samedi 17 mars 2012

Mario CASARTELLI/ Elogio de los árboles


Elogio de los árboles
Por Mario Casartelli

Un libro clásico de Jean Giono, publicado hace varias décadas, mueve a la reflexión de Mario Casartelli sobre el futuro del planeta Tierra.
 
Hay unos versos de Jorge Teiller que no me canso de citar: "Y nunca olvides que las ciudades no son sino accidentes que no prevalecerán frente a los árboles". Aunque esas cosas las sabemos, nuestra memoria se embota y tiende a olvidar. Y, como siempre --o casi siempre--, reaccionamos cuando ya es tarde.

Un pequeño libro extraordinario, El hombre que plantaba árboles, del escritor francés Jean Giono (1895-1970), narra en pocas páginas la historia de un hombre que se pasó la vida haciendo lo que señala el título, y, gracias a ello, sin que el protagonista lo supiera (porque murió antes de verlo) aquellos incontables árboles que crecieron bajo su cuidado salvaron zonas donde las guerras no hicieron sino devastaciones. Fue escrito a mediados del siglo XX, pero sus planteamientos tienen vigencia asombrosa ante los desajustes ecológicos que hoy sacuden nuestro planeta.

Aun queriendo evitar sombríos vaticinios, es imposible ignorar que pesa sobre nosotros una feroz amenaza. No son casuales las crecientes olas de calor que en las últimas décadas sacuden la Tierra. Ya connotados científicos advierten, desde hace tiempo, que a finales de este siglo la temperatura subiría 5 grados por encima de la actual. Y tal hecho lo vamos comprobando.

El lucro: La causante

En Paraguay sabemos --aunque aún no somos conscientes de ello-- de la depredación incesante de nuestros bosques, causada por el desenfrenado lucro de la codicia humana. También sabemos del tendal de árboles heridos de muerte para dar paso a vastos campos de soja regados con productos químicos, que por mala aplicación se vuelven tóxicos para los seres humanos, y de las víctimas con cáncer o mutaciones genéticas, registradas con nombres y apellidos. Sin embargo, seguimos como si nada, como si no necesitásemos de árboles.

Cuando un amigo y colega (poeta y periodista), sabedor de estas inquietudes, me visita portando algún libro o pequeños brotes de hierba, aspiro agradecido ese verdor, pero también imagino el retumbar del suelo ante la caída estrepitosa de árboles que durante décadas siguen muriendo ante la impunidad que rodea a sus taladores. Entonces siento que ese pequeño obsequio fraterno que llega a mi casa es un símbolo de vida. Vida de árboles, vida de nuestras vidas. Y en mis adentros brotan flores de agradecimiento. Gracias a ello tengo en mi patio un cada vez más creciente árbol de canela y otro de moringa, que me complazco en regar cada mañana, del mismo modo que lo hago con mi lista numerosa de verdores.

Un diminuto clima local

¿Cómo olvidar, entonces, las palabras del ecologista español Joaquín Araújo: "Se nos anda olvidando que respiramos el alma verde de los árboles. La transparencia que nos anima por dentro es, en efecto, la tarea lograda por los bosques. Cada árbol es un diminuto clima local. Plantar árboles es además cultura, porque los bosques han publicado todos los libros. Porque casi todos los campos cultivados fueron tierra de arboleda. Porque la palabra agricultura fue la que fundó el término cultura. O, mejor aún, sobre los suelos que primero construyeron el árbol, luego los humanos crearon civilizaciones"?

Y pensar que con árboles podemos sembrar la esperanza de sanar el planeta. Pero hacemos --repito-- lo contrario. Como si no necesitásemos de árboles. Como si no respirásemos ese verdor vital que purifica el aire enrarecido. Como si de los árboles no se hiciesen los papeles de los diarios que solemos leer. ¿Será por eso que en nuestro país no existe un solo periódico cuadernillo o suplemento semanal sobre temas ecológicos? Abordar ese tema como corresponde obligaría a reflexionar a fondo sobre las consecuencias de la devastación forestal. "Los sojales dan trabajo a muchos", responde una voz interesada. "Nadie tira contra su propio arco", agrega la jerga apresurada. Pero ambas ignoran u olvidan que la falta de árboles es la más precisa forma de jugar en contra de todos, porque a la larga nadie sale ileso de sus resultados. Ricos y pobres, negros y blancos, todos vamos a parar bajo el mismo sol cada vez más calcinante.

Así esos puntos se abordan de paso, bajo la batuta rítmica de lo mediático, que es ajena a los criterios éticos que conducen a beneficiar en forma equitativa a toda la humanidad, mientras la rea l i dad camina con otro ritmo y en el horizonte no se advierten sino cada vez más pequeños halos de esperanza. ¿Es ese el tipo de planeta que estamos dejando a nuestros descendientes?

Claro, en nuestro país también hay zonas donde la arborización cobra cada vez mayor vigor, como en Atyrá o en Lambaré. Pero no basta con eso. Hay que seguir plantando árboles, aquí y allá y más allá. Y si los recuperamos, los cambios climáticos volverán a ser favorables. "Porque --como dice Araújo-- el árbol, en pie, vivaz y, como siempre, con sus enormes brazos abiertos, es equivalente a un fármaco prodigioso". De eso supieron nuestros mayores, nuestros indígenas, nuestros campesinos. Salvemos a los árboles. Salvémonos.

* Lo que dijo José Saramago

Imagino que Jean Giono habrá plantado no pocos árboles durante su vida. Sólo quien cavó la tierra para acomodar una raíz o una esperanza de que venga a serlo podría haber escrito la singularísima narrativa que es El hombre que plantaba árboles, una indiscutible obra maestra del arte de contar. Claro que para que tal cosa sucediese era necesario que existiese un Jean Giono, pero esa condición básica, afortunadamente para todos nosotros, era ya un dato adquirido y confirmado: el autor existía, lo que faltaba era que se pusiese a escribir la obra. También faltaba que el tiempo transcurriese, que la vejez se presentara para decir: "Aquí estoy", pues tal vez solo con una edad avanzada, como ya entonces era la de Giono, es posible escribir con los colores de lo real físico, como él lo hizo, una historia concebida en lo más secreto de la elaboración de ficción. El plantador de árboles Elzéard Bouffier, que nunca existió, es simplemente un personaje construido con los dos ingredientes mágicos de la creación literaria, el papel y la tinta con que en él se escribe. Y con todo, acabamos conociéndolo a la primera referencia que de él se hace, como alguien a quien estuviéramos esperando hace mucho tiempo. Plantó miles de árboles en los Alpes franceses, después esos miles, por acción de la propia naturaleza así ayudada, se multiplicaron en millones; con ellos regresaron las aves, regresaron los animales de los bosques, regresó el agua, allí donde no había nada más que secano. En verdad, estamos esperando la aparición de unos cuantos Elzéard Bouffier reales. Antes de que sea demasiado tarde para el mundo.

* Así escribía Jean Giono

La creación estaba en el aire, por doquiera, se veía como si la sucesión estuviera tomando su propio camino. Él no se preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo. Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en los arroyos que en la memoria de los hombres habían estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me había dado la oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos habían llevado agua, habían vuelto a florecer. Algunos de estos tristes poblados, de los que había comentado al comienzo de mi relato, estaban construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían sido cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.

El viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas razones para vivir. Realmente la transformación había tenido lugar de manera tan paulatina que había penetrado y se había instalado en la costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los cazadores que subían a la soledad de las montañas para perseguir liebres o jabalíes habían constatado también la presencia de pequeños árboles. Sin embargo, atribuían los cambios a los procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que nadie había tocado su obra, porque nadie en absoluto había llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito. ¿Quién podría imaginar que en estos poblados y administraciones existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una generosidad extrema, que llegase al punto de ser sublime?

Articulo: http://www.ultimahora.com 22/01/2012

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