
inglés) que ningún otro hombre de letras con pureza de sangre que no se aparta
de las normas más sutiles.
El irlandés al que se refiere Burgess es
Joyce, y el polaco, Joseph Conrad, y podríamos sin esfuerzo añadir a su lista a
Apollinaire en francés, Isaac Babel, Mandelstam y Pasternak en ruso, a Kafka en
alemán, a Svevo en italiano (o triestino), y, para que no falte, a V.S. Naipaul
o Vladimir Nabokov. Aún más, no es fácil en esta edad cosmopolita eliminar al
métèque de la literatura moderna sin dejarla muy disminuida.
Podría haberle preguntado a Agnon si
habían traducido el árabe de Maimónedes al hebreo de modo igualmente
maravilloso. En aquel momento me faltó presencia de ánimo, e incluso aquí mi
observación está un poco fuera de lugar.
En los Estados Unidos, una tierra de
extranjeros que puede o no estar en proceso de formar un tipo nacional (¿quién
puede predecir cómo será éste?) es inaplicable un término como métèque o metic.
Renovar la pureza de la tribu era un plan francés, y un hombre cuyo francés sea
aceptable a los franceses es, al menos en el acto del habla, un candidato a
estatus aristocrático. Pero el Nueva York gentil o el Boston brahmán no han
dominado nunca el habla norteamericana, y las pretensiones aristocráticas de
los habitantes del este eran motivo de risa en el resto del país. Sin embargo,
cuando nuestros metics, los judíos, italianos o armenios descendientes de
inmigrantes, empezaron a escribir novelas después de la I Guerra Mundial
causaron un gran malestar y, en algunos círculos, alarma e ira. Irving Howe ha
observado en una rememoración de los días de Partisan Review* que a algunos
sectores de la elite intelectual autóctona…les resultaba insufrible la modesta
fama de los escritores neoyorkinos. Pronto rezongaban que las purezas del habla
y el espíritu americanos estaban siendo contaminados por las calles de Nueva
York…El antisemitismo se había vuelto públicamente ignominioso en los años
posteriores al Holocausto, habiéndose posado una delgada capa de vergüenza
sobre la conciencia civilizada; pero esto no significaba precisamente que
algunos escritores autóctonos…carecieran de un vocabulario de uso privado para
aquellos usurpadores neoyorkinos, esos listillos del Bronx o de Brooklyn que se
proponían transformar la vida literaria americana. Cuando más adelante Truman
Capote atacó a los escritores judíos en la televisión, tuvo el valor disoluto
de decir lo que caballeros más cautos decían discretamente entre ellos.
Capote dijo que una mafia judía estaba
haciéndose con la literatura americana
y también con las editoriales de Nueva
York. En un libro posterior iba a escribir que había que disecar a los judíos y
ponerlos en un museo de historia natural.2
Debo demasiado a escritores como R.P.
Warren, que fue tan generoso conmigo cuando estaba empezando, y a John
Berryman, John Cheever y otros poetas, novelistas y críticos de ascendencia
americana para quejarme de olvido, discriminación o maltrato. La mayoría de los
norteamericanos te juzgan por tus méritos, y a la mayoría de los lectores les
daba exactamente igual dónde hubieran nacido tus padres.
Pese a todo, el escritor judío no podía
permitirse desoír a sus detractores. Tenía que endurecer su piel sin vulgarizarse
cuando oía decir a un poeta al que admiraba mucho que Estados Unidos se había
vuelto la tierra del wop y el kike;** o a una figura literaria aún más famosa,
que sus compañeros judíos eran los maestros del crimen que habían impuesto su
usura a los pobres sufridores gentiles, que habían llevado al mundo a la
guerra, y que los goyim (gentiles) eran ganado conducido al matadero por yids
(judíos yiddish). En opinión del más destacado poeta de mi generación, en una
sociedad cristiana había que restringir el número de judíos no creyentes.
Para el judío, la debida actitud a adoptar
era el spernere se sperni nietzscheano: despreciar el desprecio. Ahora bien,
por desagradable que pueda parecer este fenómeno en momentos sensibles,
raramente pasa de ser trivial. La antipatía a los judíos era un modo fácil para
los literatos WASP de identificarse con la gran tradición. Además, es algo
parecido a una opción heredada para los no judíos, a emplear en aquellos
momentos en que descubren que tienen derecho por nacimiento a decidir si son
favorables o no a los judíos. (Éstos no tienen ese derecho.) A principios del
siglo ofrecía la oportunidad de situarse en grupos intelectuales distinguidos
de la derecha. Qué cosa tan grata si eran de Idaho o Missouri poder identificarte
con Maurras o con los anti-dreyfusards.
Henry Adams era especialmente aficionado a Drumont, el
periodista antidreyfusard. Hasta las mentes más ilustres, si se investigan con
pormenor, tiene sus rincones pervertidos. Como ejemplo de perversión ofrezco el
comentario que W. H. Auden hizo a Karl Shapiro después que se concediera el
Premio Bollingen a Ezra Pound: “Todos somos antisemitas alguna vez.” Verdades.
Todos los sabemos y somos proclives a dar el visto bueno a nuestros
predilectos, sobre todo a aquellos que
en general están tan libres de prejuicios comunes como Auden, el más liberador
de los poetas ingleses modernos. Él fue en todos los sentidos importantes una
excepción; igual que Capote era, en todo lo trivial, predeciblemente desagradable.
“Queríamos sacudirnos los miedos y
constricciones del mundo en que habíamos
nacido”, decía Irving Howe, hablando de
los escritores judíos publicados por Partisan Review en los años cuarenta y
cincuenta, “pero cuando topábamos con los muros impenetrables de la cortesía de
los gentiles proclamábamos agresivamente nuestra ‘diferencia’ como para elevar
a los judíos a una potencia cosmopolita superior.” Como vimos, los gentiles no
siempre mostraron esa cortesía. En cuanto al resto, Howe
tiene toda la razón. Sólo se equivoca en considerar a los colaboradores judíos
de Partisan Review como un grupo plenamente unido, caracterizándolo como los
“escritores neoyorkinos”. Al menos dos de nosotros nos teníamos por oriundos de
Chicago, criados en un distrito mixto de polacos, escandinavos, alemanes,
irlandeses, italianos y judíos. Los escritores de Nueva York provenían de
comunidades predominantemente judías. Yo no tenía el menor deseo de convertirme
en parte de la banda del Partisan Review. Pero, como muchos de sus miembros, yo
era “un judío emancipado que se negaba a rechazar su condición de judío”, y
supongo que tendría que haberme considerado “cosmopolita” si hubiera sido capaz
de pensar con claridad en aquellos tiempos.
Delmore Schwartz, a quien yo admiraba, había
escrito un ensayo calificando a T. S. Eliot de “héroe internacional”, el poeta
que con más acierto había definido la condición moderna: mengua, deterioro,
extrañamiento, desilusión, decadencia: la civilización vista desde la
perspectiva selecta del clasicismo y la aristocracia, todo ello enmarcado por
una ilustre conciencia histórica. Yo no encajaba en nada de todo esto. De
hecho, yo habría sido, a juicio de Eliot, parte del deterioro y parte de la
razón de su desilusión. No es que yo tuviera parientes que se parecieran en lo
más mínimo a Rachel neé Rabinovitch,* la que arrancaba las uvas con zarpas
asesinas, pero sí me parecía que sería relegado a un lugar muy bajo en la
conciencia histórica de Eliot. Naturalmente, yo me resistía a ceder el
monopolio a esa prestigiosa conciencia. Sospechaba que era poco fiable y, no
obstante su envoltura preciosa y atractiva, yo la tenía por más siniestra que
el nihilismo simple de las calles. ¿La historia? Sin duda, pero ¿en versión de
quién; en quién confiamos para que nos la resuma?
Yo veía, en T. S. Eliot y en Joyce y en
las demás figuras eminentes de su generación, la historia como la habían
entendido los artistas desde finales del siglo XVIII: como historia romántica.
Los artistas, hasta los más radicales, tenían sus propias ortodoxias, y
mantenían opiniones ortodoxas sobre la historia de Occidente. Yo veía en el
arte mismo, cuando el arte era lo que podía ser, una fuente de nueva evidencia
que no necesariamente confirmaba el juicio sobre la civilización moderna en la
formulación que hacían los escritores más prestigiosos. El arte no podía estar
limitado por su juicio final. Las opiniones cerradas que excluían nuevos
descubrimientos se asemejaban, a mi ver, a una subasta amañada.
Pero creo que quizá estoy dedicando demasiado
tiempo a los amos de la cultura que dominaron sobre los escritores y rigieron
los departamentos de literatura inglesa y las revistas literarias. Una
dictadura educada inspirada por T. S. Eliot (con una facción bronca encabezada
por Ezra Pound) que se auto-calificaba de tradicionalista siendo en realidad
profundamente racista. Pero esa clase de cosas carecen en última instancia de
importancia, simplemente nos distraen. Lo que nos es impuesto por nacimiento y
por el medio es lo que nuestro deber dicta que debemos vencer. El quehacer del
escritor judío, como dice con razón Karl Shapiro en su indispensable libro En
defensa de la ignorancia, no es quejarse de la sociedad sino ir más allá de la
queja.
Estas cuestiones meramente sociales
(desagradables, incómodas) quedan reducidas a trivialidad por el peso
aplastante de la experiencia judía en nuestro tiempo
2.
Mientras leía las memorias de Lionel Abel,
The Intellectual Follies, topé con un pasaje apasionante en su capítulo sobre
los judíos. Durante la guerra había oído relatos del terror nazi, dice Abel, y
noticias de los campos de exterminio en Europa oriental.
Pero no tuve una auténtica revelación de
lo ocurrido hasta algún punto de 1946, más de un año después de la rendición
alemana, cuando llevé a mi madre al cine y vimos en un noticiero algunos
detalles de la entrada del ejército norteamericano en el campo de concentración
de Buchenwald. Presenciamos el descubrimiento de los montes de cadáveres, de
los prisioneros escuálidos, consumidos, pero aún vivos que estaban siendo
liberados, y de los diversos modos de exterminio del campo, los varios
patíbulos, y también los edificios donde se utilizaba gas para matar en masa a
las víctimas del nazismo.
Fue una visión inolvidable en la pantalla,
pero igualmente increíble fue lo que me dijo mi madre cuando salimos del cine.
Me dijo: “No creo que los judíos puedan recuperarse jamás de esta vergüenza.”
Nada dijo de la vergüenza moral para la nación alemana… solamente de una
vergüenza más que moral, y una en la cual habían incurrido los judíos. ¿Cómo
pudieron recuperarse? Logrando emigrar a Palestina y crear el Estado de Israel.
También yo había visto noticieros de los
campos. En uno de ellos, los bulldozers americanos empujaban cadáveres desnudos
hacia una zanja abierta para su enterramiento en masa. Se desprendían las
extremidades y caían las cabezas de los cuerpos en descomposición. Mi reacción
a esto fue similar a la de la madre de Abel: un sentimiento profundamente
inquietante de vergüenza o de degradación humana, como si por aquella desgracia
los judíos hubieran perdido el respeto del resto de la humanidad, como si ahora
pudieran ser considerados víctimas resignadas, incapaces de una autodefensa
honrosa, y, en virtud de esto, probablemente sentí la común revulsión
instintiva o aborrecimiento del sufrimiento extremo; un sentimiento de
contaminación personal y de aversión. El mundo miraría aquellos muertos con una
compasión que los situaba al margen de la humanidad.
“Sin duda el Holocausto fue una tragedia”,
dice Abel. Y con la debilidad del escritor por las categorías literarias,
empieza a hablar sobre teorías de la tragedia: Cuando pensamos en la tragedia
debemos recordar que los mejores críticos de la tragedia en tanto que arte nos
han dicho que al final de una tragedia tiene que haber un momento de
reconciliación. El espíritu humano, ofendido por los excesos de lo lacerante y
lo terrible, tiene que reconciliarse con la realidad de las cosas. Algún bien
tiene que salir de tanto mal; y para los judíos ese bien se halló solamente en
la creación del Estado de Israel. Lo que salió del Holocausto fue el triunfo
del sionismo.
La nota que yo escribí al margen fue: “¿De
verdad tenemos que entrar en esto?” Yo distaba de estar seguro de que este
fuera el momento de hacer caer el telón en el Acto Quinto. La lucha continuaba.
Lo que era seguro, no obstante, era que los fundadores de Israel habían
devuelto el respeto perdido a los judíos con su hombría. Ellos eliminaron la
mancha del Holocausto, de la humillación de la victimización, y por ello
estaban agradecidos los judíos de la Diáspora y devolvieron el favor a Israel
con su apoyo leal. Quizá una categoría más apropiada que la tragedia, si es que
lo que necesitamos es una categoría, sería la épica, porque siglos de adhesión
continua a las ideas judías sí evoca una épica larga y sostenida, la dedicación
de un pueblo a algo mucho más elevado que ellos mismos.
En Alemania, el renacer del tema épico en
forma wagneriana y, posteriormente, hitleriana podría en efecto haber sido un
intento de superar la épica judía. Hasta el plan para destruir a los judíos fue
de escala épica. La construcción de Israel fue otro capítulo más en la épica de
los judíos. Probablemente poco importe la etiqueta literaria que se elija, pero
de lo que yo estoy hablando es de judíos y literatura, por tanto no es
inadecuado especular sobre la tragedia y la épica, porque lo que sugiere la
anterior discusión es que en el mundo moderno de abismos y vacíos nihilistas,
los judíos, por el horror de su padecimiento y por sus respuestas al
sufrimiento, quedan aparte del nihilismo reinante en Occidente: si desean
disociarse de ese nihilismo tienen la opción legítima de hacerlo.
Al mismo tiempo, he pensado a menudo que
sería una especie de milagro si no hubieran enloquecido con su experiencia de
este siglo. Busco el poema de Yeats “¿Por qué no habrían de enloquecer los
viejos?” y veo qué era lo que provocaba a ese viejo: un muchacho con futuro
convertido en un periodista borracho, una chica prometedora que da hijos a un
necio. Sí, tragedias privadas; no hay que minimizarlas. Pero compárense con el
proyecto de asesinar a un pueblo ancestral en su totalidad, pensemos en lo que
significa que tu nacimiento judío pueda condenarte a muerte, y parecen causas
insignificantes para enloquecer.
Y a veces atisbo en mí, un judío entrado
en años, una cierta locura o extremismo, como si el recipiente no pudiera ya
contener lo que se vierte en su interior, y siento que se desmoronan mis
fronteras mentales. En ocasiones creo ver evidencia en la política israelí de
una racionalidad lesionada por la memoria del Holocausto. E incluso si
aceptáramos la visión catártica que tiene Abel de Israel y declarásemos su
Fundación un afortunado Acto Quinto, esa obra dramática, la de la Fundación,
quizá haya terminado pero la implicación de los judíos en la historia de
Occidente dista de haber concluido. Ciertamente nuestro propio capítulo americano sigue
abierto.
Los tiempos han cambiado (siempre cambian
¿no?) desde que Karl Shapiro publicó su libro En defensa de la ignorancia. Yo
lo leí durante los esperanzados años sesenta y el capítulo sobre el escritor
judío en Estados Unidos me dejó una impresión indeleble. En él sostiene Shapiro
que la inteligencia creadora judía ha estado empujada durante años hacia
carreteras secundarias. “Las fantásticas capacidades intelectuales de los
judíos de nuestro tiempo entran en todo lo imaginable salvo en la conciencia
judía”, escribió.
En la medida que es posible saber estas
cosas, sólo hay dos países en el mundo donde el escritor judío es libre de
crear su propia conciencia: Israel y los Estados Unidos… El judío europeo
siempre fue un visitante… Pero en Norteamérica todo el mundo es visitante. En
esta tierra de visitantes permanentes el judío se encuentra en la infrecuente
situación de “vivir la vida” de una plena conciencia judía. Los judíos viven
una fantástica paradoja histórica: somos los aborígenes espirituales del mundo
moderno.
Aquí, dice Shapiro, el judío americano ha
podido “emerger de la conciencia histórica hacia una plena conciencia judía.”
Más adelante, cuando Shapiro ve semejanzas
entre el humanismo místico judaico y el humanismo laico norteamericano, yo me
pierdo. Pero su afirmación anterior, a saber, que en los Estados Unidos el
escritor judío es libre de crear su propia conciencia, es sumamente atrayente.
Ahora bien, al crear su propia conciencia
¿cuáles son los límites que ha de considerar nuestro escritor judío-americano?
Anteriormente hablé de los abismos nihilistas del mundo moderno y sugería que
los judíos, en virtud del horror de su sufrimiento, de la enormidad de la
Solución Final, podían quedar aparte de ese nihilismo de Occidente. Si deseaban
apartarse de ese nihilismo moderno europeo podían legítimamente ejercer esa
elección. ¿Qué quise decir con eso?
Son éstas cuestiones arduas. Naturalmente
me pedirán que defina nihilismo.
¿Qué es? Podemos elegir entre una
diversidad de definiciones. Para Nietzsche, nihilismo significa la abolición de
toda medida y valor fundamental aceptados hasta el momento. Pero esto puede ser
en exceso amplio para ser útil. Más certera es la afirmación de que el
nihilismo niega la existencia de cualquier yo sustancial definido. Esta
ausencia de auto-sustancia hace a todas las personas nimias o insignificantes.
Si somos insignificantes, ¿qué importa cuál sea nuestra suerte? Con todo, los
que son asesinados no tienen por qué aceptar su definición de labios de sus
asesinos o ser despojados de su humanidad además de su vida. El peso de la
valoración recae en el asesino cuyo suelo es nihilista.
Que el país que cometió los crímenes
cargue con la culpa de ellos. Los asesinados no fueron invitados a la Nada,
sino que se la impusieron por la fuerza. Somos libres de apartarnos (o apartar
nuestra mente cuando no podemos apartar nuestro cuerpo) de situaciones en que
nuestra humanidad o carencia de ella es definida por otros. A juicio de los
asesinos estaba permitida la matanza, los asesinados tenían, en el mejor de los
casos, un derecho trivial a existir basado en la insostenible ficción del yo
inviolable. Los teóricos de la eutanasia habían consentido hacía mucho tiempo a
la destrucción de los menos aptos. Incluso benévolos vegetarianos fabianos como
George Bernard Shaw (hubo otros) estuvieron de acuerdo en que una sociedad
progresista debía tomar medidas para prescindir de los individuos defectuosos.
Estas reformas social e históricamente “progresistas” fueron aplicadas en
Europa central por los nazis con rigidez programática y también con una especie
de ironía purgatoria hacia los judíos y otras gentes consideradas superfluas.
Esto es lo que me lleva a hablar de nihilismo.
Sería un error según el pensamiento
moderno el desechar como carente de importancia la ancestral inclinación a
conectar el orden espiritual del universo con nuestras propias vidas. En
nuestra actitud pragmática hacia el orden social no dejamos espacio para la
influencia de las creencias generales sobre nuestras ideas particulares de
moral. En un reciente libro breve, Death of the Soul (La muerte del alma), el filósofo
William Barrett nos presenta un útil análisis de las consecuencia de la
desaparición (la destrucción, en efecto) del yo. Examina críticamente el
tratamiento que hace Heidegger del ser humano. ¿Cómo, en opinión de Heidegger,
somos en el mundo? Y nosotros preguntamos a Heidegger: “¿Quién es el ser que
experimenta los modos diversos de ser? (O, en lenguaje más tradicional ¿quién
es el sujeto, el yo, que subyace o persiste a través de esos diversos modos de
nuestro ser?) Y aquí Heidegger se nos escapa.” “No somos más que un agregado de
modos de ser, y en cualquier centro organizador o unificador que creamos
encontrar hay algo forjado o inventado por nosotros mismos.”
Por tanto hay un hondo vacío en el centro
de nuestro ser humano: al menos como Heidegger describe este ser. En
consecuencia, tenemos al fin que reconocer una cierta cualidad desolada y vacía
en su pensamiento, por más que admiremos la originalidad y novedad de su
construcción.
Y
Barrett pregunta : “¿Cómo puede ser realmente ético un ser sin
centro?” Y concluye que No podemos
prescindir de [Heidegger]: ese cuadro desolado y vacío del ser que nos presenta
puede ser simplemente el sentido de ser que opera en toda nuestra cultura, y
estamos endeudados con él por haberlo hecho patente. Para ir más allá [de
Heidegger] tendremos que vivir hasta el fondo ese sentido de ser con objeto de
alcanzar el otro lado.
A esto añadiría yo que las cuestiones que
pueden cerrarse en virtud de argumentos filosóficos a menudo permanecen
abiertas para el arte, y es por ello un error que los escritores acepten la
preeminencia de los filósofos, y escriban poemas, novelas y obras dramáticas
para ilustrar, para confirmar, para elucidar en su arte y en detalle humano los
pensamientos que en abstracto nos han entregado distinguidos (y también no
distinguidos) pensadores. (Cartesianos, kantianos, hegelianos, bergsonianos,
marxistas, freudianos, existencialistas, heideggerianos, etc.) Ni los filósofos
ni los científicos pueden decir al artista de modo concluyente y definitivo en
qué consiste ser humano.
Pero dejemos esto por el momento. Decía
anteriormente que el destino de los judíos en el siglo XX era sufrir los
rigores del pensamiento nihilista y la política nihilista. No dije que los
judíos—los supervivientes y sus descendientes mismos—escaparan al modo desolado
y vacío de ser que Barrett nos dice acertadamente “opera en toda nuestra
cultura.” Todos los que vivimos en Occidente tenemos que soportar esa
desolación. El sentimiento que transmite, los motivos que instila en nosotros,
los estados humanos con los que nuestro entorno nos familiariza, la fuerza
invasiva de esos estados a la que nos vemos obligados a someternos, la
coloración que presta a nuestra personalidad, las mutilaciones que nos inflige,
el arrollador poder conformador de un nihilismo hoy generalizado, no perdonan a
nadie. El argumento que aquí se está desarrollando, utilizándome a mí como
instrumento, es que los judíos, como tales, no están exentos de esas fuerzas
imperantes de desolación. La ortodoxia judía obviamente afirma inmunidad frente
a esta situación general, pero la mayoría de nosotros no comparte esta
convicción ortodoxa. Si los observamos de cerca, vemos a los ortodoxos también
magullados por estas ambigüedades y por la violencia que nuestra época desata
imparcialmente contra todos nosotros.
Los israelíes tienden también a afirmar
inmunidad, y en cierta medida el peligro de destrucción al que se enfrentan lo
justifica. Pero también ellos forman parte del Occidente civilizado. Por
necesidad han adoptado una perspectiva occidental, técnicas occidentales,
armamento occidental, organización occidental, banca occidental, diplomacia,
ciencia occidental. La defensa del Estado sionista ha producido la creación de
una minisuperpotencia, y por ello Israel se ve obligado en grado considerable a
compartir el mal que sufrimos todos: los franceses, los italianos, los
alemanes, los británicos, los americanos y los rusos. Israel es observado de
cerca por Occidente, y la prensa y el público occidentales se esfuerzan para
hallar evidencia de la maldad judía y quizá su finalidad es implicar a los
judíos en su nihilismo.
La formación de Israel fue una respuesta a
la furia nihilista de los dos poderosos Estados europeos que iniciaron la
guerra, y a la complicidad del resto que no pudieron o quizá no quisieron
proteger a sus judíos, y los fundadores de Israel sabían esto. Pero el mundo
occidental muestra ahora una cierta renuencia a dar el visto bueno a la
solución judía: en otras palabras, a permitir a los judíos que se salgan con la
suya. En cuanto a los judíos de Francia, Inglaterra y los Estados Unidos que
afirman compartir la vida común de sus países respectivos, consienten en
compartir también el sentimiento desesperado de no-ser-en sí mismos, de
experimentar el hondo vacío en el centro del yo, esa desesperanza que surge del
corazón agonizante de toda “sociedad avanzada”.
Tras estas observaciones sobre la
situación real de los judíos y de la civilización de la cual no pueden ser
separados, querría volver sobre la declaración que hice en 1976, que tanto
disgustó al admirable estudioso Gershom Scholem: soy un escritor judío y
americano. O bien, soy judío y un escritor americano. Evidentemente le irritó
que me considerase escritor en primer lugar. La mayoría de los norteamericanos,
al ver mi nombre, se dicen probablemente: “es judío” y añadirán después: “y
escribe”. En este caso las prioridades apenas importan. Pero yo no soy
asimilacionista. Como judío, no obstante, he tenido desde hace mucho tiempo
conciencia de la significación política de Estados Unidos en la historia
mundial, de la hospitalidad sin parangón de este país para todas las ramas de
la humanidad.
Pese a todo, soy judío y como tal debo
entender por la historia judía que no puedo contar de manera absoluta con la
protección de prudentes leyes e instituciones para mí o mis descendientes.
Observo el presente judío de cerca y recuerdo activamente el pasado judío: no
sólo su frecuente sufrimiento histórico sino también la gran significación del
sentido de la historia judía. Leo. Intento comprender lo que pueda significar
el ser un judío que no puede vivir por las reglas de conducta fijadas a lo
largo de siglos y milenios. Yo no soy, como se dice, un judío practicante, y
dudo de que Scholem fuera del todo ortodoxo. Estaba, no obstante, inmerso en el
misticismo judío del siglo XVI, y estudiaba con pormenor el kabalismo, por lo
que es improbable que estuviera del todo falto de sentimiento religioso.
Yo, por el contrario, soy un judío
americano cuyos intereses son en gran medida, si bien no exclusivamente,
laicos. No hay modo de reconciliar mi experiencia americana y moderna de la
vida con la ortodoxia judía. De tal modo que mis antepasados, si pudieran verme
y juzgar por sí mismos, me considerarían una criatura verdaderamente curiosa,
no menos extraña que mis compatriotas católicos, protestantes o ateos. Sin
embargo, su escandalosamente extraño descendiente insiste en que es judío. Y
desde luego lo es. No se le puede hacer responsable de las transformaciones
históricas interrelacionadas de las que es peculiar heredero.
Para los escritores de Occidente, y en
particular de los Estados Unidos, es ya casi demasiado tarde para resolver las
dificultades anteriormente descritas. Hoy, casi nadie es consciente de ellas.
Los escritores raramente dan algún indicio de tener conciencia del grado de
libertad del cual gozan aquí. Su privilegio es no tener límites en su
destructividad. Con ello demuestran que nuestra inmensa Norteamérica no es su
propietaria. Son muy quisquillosos con lo de no ser propiedad de nadie. Pero a
cambio nadie se los toma muy en serio. Para exresar la cuestión más claramente:
no se les exige responsabilidad de sus opiniones. Esas opiniones son polvo
nulo; ingrávidas.
¿Qué significa esto? ¿Cabe decir que en
nuestro desatino estamos aniquilando incluso el nihilismo?
Los escritores judíos, si quieren ejercer
su opción de rechazar el talante nihilista, pueden hacerlo, pero será mucho
mejor para ellos—para todos nosotros—que no se erijan en portavoces de
conciencias o quieran dar al mundo una lección, por así decirlo, moralizando. Nunca
he querido rehuir el ser reconocido como judío con el fin de evitar la
discriminación. Nunca me importó lo suficiente, nunca otorgué a nadie gran
capacidad para discriminarme; y ahora ya es demasiado tarde para molestarme con
esas cuestiones. Mi opinión, una opinión muy extendida, es que no hay solución
para el problema judío. La mala sangre contra los judíos no acabará nunca en
ningún futuro previsible; ni desaparecerá la conciencia de ser judío, puesto
que el sentido de dignidad de los judíos exige que sean fieles a su historia y
su cultura, que no es tanto una cultura en el sentido moderno como una lealtad
milenaria a la revelación y la redención.
Un filósofo cuyas ideas sobre el tema del
judaísmo me han influido, dice que esos judíos modernos para los cuales la
antigua fe ya no existe la valorarán como una noble ilusión.3
La asimilación es una alternativa
imposible—repugnante--. Lo que nos queda es la contemplación de la historia judía.
“El pueblo judío y su destino son testimonio vivo de la ausencia de redención”,
escribe este filósofo. Y afirma además que el sentido del pueblo elegido es
testificar de lo siguiente: Los judíos son elegidos para demostrar la ausencia
de redención. Se supone…que el mundo no es creación del Dios vivo y justo, el
Dios Santo, y que de la ausencia de rectitud y caridad somos responsables
nosotros, criaturas pecadoras. ¿Una ilusión? ¿Un sueño? Pero jamás se ha soñado
un sueño más noble.
Esto no es incompatible con la afirmación
de Karl Shapiro de que en los Estados Unidos el escritor judío es libre de
crear su propia conciencia. Al crearla verá también la necesidad de contemplar
la historia judía y procurar descubrir su sentido más recóndito. Para un hombre
moderno esto es quizá lo que constituye la vida judía.
Al comenzar esta conferencia dije: “Mi
primera conciencia fue la de un cosmos, y en ese cosmos yo era judío.” Después
de setenta y tantos años, unos cincuenta de los cuales he pasado escribiendo
libros, no puedo hacer otra cosa que describir lo ocurrido, puedo solamente
ofrecerme a mí mismo como ilustración. La crónica mostrará cómo me ha visto el
siglo XX y cómo he visto yo al siglo XX. ■
Traducción: Eva Rodríguez Halffter
THE WYLIE AGENCY ©
[This text is
excerpted a talk originally given by Saul Bellow in 1988, and first published
in the New York Review of Books, 2011. Footnotes have been added by editors.]
* WASP son las siglas de White Anglo Saxon Protestant: blanco
anglosajón protestante, referencia, algo peyorativa, al grupo de población de
estatus más alto en Estados Unidos. (N. de T.)
** Brwonsville es un barrio de Nueva York
que hasta la década de 1950 fue predominantemente judío. Delancey Stree es una
de las principales calles del Lower East Side de Manhattan, de población
también mayoritariamente judía. (N. de T.)
1 Spengler dice en efecto que los judíos
no podían entender la trayectoria de la historia europea en la que eran a veces
actores, pero en realidad señala a Disraeli como un excepción, alguien que
tenía poder material para actuar con objeto de manipular la cultura (para él)
ajena de Inglaterra. Véase Oswald Spengler, The Decline of the West, vol. 2,
traducción y notas de Charles Francis Atkinson (Knopf, 1928), pp. 319-320.
(Traducción al castellano: La decadencia de Occidente)
* Partisan Review es una importante
revista política y literaria publicada en Estados Unidos desde 1934 a 2003. Muchos de sus
primeros escritores eran hijos de inmigrantes judíos de Europa. Alcanzó su
punto máximo de influencia y prestigio entre finales de la década de 1930 y
principios de los años sesenta. (N. de T.)
** Wop y kike son términos peyorativos
para referirse a italianos y judíos respectivamente. (N. de T.)
2 El texto de Capote es el siguiente (“A
Day’s Work”, Interview (junio, 1979),
reeditado en Music for Chameleons (Random House, 1980), p. 158): Mary: … El señor y la señora Berkowitz. Si hubieran
estado en casa no podría haberte llevado allí. Porque son judíos muy estirados.
¡Y ya sabes lo estirados que son todos! Truman Capote: ¿Los judíos? Ya lo creo.
Muy estirados. Tendrían que estar todos en el Museo de Historia Natural. Todos.
* Alusión al poema de T. S. Eliot, Sweeney
Among the Nightingales (Sweeney entre los ruiseñores).Rachel Rabinovitch es un
personaje judío. (N. de T.)
3 Véase la conferencia de Leo Strauss “Why We
Remain Jews” (“Por qué seguimos siendo judíos”) incluida en su libro Jewish
Philosophy and the Crisis of Modernity: Essays and Lectures in Modern Jewish
Thought, edición de Kenneth Hart Green (State University of New York Press,
1997).
Saul Bellow (1915-2005) Fue escritor.
Premio Pullitzer y Premio Nobel de Literatura en 1976. Autor de El legado de Humboldt, Ida y vuelta a
Jerusalén, Suma y sigue y Ravelstein.
Articulo : www.elboomeran.com
30/01/2012

