vendredi 9 mars 2012

Mario VALDOVINOS/ Los Apasionantes malditos latinoamericanos


Los Apasionantes malditos latinoamericanos
Por Mario VALDOVINOS

Cuando emerge un poeta maldito lo hace porque todas las condiciones de la tragedia están dadas o, por lo contrario, él se encarga de suscitarlas debido a la remota contradicción entre el artista incomprendido y el mundo.

Ambas aparecen en este apasionante volumen que da cuenta de malditos latinoamericanos. De los diecisiete destacamos a Teresa Wilms Montt. La biógrafa, Alejandra Costamagna, escoge el registro emotivo para desmenuzar a esta escritora “suicidada” por la sociedad en quien la vida, como ocurre con frecuencia en el malditismo, devora a la obra que, creemos, ha resistido mal el tiempo, no así su sacrificio y su rebeldía de mujer inmolada por un medio social represivo.

Semejante es el caso de Rodrigo Lira, también suicida, un esquizo en el Chile ochenteno, Performer y desinstalado. El biógrafo, Óscar Contardo, recurre a quienes lo conocieron y la obra del poeta resulta hoy, más que en su momento, clarividente ante la paranoia y el delirio persecutorio de la época.

Entre los rasgos básicos del malditismo están el amor/odio a la familia, la huida, el exilio o el refugio en lo que resta del cuerpo; la sed de vivir, el autocastigo y la tentación de lo imposible: nudos sin desatadura. Todo aquello debe ser hecho poesía.

Por alguno de estos umbrales entra la vasta figura de Joaquín Edwards Bello, perfilada por Roberto Merino. Fue un tábano reprendedor de “ese renacuajo fétido llamado el chileno”.

Ludópata y cronista torrencial; un memorioso y un bohemio pestífero. La mascara de si mismo; un meteco aquejado de “parisitis” y un novelista nostálgico de Valparaíso, cuyo viento nunca pudo llevárselo.

César Moro, poeta peruano aquejado de galicismo mental, vivió entre la Lima de los años 20, huachafa y sumisa, y Paris, publicando sus libros en francés. Fue un surrealista, con una vida mas caudalosa que su poesía, inencontrable. Un hombre que experimento l’amour fou y murió por él. Su biógrafo, Marco Avilés, recurre a entrevistas de críticos que han seguido su huella y a los diarios íntimos de Moro. Termino en la Lima de los años 50, dando clases de francés en el colegio militar Leoncio Prado.

Mariana Enríquez logra una total sintonía con la sombra que dejo Alejandra Pizarnik, particularmente los testimonios de dos de sus cercanos: Fernando Noy y Juan Jocobo Bajarlia. Como buena parte de los escritores malditos, Alejandra redacto diarios y envío cartas de ahogada para, indistintamente, avisar o acelerar su proceso de autoaniquilación. Padeció de desordenes mentales, consumía píldoras contra la ansiedad, las depresiones, la incomodidad con sus seres queridos y con su cuerpo, que amaba y destetaba.  En su breve pero deslumbrante obra poética, deseo: “Hacer con mi cuerpo el cuerpo del poema”.

En el empeño se fue su tiempo, detenido antes de los cuarenta; residió en clínicas siquiátricas y compuso un libro de nombre “Extracción de la piedra de la locura”, a la que toda la vida quiso sacársela de su mente.

Articulo:  http://www.mer.cl 04/023/2012

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