dimanche 25 mars 2012

Almundena GRANDES/ El lector de Julio VERNE


El lector de Julio Verne
Por Almudena Grandes 

La gente dice que en Andalucía siempre hace buen tiempo, pero en mi pueblo, en invierno, nos moríamos de frío. Antes que la nieve, y a traición, llegaba el hielo.

Cuando los días todavía eran largos, cuando el sol del mediodía aún calentaba y bajábamos al río a jugar por las tardes, el aire se afilaba de pronto y se volvía más limpio, y luego viento, un viento tan cruel y delicado como si estuviera hecho de cristal, un cristal aéreo y transparente que bajaba silbando de la sierra sin levantar el polvo de las calles. Entonces, en la frontera de cualquier noche de octubre, noviembre con suerte, el viento nos alcanzaba antes de volver a casa, y sabíamos que lo bueno se había acabado. Daba igual que en uno de esos viejos carteles de colores que a don Eusebio le gustaba colgar en las paredes de la escuela, pudiéramos leer cada mañana que el invierno empieza el 21 de diciembre. Eso sería en Madrid. En mi pueblo, el invierno empezaba cuando quería el viento, cuando al viento se le antojaba perseguirnos por las callejas y arañarnos la cara con sus uñas de cristal como si tuviera alguna vieja cuenta que ajustar con nosotros, una deuda que no se saldaba hasta la madrugada, porque seguía zumbando sin descanso al otro lado de las puertas, de las ventanas cerradas, para cesar de repente, como empachado de su propia furia, a esa hora en la que hasta los desvelados duermen ya. Y en esa calma artera y sigilosa, a despecho de los libros y de los calendarios, aunque no estuviera escrito en ningún cartel, la primera helada caía sobre nosotros. Después, todo era invierno.

El hielo cubría el patio con una gasa blancuzca y sucia, como una venda vieja sobre los raquíticos troncos de los árboles que flanqueaban el pozo, y a la luz aún imprecisa del amanecer, otorgaba una misteriosa relevancia a cada guijarro, perfiles nítidos que se destacaban del suelo encrespado, erizado de frío. También a mi nariz, que se despertaba en mi cara como un apéndice helado, casi ajeno, antes que yo mismo. Entonces sacaba una mano para tocarla, como si me extrañara encontrarla allí, entre mis ojos y mi boca, y el contraste de temperatura me dolía al mismo tiempo en la nariz y en la punta de los dedos. Para evitarlo, metía la cabeza entera bajo las sábanas calientes, ablandadas de calor, y me volvía a dormir, y ese sueño era mejor que el primero, pero, como casi todo lo que es mejor en esta vida, duraba poco. La puerta del cuarto que compartía con mis hermanas quedaba en su mitad, al otro lado de la cortina verde, pero la ventana me correspondía a mí, y por eso madre me despertaba siempre antes que a ellas. Al mismo tiempo que la luz, percibía su voz, vamos, Nino, arriba, que ya es hora, y un instante después, sobre la frente, el beso leve, apresurado, que inauguraba sin remedio la mañana.

Todos los días comenzaban igual, los mismos pasos, las mismas palabras, el pequeño ruido de sus dedos al abrir las contraventanas y aquel beso también pequeño, la piel de mi madre rozando mi piel apenas, una delicadeza que nacía de la prisa y no se parecía a la estruendosa, repetida presión de los labios que me daban las buenas noches como si quisieran quedarse impresos para siempre en mis mejillas. Todos los días comenzaban igual, pero la primera helada, sin cambiar nada, lo cambiaba todo. En otras casas del pueblo, empezaban a mirar al monte con el ceño fruncido, un solo gesto de preocupación en muchos rostros diferentes. En la mía, que no era tal, sino tres habitaciones de la casa cuartel de Fuensanta de Martos, todos nos portábamos mejor, porque sabíamos que al empezar el invierno, mi madre dejaba de estar para bromas.

-Quién me mandaría a mí casarme con éste, a ver, quién me lo mandaría, con lo bien que estaba yo en mi pueblo, joder...

Eso era y no era verdad. Ella había nacido al borde del mar, en un caserío de pescadores, tan cerca de Almería que casi parecía un barrio de las afueras de la ciudad. Allí nunca hacía frío. Yo lo sabía porque su hermana pequeña se había casado a principios de marzo, y nos había invitado a la boda. De entrada, la noticia no me impresionó, porque habíamos recibido otras ofertas semejantes y siempre habían sido en vano, pero aquella vez fue distinta a las demás. Primero, porque madre decidió ir, volver a su pueblo después de más de diez años de ausencia. Después, porque decidió llevarnos con ella. En 1947, aquel viaje representaba todo un acontecimiento para cualquier familia de la Sierra Sur.

-¿Y padre por qué no viene? -me atreví a preguntar cuando ya estábamos sentados en el coche de línea que nos llevaría desde Fuensanta hasta Martos, mientras le miraba por la ventanilla, plantado en la acera, diciéndonos adiós con la mano.
-Porque no.
-¿Y por qué no?
-Porque no puede.
-¿Tiene que trabajar?
-Claro.

Aquella mañana, mi pueblo había amanecido con un palmo de nieve. En Martos, la nevada no había cuajado, pero hacía mucho frío. Lo sé porque el autobús nos dejó al lado de la estación con más de veinte minutos de retraso, y llegamos al tren corriendo, pero a pesar de la carrera, de los sudores y el ajetreo de los bultos en los que llevábamos regalos para la novia y su familia, no entramos en calor.

Madre nos arreaba como si fuéramos ovejas mientras avanzaba por los pasillos, buscando a la pareja de la Guardia Civil que viajaba en el convoy con un papel escrito a máquina en la mano. Era la primera vez que me montaba en un tren sin mi padre, y aunque procuraba disimularlo, porque su ausencia me había convertido en el único hombre de la familia, tenía miedo de todo. Cuando venía él, era distinto. Cuando él iba por delante con su uniforme, el tricornio y el arma reglamentaria, los pasajeros nos abrían paso y los revisores, en lugar de pedirnos el billete, se apresuraban a levantar a quien hiciera falta para que pudiéramos sentarnos todos juntos, pero esta vez padre no venía, y yo no acababa de confiar del todo en los dos papeles escritos a máquina que nos había dado dentro de un sobre al despedirse de nosotros en la puerta del coche de línea.

Sin embargo, todo salió bien. Madre conocía a uno de los dos guardias que viajaban en aquel tren, un cabo que había pasado por Fuensanta antes de ser trasladado a la Comandancia de Jaén, y él ni siquiera necesitó leer el papel para llamar al revisor, explicarle que éramos la familia de un compañero, acomodarnos a todos y darme un puñado de caramelillos de menta, muy fuertes, de esos que pican a la vez en la lengua y en el paladar.

-Para que los repartas con tus hermanas -me dijo sonriendo, pero Dulce escupió el primero un segundo después de metérselo en la boca, y Pepa ya se había dormido en los brazos de madre cuando intenté darle uno, así que me los fui comiendo todos yo solo.

Fue un viaje plácido, tranquilo, muy distinto del que haríamos a la vuelta, pero cuando el tren arrancó, yo seguía tiritando de frío. Una hora después, el cielo estaba azul, el sol brillaba, y me desabroché el abrigo casi sin darme cuenta. Al rato, ya no lo aguantaba.

-Estoy sudando, madre -le dije, mientras me quitaba también el jersey-. ¿Esto es por las calderas del tren, o...?
-No -contestó ella, sonriendo como si acabara de quitarse un peso de encima.
-Pues hace calor.
-Y más que va a hacer.

Entonces empezamos a ver flores, flores en invierno, enormes matas verdes salpicadas de manchas rojas, rosas, blancas o moradas, flores grandes y bonitas, como las que se compran en las tiendas, creciendo solas al borde de la vía del tren. Madre las iba señalando con el dedo, pronunciaba sin dudar sus nombres soleados, misteriosos, y mientras la escuchaba, adelfa, hibisco, buganvilla, yo pensaba en las amapolas, en las margaritas y en esas otras flores azules, tan diminutas que ni siquiera tenían nombre, que eran todas las que había en mi pueblo, y sólo en primavera. En las estaciones, la gente iba a cuerpo, en mangas de camisa o con una chaqueta fina, sin abrochar, y yo los miraba, miraba aquel jardín, un verano perpetuo, y de repente lo entendía todo, el mal humor de mi madre, sus juramentos de renegada sin esperanzas, aquel asombro amargo que la llevaba a preguntarse en voz alta, todos los años, cuando llegaba el hielo y con él los días de la vida difícil, qué pintaba ella en Fuensanta de Martos. Pero las cosas no siempre son como parecen y eso también lo descubrí en aquel viaje.

Adelfas, hibiscos, buganvillas. Cuando tres días después volví a verlas, tan bellas, tan inútiles, creciendo solas junto a la vía del tren que me devolvía a Jaén, a Martos, a las nieves de la sierra, había aprendido que los nombres no se mastican, que las flores no se pueden comer. Había visto el mar, pero también cómo las olas se iban llevando, de una en una, la alegría de mi madre. Había descubierto que ella no exageraba al decir que en su pueblo un hombre tenía bastante para trabajar con un tomate y un racimo de uvas al día, y que había pobres mucho más pobres que nosotros. Padre nos estaba esperando en el andén de la estación, muy abrigado.

Articulo:  http://www.lanacion.com.ar 23/03/2012

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