samedi 17 mars 2012

Marc CHAGALL/Mi vida


Mi vida
Por Marc Chagall

Mi vida es el único libro que escribió Marc Chagall. Sus palabras son como sus colores, felicidad y melancolía, verdad o ensueño, que alzan el vuelo con los personajes de sus cuadros, tan concretos como milenarios. 

Tan rotundos. Aquí se dibujan los años transcurridos en Vitebsk, su humilde ciudad natal, en el seno de una familia entrañable, pobre, que utilizaba sus cuadros para sacudirse la tierra de los zapatos. Allí asoman San Petersburgo y Moscú, los años de aprendizaje y la apertura de un nuevo mundo para el joven pintor. Más allá París y su bohemia, el taller de «la Ruche», luego la Gran Guerra y el retorno a una Rusia en la que estalla la Revolución bolchevique en un telón de fondo rasgado de tristeza.

“Memorias marcadas por una enorme nostalgia, la de quien deja atrás lo más doloroso y lo más esencial de su vida... El relato encadena escenas, cuadros pintados con palabras, imágenes proyectadas en la pantalla de la memoria.”
Guillermo Solana, El Mundo.

“Su prosa presenta el mismo tono lírico y mágico de sus cuadros. Sorprende la distancia con que explica según qué vivencias, pero todavía sorprende más la falta de amargura a la hora de explicar las dificultades que pasó para convertirse en pintor, los años difíciles en París, donde no sentía ningún tipo de simpatía por lo que hacían los cubistas, o la falta de encaje en el extremismo de la revolución bolchevique”.

Lídia Penelo, Público Judío afortunado entre la Bohème de Montparnasse, Chagall habla en este libro con agudeza y naturalidad de Cendrars, Apollinaire, Modigliani, Delaunay, Nijinsky. Y por encima de todo habla de su condición de pintor, de su alma burlona y escéptica, cargada de inocencia y melancolía."
José Luis De Juan, Diario de Mallorca 


Lo primero que vieron mis ojos fue un abrevadero.

Sencillo, cuadrado, medio hueco, casi oval. Un abrevadero de mercado. Cuando estaba dentro, lo ocupaba totalmente.
No me acuerdo ya— ¿fue mi madre quien me lo contó?—pero en el mismo instante en que nací, en una casita cercana a la carretera en las afueras de Vitebsk, detrás de una cárcel, estalló un gran incendio.

La ciudad estaba en llamas, el barrio de los pobres judíos. Se llevaron la cama y el colchón, a la madre y su bebé a sus pies, a un lugar seguro al otro lado de la ciudad. Pero, ante todo, yo nací muerto. No quise vivir. Imaginaos una burbuja blanca que no quiere vivir. Como si la hubieran atestado de cuadros de
Chagall.

La pincharon con alfileres, la metieron en un cubo de agua. Al final se queja con un leve piar. Esencialmente, yo nací muerto. Quisiera que los psicólogos no sacaran de ello conclusiones inconvenientes. ¡Por favor!

Sin embargo, esa casita, cercana a la carretera de Peskovatik, ha permanecido intacta. La vi, no hace mucho. Mi padre, apenas se hubo enriquecido, la vendió. Me recuerda el chichón en la cabeza del rabino verde que pinté, o una patata, flotando en un barril de arenques y bañada en salmuera. Al contemplar esta casita desde lo alto de mi reciente «grandeza», me agitaba y me preguntaba:
«Realmente: ¿Cómo he podido nacer aquí? ¿Cómo puede uno respirar en este lugar?».

Pero cuando mi abuelo, el de la barba larga y negra, murió honradamente, mi padre compró, por cuatro rublos, otra propiedad. En el vecindario, ningún manicomio como en Peskovatik. Por todas partes iglesias, vallas, tiendas, sinagogas sencillas y eternas, como los edificios de los frescos de Giotto.

A mi alrededor van y vienen, dan vueltas y se giran, o corretean bondadosamente todo tipo de judíos, viejos y jóvenes, Javich’s y Bejlines. Un mendigo corre hacia su casa, un ricachón regresa a casa. El chico del «cheder» corre hacia casa. Papá se va a casa.

En aquellos tiempos aún no había cine.  Nos íbamos a casa o a la tienda. Esto es lo que recuerdo después del abrevadero. No digo nada del cielo, de las estrellas de mi infancia. Son mis estrellas, mis dulces estrellas; me acompañan al colegio y me esperan en la calle hasta que vuelva. Pobres, perdonadme. ¡Os he dejado solas a una altura tan vertiginosa!

¡Mi ciudad triste y alegre! De niño te observaba desde nuestro umbral, pueril. A mis ojos de niño te muestras luminosa. Cuando el tabique me molestaba, me subía a un pequeño pilón. Si aún así no conseguía verte, subía hasta el tejado. ¿Por qué no? Mi abuelo también subía. Y te contemplaba a gusto. Aquí, en la calle Pokrovskaia, nací por segunda vez. ¿Habéis visto alguna vez en las pinturas florentinas a uno de esos personajes con la barba jamás afeitada, los ojos marrones y a la vez color ceniza, y la tez de barro cocido y recubierta de pliegues y de arrugas?

Es mi padre. O si habéis visto alguna de las figuras de la Hagada, con su aspecto pascual y tontorrón. (¡Perdóname, mi pequeño papá!). Te acuerdas, te hice un boceto. Tu retrato debiera de haber provocado el efecto de una vela, que se enciende y que se apaga al mismo tiempo. Su olor: el del sueño. Una mosca zumba—maldita sea—y por su culpa me duermo.

¿Hay que hablar de mi padre?  ¿Qué vale un hombre si no vale nada? ¿Si no se le puede apreciar? Y, por esta razón, me cuesta encontrar palabras adecuadas para él.

Mi abuelo, preceptor religioso, no tuvo mejor idea que colocar a mi padre—su hijo mayor—, cuando era un niño, de empleado en un almacén de arenques y a su hijo menor en una peluquería. No, no fue ni empleado, durante treinta y dos años fue tan sólo un simple obrero.

Levantaba toneles pesados y mi corazón temblaba como un barquillo turco cuando veía que cargaba tanto peso y que removía con sus manos heladas los pequeños arenques. El gordinflón de su jefe era tan distante como un animal disecado. La salmuera del arenque doraba a veces la ropa de mi padre. Los reflejos caían más allá, de arriba y de los lados. Tan sólo su cara, ora amarilla, ora blanca, esbozaba de vez en cuando una leve sonrisa.

¡Vaya sonrisa! ¿De dónde provenía? Resoplaba de la calle, por donde deambulaban sombras errantes que reflejaban el claro de luna. De pronto, vi brillar sus dientes. Me recordaban los del gato, los de la vaca, cualquier tipo de dientes. Todo me parecía misterioso y triste en mi padre. Imagen inalcanzable. Siempre cansado, preocupado, tan sólo su mirada ofrecía un reflejo suave, de un azul grisáceo.  Con su uniforme, grasiento y sucio por el trabajo, con anchos bolsillos de donde sobresalía un pañuelo rojo apagado, regresaba a casa, alto y flaco. La noche entraba con él.


De sus bolsillos sacaba un montón de pasteles, de peras confitadas. Con su mano arrugada y sucia las repartía entre nosotros, los niños. Llegaban a la boca más deliciosas, sabrosas y translúcidas que si vinieran de la fuente de la mesa. Y una noche sin los pasteles y las peras que salían del bolsillo de papá era una noche triste para nosotros.  Sólo se llevaba bien conmigo, este corazón del pueblo, poético y aturdido por el silencio.

Ganó, hasta el final de sus mejores años, poco más de veinte miserables rublos. Las pequeñas propinas de los compradores tampoco hicieron mejorar su sueldo. Pero mi padre no fue un muchacho pobre. La fotografía de sus años de juventud y mis incursiones en el guardarropía me demostraron que mi padre se casó con mi madre dotado de una cierta fuerza física y financiera que le permitió regalarle—a una chica joven de baja estatura que todavía creció después de casarse— una magnífica bufanda.

Cuando se casó, dejó de mandar su sueldo a su padre y llevó su propia casa. Pero antes quisiera terminar el perfil del abuelo barbudo. No sé si durante mucho más tiempo se dedicó a enseñar a sus alumnos. Dicen que fue un hombre respetable. Cuando  visité su tumba con mi abuela—hace diez años—y estuve mirando el monumento, no tuve la menor duda de que había sido un hombre honrado. Un hombre valioso, un santo.

Descansa cerca del río, en la valla negra donde corre el agua turbia. Bajo la colina, cerca de otros «santos» muertos hace tiempo. Aunque erosionada, se ha conservado bien, la lápida con las inscripciones en hebreo: Aquí descansa... La abuela me la señalaba con el dedo: «Mira la tumba de tu abuelo, padre de tu padre, y mi primer marido». Sus labios susurraban sin alcanzar el llanto. Murmuraba palabras, o bien palabras suyas o bien rezos. Yo la escuchaba lamentarse, inclinada sobre el sepulcro, como si aquella piedra y aquella pequeña colina fueran el abuelo, como si se entregara a las profundidades de la tierra o como si fuera un armario cualquiera en el que descansara un objeto encerrado para siempre.

«Te   lo  suplico,  David,   reza por nosotros. Toma la Basheva. Reza por tu hijo Chat y enfermo, por tu débil Zoussy, por sus hijos. Reza para que sean hombres buenos con Dios y con el mundo». Sin embargo, la abuela me era más familiar. La buena mujer estaba compuesta tan sólo por un mantón que le envolvía la cabeza, una falda corta y una cara arrugada. Una estatura de apenas un metro.
En su corazón, una devoción hacia sus hijos preferidos y hacia el libro de plegarias. Cuando enviudó, se casó, con la aprobación del rabino, con mi otro abuelo, padre de mi madre, viudo él también. Esta primera pareja murió el mismo año en que mis padres se casaron. Al trono subió mi madre.

Título: Mi vida | Autor: Marc chagall | Colección: El Acantilado, 103 | Temática: Arte, Biografías, Memorias y Diarios | Traducción: Martí Bassets |ISBN: 978-84-15277-54-5 |Encuadernación: Rústica cosida |Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 224 | Precio: 14.00 euros

Articulo: http://www.elboomeran.com 03/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...