samedi 17 mars 2012

Carla CORDUA/ No cualquier pluralismo


No cualquier pluralismo
Por Carla CORDUA

¿Cuánta y cual variedad humana soy capaz de soportar? Cultos y analfabetos, sanos y enfermos, viejos y jóvenes, negros, blancos y amarillos, civilizados y silvestres, morales y desvergonzados, nativos y recien llegados, elocuentes y parcos: ¿son todos indispensables como contribuyentes al supuesto valor de la pluralidad?

Si nos preguntan, resulta que hoy todos somos pluralistas, pero con condiciones, como es obvio. ¿De qué purialismo se trata? ¿Cuáles son nuestras condiciones para asumirlo, cuantas son, cuán difíciles de satisfacer, cuán forzosas? Esto ya es más difícil de contestar sin ponernos de acuerdo sobre el significado de la palabra “pluralismo”. Lo hay ahora de tantos pelajes que bien podemos hablar del plural pluralismo actual. Pero, bromas aparte, de lo que hablamos aquí es del plural pluralismo historico-cultural-étnico-politico-social-lingüistico-costumbrista. El monismo totalitario dictatorial del siglo pasado es, en un sentido vago, el contrario del pluralismo, pero cosecho entretanto tan mala fama y tan obviamente merecida, que casi no le quedan defensores audibles. Acobardados por su recuerdo, esto es, en pluralistas anti de varia confesión. Pero se necesita algo más para pasar de las oposiciones señaladas a una postura pro.

¿Aceptaría usted pertenecer a un gran imperio, como el romano o el británico, o el de algún otro pueblo que aspirara a dominar políticamente sobre gentes de todos los colores, lenguas y tradiciones? Aun para los más exigentes, no hay nada tan plural como un extenso imperio. El romano les toleraba a sus territorios y pueblos dependientes que conservaran sus costumbres, sus creencias y hasta sus leyes. Formaron así un conglomerado inmenso, internamente multirracial, en el que continúo la vigencia de tradiciones y lenguas muy diversas comunicadas con la metrópoli principalmente mediante el ir y venir de los ejércitos  romanos. A la larga estos últimos tuvieron que reclutar soldados de aquí y de allá, esto es, incluso no romanos, una innovación pluralista a la que se ha culpado de ser el origen de la decadencia del imperio.

Por su parte, los ingleses dejaron a la India y a otros territorios de su imperio en buena parte seguir siendo como eran cuando fueron reclutados para su extensa y variopinta organización. Nunca les impusieron a los indios del oriente que se hicieran anglicanos, por ejemplo, ni que se vinieran a la isla a desempeñar las funciones serviles que los isleños ya no aspiraban a ejercer.

Estos casos de pleno pluralismo, ¿le resultan a usted tentadores como para querer hacer su vida en un conjunto social de esa laya? Como es improbable que en este sector del continente haya imperialistas confesos, podemos retirarle nuestra adhesión genérica e indeterminada al pluralismo. No queremos ser pluralistas de cualquier clase.

Pasando a las afirmaciones, intentemos establecer, mediante un experimento mental, cuán diversa debería ser la ciudadanía de mi sociedad para que su misma variedad me tentara de incorporarme a ella, en caso de ser esto una elección posible. Ahora bien, esto mismo, a saber, que la integración de la propia vida en un determinado conjunto humano sea algo que yo pueda querer para mi, constituye ya una caracterización positiva de un pluralismo digno de defenderse como posibilidad y merecedor de promoción practica.

El autoexamen puede comenzar por la pregunta; ¿Cuánta y cual variedad humana soy capaz de soportar? Cultos y analfabetos, sanos y enfermos, viejos y jóvenes, negros, blancos y amarillos, civilizados y silvestres, morales y desvergonzados, nativos y recién llegados, elocuentes y parcos: ¿son todos indispensables como contribuyentes al supuesto valor de la pluralidad? ¿O puedo elegir mediante criterios morales, por ejemplo, con quiénes convivir bien y fecundamente? Es verdad que ninguna sociedad humana ha sido fundada de esta manera, para satisfacer las preferencias de alguien, quienquiera que sea. Ni los más poderosos eligen a sus súbditos, sino los aceptan como vienen y solo mas tarde tratan de moldearlos.

Por mi parte preferiría, para tiempo de globalización en un lugar al que ésta llega desde fuera, que mis conciudadanos fuesen personas que simpatizan con esos cambios que demandan una gran capacidad de ajustar las propias vidas y esferas de acción a nuevas situaciones y circunstancias. Flexibles, libres, confiados en si mismos, creadores, con dotes para reinventarse, imaginativos e ingeniosos en su disposición para adaptarse a lo que no esperaban.

También que se mantengan abiertos a nuevas experiencias, pero inmunes a la apatía, la desesperación y la autodestrucción. Es preciso que sean capaces de actuar a favor de tareas impuestas por su grupo, ya sea que se trate de la familia, del vecindario, de planes políticos, religiosos, nacionales o internacionales. Es imprescindible que sean capaces de esperanza en relación con un futuro desconocido, pero que estén dispuestos, al mismo tiempo, a afrontar la verdad de que no hay nada garantizado cuando lo que viene es desconocido. Capaces de afrontar peligros sin acobardarse. De ser óptimos, en suma, aunque no sean optimistas.

Las sociedades modernas compuestas por incurables individualistas tienen que resistir las constantes tendencias centrifugas a que las somete la diversidad efectiva de sus miembros. Antiguamente las comunidades rendían culto a “genios” que representaban el alma común de sus integrantes. Mas tarde estos genios se manifestaron en la forma de “el espíritu” de los pueblos.

Característicamente lo que una sociedad actual tiene de común es concebido hoy como su identidad, la cual constituye a lo sumo su diferencia hacia fuera, respecto de otras sociedades, sin que a nadie llame la atención que falta de todo aquello que solía apuntar hacia dentro. Pues ya no resta nada de aquellas viejas deidades protectoras de la unidad colectiva. Es notable hasta qué punto la defensa inflamada de una estrecha unidad social caracteriza hoy solo a movimientos que no son sino reliquias del fascismo.

Si, como imaginé arriba, las aglomeraciones humanas actuales ofrecieran a sus miembros la opción de elegir con quiénes desean convivir, es probable que muy pronto acabaran dispersándose. Pues, mientras mas pluralista sea la composición del conjunto, mas diversas serán las exigencias que le hagan al conjunto sus distintos miembros. Resulta pues que acercarse demasiado al ideal de una pluralidad satisfactoria para cada uno podría, paradójicamente, conducir a la desintegración social.

Carla CORDUA: Doctora en filosofía. Académica de la Universidad de Chile. Autora, entre otros libros, de Wittgenstein: reorientación de la filosofía, ideas y ocurrencias e incursiones.

Articulo: http://www.elboomeran.com 03/2012

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