vendredi 2 mars 2012

Juan Ignacio RODRIGUEZ MEDINA/ Jorge MILLAS: un ciudadano irremediable


Recuerdo: a 30 años de su muerte
Jorge MILLAS: un ciudadano irremediable
Por Juan Ignacio RODRIGUEZ MEDINA

Filosofo, escrutador, retraído, universitario, comprometido, demócrata. A propósito de la publicación de un libro sobre su pensamiento y acción entre 1973 y 1982, recordamos a la figura – intelectual y política – que advirtió, primero, sobre la universidad comprometida y, luego, sobre la universidad vigilada.

Una y otra vez en entrevistas y testimonios se repite la idea: Jorge Millas era tímido, retraído, reservado, quitado de bulla. Él lo ratifico en 1975: “Desde pequeño tuve la vocación de segregarme de grupos”. ¿Cómo ese hombre –filosofo, escritor – se para en agosto de 1980 frente a miles de personas en el Teatro Caupolicán, rodeado afuera por la policía, poco tiempo antes del plebiscito constitucional, y espeta: “Conciudadanos. ¿Con fe, con orgullo, con esperanza, pronuncio esta palabra – conciudadanos – para dirigirme a ustedes?”

Pistas para entender esa paradoja se descubren en «Jorge Millas. El valor de Pensar» (UDP). Un libro en el que Maximiliano Figueroa recorre los afanes teóricos y prácticos que dominaron del golpe de Estado de 1973 y hasta su muerte en noviembre de 1982.

Parcelada en cinco capítulos, la obra interpreta y da voz al filósofo para hablar sobre la tarea del intelectual, el necesario lazo entre democracia y derechos humanos, la cercenada liberalidad del neoliberalismo de Friedrich von Hayek, y la idea y afirmación de la universidad frente a su politización, intervención y abandono.

¿Qué pensó Millas? Para él “la filosofía es la tendencia de llevar el pensamiento al limite; esto es, indagar por los fundamentos últimos que posibilitan la intelección de los fenómenos que aparecen ante la conciencia” explica Juan Omar Cofré, profesor de filosofía del derecho en la Universidad Austral, quién esta a cargo de la edición de un libro con la obra “filosófico-jurídica” de Millas (ver recuadro). Según esa idea de la filosofía como pensamiento al limite, explica Cofré, Millas investigo cuatro problemas: “las claves de la cultura occidental, la naturaleza del conocimiento, la cuestión universitaria y los determinantes epistemológicos del Derecho”.

Autor de obras como «Idea de la individualidad», «El desafío espiritual de la sociedad de masas» e «Idea y defensa de la Universidad», lo de Millas es el humanismo. Su trabajo, según Figueroa, se nutre de Kant, Dilthey, Husserl, Bergson, Ortega y Gasset y del pragmatismo de James y Dewey.

Entre sus conceptos originales esta el de “espíritu concreto”, un aparente oximorón que identifica su postura filosofía y que explica así: “Lo espiritual irrumpe entre las cosas con la vida del hombre (…) a partir de una posibilidad de ser que aspira a realizarse y en vista de una situación concreta que de algún modo la detiene o la perturba. Conciencia, libertad, invención, valoración son, por eso, categorías del mundo espiritual.

Pero no se trata de facultades o predisposiciones vacías, ni de conceptos abstractos, ni de entidades supraempiricas, sino de situaciones concretas del hacer humano, de un problema, en cada caso especifico, de obrar libre, creadora y valorativamente frente a tal o cual circunstancia que sale al paso de las posibilidades humanas allí puestas en juego”.

Roberto Torretti leyó “Idea de la individualidad” en 1948 y cuenta que le impresiono mucho “la originalidad y audacia de Millas”. Al releerlo sesenta anos mas tarde, cuando la Universidad Diego Portales le confío su reedición, tuvo – dice – “una visión mas clara de su deuda con la filosofía noratlantica de principios del siglo XX y lamenté de veras que, encerrado entre los Andes y el Pacifico sur, Jorges Millas, en el momento mas inspirado mas de Heidegger y Wittgenstein, los dos pensadores de la generación anterior a la suya que definitivamente marcaron la mía. Pero una vez mas me impacto la genialidad manifiesta en ese libro juvenil, su compromiso intransigente con la condición egocéntrica del ser humano, su critica implacable al politicismo de los intelectuales, a la preocupación prematura con la felicidad ajena que, entonces como hoy, distraía a los jóvenes universitarios de la tarea de atender primero a la perfección propia”.

La universidad vigilada

Nació en Santiago en 1917, Jorge Millas ingreso con doce años al Internado Nacional Barros Arana, donde armo grupo – de escuela y luego de bohemia – con Nicanor Parra, Hermann Niemeyer, Carlos Pedraza, Héctor Casanova y Luis Oyarzún. Se titulo de derecho y filosofía en la Universidad de Chile. En los sesenta fue delegado en la UNESCO, presidio la Sociedad Chilena de Filosofía y la Comisión Nacional de Cultura. Se opuso a la reforma universitaria. Oposición que se entiende por su crítica a las ideologías en tanto universalización de determinadas aspiraciones valóricas en desmedro de otras igualmente irrenunciables. De ahí que en 1962 – cuando las mentes se insuflaban con la revolución y el antinorteamericanismo -, durante un encuentro en la Universidad de Concepción, le dijera al mexicano Carlos Fuentes: “Me parece inaceptable enmascarar con la aspiración humanista de una liberación autentica del hombre las aspiraciones políticas limitadas de quien, de una manera limitada también, ve una solución posible a nuestros problemas”. En ese tipo de intervenciones se vislumbra, si no la veta publica de Millas, si su inclinación polémica, racional, la misma que siempre tuvo como filosofo y que – ahora si – subió al pulpito tras el 11 de septiembre de 1973: “La universidad vigilada no es, en efecto, superior a la universidad comprometida”, “de la plaza de mercado hemos pasado a la universidad cuartel” dijo.

Sus críticas al régimen de Pinochet le costaron la salida de la Universidad de Chile en 1976 y de la Austral en 1981. Su ultimo año de vida lo paso haciendo clases privadas para subsistir. Tras eso la salud de Millas decayó. Sufrió un ataque cardiaco y el 7 de octubre de 1982 fue hospitalizado por un tumor cerebral. Murió a las 11 de la noche del 23 de noviembre: “Gano públicamente una batalla importante contra la prepotencia del poder. Pero en el fondo de su alma, Jorge Millas había perdido su guerra”, escribió Humberto Giannini días después.

Para Figueroa, el actuar de Millas se explica porque no quiso ni pudo dejar de ser filósofo. Tal vez habría que pensar que, mas bien, fue un filosofo (uno “irremediable”, según propia confesión) que no quiso ni pudo dejar de ser un ciudadano. Una “cualidad socrática”, cree Giannini, “destacada con energía en el hermoso libro de Maximiliano Figueroa”. “De aprobarse lo que el gobierno quiere – concluyo Millas al cerrar el discurso a sus conciudadanos en el Teatro Caupolicán -  nacerá el orden aparece y compulsivo de unas instituciones sin base moral, por haber sido instauradas sin auténtico (…). El problema de la Nueva Constitución seguirá siendo la gran tarea histórica de los chilenos libres”.

Articulo: http://www.mer.cl 26/02/2012

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