samedi 10 mars 2012

Eduardo BERTI/ Trabajos forzados


Nota de tapa / La palabra y el músculo
Trabajos forzados
Por Eduardo Berti

Gorki fue pescador, vendimiador y ladrón de leña. Kafka, agente de seguros. Svevo dejó de escribir durante veinte años para hacerse cargo de la fábrica familiar. Horacio Quiroga era fotógrafo y mecánico. Arlt, hojalatero y pintor. Un libro de la periodista italiana Daria Galateria repasa los muy diversos oficios paralelos de los escritores consagrados

Audaces como Jack London o Máximo Gorki, buscavidas como George Orwell o Bukowski, burócratas más o menos atormentados como Franz Kafka o Carlo Gadda, fugitivos como Lawrence de Arabia o Céline, animales políticos como André Malraux o Paul Claudel. Especie de guía de supervivencia, Trabajos forzados (Impedimenta) muestra y analiza los diferentes oficios que debieron o quisieron ejercer los escritores en simultáneo con sus tareas literarias. La autora del libro es la italiana Daria Galateria, colaboradora habitual de los principales medios periodísticos de su país (desde Il Manifesto hasta La Reppublica), académica especialista en literatura francesa, traductora de autores como Anatole France y Paul Morand.

"Llevo mucho tiempo pensando que dedicamos la mejor parte de nuestra vida a trabajar -dice Galateria, entrevistada por adn-. Según la Constitución italiana, 'nuestra República está fundada sobre el trabajo'. Ahora bien: ¿cómo contar este gran desperdicio de tiempo, esta gran fuerza contra el tedio, si no a través de los escritores, que saben volver interesantes todas las cosas, incluso las más chatas?"

En el prólogo a su libro, Galateria dice que muchos escritores, para mantenerse, han tenido que trabajar e indica que a comienzos del siglo XX estos trabajos "llegaron a ser extravagantes y, a veces, rozaban lo extremo". Fue el caso de Jack London, quien desembarcó en Klondike a finales de 1897, durante la primera fiebre del oro. "Aquel invierno vivió en una cabaña abandonada, rodeado de lobos. Transportaba maletas por la nieve y cuesta arriba: millas y millas cargando con ciento cincuenta libras de peso. Se sentía más fuerte que los indios y lleno de salud", relata Galateria. Pero, paradójicamente, cuando London escribía, sentía dolores de espalda. La columna vertebral, que había respondido "lealmente" en los momentos más duros, lo obligaba ahora a doblarse en dos, como si tuviera reumatismo.

Todavía más fabulosa fue la existencia de Blaise Cendrars. Vendedor de joyas en Rusia, fogonero en Pekín, apicultor en Francia, cazador de ballenas en Noruega, pianista de cine (como Felisberto Hernández) y cargador en un matadero de Nueva York, en los años 20 -tras su accidentada participación en la guerra-, fue invitado a Brasil por el rey del café, Paulo Prado, quien le ofreció una vasta extensión de tierra. Terminó embarcándose en una ambiciosa empresa de importación y exportación, que fracasó de manera estrepitosa.

Más o menos por esos años, Máximo Gorki hizo también de todo. Cuando era adolescente, formó parte de una banda que se dedicaba a robar leña. Luego trabajó en una fábrica de galletas. Fue pescador en el mar Negro, vendimiador en Besarabia y descargador en Odesa. Llegó incluso a ser empleado en una zapatería de señoras. "El propietario -cuenta Galateria- se sorprendía de que Gorki fuera tan extremadamente educado con las clientas y que después, cuando salían, se dedicara a hacer comentarios obscenos sobre ellas."

Vida y obra

En el capítulo consagrado a Gorki, Galateria rescata cierto momento en que alguien le hace notar al aún aspirante a narrador que en las novelas francesas, que a él tanto le gusta leer, los personajes no trabajan ni hacen nada concreto para ganarse el pan. Algo por el estilo parece ocurrir con el perfil público de los escritores y con la incomodidad que suele instalarse al hablar de sus "segundas profesiones": el tema se silencia y se vuelve casi tabú o, muy al contrario, en contratapas o solapas fáciles de parodiar (Alice Munro lo hace, por ejemplo, en su relato "Material") puede hallarse una enumeración de oficios "colorida" y heterogénea: "panadero, instructor de golf, mozo de bar, reparador de líneas telefónicas...".

"La especialización es algo valorado en cualquier clase de trabajo -reflexiona al respecto Galateria-. ¿Cómo tomar en serio a un profesor si fuese, a la vez, cerrajero? Al mismo tiempo, desconfiamos de los intelectuales puros a quienes se los considera 'en las nubes'. No tuvieron este dilema los escritores encarcelados o los que, más simple aún, se dedicaron a vender las joyas falsas que creaba su mujer, como lo hacía el poeta Aragon."

Aparte de ser un compendio de anécdotas reveladoras, Trabajos forzados permite apreciar con nitidez diversas posturas entre obra literaria y vida. ¿Trabajar en algo mecánico, que "ocupe" poco la cabeza? ¿Trabajar de día o de noche? ¿Ir cambiando de empleos a fin de acumular experiencias? ¿Trabajar lejos de la literatura o en sus muchos arrabales: periodismo, traducción, etcétera?

Galateria cree, por ejemplo, que diversos escritores resolvieron utilizar sus oficios como una forma de "acercarse a la gente común" y menciona en tal sentido a George Orwell, quien en 1928 renunció a la policía birmana persuadido de que "si quería convertirse en escritor, debía desistir de todos sus privilegios, coloniales y de clase, y conocer la vida de los marginados".

"Hay escritores que prefirieron dedicarse a ciertos trabajos en total contradicción con la escritura, para tener así la mente libre", afirma Galateria. Las páginas acerca de T. S. Eliot muestran que se hallaba muy a gusto entre los números y las tareas bancarias. "Trabajaba en un sótano, inclinado, 'como un pájaro negro en un comedero', sobre una mesa repleta de cartas." Cuando Geoffrey Faber (uno de los fundadores de la editorial Faber & Faber) vio que había encontrado a un poeta que además era un eficiente contador, no dudó un solo instante y le ofreció el cargo de director editorial. "La poesía no me ha sido de gran ayuda para mi carrera bancaria: en cambio, mi trabajo bancario me permitió escribir mis poemas -razonaba Eliot-. Por la noche no tenía el espíritu envenenado por el trabajo del día. Entonces pude cumplir dos vidas intelectualmente distintas."

Georges Perec era ya bastante famoso por sus libros, pero así y todo no renunció a su empleo de documentalista en un laboratorio médico, mientras que Saint-Exupéry prefería pensar que su verdadera ocupación era pilotear aviones.

Franz Kafka fue agente de seguros toda la vida. Trabajaba en la aseguradora Generali de ocho de la mañana a seis de la tarde. Años después obtuvo un empleo similar (pero de menos horas semanales) en el Instituto de Seguros de Accidentes Laborales del Reino de Bohemia. Las notas de servicio atestiguan que "el doctor Kafka es un empleado que trabaja mucho, dotado de un talento y de una dedicación excepcionales". El hijo de un colega diría años más tarde que muchos lo consideraban "una especie de santo". Y Galateria se muestra de acuerdo: "Una vez un viejo guardagujas, que había perdido una pierna bajo un carro elevador, estaba a punto de recibir una pensión insignificante de la aseguradora. Había interpuesto una denuncia, pero la había formulado de manera equivocada, incorrecta". El viejo habría perdido sin más el proceso, si a último momento no hubiese recibido la visita de un reconocido abogado de Praga, especialmente enviado, aconsejado y pagado por Kafka, de modo que él, como representante del Instituto de Seguros contra los accidentes laborales, "pudiese perder de manera honorable el proceso contra el viejo guardagujas".

Dos casos bastante especiales son los de Colette e Italo Svevo porque sus trabajos forzados no tuvieron como objetivo el de financiar la obra literaria. Célebre ya como escritora, Colette pensó en usar su renombre para fundar una pequeña empresa con la que ganar dinero. "Abrió en 1932, en plena Depresión y casi con sesenta años, un instituto de belleza, financiado por la princesa de Polignac y por el rajá Al-Glawi [.]. Creó polvos y cremas, diseñó el logo para la etiquetas -un dibujo de su perfil- e incluso atendía personalmente a los clientes en los grandes almacenes y en las sucursales que se abrieron por toda Francia", escribe Galateria.

En cuanto a Italo Svevo, ya había publicado sus primeros libros, como Una vida (1892), cuando debió hacerse cargo de la fábrica de la familia de su esposa (que a la vez era su prima) y, para ello, tomó la resolución, "grave para él", de dejar de escribir durante casi veinte años. Su tarjeta de visita decía: "Ettore Schmitz, comerciante". Claro que el trabajo le dejaba resquicios, pero él no quería "dejarse llevar" por la tentación porque le bastaba una sola línea para que el "trabajo de la vida práctica" quedara arruinado y él se sumiera en un estado de frustración y desconcentración. Para paliar el vacío, se puso a estudiar violín. Y hasta tomó clases de inglés con un joven llamado James Joyce. "El hecho de haberse convertido a una edad madura en gran industrial, pese a sus ideas socialistas; de estar entre católicos intransigentes, siendo él judío, o de hacer vida de sociedad con su carácter solitario -escribe Galateria- reforzaron su pose de 'observador divertido'."

Vínculos secretos

Durante las pesquisas y lecturas para preparar el libro, a Galateria le sorprendió que "muchos escritores no hayan tenido jamás la necesidad de trabajar para vivir... ¿será que escribir es una ocupación para ricos?". En paralelo, llegó a la conclusión de que existen vinculaciones, a menudo profundas, entre los "trabajos forzados" y la obra literaria, no solamente en el caso de las veinticuatro historias excepcionales que reúne su libro. Si la medicina parece una de las profesiones más usuales para los escritores (Chejov, Bulgakov, Céline, William C. Williams, Pío Baroja, Gottfried Benn, Conan Doyle, etc.), esto se debe, a su juicio, a que los médicos "se ocupan del cuerpo humano y por lo tanto de su mente (y viceversa)" y sobre todo a que "el contacto con la muerte les proporciona la medida justa para ver las cosas con profundidad y perder así el lenitivo de la rutina". Otro famoso escritor médico, Arthur Schnitzler, escribía en su diario, en febrero de 1881: "Bailo con más pasión que nunca. En casa a las seis. Poco después he ido a la sala de anatomía a hacer la autopsia de una joven. Estoy confuso".

"A la primera editora de Bruce Chatwin le parecía que, después de haber trabajado para la casa de subastas Sotheby's, Bruce escribía como si todavía redactase catálogos: buscaba el origen y la procedencia de un rito o de una historia, y señalaba todas las singularidades exteriores con la precisión de un francotirador", escribe Galateria.

Otro ejemplo fascinante es el de Boris Vian, quien a principios de los años cuarenta fue empleado en la Afnor (Asociación Francesa de Normalización), un organismo próximo al espíritu de Vichy, el gobierno colaboracionista con los nazis, que se proponía "racionalizar los formatos de varios productos franceses con el fin de imponer en el país un modelo único". A Vian le tocó un trabajo poco menos que patafísico: "comparar los méritos respectivos de cientos de botellas para descubrir cuál es la ideal", cuenta Galateria. Lo absurdo de la tarea fascinó a Vian, que pronto acuñó el neologismo "afnormal" y se puso a escribir textos literarios siguiendo la lógica y los modelos propugnados por la institución.

Galateria publicó Trabajos forzados, en su versión original en italiano, en 2007. Desde entonces, más de una vez ha pensado que fue una pena no incluir la historia de Voltaire, quien fue mercader de esclavos para volverse rico. "Él pensaba que para ser un intelectual hay que ser libre y que para ser libre hace falta independencia financiera." Pero Trabajos forzados se centra en la frontera entre los siglos XIX y XX, hasta que el "Estado mecenas comenzara a ofrecer a los intelectuales variadas prebendas", algo que Galateria estima peligroso cuando "el mecenazgo estatal termina incentivando la pereza". No es su problema, claro está. "Acaso un día me ocupe de los segundos trabajos de los escritores de los siglos XVIII y XIX", se entusiasma mientras prepara una nueva versión, actualizada, de su libro acerca de los escritores en prisión (Scritti galeotti), desde Sade hasta Vaclav Havel.

LOS RIOPLATENSES

"La leche cuajada limpia el organismo del hombre; dentro de él, ensancha su vida." Un trabajo alimenticio en más de un sentido ("La leche cuajada La Martona-Estudio dietético sobre las leches ácidas") fue quizás imprescindible para sellar la amistad entre Borges y Bioy Casares y, más aún, para el alumbramiento de ese curioso álter ego llamado Bustos Domecq. "Mis tíos, los Casares, me encargaron, un poco como para estimularme en la literatura -aunque parezca un tanto absurdo-, un folleto sobre las virtudes de la leche cuajada y el yogur. Pagaban 16 pesos la página, que era bastante dinero. Yo sabía que Borges estaba pasando momentos de estrechez económica y le propuse que hiciéramos eso juntos", recordó Bioy en una entrevista que le hizo Tomás Barna, en 1997.

El talento de Horacio Quiroga como fotógrafo hizo posible que acompañara a Leopoldo Lugones en una expedición a Misiones, financiada por el Ministerio de Educación. El viaje fue determinante en la vida de Quiroga, quien hasta entonces había trabajado en un taller de reparación de maquinarias y herramientas o como maestro de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires.

Aparte de las "medias con punteras y talón reforzado con caucho o derivados" que patentó en 1934 (y que no lo volvieron rico ni se comercializaron, pero que depararon décadas después uno de los mejores cuentos de Ricardo Piglia), aparte de ése y otros intentos de inventos, Roberto Arlt tuvo mil y un oficios. "Dependiente de librería, aprendiz de hojalatero y de pintor, mecánico y vulcanizador, electricista en un taller de compostura de fonógrafos, director de una fábrica de ladrillos, trabajador en el puerto, corredor de papeles", enumera Pablo Montanaro en Roberto Arlt, el arte de inventar.

"Todo está en El juguete rabioso ", resume su hija, Mirta Arlt. En efecto, allí aparece Silvio Astier con inventos como el "señalador automático de estrellas fugaces" y la "máquina de escribir con caracteres de imprenta lo que se le dicta".

Al mismo tiempo (o casi) que Julio Cortázar enseñaba en una escuela en Mendoza, J. R. Wilcock -ingeniero civil- se instaló en la misma ciudad y trabajó en la reconstrucción del ferrocarril trasandino. Esa etapa está reflejada, en clave grotesca, en el cuento "Los donguis" y, más que nada, en El ingeniero, novela epistolar cuyo texto se basa en las cartas que el joven Wilcock enviaba desde Mendoza a su abuela en Buenos Aires. Ernesto Montequin, conocedor de su vida y su obra (actualmente prepara una compilación de sus textos inéditos y dispersos en español), recuerda que "Wilcock tuvo varios trabajos extraliterarios, sobre todo en su etapa argentina; por ejemplo, cuando ganó el premio Martín Fierro por Libro de poemas y canciones, en 1940, trabajaba como operario en la compañía de teléfonos. De hecho, muchos años después, en Italia, escribió un poema muy lindo e irónico sobre eso".

Tras su accidentado desembarco en la Argentina, en 1939, Witold Gombrowicz (que había estudiado Derecho en Polonia) sobrevivió al principio como pudo. Escribió en revistas como El Hogar o Aquí está, y en La Nacion, gracias a Arturo Capdevila y Eduardo Mallea. Hasta llegó a colaborar, bajo el seudónimo de Mariano Lenogiry, en la revista católica Criterio. Los años que pasó como empleado del Banco Polaco de Buenos Aires (desde fines de los años cuarenta hasta inicios de la década de 1950) fueron acaso los más prolíficos de su exilio. Una ex compañera admitió que "nadie en el Banco creía en él ni leía los libros".
Traduciendo guiones de cine, dando clases de español y mucho más, Manuel Puig financió sus primeros años en Europa, entre finales de los años cincuenta e inicios de los sesenta, cuando aún soñaba con el cine y no había empezado a escribir literatura. "Trotamundos argentino paradigmático, aceptaba cualquier tipo de trabajo", escribe Suzanne Jill Levine en su biografíaManuel Puig y la mujer araña. Allí cuenta que fue lavaplatos en restaurantes, recepcionista en una editorial pequeña de París que publicaba la revista oficial de la Comédie Française u operador telefónico de un hotel. "Incluso limpió ventanas en edificios horizontales cuando vivió en Londres."

Años antes de instalarse en París, en 1968, Juan José Saer trabajaba en Santa Fe como vendedor de enciclopedias y clásicos encuadernados, a domicilio y a plazos. "Vendía libros por metros", solía bromear. La experiencia reaparece en su novela Lo imborrable: el que vende allí libros a domicilio es Tomatis.

En 1971, Alberto Manguel pasó un tiempo en Londres. "Alquilé una pieza por nada, cinco libras por semana. Y para ganarme la vida, hice pintura sobre cuero. Era la época de la moda hippie y tuve la idea, no sé cómo, de hacer brazaletes de cuero sobre los que pintaba reproducciones de cuadros. Había encontrado pinturas para cuero que podían usarse como pinturas clásicas, con pinceles. Y funcionó muy bien. Proveía a boutiques de Carnaby Street. Tuve mi hora de gloria cuando Mick Jagger compró uno de mis cinturones?", evoca en sus Conversaciones con un amigo.

"Antes de ser escritor, Andrés Rivera fue obrero textil durante muchos años -cuenta el editor Alberto Díaz-. Llegó a ser obrero calificado en la técnica del tratado de la seda, o algo parecido. Lo cuenta en uno de sus últimos escritos. Su álter ego literario, Arturo Redson, dirigente sindical comunista y personaje de muchas de sus novelas, surge de su experiencia obrera y su activismo sindical."

Héctor Bianciotti y Ernesto Schoo frecuentaron el mundo del teatro antes de consagrarse más plenamente a la escritura. Recuerda Schoo: "A comienzos de los años 50 hubo en Buenos Aires (tal vez en la Argentina toda) una conmoción teatral, provocada por la primera visita de la compañía Madeleine Renaud-Jean-Louis Barrault. Fue el redescubrimiento de la expresión corporal, por entonces relegada al ?buen decir' heredado de las escuelas española, italiana y, naturalmente, francesa. Por entonces conocí a Héctor Bianciotti, quien hacía sus pininos de poeta y ya publicaba en el suplemento de La Nacion. Héctor propuso formar un grupo de teatro leído, en homenaje al autor por quien él sentía devoción en ese momento, el italiano Ugo Betti (hoy, lamentablemente casi ignorado). No sé cómo, consiguió una salita, la de la Asociación Cristiana de Mujeres, y allí estrenamos Lucha hasta el alba, en traducción de Héctor y Alma Bressan, dirigidos por Bianciotti, quien era protagonista junto con Santangelo y una actriz llamada Hebe d'Amore. Yo hacía de un viejo notario, caracterizado tal cual soy en la actualidad, con barba blanca (entonces, postiza). No nos iba mal. Recuerdo también que Bianciotti estuvo a punto de estrenar aquí Esperando a Godot ".

Nacido en Italia, emigrado a los 12 años a la Argentina, Antonio Dal Masetto aprendió castellano leyendo libros que elegía al azar en la biblioteca de la ciudad de Salto, "A los 18 años, se instaló en Buenos Aires", cuenta Natu Poblet, gran admiradora de su obra. "Fue albañil, pintor, heladero, vendedor ambulante de artículos para el hogar, empleado público y lo que fuera necesario para sobrevivir."

Sociólogo de profesión, Enrique Fogwill vivió muchos años de su trabajo en agencias de publicidad donde acuñó eslóganes hoy famosos como "la pura verdad" o "el sabor del encuentro". También trabajó largo rato para Stani, que producía los chicles globos Bazooka, que traían una minihistorieta del personaje Joe Bazooka y unos horóscopos que escribía Fogwill. "Fueron los primeros años de los 90 y fueron los mejores. Tengo la plancha con todos ellos y podría documentarlo", llegó a decirle al periodista Alejandro Cavalli.

Leopoldo Marcechal fue bibliotecario y maestro. Ernesto Sabato era doctor en Física y logró una beca para investigar las radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie, de París, gracias al Premio Nobel argentino Bernando Houssay. Librero de barrio, Isidoro Blaisten fue asimismo publicista y fotógrafo de niños. Héctor Tizón fue, hasta hace poco, juez del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Jujuy. Martha Lynch fue secretaria en los años sesenta de Arturo Frondizi, con quien se la vinculó sentimentalmente y al que retrata en La alfombra roja. Osvaldo Soriano llegó a ser futbolista en Cipolletti y cierta vez le contó a Cristina Mucci que "estaba bastante contento de serlo". Marco Denevi estudió Derecho, pasó por el periodismo y acabó asegurando: "Vivo de todo lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura".

E. B.

ANA MARÍA SHUA
"Todos mis trabajos tuvieron que ver con la letra escrita. A mi primer trabajo muchos lo hubieran llamado desgrabación, pero para mí era ya una fascinante tarea literaria: la trasposición de la cruda oralidad al lenguaje escrito. Con máquina de escribir (una bella Hermes 3000) tipeaba clases de la facultad en papel esténcil para el mimeógrafo. Mi mejor negocio era un pésimo profesor que recitaba poemas. Como los muchachos de Troche y Moche (los que vendían los apuntes) me pagaban por hoja de esténcil, los poemas rendían mucho. Aunque el profe recitara sólo una estrofa, yo buscaba el poema y lo copiaba entero. Después, durante quince años, trabajé en publicidad como redactora creativa. A veces extraño. ¡Escribir avisos era tanto más fácil y divertido que escribir literatura!"

ERNESTO MALLO
"Pinche de oficina, chofer de taxi, contrabandista, artesano hippie , traficante de marihuana, obrero industrial, acróbata, ladrón de alimentos, vendedor de librería, falso bandoneonista, agitador político, actor, marido argentino, camionero, falso notario, dramaturgo, delincuente subversivo, mago, director teatral, padre soltero, estafador selectivo (Estado, bancos, compañías de seguros), falsificador de documentos, representante de músicos, encubridor, guionista, vendedor de inmuebles, falso abogado, agitador sindical, falso ejecutivo, organizador de eventos, locutor de radio, ghost writer , maître , diseñador gráfico, periodista, editor, novelista... Seguramente me olvido de algunos oficios que desempeñé y otros que prefiero no mencionar pues aún no han prescripto. El más curioso fue el de falso bandoneonista. La Típica de Tuqui Almada comenzaba a destacarse, gracias al virtuosismo del Tuqui, a quien en los arrabales de Rosario llamaban ?el Mósar del Tango'. Pero el hombre contrajo una enfermedad deformante. Yo hacía la mímica mientras Tuqui tocaba detrás del telón. La más aburrida: maître. Vista así, en conjunto, esta extraña carrera profesional me dio la formación perfecta para tener ahora el mejor trabajo del mundo: escritor."

VLADY KOCIANCICH
"A los dieciocho años conseguí mi primer trabajo por un aviso clasificado que pedía empleada con conocimientos de inglés. Era una editorial de música popular y una agencia de artistas. Mi jefe era Ben Molar y la oficina, el mundo de los ?cantautores' de la época y de artistas famosos como Sacha Distel, Paul Anka, más tarde Luigi Tenco; la ?nueva ola' pop argentina; Palito Ortega, de visita; una Mercedes Sosa flaquísima, que cantó para mí. Yo servía café, traducía. Pero tardaba tanto en hacer una carta que Borges, que me pasaba a buscar para nuestros estudios de inglés antiguo, debía esperarme en la planta baja del edificio, caminando en círculos. Un día, Ben Molar lo vio y me preguntó si sabía qué hacía Borges ahí. Le expliqué, me retó y lo invitó a subir. Escuchaban tangos mientras yo lidiaba con las cartas. El resultado fue ?Milonga de dos hermanos' de Borges, un disco, 14 con el tango, con letras hechas por escritores: Borges, Sabato y otros, música de Piazzolla, etc. Más de veinte años después, ese mundo pasó a mi novela Los bajos del temor. Ben Molar estuvo en la presentación del libro y se rio con ganas del personaje en que lo convertí."

CHANDLER, CONTADOR DE UNA EMPRESA PETROLERA
El autor de Adiós, muñeca, en un fragmento del libro de Galateria
Raymond Chandler hizo la guerra en kilt. Desembarcó en 1912 en Nueva York y se declaró ciudadano americano con un acento inglés que se cortaba con cuchillo (aunque él decía "con un bate de béisbol"). Pese a las Public Schools británicas, había nacido realmente en Chicago, con padres de origen irlandés; pero tuvo su primer trabajo en Londres, para la Real Marina Inglesa, sección de aprovisionamiento: debía registrar municiones y otros suministros. Creía que le dejaría tiempo para escribir poesía, pero encontró el trabajo "completamente embrutecedor", y pensó en el periodismo. Para obtener una entrevista, había pensado este método: proponía a los propietarios comprar una participación del periódico. "Ciertamente, en este momento no prevemos un aumento de capital", respondían las secretarias, asombradas. Después, lo ponían a prueba y, como era muy tímido para escribir noticias, lo despedían. Por eso, en 1912 Chandler decidió intentarlo en los Estados Unidos.

En el transatlántico conoció a alguien que se revelaría fundamental en su vida: Warren Lloyd, graduado en Filosofía en Yale y gran petrolero. Fue él quien le encontró un buen trabajo. No se puede decir que Chandler no lo intentara por su cuenta. Recorrió desde Nebraska hasta California y llegó a acumular treinta y seis trabajos, todos ellos decepcionantes: recogió damascos en una granja durante diez horas al día, por veinte centavos la hora, y encordó raquetas de tenis, por doce dólares y medio por semana de cincuenta y cuatro horas laborales. Pero cuando empezó a trabajar de contable -había seguido un curso especial-, su carrera "creció tan rápidamente como una secuoya"; de hecho, le permitió escribir durante veinte años. Al comienzo, Warren Lloyd presentó su candidatura a Los Angeles Creamery, cuyo tesorero se había casado con una prima hermana suya. Pero tras la guerra, Chandler se trasladó a San Francisco, pensando que le darían trabajo en alguno de los dos bancos ingleses de la ciudad. No obstante, descubrió entonces que el esnobismo británico había empezado a molestarle, tras haber visto tanta muerte durante la guerra (fue el único sobreviviente de su batallón).

Volvió a Los Ángeles, donde aguantó en el Daily Express apenas seis semanas. Así que volvió con los Lloyd, que al menos le ofrecían mundanidad, y ellos lo propusieron a la Dabney Oil Syndicate, fundada por el hermano de Warren.

Era el gran boom petrolífero de Los Ángeles. Tras Shell, Dabney era el segundo gran petrolero de la época. Chandler trabajaba como asistente del contable de la empresa, que en 1923 fue arrestado por fuga de capitales. El sucesor murió tras desplomarse víctima de un ataque al corazón sobre la mesa de trabajo. Chandler fue nombrado entonces jefe de contabilidad e inmediatamente después, subdirector. Lo apodaban "el genio"; tenía verdadero talento. "He sido el mejor mánager de Los Ángeles, y verosímilmente uno de los mejores del mundo", llegó a decir después, y probablemente estaba en lo cierto. Tenía un sueldo de mil dólares al mes, una mujer veinte años mayor que él, un Hupmobile a su servicio y un descapotable Chrysler de su propiedad.

Hay un episodio muy esclarecedor que permite imaginarse a Chandler trabajando. Un camión de la empresa transportaba largos tubos de perforación; sobresalían en gran medida de la caja, aunque iban iluminados con la reglamentaria luz roja. Un coche, con un par de marineros "borrachos como cubas" y dos mujeres, chocó contra el camión. Con cuatro muertos, el seguro prefería pagar y no ir a juicio; las compañías huían de procesos tan costosos. Chandler se negó: "¿Qué os cuesta pagar? Un poco después nos subiréis la póliza. Nosotros vamos a juicio; si ganamos, os ayudaremos a recuperar las pérdidas. A menos que vosotros paguéis sin aumentar la póliza". El asegurador dejó la oficina sin hacer ningún comentario. Chandler contrató a los mejores abogados, encontró a los clientes de los tres bares que habían echado a los marineros por borrachera molesta y ganó el juicio. La compañía de seguros reembolsó a la Dabney: le costó un tercio de lo que estaban dispuestos a conceder sin ir a juicio. Nada más pagar, Chandler cambió de aseguradora. "La vida es una lucha -suspiraba Chandler-: cuando se hace un favor a alguien, se acaba siempre perdiendo lo propio y lo ajeno."

En 1932, a los 44, Chandler fue jubilado (por la Gran Depresión, decía él; en realidad, bebía, no iba mucho al trabajo, y molestaba a los empleados). "He gastado diez años de mi vida como factótum de un millonario corrupto", decía Chandler. Los Lloyd le dieron una jubilación de cien dólares al mes, para que pudiera dedicarse a la literatura. Él se matriculó en un curso de escritura por correspondencia y se pasaba el día leyendo revistas pulp. Encontraba que Dashiell Hammett, en particular, escribía con elegancia suprema: su estilo, en los peores momentos, le hacía pensar en Mario el epicúreo, de Walter Pater. Empleó algunos años en crear a Philip Marlowe. Pero hasta El sueño eterno Marlowe se enfrentó no tanto con criminales como con los "parásitos" responsables de todas las corrupciones habidas y por haber; ese mundo de ricos que Chandler había conocido tan de primera mano, y del cual había formado parte cuando trabajaba.

Articulo:  http://www.lanacion.com.ar 04/023/2012

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