samedi 17 mars 2012

Gregorio BELINCHÓN/ El universo infinito de Moebius


Para el cine creó mundos como los de 'Alien', 'Tron' o 'El quinto elemento'.
El universo infinito de Moebius
Por Gregorio BELINCHÓN 

El dibujante francés Jean Giraud, que revolucionó el lenguaje del cómic, muere a los 73 años.

En octubre de 2010, la Fundación Cartier inauguró una antológica sobre el más importante dibujante europeo de cómics, Jean Giraud. En el sótano, en un documental filmado para la ocasión, el francés se desdoblaba para poder charlar consigo mismo, para que Gir recriminara a Moebius, su alter ego. Durante décadas, uno ganaba lo que el otro perdía. Y en pantalla, la conversación devenía en bronca. El mismo creador aclaraba en la puerta: “¿Que si Gir paga las locuras de Moebius? Es una realidad histórica. Gir es una profesión; Moebius, un estado del alma. Me es difícil definir a Moebius, porque ahí soy artista. Pero, ¿qué es ser artista en nuestro mundo? Necesitas sobrevivir, y entonces los artistas se convierten en vendedores, debes gustar a los otros o ceder parte de ti para comer. No sé, no sé...”. Si Gir era el increíble dibujante de línea compleja de El teniente Blueberry, un western crepuscular que resucitó el género en los tebeos, Moebius creó mundos increíbles, de línea clara, delirios imaginativos y oníricos como los de El garaje hermético. Ayer todos ellos —la persona Jean Henri Gaston Giraud, los dibujantes Gir y Moebius— fallecieron por la mañana en París a los 73 años. El cáncer contra el que luchaba desde hace lustros pudo finalmente con el cuerpo alto, fibroso, espigado de uno de los más impresionantes talentos del siglo XX: el eco de su obra traspasó las viñetas y llegó al cine y a la filosofía.

Solo con una de sus facetas, Giraud hubiera obtenido la gloria, pero que en una misma figura coincidieran el maestro de la narración Gir y el hechicero de las sensaciones Moebius.

Giraud nunca dejó de trabajar. En esa antológica, un cortometraje animado en 3D, El planeta todavía, prologaba la intención de su autor —aquí Moebius— de realizar un largometraje estereoscópico. Un deseo imposible de cumplir, como el de realizar otro álbum dedicado al teniente Mike Blueberry Donovan. Preguntado por su edad, Giraud respondía: “Mi mayor angustia es morirme ahora mismo y que no haya nada después de la muerte. Porque si existe la vida después de la muerte o me puedo convertir en fantasma, seguiré viendo cine. Me gustan las de acción de Hollywood. También me atrae el cine asiático, porque provoca sensaciones como mi obra… y por sus colores chillones”.

Giraud siempre fue un amante del cine. Llegó a ver de ocho a 10 películas por semana. Él se escudaba en que al no haber ido a la universidad, la gran pantalla le dio una educación. “No tengo una formación bien ordenada. He leído mucho, pero de manera dispersa, tarde, apasionadamente. El cine era mi cultura. Pero eso se acabó. No se trata de que hoy no vaya al cine pero me conformo con una o dos películas al mes. Se trata de que el cine, para mí, para mi uso, ha perdido importancia. De alguna manera, puedo decir que se acabó con la muerte de Sam Peckinpah”, aunque luego confesaba que seguía atento a los estrenos. Como el de Avatar, película de James Cameron que tanto visual como filosóficamente le debía mucho a Giraud: “Son ideas de toda una generación, la de Cameron y la mía, y James ha podido recrearlas. Somos la generación que vivió un cambio positivo; ahora todo es oscuro. Yo en cambio sigo con mi dinámica optimista”, una dinámica que incluso le llevó a trabajar en videojuegos, y que en los dos últimos años le llevaron a la fotografía: “Hago fotos de primerísimos planos de piedras y plantas con cámaras digitales”.

De su casa taller en Montrouge, en los alrededores de París, surgieron los diseños de las películas Tron, Willow o Alien, de Ridley Scott, El quinto elemento, de Luc Besson, y Abyss, de Cameron, entre otras. Sin rodar se quedó la adaptación de Dune que realizó con Alejandro Jodorowsky, el intelectual más cercano a su manera de ver el mundo, su amigo durante décadas, y el cocreador de la saga de El Incal. Entre ellos se hablaban en español y francés, porque cuando su madre se casó con un mexicano —en 1955, cuando Giraud tenía 16 años, y tras haber empezado en la Escuela de Artes Aplicadas de París, donde ya demostraba su amor por la historieta—, los tres se mudaron a México. “Allí conocí el jazz, perdí la virginidad, disfruté del peyote, aprendí castellano, probé todo tipo de productos lisérgicos… y reconozco que hay meses de los que no tengo ningún recuerdo”, decía entre risas. Obligado a retornar a Europa para realizar el servicio militar de dos años, Giraud colabora con el maestro belga Jijé en la realización de un álbum de Jerry Spring, pero se hace popular cuando empieza a publicar en la revista Pilote las aventuras del teniente Blueberry, con guiones de Jean-Michel Charlier (juntos editaron 26 álbumes; con la muerte de Charlier en 1989, Giraud siguió en solitario), que se convirtió en una de las grandes sagas del cómic europeo y desde luego, la obra cumbre del western en el noveno arte.

En paralelo al éxito de Blueberry, Giraud se dedica a leer ciencia-ficción, así nace Moebius, en homenaje al astrónomo alemán Möbius. Una nueva metamorfosis en su creación: “La metamorfosis corre por toda mi obra. No es la metamorfosis clásica, la de Ovidio, que habla de la vida donde todo cambia siempre en una misma dirección, del nacimiento a la muerte... Va, cuentos para niños. Lo que hago es distinto: muestro el pánico de ver las cosas que se van, la dificultad de dar identidad a los actos". Jodorowsky le mostró la obra de Carlos Castaneda, y Moebius explota: lo infinito y lo terrenal, lo inmortal y lo perecedero, lo fantástico y la imaginería del pasado se plasman en Arzach, El garaje hermético, la serie Los Mundos de Edena y la ya mencionada saga de El Incal.

Jamás se cerró a ninguna posibilidad artística, aunque nunca apreció el manga japonés. Con Stan Lee coescribió e ilustró una aventura de Estela Plateada, el personaje de cómic estadounidense más cercano a sus disquisiciones filosóficas, y en los últimos años estaba inmerso en la saga Inside Moebius, en la que se burlaba abiertamente de sí mismo, y cuyos ochos volúmenes ha ido editando poco a poco, a pesar de haber rematado hace tiempo. Quedan dos por aparecer, que se convertirán en su regalo póstumo para los fans.


G. BELINCHÓN
El teniente Blueberry. Millones de ejemplares vendidos, y la sensación de que será imposible ver mejor reflejado el western en el tebeo. Mike Donovan es un sudista que acaba en el Norte de EE UU justo cuando comienza la Guerra de Secesión. Tan íntegro como pendenciero, tan leal como amante de las mujeres. Con Blueberry el lector ha recorrido años del mejor y más real salvaje Oeste, incluida su amada decadencia. Durante décadas, el personaje mantuvo económicamente a Giraud. La serie original estuvo guionizada por el belga Jean-Michel Charlier, y a su muerte Giraud siguió en solitario; ambos también crearon La juventud de Blueberry, que se ha prolongado hasta 2010 con otros creadores; finalmente también existe Marshall Blueberry, tres álbumes escritos por Giraud pero dibujados por otros. El último Blueberry en aparecer fue Apaches, perteneciente a la serie original, en 2007.

El garaje hermético. La eclosión de Moebius, la aparición de un nuevo modo de narrar y dibujar que trastoca todos los géneros. La acción se desarrolla en un asteroide que contiene varios mundos superpuestos, creado por el mayor Grubert, que sigue su evolución desde una nave espacial. Publicado de 1976 a 1980 en la revista Métal hurlant, la ciencia-ficción no ha conocido cómic igual de rico en matices, en detalles que Moebius sencillamente asoma y no desarrolla, de niveles lisérgicos de imaginación. En 2008, se publicó un nuevo álbum del mayor Grubert: Le chasseur déprimé.

Los ojos del gato. Para expertos como Álvaro Pons, el mejor legado de Moebius. Escrito por Alejandro Jodorowsky, con quien creará la saga de El Incal, cada viñeta ocupa una página – apareció en Francia en 1978 y nunca se ha publicado en España en su formato original-. La pareja trasgrede cualquier norma del tebeo y juega con lo binario, con la estructura repetitiva… Arte que supera su formato.

Inside Moebius. El giro final de un viejo creador que vuelve a explorar en su interior y que disfruta de la autoironía. A falta de que se editen los dos últimos de la serie de ocho que arrancaron en 2004 (que sí están creados) el francés exprime sus últimas ideas y la sensación de que el hombre y el artista viven en mundos paralelos, que a veces se cruzan y a veces ni se conocen.

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ENTREVISTA: 
Todos los rostros de Moebius
Por Octavi MARTÍ 
12 ABR 2008

Jean Giraud ha conocido varias vidas y, al menos, dos identidades, ha realizado miles de dibujos, guiones, diseños para cine, videojuegos... El creador de Blueberry recibe la próxima semana un homenaje en el Salón del Cómic de Barcelona

El día que le contacté para acordar la entrevista, Jean Giraud estaba en su segunda patria, en la segunda patria de todo autor de historietas francófono: en Bruselas. Había ido allí para presentar un álbum pero también para prestarse a un juego que sin duda le divierte: el de ilustrar un diario -Le Soir-, el aceptar el reto de la urgencia, participando en la reunión de redacción para luego reaparecer ante el responsable de cada sección con casi una quincena de dibujos bajo el brazo que comentan la actualidad, ya sea política, social, deportiva, económica o artístico-cultural. Son dibujos que responden a la urgencia y que, al mismo tiempo, la trascienden. "Me gustó plegarme a las exigencias estrictas de la actualidad e intentar abordar ésta desde un prisma personal", resume.

En su casa-taller de Montrouge, en los alrededores de París, se comprende mejor que Jean Giraud, nacido hace 69 años en Fontenay-sous-bois, se embarque en aventuras como las de inventar quince dibujos distintos en cuestión de unas pocas horas. En una de las paredes se acumulan los álbumes, tantos que me resulta increíble que todos hayan sido dibujados -o escritos y dibujados- por una misma persona, ese Jean Giraud que ha conocido varias vidas y, como mínimo, dos identidades: la de su pasaporte y la de Moebius, el seudónimo con el que, desde 1963, ha realizado miles de dibujos, guiones, diseños para cineastas o para videojuegos. Su mujer, Isabelle, me confirma que sí, que todos esos estantes son obra de Moebius-Giraud, un gigantón plácido, de cráneo casi desguarnecido pero con una pequeña coleta en el cogote. "Ahora estoy embarcado en la publicación de Inside Moebius, una serie de ocho libros que ya tengo hecha y que irá saliendo a lo largo de dos o tres años. Son dibujos sin texto, comentarios personales que he ido haciendo de la actualidad a lo largo de unos años en que he tenido problemas físicos. El protagonista, que soy yo, lleva una especie de nariz roja, de payaso, para facilitarme la distancia".

Inside Moebius o la autobiografía visual del imaginario de Giraud tiene una tirada relativamente corta. "Del primer volumen se editaron 3.000 ejemplares y se agotaron enseguida. No está nada mal porque se trata de un producto destinado a conocedores de mi obra. En cambio, de XIII se han vendido más de un millón de álbumes. En ese caso he retomado un personaje y una situación que ya existía, la de un agente secreto amnésico que no sabe quién es. Permite expresar toda la fascinación que inspira el mundo de la política americana". Y ésa es una de las características del sector de la historieta, el admitir proyectos destinados al gran público sin renunciar a la existencia de los que tienen una audiencia casi confidencial. "Cada año se editan en Francia unos 4.000 álbumes, una cifra que sólo igualan los japoneses. Sus tiradas son superiores porque se trata, en su casi totalidad, de mangas mientras que aquí -y en Bélgica y Suiza- son obras de autor, muy distintas entre ellas".

La buena salud de la industria de la historieta en Francia no le sorprende. "Lo que sí me parece sorprendente es la casi desaparición de la historieta en España, Italia o el Reino Unido. Son países con grandes creadores pero la industria editorial no les respalda. Ahora los mejores dibujantes españoles publican en Francia. En España, como en Italia o en el Reino Unido, las únicas historietas son casi todas de origen o estética estadounidense si van dirigidas a menores y de naturaleza nipona cuando es para una clientela de adultos".

Esa denuncia o comentario decepcionado de la colonización de los lápices europeos por el imaginario venido del otro lado del Atlántico -o de mucho más lejos- tiene su gracia pronunciada por el gran autor de la serie Blueberry, una prodigiosa traslación del mundo del western al de la historieta. "Son las películas vistas de niño. El cine del Oeste era muy importante para quienes fuimos niños o adolescentes en los cuarenta y cincuenta". Cuando le hago notar que sin embargo su iconografía del Oeste parece muy contaminada por el llamado spaghetti-western, es decir, las cintas del Oeste rodadas en Almería por italianos y españoles, no comparte la opinión: "Lo que yo quería era que el lector encontrase en la historieta las sensaciones que le proporcionaba el cine. Es una transposición de lenguaje".

El cine ha sido uno de los grandes "alimentos" de Jean Giraud. "Iba a ver ocho o diez películas por semana. Era un auténtico cinéfilo. El cine fue muy importante para mí, sobre todo porque no soy universitario y no tengo una formación bien ordenada. He leído mucho, pero de manera dispersa, tarde, apasionadamente pero a menudo con mucho retraso. El cine era mi cultura. Pero eso se acabó. No se trata de que hoy no vaya al cine pero me conformo con una o dos películas al mes. Se trata de que el cine, para mí, para mi uso, ha perdido importancia. De alguna manera, puedo decir que se acabó con la muerte de Sam Peckinpah".

No es extraño que hable del inventor del western crepuscular, ése en el que los protagonistas pueden morir arrollados por un coche justo porque nunca habían podido imaginar que las cuatro ruedas iban a suplantar las cuatro herraduras del caballo. De la misma manera, la música también parece tener un comienzo y un final: "Durante años la música fue una fuente de inspiración importante. No me interesaba por las varietés o la chanson de la misma manera que también me sentía ajeno a la llamada música clásica, que no correspondía a mi nivel de formación ni a mi mundo. El jazz me pareció una síntesis perfecta de libertad y tema, de improvisación respetando una melodía. Durante 30 o 40 años el jazz se me antojó una síntesis sonora ideal para mí. Y ese equilibrio se rompió con la muerte de John Coltrane. Lo que ha venido después lo he vivido como algo ajeno".

Pero esa explicación o datación de la muerte de su cinefilia y pasión musical coincide en el tiempo con la progresiva implicación de Moebius en diversas aventuras cinematográficas, como fue el elaborar el storyboard de Dune, un filme que realizó por fin David Lynch a partir de otro guión y que fue masacrado por el productor, o el imaginar los trajes espaciales y uniformes para Alien, de Ridley Scott. Luego vendrán Los amos del tiempo, un filme de animación de René Laloux; Tron, de Steven Lisberger, que mezclaba dibujo, imagen fotográfica y videojuego, o sus colaboraciones con James Cameron y George Lucas. Durante algunos años vivió en Los Ángeles y guarda de esa estancia un recuerdo complejo: "Allí nadie es extranjero, te aceptan enseguida por lo que sabes hacer. Había días en que, cuando salía a la calle, tenía el sentimiento de vivir en una serie televisiva, de que todos se comportaban -nos comportábamos- de acuerdo con los modelos de la pantalla. Y comprendí también que allí nadie se interesaba por lo que se hacía en los otros países. Nosotros, en Europa, seguimos lo que se hace en Estados Unidos, pero ellos sólo se interesan por lo que se hace en Europa si vas allí y te conviertes en americano. Uno de mis editores, Dargaud, dejó de enviar los álbumes a los periodistas anglosajones porque nunca hablaban de ellos pero, de cuando en cuando, te dabas cuenta de que te habían copiado, pirateado, sin pedir ningún permiso. Estados Unidos nos vende su modo de vida, impone un modelo de civilización mientras que Europa, que es una entidad política y económica, carece de una expresión cultural autónoma o, cuando ésta existe, es incapaz de difundirla más allá de las distintas fronteras nacionales".

El mítico teniente Blueberry, que ha tentado durante años a diversos cineastas, por fin fue convertido en personaje de cine por Jan Kounen. "Podía elegir entre autorizar la adaptación para que hicieran una película de género, estándar, o podía privilegiar una visión de autor. Kounen ofrecía esa mirada de autor que me interesaba. Luego, el producto resultante puede decepcionar a algunos...". Le comento que Kounen es más un creador de imágenes que un narrador, que es un tipo cuyo talento puede ser válido para un videoclip pero que se adapta mal a las exigencias del relato y es Isabelle la que coincide en esa crítica. Él no quiere decirlo en voz alta. "En la película hay cosas que están muy bien. Y se ha conservado lo que hay de experiencia iniciática".

México, a través de sus paisajes o de la cultura indígena, ha marcado la obra de Jean Giraud. Él viajó al país latinoamericano por primera vez en 1956 para reunirse con su madre. Luego será a través de la amistad y la colaboración con un chileno extravagante afincado en México -el artista Alejandro Jodorowsky- que el recuerdo de aquel viaje se reavivará y tomará otras formas. En 1978, Giraud deja de fumar y beber, adopta la alimentación vegetariana y su obra adquiere un peculiar tono espiritual siempre tamizado por el humor. En 1980 pone en marcha las aventuras de El Incal, con el personaje de John Difool, una invención hecha conjuntamente con Jodorowsky y que tendrá un éxito planetario. "Los japoneses, con su estética manga, lo han retomado y convertido en serie. A veces, viendo un dibujo animado japonés, me sorprendo descubriendo elementos propios de El Incal". De su trabajo con Jodorowsky guarda un muy buen recuerdo: "Desarrollábamos la historia sin partir de referencia alguna, con el objetivo de realizar una página por día y hacerla sin necesitar documentación. Además, no había lugar para la corrección, se trataba de dejarse llevar". Esa necesidad de trascendencia, de religión y espiritualidad dice que le duró "varios años". "Los problemas metafísicos me interesaban mucho. Fue algo que iba cobrando importancia, ocupando más y más lugar en mis preocupaciones pero que luego se paró de golpe".

La cuestión de la documentación, de la fidelidad a lo real, es importante en ciertos casos e inexistente en otros. En El garaje hermético la inspiración mezcla épocas y estilos, el mundo, los mundos creados salen de la cabeza de un Moebius que ha realizado su peculiar síntesis a partir de materiales muy diversos. En otras oportunidades las fotografías, los grabados o las pinturas permiten al dibujante ofrecer un plus de verosimilitud que puede ser imprescindible.

La historieta tradicional sigue ocupando parte de su producción pero ha perdido importancia porque el sector evoluciona. "Mi carrera ha conocido diversas fases, ligadas a mis editores, ya fuese Dargaud, la revista Métal Hurlant o las ediciones de Les humanoides asocies, o a mis encuentros y colaboración con Jodorowsky o Jiro Tanguchi, o mi implicación de la estructura de starwatcher. Ahora estoy en una fase distinta, de autoproducción".

Isabelle explica que regularmente Giraud se encuentra con cinco o seis dibujantes amigos y pasan el día trabajando a partir de una idea común y luego intercambian entre ellos la obra que han realizado. Es una fiesta y una manera de coleccionar. Y lo de la colección es muy importante porque los creadores de historietas han accedido, desde hace pocos años, a la categoría de artistas. El hecho de que su trabajo entre luego en un proceso de reproducción técnica y se edite en decenas de miles de ejemplares ya no priva de valor a la obra única, al original. Los de Moebius se subastan y encuentran coleccionistas dispuestos a desembolsar 50.000, 60.000 o 70.000 euros para tener un Moebius auténtico. En una subasta reciente, en la que figuraban obras suyas pero también de Bilal y Hugo Pratt, los precios que se pagaron multiplicaron por tres o cuatro los fijados como precios de salida. La sala del llamado Hôtel Dassault acogió a un público entusiasta, mayoritariamente masculino, que proyecta en las obras de esos creadores de historietas una afectividad que no les inspiran los pintores o escultores tradicionales. Pero el gran triunfador de la subasta fue un desaparecido, Hergé, el inventor de Tintín. Su proyecto de portada para Tintín en América había sido valorado en poco más de 100.000 euros pero encontró comprador -un desconocido que pujó por teléfono- nada menos que por 764.200 euros. Un montante astronómico por esegouache de 1932 que Hergé había regalado a una amiga y que había cambiado de propietario en dos oportunidades, siempre concebido como un regalo divertido, cariñoso pero sin valor monetario. Otros tiempos. "Ahora tengo una sociedad llamada Stardom Moebius que me permite realizar tirajes controlados de mi obra y gestiona mis relaciones con las galerías de arte".

Articulo: http://elpais.com 11/03/2012

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