Cuento
El cisne
Por Slawomir MROZEK
EN EL PARQUE había un estanque cuyo adorno
era un cisne. Un día, el cisne desapareció; unos gamberros lo habían robado.
La dirección de jardines públicos
municipales compró otro cisne. Y para que no corriera la misma suerte que su
predecesor, le asignaron un guardián especial.
Era un anciano que desde hacía años vivía
solitario. Cuando entró a ocupar su cargo, empezó a refrescar por las noches, y
ya nadie visitaba el parque. El anciano daba vueltas alrededor del estanque,
vigilaba al cisne y, de vez en cuando, contemplaba las estrellas. Tenía frío.
Le entraban deseos de hacer una escapada hasta la moderna taberna que había
cerca del parque. Se disponía a marcharse, cuando se acordó del cisne. Temió
que durante su ausencia se lo pudieran robar y pensó que aquello le costaría el
cargo. En vista de ello, renunció a ir.
Pero el frío lo atormentaba cada vez más y
agravaba su soledad. Finalmente, decidió ir a la taberna con el cisne. Aun
suponiendo que alguien fuera al parque para gozar de los encantos de la
naturaleza, no se daría cuenta inmediata de la falta del cisne. "Brillan
las estrellas, pero no hay luna y en seguida volvemos", pensó, llevándose
al cisne.
En la taberna reinaba el calor y un agradable
olor a asado. El anciano dejó el cisne en una silla que tenía delante, para no
perderlo de vista. Luego encargó una cena modesta y un vasito de vodka para
entrar en calor. Mientras comía con apetito el delicioso asado de carnero, se
dio cuenta de que el cisne lo miraba de un modo particular. El ave le dio
lástima. Mientras durara aquella mirada de reproche no podría comer. Llamó al
camarero y encargó para el cisne un panecillo mojado en cerveza caliente con
azúcar. El cisne se puso muy contento y cuando hubieron terminado de comer,
ambos regresaron alegres y satisfechos a sus puestos.
A la noche siguiente volvió a hacer frío.
Las estrellas tenían un brillo especial y cada una de ellas era como un clavo
de hielo que se hundía en el corazón tibio y solitario del anciano. Pero éste
luchaba contra la tentación.
En el centro del estanque nadaba el cisne,
como una suave mancha blanca luminosa.
Al pensar en los escalofríos que debían de
apoderarse de todo aquel que en semejante noche entrara en contacto con el agua,
el anciano se emocionó. ¿Por qué no tenía que disfrutar de la vida el pobre
cisne? Seguro que preferiría estar en algún rincón caliente y comer algo.
Tomó al ave bajo el brazo y se dirigió a
la taberna.
Y llegó otra noche y el anciano volvió a
ser presa de melancolía. Pero esta vez estaba firmemente decidido a no ir a la
taberna. El día anterior, al regresar, el cisne había bailado y cantado cosas
inverosímiles.
Mientras estaba sentado en la orilla
mirando el cielo o al parque solitario y terriblemente frío, sintió, de pronto,
que le tiraban tímidamente del pantalón. El cisne se había acercado a la orilla
para recordarle algo. En vista de ello, marcharon los dos.
Un mes más tarde, anciano y cisne quedaron
despedidos. En pleno día, el cisne se tambaleaba sobre el agua. Las madres que
acudían al parque con sus hijitos para esparcirse y contemplar al ave se habían
quejado. A causa de los niños.
De lo cual se deduce que la moralidad de
conducta es indispensable incluso para el cargo más modesto.
El autor
SLAWOMIR MROZEK nació en Cracovia
(Polonia) en 1930. Estudió Arquitectura y Bellas Artes. Trabajó en periódicos
como dibujante, periodista y corresponsal viajero. Se trasladó a Varsovia. Sus
obras teatrales y sus relatos suelen corroer la rigidez de las estructuras
burocráticas y usan el humor y el absurdo. Entre las primeras se cuentan La
policía, El martirio de Peter O`Hey, El pavo y Tango. Entre sus libros de
narrativa pueden mencionarse El elefante y Dos cartas.

