Últimas noticias del Sur
Luis Sepúlveda y Daniel Mordzinski publican la crónica de su
viaje a una Patagonia al borde de la extinción
El tándem formado por el chileno Luis Sepúlveda y el fotógrafo
argentino Daniel Mordzinski quiso aparcar por una vez las prisas de los
reportajes periodísticos para viajar sin reloj ni brújula por la inmensa
Patagonia. Lo hicieron en 1996 y durante década y media sus peripecias al sur
del paralelo 42° sólo fueron conocidas por sus allegados. Hoy, por fin,
cualquiera puede asomarse a 'Últimas noticias del Sur', pero ya no encontrará
en sus páginas una crónica de viajes, porque como dicen sus autores, "el
tiempo, los cambios violentos de la economía y la voracidad de los triunfadores
lo transformaron en un libro de noticias póstumas, en la novela de una región
desaparecida". A continuación reproducimos un fragmento del libro, una
ventana a una región que se vende por piezas a precio de saldo.
El último viaje del Patagonia Express
Sabíamos que La Trochita salía los martes desde El Maitén, a
una hora de patagónica puntualidad, entre las ocho de la mañana y el mediodía,
y que luego de hacer un recorrido hasta Esquel regresaba los jueves, partiendo
con similar exactitud para deshacer los trescientos cincuenta kilómetros a los
que quedaron reducidos los mil setecientos kilómetros originarios
del Patagonia Express luego de las privatizaciones y la muerte del
ferrocarril argentino.
La estación se notaba extrañamente vacía aquella mañana. Por lo
que conocíamos de la región, el viejo tren continuaba siendo el único medio de
transporte para los habitantes de El Maitén que debían viajar a Esquel a
comprar insumos, ver al médico o a lidiar con la burocracia. Como la boletería
estaba cerrada, empezamos a recorrer la estación, sin encontrar a nadie, hasta
que nos acercamos al taller, del que escapaba la música de una radio y algunas
voces. Era un galpón enorme y ahí, entre toneladas de metal enmohecido, una
locomotora de vapor que enseñaba parte de sus tripas de acero y tres vagones de
madera, había un grupo de hombres vestidos con el clásico mameluco azul de los
mecánicos.
Eran seis hombres de diferentes edades, los cuatro mayores
jugaban una partida de truco y los otros dos, más jóvenes, observaban,
ponderaban la habilidad de los jugadores, la rima de los versos que acompañan
las jugadas y pasaban la calabaza del mate.
-¿Qué cuentan, muchachos? -saludó uno de ellos al vernos.
Respondimos al saludo y de inmediato fuimos invitados a
compartir el mate y unos panes con queso.
-¿Se puede saber qué los trae por estos pagos? -consultó otro.
-El tren. Nos dijeron que salía hoy hacia Esquel.
Nuestro plan de trabajo para aquella jornada era bastante
simple; mi socio haría el viaje, tomando fotos de interior, mientras yo lo
seguía en auto. Permaneceríamos en Esquel hasta el jueves y entonces haríamos
el viaje a la inversa, yo en el tren, llenando de apuntes la Moleskine, y mi
socio regresaría en auto, haciendo fotos de exteriores.
-Así es. Hoy salía, pero no salió ni saldrá -indicó uno de los
mecánicos.
-¿Y cuándo sale? -quisimos saber.
-Eso no lo sabe nadie. Está "charteado" -precisó uno
de los jóvenes.
Qué verbo tan raro, fue lo primero que pensamos, pero no nos sorprendió. El español basa su riqueza en la adopción de palabras que, o vienen de vocablos indígenas, de dificultades fonéticas de los emigrantes de otras lenguas, o de los problemas auditivos de los criollos frente a palabras desconocidas. Hace un par de años que la Real Academia Española aceptó la palabra 'chimichurri', definiéndola como una salsa compuesta de aceite, vinagre, sal, orégano y especias que sirve para aderezar las carnes. Su raíz etimológica, según la Academia, viene de una voz aymara, pero no es cierto. La palabra 'chimichurri' viene de las dificultades de algún gaucho medio sordo que, sirviendo de peón a un ganadero inglés, habrá escuchado miles de veces la orden de "give me a curry", pues es sabido que los ingleses suelen acompañar las carnes con curry y le llaman así a cualquier salsa condimentada. Si uno que no sabe inglés escucha cien veces "give me a curry", se le queda el sonido, si escucha la misma frase doscientas veces, una suerte de profilaxis auditiva la acorta a "givmi acurry", y a las trescientas se transforma en un fonema, "gimiacurry", pero como se refiere a algo tangible, entonces el ingenio amolda el fonema y hace de él un sonido agradable, nuevo, para definir no la salsa sosa de los ingleses, sino el condimento popular y gauchesco que antes de llamarse chimichurri era miserablemente nombrado como salmuera. "Give me a curry"..."givmi acurry"... "gimicurry"... ¡chimichurri!
Qué verbo tan raro, fue lo primero que pensamos, pero no nos sorprendió. El español basa su riqueza en la adopción de palabras que, o vienen de vocablos indígenas, de dificultades fonéticas de los emigrantes de otras lenguas, o de los problemas auditivos de los criollos frente a palabras desconocidas. Hace un par de años que la Real Academia Española aceptó la palabra 'chimichurri', definiéndola como una salsa compuesta de aceite, vinagre, sal, orégano y especias que sirve para aderezar las carnes. Su raíz etimológica, según la Academia, viene de una voz aymara, pero no es cierto. La palabra 'chimichurri' viene de las dificultades de algún gaucho medio sordo que, sirviendo de peón a un ganadero inglés, habrá escuchado miles de veces la orden de "give me a curry", pues es sabido que los ingleses suelen acompañar las carnes con curry y le llaman así a cualquier salsa condimentada. Si uno que no sabe inglés escucha cien veces "give me a curry", se le queda el sonido, si escucha la misma frase doscientas veces, una suerte de profilaxis auditiva la acorta a "givmi acurry", y a las trescientas se transforma en un fonema, "gimiacurry", pero como se refiere a algo tangible, entonces el ingenio amolda el fonema y hace de él un sonido agradable, nuevo, para definir no la salsa sosa de los ingleses, sino el condimento popular y gauchesco que antes de llamarse chimichurri era miserablemente nombrado como salmuera. "Give me a curry"..."givmi acurry"... "gimicurry"... ¡chimichurri!
-Charteado, ¿de chartear? -consultó mi socio.
De chartear, un nuevo verbo maldito. De charter. Una
asociación de ociosos millonarios texanos amantes del ferrocarril a vapor
habían "charteado " por un tiempo ilimitado el Patagonia
Express, sin importarles que los habitantes de El Maitén, Esquel, Ñorquinco y
Leleque se quedaran sin el único medio de transporte. Poderoso caballero es don
dinero. Un tren secuestrado por el poder de compra de unos vagos y la complicidad
del funcionario corrupto enviado desde Buenos Aires para determinar la "no
rentabilidad" del viejo ferrocarril. Hacía once días que La Trochita
estaba en manos de aquellos turistas cuando conocimos a aquellos ferroviarios
que, sin disimular la bronca, intentaron consolarnos sugiriéndonos una
solución.
-Hoy viene uno de esos tipos. Creo que es cubano o dominicano,
es el intérprete que tienen. Hablen con él y tal vez les permitan subir a La
Trochita -dijo Marcelo, un tipo al que jamás olvidaremos.
Decidimos esperar al intérprete charlando con el grupo. Como
todos los patagones, cada uno tenía algo que contar e iban desgranando las
palabras lentamente, como para quitarle importancia a lo que decían.
-¿Vieron la locomotora que estamos reparando? Es una joya, una
Maffey 350, alemana, construida en 1915. Ya no quedan máquinas como ésa en
ninguna parte del mundo. Tenemos dos y son parte de la historia de La Trochita.
Esta vía férrea la construyeron los ingleses, pero no a la manera inglesa.
Ellos tardan cien años en hacer un tren que les dure doscientos, porque la
carga y los pasajeros siempre serán un negocio seguro. Sin embargo, llegaron a
la Patagonia para construir un tren que les uniera las propiedades y les
permitiera sacar la lana hasta un puerto de embarque. Los pasajeros y otro tipo
de carga jamás les importaron -aseguró uno.
Ese hombre de mameluco azul conocía la historia del ferrocarril
argentino, especialmente la referida al Patagonia Express. A partir de
1905, los intereses ferroviarios británicos tuvieron una estrecha relación con
la especulación terrateniente. A pesar de que ante el Congreso argentino se
presentaron numerosos proyectos de construcción ferroviaria y de que una ley
exigía que éstos fueran estatales, siempre toparon con la casualidad de que los
terrenos que habría de cruzar el tren eran propiedad de latifundistas
británicos. El Estado argentino ofreció indemnizaciones, pero los británicos se
negaron a aceptarlas. Con el apoyo de la Corona establecieron sociedades
ferroviarias, y es así, por ejemplo, que, en 1908, la compañía ferroviaria
inglesa que inició los trabajos del tendido entre San Antonio y Nahuel Huapi
era propietaria de setecientas cincuenta mil hectáreas de tierra patagónica.
Naturalmente, tendieron las vías al borde de sus campos, lo que les autorizó a
apropiarse de inmediato de las tierras colindantes.
-No hicieron ningún trabajo limpio, no tenemos nada que
agradecerles. Ellos sabían que el ferrocarril debía durar lo que durase la
bonanza lanera. Trajeron restos, máquinas que no eran aptas para la región.
Compraron chatarra francesa, como las locomotoras HH Saint Pierre, dadas de
baja en el Ferrocarril Trasandino que unía Santiago de Chile con Mendoza. Esas
máquinas alpinas perdían agua, tenían calderas de cuatro tubos verticales, todo
un lujo para una región en donde falta el agua. Acá llueve muy poco, ésta es
una estepa medio desértica -agregó Marcelo.
-Pero nuestro tramo es diferente. Acá los ingleses creyeron que
dirigían, pero el paisanaje trabajó a su manera. Y piense que en aquellos
tiempos ni siquiera se habían hecho levantamientos topográficos. Recién en
1911, con el apoyo de la comisión hidrológica, se hizo el primer estudio del
suelo. Diez hombres a caballo cubrieron cien mil kilómetros cuadrados. Costó
sudor y sangre tender las vías para que pasara La Trochita, los peones hacían
una media de veinte kilómetros al año, trabajaban con veinte grados bajo cero
en el invierno, había que meterle mucho alcohol al cuerpo para soportar el
frío, y así nos acostumbramos a desayunar como los tanos, con Cinzano. Lo peor
eran las primaveras, porque con ellas llegaban las epidemias de gripe y todavía
no se conocían los antibióticos. Eran duros esos paisanos -dijo con orgullo uno
de los viejos.
-Contales lo del pelado Lund -le animó Marcelo.
-Enrique Lund era un ingeniero danés, muy rubio el hombre, y
era el único que tenía una carpa de doble techo. Durante el día dejaba una
estufa de querosene adentro y por la noche la sacaba para no asfixiarse. Afuera
había veinte grados bajo cero, y como el vikingo Lund era muy alto, se dormía
con la cabeza pegada a una de las lonas laterales de la carpa y su respiración
generaba humedad, ésta se congelaba y se le pegaba el pelo de tal manera que,
al despertar, tiraba y dejaba pegada parte de su cabellera. Así quedó pelado
Enrique Lund -concluyó el viejo y todos coreamos sus carcajadas.
La llegada de un insolente vehículo todoterreno, de brillantes
defensas cromadas y reflectores en el techo, interrumpió la alegría del galpón.
Venía a gran velocidad, frenó entre una nube de polvo y cuando ésta fue
disipada por el viento bajaron cuatro exponentes de la belleza corporal texana,
tres hombres y una mujer que reunían media tonelada de grasas en sus cuerpos
vestidos para un safari en cualquier lugar de la sabana africana. Bajó también
el chófer, un sujeto delgado, impecablemente peinado con gomina y cargando del
cuello una cadena de oro digna del Queen Mary. Sólo le faltaba el ancla
para hacer perfecta esa joya.
El cuarteto de gordos reía sin pausas, especialmente la mujer,
y al llamado de sus carcajadas acudió presuroso el jefe de estación, un tipo
algo menos voluminoso que los texanos y que no paraba de hacer reverencias
mientras consultaba en qué más podía serles de ayuda.
El chófer era, además, el intérprete y hablaba con un
inconfundible acento cubano. Con un gesto interrumpió la demostración de
servilismo del jefe de estación, e indicando a mi socio que en ese momento
tiraba unas fotos a la vieja locomotora alemana, precisó:
-Le dijimos que no queríamos ver a ningún periodista mientras
el tren sea nuestro.
Quise tranquilizarlo indicando que no éramos periodistas, sino
dos viajeros que pasábamos casualmente por ahí, pero Marcelo fue más rápido:
-Son amigos míos, querían conocer el taller y los invité. Y el
tren lo tienen charteado no más. No les pertenece.
-Pero, Marcelo, tenías que haberme avisado. Estos señores pagan
bien y me pidieron que nadie los molestara. Cómo vamos a progresar así, si cada
uno hace lo que quiere -se lamentó el jefe de estación.
-Vos mandás en la estación, gordito. Pero en el taller no
cortás ni pinchás nada -le indicó uno de los viejos mecánicos.
El jefe de estación respondió con un ademán despectivo y,
tomando del brazo a la texana, musitó un "no problem" que
arrancó nuevas carcajadas a la gorda. Mi socio y yo aprovechamos la situación
para hablar con el cubano.
-Queremos subir al tren, hacer unas fotos, eso es todo. ¿Nos
echas una mano? -consultó mi socio.
El cubano nos observó con atención antes de responder.
-¿Y cuánto estarían dispuestos a pagar?
-Pon un precio y lo hablamos -sugirió mi socio.
El cubano se alejó hasta los tres gordos que miraban divertidos
al jefe de estación y a la gorda, habló con uno de ellos, asintió con
movimientos de su cabeza engominada y regresó hasta nosotros.
-Antes de hablar del precio queremos saber si ustedes son de
esos comunistas que protestan porque charteamos el tren -inquirió con tono
amenazante.
-¿Tú eres cubano? -le pregunté.
-Cubano americano -contestó, alzando la barbilla en un gesto
que quería ser de orgullo patriótico u otra estupidez aprendida en la fundación
cubano americana de Miami.
-¿Cuánto? -le cortó mi socio.
-Por cinco mil dólares los llevamos hasta la próxima estación.
Viaje de ida solamente.
La estación siguiente estaba a unos treinta kilómetros, poco
menos de una hora de viaje en La Trochita. El cubano se acarició la cabellera
engominada esperando la respuesta.
-¿Tú entiendes bien cuando se habla en español? -le pregunté
con mi tono más amistoso.
-Naturalmente, por algo soy el traductor del grupo -aseguró con
nuevas muestras de orgullo.
-Entonces, dile a tus jefes que se vayan a la puta que los
parió. Viaje de ida, solamente -agregó mi socio con el más amable de sus tonos.
El fraterno intercambio de pareceres con el cubano americano
habría continuado hasta las caricias con la mano empuñada, pero fuimos
interrumpidos por los chillidos histéricos de la texana, que, con una mano
jalando del jefe de estación y con la otra indicando hacia el taller,
escenificaba un drama épico que me hizo recordar los rostros aterrorizados de
los yanquis huyendo de Vietnam.
Uno de los gordos vestidos para cazar elefantes salió a la
carrera del taller y, tras él, entre movimientos muy calmados, iba uno de los
mecánicos mayores con una llave inglesa en la mano.
-Llévese de aquí a estos sin respeto -exigió el viejo.
No fue necesario repetir la orden pues los cuatro texanos y el
cubano americano subieron al vehículo y se largaron dejando una espesa nube de
polvo. El jefe de estación corría tras ellos y así lo vimos desaparecer entre
la polvareda.
-Aquí ninguno es mono de feria. Toñito tampoco -precisó el
viejo y nos invitó a entrar nuevamente al taller.
Sentado en una caja de madera vimos a un hombre enorme, podía
ser un adolescente recién abandonado por el acné o un tipo maduro. Medía poco
menos de dos metros, era muy fornido, y su semblante de evidentes rasgos
mapuches pasaba de la sonrisa amistosa al gesto preocupado por haber hecho algo
que no entendía.
Toñito amaba el tren y todo lo que tuviera que ver con el tren.
Padecía de un retardo mental que lo había confinado a la indefensión de un niño
de seis años, pero, adoptado por los ferroviarios de El Maitén, hacía las veces
de aprendiz eterno; con su fuerza colaboraba levantando objetos pesados cuando
era necesario, tenía un pase para viajar gratis en La Trochita cada vez que
quisiera y, además, los muchachos del taller le habían fabricado un vehículo a
pedales montado sobre los raíles. Feliz en su ferro-cuatriciclo Toñito recorría
las vías y regresaba para informar de cualquier desperfecto.
-El sin respeto ese le dio un chocolate y, al ver que Toñito
tenía dificultades para quitar la envoltura, se cagó de la risa y empezó a
sacarle fotos -refunfuñó el viejo ofreciendo la calabaza del mate.
-Sin respeto -repitió Toñito con la boca llena de chocolate.
-Bueno, nos quedamos sin tren -comenté.
Tomamos unos mates en silencio, fumamos unos cigarrillos. Mi
socio preguntó si podía hacer unas fotos del taller, a lo que respondieron con
aprobaciones entusiastas, yo me quedé junto al defensor de Toñito, que descolgó
un costillar de cordero y empezó a darle cortes a la grasa.
-¿Les gusta el corderito al disco? -preguntó.
-¿Y a quién no? -respondí, porque era cierto.
Marcelo avivaba las brasas de la fragua y colocaba encima el
disco de hierro sobre el que tirarían la carne cuando estuviera muy caliente.
Entonces, la grasa se escurriría lentamente cayendo por los bordes, el humo
perfumado transformaría el hambre en deseo, y las costillas doraditas, crocantes
y libres de grasa nos dirían una vez más que el mejor cordero del mundo es el
patagónico, y más todavía si se come con la mano en un taller ferroviario.
[...]
Articulo : http://www.elcultural.es
07/02/2012

