samedi 18 février 2012

Slawomir MROZEK/Cuento: El cisne


Cuento
El cisne
Por Slawomir MROZEK

EN EL PARQUE había un estanque cuyo adorno era un cisne. Un día, el cisne desapareció; unos gamberros lo habían robado.

La dirección de jardines públicos municipales compró otro cisne. Y para que no corriera la misma suerte que su predecesor, le asignaron un guardián especial.
Era un anciano que desde hacía años vivía solitario. Cuando entró a ocupar su cargo, empezó a refrescar por las noches, y ya nadie visitaba el parque. El anciano daba vueltas alrededor del estanque, vigilaba al cisne y, de vez en cuando, contemplaba las estrellas. Tenía frío. Le entraban deseos de hacer una escapada hasta la moderna taberna que había cerca del parque. Se disponía a marcharse, cuando se acordó del cisne. Temió que durante su ausencia se lo pudieran robar y pensó que aquello le costaría el cargo. En vista de ello, renunció a ir.

Pero el frío lo atormentaba cada vez más y agravaba su soledad. Finalmente, decidió ir a la taberna con el cisne. Aun suponiendo que alguien fuera al parque para gozar de los encantos de la naturaleza, no se daría cuenta inmediata de la falta del cisne. "Brillan las estrellas, pero no hay luna y en seguida volvemos", pensó, llevándose al cisne.

En la taberna reinaba el calor y un agradable olor a asado. El anciano dejó el cisne en una silla que tenía delante, para no perderlo de vista. Luego encargó una cena modesta y un vasito de vodka para entrar en calor. Mientras comía con apetito el delicioso asado de carnero, se dio cuenta de que el cisne lo miraba de un modo particular. El ave le dio lástima. Mientras durara aquella mirada de reproche no podría comer. Llamó al camarero y encargó para el cisne un panecillo mojado en cerveza caliente con azúcar. El cisne se puso muy contento y cuando hubieron terminado de comer, ambos regresaron alegres y satisfechos a sus puestos.

A la noche siguiente volvió a hacer frío. Las estrellas tenían un brillo especial y cada una de ellas era como un clavo de hielo que se hundía en el corazón tibio y solitario del anciano. Pero éste luchaba contra la tentación.

En el centro del estanque nadaba el cisne, como una suave mancha blanca luminosa.

Al pensar en los escalofríos que debían de apoderarse de todo aquel que en semejante noche entrara en contacto con el agua, el anciano se emocionó. ¿Por qué no tenía que disfrutar de la vida el pobre cisne? Seguro que preferiría estar en algún rincón caliente y comer algo.

Tomó al ave bajo el brazo y se dirigió a la taberna.
Y llegó otra noche y el anciano volvió a ser presa de melancolía. Pero esta vez estaba firmemente decidido a no ir a la taberna. El día anterior, al regresar, el cisne había bailado y cantado cosas inverosímiles.

Mientras estaba sentado en la orilla mirando el cielo o al parque solitario y terriblemente frío, sintió, de pronto, que le tiraban tímidamente del pantalón. El cisne se había acercado a la orilla para recordarle algo. En vista de ello, marcharon los dos.

Un mes más tarde, anciano y cisne quedaron despedidos. En pleno día, el cisne se tambaleaba sobre el agua. Las madres que acudían al parque con sus hijitos para esparcirse y contemplar al ave se habían quejado. A causa de los niños.
De lo cual se deduce que la moralidad de conducta es indispensable incluso para el cargo más modesto. 

El autor
SLAWOMIR MROZEK nació en Cracovia (Polonia) en 1930. Estudió Arquitectura y Bellas Artes. Trabajó en periódicos como dibujante, periodista y corresponsal viajero. Se trasladó a Varsovia. Sus obras teatrales y sus relatos suelen corroer la rigidez de las estructuras burocráticas y usan el humor y el absurdo. Entre las primeras se cuentan La policía, El martirio de Peter O`Hey, El pavo y Tango. Entre sus libros de narrativa pueden mencionarse El elefante y Dos cartas.

Articulo : http://www.elpais.com.uy 17/02/2012

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