samedi 31 mars 2012

Amelia CASTILLA/Juan VILLORO: Daños elegidos


ENTREVISTA
Daños elegidos
Por Amelia CASTILLA

En un extraño paraíso turístico, la diversión incluye experiencias de violencia en pequeñas dosis. Juan Villoro, escritor de culto mexicano, crea en 'Arrecife', su nueva novela, un complejo relato sobre la amistad en la “tercera juventud”, con el narco de por medio

En el origen de los relatos de Juan Villoro (México, 1956) suele ocultarse una imagen o un sueño detenido. En Arrecife (Anagrama), el núcleo argumental básico se corresponde con una postal paradisiaca, en un hotel de descanso en el Caribe, como hay tantos en México, pero en el lateral, una situación, que no se identifica si es de juego o de violencia, altera el paisaje. Esa arista perturbadora tiene que ver con la búsqueda de emociones fuertes y el contexto de violencia en que se mueve México, con cuerpos que aparecen decapitados en lugares imprevistos, como Acapulco, antaño edén turístico. “Me gustó poner en tensión ambas cosas. El narco y los clientes de un resort ansiosos de peligros controlados”, cuenta Juan Villoro, en su piso del Eixample barcelonés, decorado en un estilo minimalista, con los muebles justos y espacio para moverse. El escritor, uno de los autores de culto de su país, acaba de regresar de México. Vive entre los dos continentes. Ha gestionado la entrevista por su cuenta, sin agentes ni editores de por medio. Sobre la mesa de la cocina reposa el ordenador encendido. Escribe por las mañanas, en lo que denomina un horario bancario, regado con café. En un rato, saldrá para la Universidad Pompeu Fabra, donde imparte clases de literatura.

Con los alumnos debatirá sobre la importancia del cuento en América Latina, pero esta mañana su interés se centra en la violencia de los narcos y cómo han convertido los asesinatos en mensajes, según las distintas maneras de matar; unos los envuelven en mantas y otros practican la llamada corbata colombiana (sacar la lengua por la garganta). A través de ese discurso de la violencia se identifica a los autores de manera que las víctimas se conviertan en mensajes del horror y así matan dos veces. La situación suena escalofriante. Hasta ahora, los mexicanos vivían en dos mundos diferenciados, el de la violencia y el de la vida común, pero el crimen organizado se ha convertido ya en otra normalidad. En algunas regiones del país funcionan escuelas para narcos, hospitales donde son atendidos, clubes deportivos donde están inscritos e iglesias para ellos. “La vida mexicana transita del apocalipsis al carnaval y en ocasiones mezcla las dos categorías”, como su nueva novela.

En el argumento de Arrecife, un músico retirado funda un resort en Kukulcán con extraños programas de entretenimiento: un paraíso que incluye ciertas dosis de crueldad. No es casual que la novela transcurra en el lugar de los antiguos mayas, una zona de esplendor religioso y gastronómico, donde solo quedan los mayas diminutos que sirven cócteles en los bares.

El fondo y la atmósfera de la novela tienen que ver con esa coreografía de la violencia, pero otra de las lecturas posibles de Arrecife se relaciona con la progresión de la contracultura. Frente a los que sostienen que todas las puertas que se abrieron en los sesenta encontraron una clausura apocalíptica o dramática en la realidad —la revolución sexual se truncó con el sida, la búsqueda de rebeldía acabó en la crisis de las ideologías, los paraísos artificiales de la droga en el narcotráfico—, Villoro defiende que los grandes anhelos de esos años no fracasaron del todo: “La contracultura ha encontrado formas de realizarse en otros ámbitos, como la realidad virtual y las nuevas tecnologías. Silicon Valley está lleno de hippies que pasaron del éxtasis del LSD al digital, encontraron visiones sustitutas”, cuenta. Quizás por eso, los protagonistas de su novela son precisamente dos músicos de esa generación, marcados por las secuelas de las drogas: “Pasé la primera parte de mi vida tratando de despertarme, la segunda tratando de dormir, me pregunto si habrá una tercera parte”, cuenta el narrador en el arranque de la novela. La obra transcurre justamente en ese tercer acto de la vida de las personas en el que, sin llegar a sentir la vejez, se enfrentan a los desafíos de las últimas oportunidades. Arrecifees también una novela sobre la amistad y el amor. “Es difícil encontrar temas más interesantes que la familia y los amigos. El gran enigma es la persona que está más cerca de ti”.

Tony (Antonio Góngora), un trasunto con todas las consecuencias del bajista Jaco Pastorius —“heredó sus problemas pero no su talento”—, un adicto a la adicción, que sueña con medirse con su homólogo en la Weather Report, pone también la banda sonora. Ha perdido parte de la memoria, como consecuencia del abuso de estupefacientes, pero a lo largo del relato va recuperando recuerdos. Y su memoria llega de la mano de su íntimo amigo Mario Müller, cantante de Los Extraditables, el grupo de rock en el que ambos militaban y que fracasó. La amistad de ambos está hecha de afecto, pero también de heridas y deudas, relacionadas con la adolescencia, de lo que uno ha hecho por otro. “Una ayuda demasiado grande puede ser un motivo de irritación”, cuenta el autor.

Müller decide encarnar los sueños de transformación de la realidad en un proyecto turístico, una ciudadela de la redención donde juega a ser el alcalde mágico. “Müller se divierte con lo que siempre ha jugado el rock, la noción de peligro, esa frontera entre el placer y el daño. Por eso se le ocurren programas recreativos con una coreografía delictiva, como que te secuestre la guerrilla. Muchos europeos y norteamericanos buscan en el Tercer Mundo ese tipo de excesos. Vivir una revolución, pero por un fin de semana, o entrar en contacto con una emoción y luego volver a tu vida de bienestar”.

Villoro tiene un curioso tic. Necesita frotar su llavero para encauzar su mente. Inés, su hija pequeña, se lo robó en una ocasión y frotándolo entre sus manos gritó: “He heredado el negocio familiar”. Lo cuenta su padre divertido con el llavero entre sus dedos. “La novela nos puede procurar algo que solo provee la literatura y que nos ayuda a entender mejor el mundo; no se trata de una explicación cien por ciento racional, sino de la recreación de emociones que le dan sentido a una época y a una gente y esa manera de conocer emotivamente una realidad y una época solo la encontramos en la literatura”.

Domina todos los géneros: columnista, cuentista, narrador y ensayista. Los temas sobre los que trabaja van surgiendo y los títulos llegan ahora a las librerías en avalancha. Junto a la novela, se reedita La casa pierde (Alfaguara), un libro de relatos con todas las bendiciones de la crítica; el cómic La calavera de cristal (Sexto Piso), que se convertirá en una serie arqueológica con diferentes personajes; y en México se ha editado también ¿Hay vida en la tierra?(Almadía), que reúne narraciones cotidianas que tratan de aprovechar la realidad, escritas hace 17 años y que ha ido colando en columnas periodísticas. Villoro bromea al escuchar la lista de trabajos que se juntan ahora. “Un síntoma de vejez, mi propio tercer acto de la vida”, remarca sonriente. “Soy un autor bastante disperso, me demoro mucho redactando —Arrecife ha tardado ocho años—, pero hago muchas otras cosas alimentarias como el periodismo o la crónica”. Tomó la decisión “precipitada” de dedicarse a la escritura y para sobrevivir se ve obligado a comportarse como un mayorista. “Se trata de una solución que me conviene, no soportaría estar en una oficina”. El periodismo, dice, le permite la posibilidad de salir de su casa. Si la tragedia de un hombre comienza cuando no puede estar solo en su habitación, ese es su drama. La situación de arresto domiciliario a que te condena la escritura de una novela le resulta una idea tediosa, especialmente para alguien que se define como fisgón y entrometido. “Me gusta averiguar cosas que solo puedes entender en el lugar de los hechos. Soy amigo del periodista Jon Lee Anderson, que en un año cruza el Atlántico veinte veces, pero yo no podría. Él lo que hace es cambiar de miedos cruzando fronteras, pero mi vocación de salir al mundo es limitada, mis odiseas acaban en 24 horas”.

Hace muchos años ya que se reconcilió intelectualmente con su padre, el filósofo Luis Villoro. Con él ha mantenido una relación ambivalente de estímulo y prevención. Cuando era niño, si le pedía que le contara un cuento, le narraba la Odisea, que era lo que tenía más a mano, pero con algunas variantes: Ulises no quería ir a Ítaca sino a Barcelona (su padre nació allí). Pero también estaba la otra parte. “Para un niño es difícil explicar que tu padre sea filósofo; él me comentaba que se dedicaba a buscar el sentido de la vida, y cómo explicas eso en el patio del colegio”. Villoro creció en una casa llena de libros y enseguida se relacionó con la lectura, pero hubo momentos en que pensó que la literatura no era para niños; había en esa biblioteca una condición de los libros como objetos habituales y, al mismo tiempo, ajenos. La relación que ha tenido con la lectura ha pasado por esos momentos. “Mi padre escribió un libro, La significación del silencio, lo que se comunica sin palabras, y a mí lo que me gustaba era el rock, que es lo contrario al silencio, el estruendo. De una forma impulsiva e infantil, cuando empecé a leer por mi cuenta me afilié a cosas que refutaran esto, la contracultura, el rock, la literatura. Mi padre detesta los chismes y las anécdotas personales, la gente que no produce ideas”.

Porque le gustaba o por llevar la contraria, Villoro conducía un programa de radio muy talibán, nacido con vocación fundamentalista por el rock progresivo, el heavy y el rock sinfónico, y detestaba cualquier traición a estos géneros. Pero una de las paradojas de la vida es que lo que te pareció profundamente ridículo en un momento puede regresar en forma nostálgica. El otro día escuchó en el metro Capri c’est fini y la sintió como una canción maravillosa y cargada de emociones. “Me regresaba a momentos de mi vida en los que nunca quise oír esa canción. Lo que repudias como presente suele ser el soundtrackperfecto de la nostalgia”. También quiso estudiar medicina, la carrera elegida ahora por su hijo mayor, pero se decantó por la sociología, y con el tiempo algún poso queda de ese trasfondo en sus libros. “La literatura es una forma del misterio, cuando uno escribe aclara el mundo a través de un libro, pero la gran paradoja de una narrativa es que lo aclara de una manera que no es unívoca, mantiene varias lecturas y hay un fondo de secreto. Me preocuparía que el marco sociológico fuera muy invasivo”.

Superado el rito de paso de la adolescencia y la segunda juventud, la relación padre-hijo fue invirtiéndose. “Es alguien profundamente ético, a quien no le hemos oído decir una mentira, con un compromiso social extraordinario, tiene 89 años y mantiene una correspondencia sobre ética y política con el subcomandante Marcos. Aquellos libros que a mí me parecían ajenos ahora son muy importantes”. Ahora lee sobre todo ensayo, libros de historia, biografías de autores, reflexiones sobre ética, divulgación científica… Define el ensayo, el género que más le gusta, como “un pensamiento que acompaña y ayuda a pensar”. Le gustan, claro está también, las novelas y la poesía. En la prosa ha encontrado distintos formatos, pero sería incapaz de escribir poesía, se le escapa esa capacidad de condensación.

Villoro pertenece a esa clase de narradores muy vinculados y en un sentido muy amplio a su país. Admira mucho a escritores como Graham Greene, que viajan por Vietnam o Cuba y escriben novelas convincentes de esos países, pero sus obras poseen un anclaje básico en sus circunstancias. “Si pensamos en Philip Roth, su literatura tiene que ver con Nueva Inglaterra y la comunidad judía; Dostoievski estaba anclado en Rusia, lo interesante es que en estos autores tenemos el extraño milagro de la universalización de la experiencia, lo que le ocurre a un chico judío de Nueva Jersey se convierte en nuestro problema”, añade.

Acaba de aterrizar en una Europa ahogada por la crisis y en una Barcelona cercada por los recortes y las manifestaciones, pero se muestra feliz de poder disfrutar de la libertad de pasear tranquilamente por la calle y a cualquier hora. “Los mexicanos estamos acostumbrados a las crisis, pasamos del país de la revolución institucional al país de la crisis institucional, las devaluaciones y asombros de la realidad son algo que damos por sentado, estamos acostumbrados a estas sorpresas”. Entiende que la gente se sienta abatida, pero, comparado con lo que sucede en otros rincones del mundo, los problemas de Europa suenan ciertamente menores. “Van a tardar en renovarse las expectativas más de lo que tardarían en países acostumbrados a la improvisación y en países donde la inseguridad es una norma de vida. El bienestar produce conciencia crítica y exigencia de que las cosas menores se cumplan, cuando prescindes de algunas cosas, que tal vez son superfluas o no son tan necesarias, te parece una pérdida mayúscula”, vaticina. Como narrador, se siente preso de una gran contradicción. “Uno de los problemas del bienestar es que resulta tedioso y narrativamente tiene una materia neutra”, por eso defiende que ahí donde surge el conflicto comienza la posibilidad de tener una historia. Personalmente, preferiría que México tuviera una sociedad de seguridad y democracia, aunque escasearan las historias. “Por el momento nos quedan las historias, como los ejércitos heroicos caemos, pero no sin frases celebres”.

Arrecife. Juan Villoro. Anagrama. Barcelona, 2012. 239 páginas. 17,90 euros. La calavera de cristal. J. Villoro y Nicolás Echevarría. Ilustraciones de Bef (Bernardo Fernández). Sexto Piso. Madrid, 2012. 72 páginas, 17 euros. La casa pierde. J. Villoro. Alfaguara. Madrid, 2012. 18,50 euros. ¿Hay vida en la tierra? J. Villoro. Almadía. México, 2012. 432 páginas.

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REPORTAJE
Más allá de la narcoliteratura
Por Luis PRADOS

Los nuevos autores mexicanos se alejan de la guerra contra las drogas para explorar las violencias más íntimas de un país desengañado. Su narrativa, formada por voces individuales, refleja una tensión entre identidad y globalización.

En la era del narco parecería evidente que el éxito de novelas como El poder del perro, de Don Winslow; La reina del Sur, de Arturo Pérez-Reverte, o Balas de plata, de Elmer Mendoza, se debe a que describen con solvencia no solo la realidad sino también el momento que atraviesan las letras mexicanas. La ficción confirmaría los prejuicios del lector de prensa y las editoriales extranjeras atenderían esa demanda. Así se ve desde el exterior: en México se escribe narcoliteratura. Un género protagonizado por traficantes, prostitutas, travestis, cadáveres decapitados y muertos por sobredosis, habitantes de un mundo sórdido, violento y corrupto. Como todos los tópicos tiene parte de verdad —aún se escribe mucha narcoliteratura en este país—, pero no toda. Al menos no entre buena parte de los nuevos narradores mexicanos nacidos en los años setenta.

“Hay dos narcoliteraturas: la policiaca y la literaria”, explica Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978), autor del libro de relatos Arrastrar esa sombra y de la novela Morirse de memoria (los dos en la editorial Sexto Piso). “La segunda aborda el fenómeno no como personaje sino como escenario, como un espacio en el que tienen cabida tanto las historias de amor como la emigración y los parricidios. El aumento de la violencia social va siempre acompañado del aumento de violencias más íntimas”.

Dejando aparte a Bernardo Fernández, Alberto Chimal e Iris García Cuevas, que escriben thrillers con vocación social llenos de sexo explícito y violencia inteligente, en el segundo ámbito definido por Monge estarían algunas de las estrellas más interesantes y sugerentes del firmamento literario mexicano actual. Yuri Herrera (Actopan, 1970), Carlos Velázquez (Coahuila, 1978), César Silva Márquez (Ciudad Juárez, 1974) y Nadia Villafuerte (Tuxtla Gutiérrez, 1978), cuya novela Por el lado salvaje (Ediciones B) empieza con estas frases: “El sexo es cuanto me une a la vida. Lo supe desde la infancia. Y no tuve infancia”.

Yuri Herrera sitúa sus historias en la frontera con Estados Unidos y en su escritura emplea el lenguaje oral del Norte, con una expresión austera y concisa, donde los silencios pesan como monedas de plata. En Trabajos del reino, su primera novela y su primer éxito, huye de los clichés y trasciende el escenario del narcotráfico para ir más allá y plantear una historia sobre el artista y el poder —un cantante de narcocorridos en la corte del capo de un cartel—. En la segunda,Señales que precederán al fin del mundo, también en Periférica y también de poco más de cien páginas, su protagonista Makina cruza al Norte en busca de su hermano para lo que tendrá que superar varias pruebas. “Miró el país que proliferaba tras el cristal. Ella sabía lo que había ahí, sus colores, la penuria y la opulencia, los recuerdos vagos de un tiempo menos cínico, los pueblos vacíos de hombres” (página 35). La realidad miserable, la atmósfera mítica, la angustia de siglos: “Nosotros los oscuros, los chaparros, los grasientos, los mustios, los obesos, los anémicos. Nosotros, los bárbaros” (página 110).

Carlos Velázquez es el gran destroyer de la literatura mexicana actual. Su libro de relatos La biblia vaquera. (Un triunfo del corrido sobre la lógica) (Sexto Piso) sacudió la escena literaria por su personal visión del mundo del Norte, su ritmo verbal, la originalidad de personajes, escenarios y argumentos. La Biblia vaquera es un artefacto inclasificable donde lo deforme se une a lo absurdo en una realidad fuera de control. “De su imaginación nacen dj’s, luchadores, domadoras, bebedores olímpicos, cantantes de rancheras, diablillos y narquillos que habitan una hipotética zona, PopStock!, la suma de todos los posibles norte de México”, ha escrito el crítico y editor Roberto Pliego en la revista Nexos. “El principal orgullo de la condición norteña es su cualidad violenta, sexista y sin sentido, casi casi hip-hop”, escribe Velázquez (página 92).

Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) defiende que “la literatura debe ocuparse de personas normales y abandonar a los hombres extraordinarios”. “Me interesa la gente común que crea universos extraordinarios y discursos potentes. En la literatura mexicana actual hay más hordas de locos que de trabajadores”, dice el autor de la novela Recursos humanos (Anagrama) y la más reciente Ánima (Mondadori). Dos libros en los que Ortuño aborda respectivamente la rutina de una oficina de pesadilla y la explotación de unos aprendices en el mundillo del cine para crear con fuertes dosis de ironía un hábitat mezquino y vacío, espacio común del desengaño de tantos mexicanos.

No hay machos alfa ni tráfico de drogas ni fascinación con la violencia en su literatura como tampoco los hay en las obras de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), a caballo entre Nueva York y el DF; de Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), que pasó buena parte de su adolescencia en Francia, o de Tryno Maldonado (Zacatecas, 1977), tres autores característicos de la globalización mexicana. Luiselli teje en Los Ingrávidos (Sexto Piso) una telaraña de vidas fantasmales en el Nueva York de finales de los años veinte plagada de referencias culturales. Nettel elabora en El cuerpo en el que nací (Anagrama), en parte autobiográfica, la educación sentimental de una niña crecida en una familia de exiliados del Cono Sur y Maldonado narra en Temporada de caza para el león negro (Anagrama) la vida efímera y excesiva de un joven genio de la pintura a golpes de pasión.

Son ejemplos de literatura ciudadana que describen una realidad episódica y fragmentada como hace Emiliano Monge, con un estilo muy personal en Arrastrar esa sombra, donde construye un paisaje urbano de planos superpuestos —“La ciudad se expande como gota de mercurio sobre el valle” (pagina 91)—, un laberinto donde todo sucede ahora y a la vez.

La nueva narrativa mexicana vive una tensión entre identidad y cosmopolitismo —“es un tema muy viejo en nuestra literatura”, precisa Luiselli; “los dos se complementan”, opina Ortuño— y no es ajena al signo de los tiempos, la globalización. Un proceso que en este país tuvo su pistoletazo de salida con la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos en 1993, cuando se abrió al exterior y desembarcaron las editoriales extranjeras.

“Los narradores más recientes, en su mayoría, ya no se plantean la dicotomía local-global como un problema que haya que superar. Escribimos desde un espacio plenamente global. Yo creo que México es Manhattan y es Berlín aunque los gringos y los alemanes no lo sepan todavía. Y por supuesto, no es una barbaridad decir que somos hijos del TLC”, dice Luiselli.

Antonio Ortuño coincide en que con el TLC “México entra en la posmodernidad”, pero advierte contra “el esnobismo y la mirada de turista” en las letras mexicanas: “Personalmente me interesan mucho más las vidas de los mexicanos que cruzan a nado la frontera con Estados Unidos que las de los que van allí a sacarse su quinto doctorado”.

“Cada quien es hijo de su tiempo y nuestro tiempo innegablemente es el del TLC y el del alzamiento zapatista”, afirma por su parte Monge. “Pero también somos hijos de la desolación que dejaron a su paso nuestros padres, quienes vendieron su esperpéntica derrota de 1968 como una gran victoria. Es decir, somos hijos de una democracia de papel que no funciona en la práctica. Somos hijos del desengaño y el egoísmo y nietos de la injusticia, el desorden y una cierta solidaridad ya agotada”, añade.

Esta percepción de un México a la deriva es un rasgo común de estos jóvenes escritores tanto como lo es la enorme influencia de los autores de Estados Unidos desde Stephen King a John Fante pasando por losbeatniks y Jonathan Franzen. Una influencia que, dada la proximidad geográfica, viene de antiguo pero que se corresponde, como dice Monge, con la actual presencia norteamericana “en la televisión, la radio, la vestimenta y hasta la comida mexicana de ahora”. “Solo falta que la música country se imponga a la música de banda”.

A esta tendencia se une la voluntad de muchos escritores jóvenes de romper con los grandes nombres de la literatura mexicana (Paz, Rulfo, Fuentes), autores que van perdiendo señal para las nuevas generaciones, y recuperar a figuras como José Emilio Pacheco, Jorge Ibargüengoitia y Sergio Pitol. “Pero por más que se ponga de moda matar al padre y matar a los caudillos literarios, los buenos libros van a seguir ejerciendo su influencia”, coinciden Luiselli y Ortuño.

Los escritores mexicanos del siglo XXI no forman una generación ni una facción ni un movimiento. Son un grupo de voces individuales, del que este reportaje solo recoge algunas, enfrentadas a una realidad mucho más amplia que la del narco en el que las cosas están dejando de ser lo que eran. Como dice Monge: “Lo único común entre los escritores mexicanos contemporáneos es que todos somos cazadores y que son tantas las bestias y es tan grande el paraje que no tenemos que encontrarnos ni compartir presas ni armas”. 

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CRÍTICA
Hay que escuchar al héroe
Por J. ERNESTO AYALA-DIP 

"Los diálogos tienen esa sequedad irónica de las mejores respuestas y observaciones psicológicas de un Chandler".
  
Escribía Juan Villoro en su libro de ensayo Efectos personales que una de las características de casi todas las novelas de Carlos Fuentes es que “son máquinas de discutir el mundo y de discutirse a sí mismas”. Y agregaba que sus “argumentos se desvanecen en favor de tiempos cruzados… adivinaciones del origen”. Esta afirmación bien podría avalar la estructura formal y el empeño ético e ideológico de su novela El testigo, con la que Juan Villoro ganó el Premio Herralde de Novela de 2004. Pero en Arrecife, su nueva novela, las cosas son distintas. El proceso argumental acorta su radio de acción. Y la escritura se hace mediadora entre la historia que se cuenta y el efecto emocional que quiere (y logra plenamente) obtener en el lector, probablemente más austeramente que en El testigo. Si en ésta la voz omnisciente jugaba con una variada gama de registros, en Arrecife prima la intimidad confesional de un narrador a la búsqueda de un lugar en el mundo. Únicamente las familiariza una intriga vagamente policiaca.

La acción de la novela de Juan Villoro pasa en nuestros días, en un territorio acotado en el Caribe, un arrecife de coral. Allí se construye un resortllamado La Pirámide para turistas en busca de riesgos tan planificados como controlados. Son dueños de la idea y dueños del complejo turístico los componentes de un exgrupo de rock. Manejan la máquina de peripecias esenciales de la novela Mario Müller y Tony Góngora, el narrador. Los circundan otros personajes que apuntalan el edificio existencial y sentimental de la historia. Góngora tiene un pasado que ha olvidado a fuerza de drogas y que sólo conoce Mario, que es quien debe recordárselo día a día. Góngora vive entre un presente absoluto y un futuro que también Mario ayudará a trazarle. Una frase de Malcolm Lowry como epígrafe de la novela nos ayuda a identificar los parámetros sustantivos en los que se apoya: un sentimiento de desarraigo, una necesidad de redención, una oportunidad para la piedad. La crítica o denuncia social apenas se perfilan esta vez. Importa más el itinerario introspectivo de los protagonistas. Importan más las biografías personales y su modo de influir en los que comparten el mismo territorio barrido por la incertidumbre, la opresiva sospecha y el ritual de la tristeza.

En el perímetro de La Pirámide ocurre todo como si se tratara de una realidad absurda. Incluso a veces fantástica. Esas atmósferas ominosas que tanto nos recuerdan por momentos a las ficciones apocalípticas o fantasmagóricas de Ballard. Los diálogos tienen esa sequedad irónica de las mejores respuestas y observaciones psicológicas de un Chandler.Arrecife es una novela perfecta a la hora de sincronizar el desdén por la vida que se inflige el narrador y el esfuerzo casi titánico, agónico, de un moribundo Mario, el amigo capital, por indicarle la ruta de su salvación definitiva. En esta magnífica novela de Juan Villoro no hay tiempos muertos. Las cosas se suceden con la calculada y fluida lentitud del que narra para saber quién es y hacia dónde enfila su vida. Villoro no es menos sabio como novelista a la hora de transmitirnos la idea del espacio de su relato. Un fragmento de suelo marino que mira a México, el lugar ideal de la autodestrucción o de la autoconmiseración, pero donde también se puede ser feliz a ratos, como confiesa un “gringo”. Respecto al tono policiaco de la novela no tiene nada que ver con el género. La intriga que recorre el libro, incluso ese jefe de seguridad (que recuerda al policía Ogarro de El testigo), son anécdotas en un planteamiento que apunta en menor medida a un entramado de orden casi metafísico: la metafísica de la decadencia moral y el miedo. Por encima de todo ello, Tony Góngora es el héroe escindido de nuestros días que debemos escuchar. Su narración es la de una dolorosa vigilia y los sueños probables.

Arrecife
Juan Villoro.
Anagrama.
Barcelona, 2012
240 páginas. 17,90 euros


Articulo: http://cultura.elpais.com 31/03/2012

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