vendredi 2 mars 2012

Gisela ANTONUCCIO/ Un autor sin escrúpulos


LITERATURA
Un autor sin escrúpulos
Por Gisela ANTONUCCIO

La publicación de los “Cuentos completos” de Evelyn Waugh es la oportunidad para recorrer la existencia de este inglés para quien la única virtud posible de un escritor debía ser el orgullo, la emulación y la avaricia.

Todo intento de semblanza tiñe al pasado con la visión esquemática que le da el presente. Repetir por eso que Evelyn Waugh fue un maestro del sarcasmo y de la observación es forzar a contemplar su escritura como un lienzo cuyos colores cayeron allí por distracción del pincel. Antes, habría que preguntarse cuánto caben en él las verdades que se descuentan para otros. Si es cierto que todos los escritores se refugian en un autor cada vez que buscan recuperarse a sí mismos, es probable que hayan sido varios los refugios de Waugh; desde ellos consiguió mucho más que verificar la incuestionable supremacía del novelista inglés. Waugh multiplicó esas voces y las condujo juntas a las mismas aguas –la impiedad y la compasión, el desacato y la sumisión, el amor y la desilusión–, consciente de que sólo consigue navegar aquél que conoce el revés del viento. También, si la voz de un escritor puede entenderse desde el tapiz de las de los escritores de su tiempo, la de Waugh surge como el eco que se refleja en la de aquellos, las resume, pero no necesita regresar a su emisor.

Esos contrapuntos, la precisión para contar a los de su clase, la naturalidad para asumir la piel de los ricos (a ellos aspiraba) y el humor para narrar la miseria que envuelve a las conductas humanas se encuentran en los Cuentos completos (RBA), la edición en español de la narrativa breve de Waugh. Ellos incluyen sus nouvelles y short stories , muchas de ellas escritas durante su época de estudiante en Oxford, antes de que decidiera convertirse en escritor y volverse uno de los más exitosos de su tiempo. Fue una elección casi por descarte, como suelen ser todas aquellas en las que se es presa de la libertad y ésta se vuelve más caprichosa que la voluntad. “He intentado conseguir trabajo sin éxito, me encuentro cansado y deprimido: me parece que ha llegado el momento de convertirme en un hombre de letras”, escribió en 1927, tras ser despedido de su último cargo docente en un colegio de elite inglés. Un año después, publicaba su primera novela, Grandeza y decadencia.

Hay un dato que explica eso que se impuso como irremediable: su padre era editor y crítico literario y tenía un cargo directivo en la editorial Chapman and Hill, cuyos principales ingresos provenían de los derechos de Charles Dickens. Es éste tal vez quien ejerció mayor influencia en Waugh, cuando se piensa que logró lo que pocos: que la escritura parezca que se frena, a la vez que avanza como semeja hacerlo un auto ante la inminencia de una cornisa. Waugh detenía la acción con detalles y descripciones, y la aceleraba con el acierto en la elección de verbos y la elipsis continua.

Por esa razón, la escritura de Waugh de a ratos también ostenta aquello que alaba John Irving en Dickens, al explicar por qué gusta el autor de Grandes Esperanzas, “no es un analista, su escritura no es analítica, y sin embargo puede ser didáctico. Su genio es descriptivo; puede describir una cosa tan vívidamente que nadie puede mirarla de la misma manera otra vez”.

También, porque su escritura está plagada de imágenes. El cine, de hecho, ejerció una gran influencia, y ese estilo impresionista se vio en particular en sus novelas Un puñado de polvo (1934) y Los seres queridos (1948), en las que la apertura y cierre de cada capítulo funcionan como un fotograma.
La compilación testimonia por qué el autor se ganó fama de irreverente, aun cuando se ocupó de venerar a la clase media. Por qué siempre celebran la visión conservadora del mundo, pese a que se encargó de burlarse del cinismo de la sociedad, mofándose de sus prejuicios y de sus escalas de valores.

Como perros y gatos

“Amor en plena crisis” es la historia de dos recién casados que celebran su luna de miel por separado. Antes, describe los destinos posibles de la soltería en la clase media (“tenía que elegir entre pasarlo mal con sus padres en una casa señorial y pasarlo mal con un marido en una vivienda barata de Londres”). Poco hace para que el lector se encariñe con sus protagonistas, que recurrieron a la casa de una tía en las afueras para pasar su luna de miel (“me temo que no tendremos muchas aventuras”, dice el novio. Y ella le responde: “No nos hemos casado para correr aventuras”). Y sin embargo, es inevitable la desazón por ese destino aunque ficticio y ajeno: “El día de la boda, sólo los parroquianos más desesperados acudieron a observar la melancólica sucesión de invitados”.

El sentido de la vida de toda muchacha de clase alta –acertar con un marido que la mantuviera– se cuenta en “Crucero”, la correspondencia de una chica engreída. Es que buena parte del trabajo de Waugh retoma algunos de los temas de la novela moderna del siglo XIX, como Mansfield Park , de Jane Austen, o Madame Bovary , de Gustave Flaubert, donde hombres y mujeres se aman y detestan con igual intensidad. Y por eso las fricciones del matrimonio son una constante en Waugh. Otro ejemplo es “Ejército táctico”: “...estuvo leyendo durante una hora y, cuando apagó la luz no supo si ella estaba dormida o despierta. En noches así, pasado un rato, le venían ganas de encender otra vez la luz, pero tenía miedo de encontrársela despierta mirando el techo.” O: “...se había casado con ella en 1938, pero no empezó a detestarla con constancia y ahínco hasta el invierno de 1945”.

El fondo y la figura remiten también a la novela de vanguardia y de posguerra estadounidense: además de desgranar las transformaciones sociales como lo hizo William Faulkner, también puede hacer recordar a Hermosos y Malditos , de Francis Scott Fitzgerald, o la atmósfera opresiva de Patricia Highsmith de “Sustancia de locura”.

El propio Waugh conoció la farsa marital. Su primera esposa, con quien se casó en 1928, se llamaba Evelyn Gardner; se los llamaba “el” Evelyn y “la” Evelyn. Fueron una pareja ideal hasta que ella se enamoró de otro al año de casados. El hecho lo afectó de tal manera que la crítica de entonces afirmó que su obra estaba teñida de la “jugosa vergüenza del cornudo”.

En una carta a su amigo Harold Acton, escribió: “No pensé que fuese posible ser tan miserable y seguir viviendo”.

Fue en esa época que se convirtió al catolicismo. “Reverencio a la Iglesia Católica porque es verdad, no porque esté establecida o sea una institución”. A partir de su conversión, en 1930, creía que no podría volver a casarse. Cuando le explicaron que podía decretarse nula aquella unión, lo que efectivamente ocurrió, se casó con Laura Herbert, católica, con quien tuvo siete hijos.

A lo largo de treinta y ocho cuentos, escritos durante cincuenta y dos años, pueden verse las obsesiones de Waugh y su vínculo con la literatura, a la que prefería más que a sus hijos (“a un niño lo puedes reponer fácilmente”).

También, cómo caben en él los escritores inmediatamente anteriores y sus contemporáneos: el naturalismo de Chéjov, el realismo de Dickens, Flaubert y Henry James. Chéjov (1860-1904) y James (1843-1916) son tal vez quienes más rebotan en los textos de Waugh, al provocar la sensación de “ya haber estado por ahí”.

“El hogar de un inglés”, el relato de un tranquilo poblado cuyos habitantes buscan resistir la compra de un supuesto industrial que amenaza la paz de la campiña y el valor de sus propiedades, puede recordar a “Enemigos”, del autor ruso. El equilibrado punto de vista obliga al pívot entre la razón conferida a cada uno de los protagonistas que defienden sus intereses: como en “Enemigos”, la conquista de la narración radica en que el lector se encuentra dándole la razón a ambas partes. Aunque también es una muestra de cómo entiende a la tierra como dadora de identidad, las raíces y su noción de patria, y cómo el esfuerzo por asumir las costumbres de un lugar no releva en el fondo de la condición de exiliado. Ahí está la observación más aguda de Waugh a la sociedad de su tiempo: el valor de las personas a partir de la estirpe de su árbol genealógico.

El relato que más condensa los tópicos de Waugh, y recuerda a sus contemporáneos y predecesores, quizá sea Un puñado de polvo. El volumen de recopilación de cuentos incluye un final alternativo a esa novela, titulado “Por petición especial”. También incluye el cuento “Germen” de la novela, “El hombre al que le gustaba Dickens”.

En ambos casos, el protagonista es un cornudo huyendo, que no consigue escapar al amor que siente por su infiel esposa. En “Por petición especial”, el desenlace es igual de lastimoso para el protagonista como lo es en la novela, aunque aquí el autor deja abierta una llave. Es el lector quien de nuevo debe completar los datos, aunque estos no pueden ser otros más que los que llevan a que la espiral del engaño se vuelva a ovillar.

Al leer a Waugh la satisfacción es semejante al alivio de no haber tenido que compartir la vida con su personalidad recalcitrante, sugirió su biógrafo, Martin Stannard: “Su arte era un teatro de crueldad; su temperamento, despiadado por instinto”.

En su carta de “felicitación” por el nombramiento de lady Mary Lygon para presidir la Biblioteca de Londres, en 1946, Waugh escribió: “Confío en que no olvide usted conducirse con el adecuado decoro en tan serio edificio. Vaya siempre al lugar destinado a tal efecto si desea hacer aguas menores (…). Y no aborde a las bibliotecarias para fines considerados contra natura”.

Waugh era consciente de la crueldad de su espíritu. Y así como Truman Capote se defendió de las críticas de sus víctimas, a quienes dejó en evidencia en muchos de sus relatos (“¿qué creían, que me tenían ahí para divertirles?”), Waugh sitúa al lector en la extraña incomodidad que provoca la duda de exceptuarlo.

“La humildad no es una virtud propicia al artista. Suele ser el orgullo, la emulación, la avaricia, la mala intención lo que le empuja a uno a completar, elaborar, refinar, destruir, renovar su trabajo hasta conseguir algo que satisfaga su orgullo, envidia y su codicia”, escribió.

El atractivo de su prosa está justamente en la falta de escrúpulos para acercarse a la realidad. Y Waugh sabía de las consecuencias de esa elección en un escritor. “En el camino, puede perder su alma”, escribió. Pero se guardó para sí referirse al grado de placer que obtuvo al perderla y devorar el banquete al que redujo a sus presas.

Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com 02/03/2012

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