samedi 24 mars 2012

Mario CASARTELLI/ El hilo en la memoria de la afrodescendencia


El hilo en la memoria de la afrodescendencia
Por Mario Casartelli

La herencia cultural de los negros que vinieron al Paraguay con Artigas sigue hasta hoy. Aquí un homenaje a su largo aporte al país.

Les voy a contar la historia de un niño color carbón que golpeaba en la memoria sobre un cajón de jabón". Así comienza una canción dedicada a don Santiago Medina, patriarca de la comunidad de afrodescendientes, kambakua, enclavada en los límites entre Fernando de la Mora y San Lorenzo. Casi dos siglos atrás, en 1820, soldados que acompañaron al general Artigas en su destierro, fueron, en su mayoría, hijos de hijos de hijos de esclavos negros. Con la anuencia del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, ingresaron al Paraguay, y de los tres grupos en que fueron distribuidos, a unos les tocó instalarse en el sitio que pasó a denominarse Kambakua.

Larga es la historia de los negros en el mundo, no sólo por los siglos de la implantación de la trata de esclavos, sino también por el dolor inmenso que generaciones de ellos padecieron en ese lapso. Trescientos años de cacería ininterrumpida, de saqueo, de despojo, de sometimiento, de huidas, de lucha y muerte, determinaron que ese hecho fuese hoy considerado la mayor hecatombe de la humanidad. Sobrecoge el sólo imaginar que iban encadenados en barcos hacia distintos puntos del planeta, cuando ni siquiera sabían lo que era un continente, cuando no sospechaban qué mares de distancia los separaban para siempre de sus raíces. Y acaso ni sabían que el planeta se llamaba Tierra. La película Amistad, de Spielberg, detalla los horrores experimentados durante la travesía, cuando iban enlazados no sólo por grilletes, sino también por lenguas extrañas. ¿Cómo decir, cómo expresar, cómo comunicar algo, si nadie hablaba la lengua del otro? Condenados a esa impotencia, el peso de la esclavitud se les multiplicaba.

Los esclavistas hacían frío cálculo hasta en la distribución de los cautivos. Por ejemplo, una familia compuesta por madre, padre e hijos era separada ya en Sierra Leona. Y cada miembro era seleccionado según su procedencia, para después ser ubicado al lado de gente de otros pueblos que hablaban otras lenguas, de modo tal que no pudiesen comunicarse entre ellos. Uno era enviado a los EE. UU., otro a Cuba, otro a Holanda, otro al Brasil, otro a España y así sucesivamente, para que nunca más supiesen los unos de los otros. Ello condujo a que gran parte de la injusta riqueza forjada en el mundo estuviera erigida sobre el sudor y la sangre de los negros.

Traídos en el siglo XVI al Paraguay

En estas latitudes, durante el marasmo del coloniaje español, algunos africanos fueron traídos a estas tierras, por primera vez, ya en el siglo XVI, como el caso del negro Pacheco, según cita Josefina Plá en su excelente libro Hermano negro. Fruto de aquellos seres que vinieron con Artigas, exactamente un siglo después, en 1920, nació Santiago. Entonces, la colectividad recluida en Kambakua se dedicaba a las capueras, cuyas hectáreas, cedidas por Francia, abarcaban el espacio donde hoy se encuentra el Hospital Materno Infantil (los espacios que Francia les concedió fueron reducidos vertiginosamente por el Gobierno stronista, cuyos personeros se apropiaron a puro antojo de esas tierras). Allí los afrodescendientes cultivaban poroto, mandioca, batata y caña de azúcar. Nada de tamboreos, porque los sacudones de la denominada Triple Alianza --que debiera denominarse Cuádruple Alianza, por la injerencia británica-- hizo desaparecer casi todo instrumento musical.

"En las capueras del barrio no había un solo tambor, porque todos se extraviaron vaya a saber con qué Dios. Pero el niño oía el ruego de algún remoto tambor, y sentía un cosquilleo en la piel y el corazón".

Nos cuenta don Santiago que a sus doce años de edad, al concluir la labranza, él se sentaba a descansar sobre unos cajones de madera que contenían jabones. Y allí, en medio del silencio, se ponía a percutir con las manos los ritmos que alguna vez oyó de sus mayores.

"Bom, bom, bom... bom, bom, bom... El hilo de la memoria pendía de aquel cajón". Vaya a saber qué designios operaban en su ser. Lo cierto es que se le sumaban otros niños y así reiniciaban, sin saberlo, la fiesta de tambores. "Al fin de cada jornada comenzaba su bom-bom. El niño recuperaba la herencia que no perdió. Esas síncopas sonoras, que parecían un mito, fueron llenando las horas, y otra vez se hicieron rito". Ceremonia de ritmos y danzas, culto, esencia, que los caracteriza. Santiago Medina, aquel niño inocente de Kambakua, no sabía que a través de sus latidos rescataría trozos de lo más preciado de un pueblo: la memoria colectiva. "El ritmo de un sol lejano de ese modo se salvó, todo gracias a las manos del niño sobre el cajón. Y el hilo de la memoria nunca, nunca se soltó".

Guerra, música y astillero. Trabajo pesado

La historiadora Margarita Durán Estragó me refirió que en los archivos de la Biblioteca Nacional halló, por mero azar, unos datos notorios: durante la Guerra Guasu (1864-1870), los trabajos más duros los realizaban los negros, quienes también eran los primeros enviados al frente de batalla. Sus mujeres debían lavar los atuendos de los heridos, expuestas a contraer enfermedades contagiosas. Al final de la guerra, muchos prefirieron ir como esclavos al Brasil, con la esperanza de encontrar a alguno de los suyos. Esto me recuerda la siguiente anécdota: en 1974, estando yo en Belo Horizonte, Brasil, vi cruzar a una anciana centenaria de piel oscurísima. Era, me dijeron, una paraguaya que cuando niña había llegado al Brasil como esclava. La miré en silencio y nada dije. Cuántas preguntas no hice y cuántas respuestas se perdieron para siempre por la torpeza de mi limitada curiosidad.

Influencias

Hay códigos culturales que están en nosotros sin que sepamos de dónde provienen. El ritmo musical del 6x8, por ejemplo, del cual se nutrieron no solo la polca y la guarania (con sus leves variantes de galopa y kyre'ÿ), también está presente en gran parte de casi toda América (joropo, malambo, etc.), como también en España. Y esa raíz nace en el África. Lo mismo acontece con ciertos platos culinarios, como el chipa kavure, inspirado en el kishimá traído por los negros o el kisama de los afronordestinos del Brasil.

Fuego (1596)

Fuego en los astilleros de Asunción. No el fuego de la inquisición, sino el fuego de la liberación. Un gobernador español, de cuyo nombre no quiero acordarme, tuvo alguna vez la idea de construir un barco en Asunción. Era su proyecto --entre comillas-- "rescatar" negros en la costa de Guinea para traerlos como esclavos durante la colonización. El gobernador exigió trabajar gratis a la gente, pretextando que era un deber para "Su Majestad, el rey". Ávidos capitalistas vecinos, de Tucumán, propiciaban todo aquello por querer acumular más capital. Cuando se terminó la nave, la autoridad obligó a la gente también a contribuir para los bastimentos del barco. Con la carabela cargada, un día, antes de partir, un fuego enorme en la noche el barco comenzó a consumir. Y ahora imaginemos que aquel fuego fue obra de la propia gente, buscando así evitar que aquellos tránsfugas mercasen de esa forma una vez más.

Articulo:  http://www.ultimahora.com 23/03/2012

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