samedi 24 mars 2012

Mauro LIBERTELLA/ El sistema LEVRERO


LITERATURA
El sistema Levrero
Por Mauro LIBERTELLA

Acaba de publicarse “El alma de Gardel”, una novela del escritor uruguayo, previa a “El discurso vacío”.

Los grandes escritores construyen sistemas, y a partir de cierto punto cualquiera de sus textos puede entrar en sintonía, y discutir, y chocar, y completar el mapa de su obra. Una vez que un escritor erigió un sistema, a partir de entonces todo lo que escriba entrará en él, y el asunto se tornará potencialmente infinito. En el siglo XXI, y en Latinoamérica, Roberto Bolaño jugó ese juego, pero el vértigo de la enfermedad lo obligó a acelerar y saltear etapas. El caso de Mario Levrero, más modesto, más uruguayo si se quiere, es menos rimbombante pero igual de trascendente para la literatura de nuestro continente. El plan de reedición casi total de la literatura de Levrero que viene emprendiendo Mondadori hace algunos años pone en un nivel de sentido aprehensible los distintos momentos de la escritura creciente del uruguayo, y va completando, pieza por pieza, como en un rompecabezas, un sistema de escritura terriblemente moderno y de avanzada, que cuando termine de ser leído va a ser un golpe profundo a los cimientos sobre los que descansa la narrativa en nuestra lengua.

En este contexto, acaba de aparecer El alma de Gardel, un librito breve y luminoso que había aparecido en 1996 en una editorial independiente uruguaya. El relato es inmediatamente anterior a El discurso vacío, y la contigüidad no es inocente: en El alma de Gardel se prefigura, de un modo incipiente pero palpable, lo que sería el último Levrero, el de La novela luminosa, obra maestra por excelencia.

El alma de Gardel está estructurado como una especie de diario sin fechas, como un cuaderno de notas o una novela quebrada; lo mismo da. En El discurso vacío y en La novela luminosa esta estructura se profundizaría, pero El alma de Gardel es ese momento en el que Levrero va dejando la narración para reecontrarse con ella cambiada: lo “narrativo” está ahora fragmentado, pero justamente por eso está en todas partes. No es el viejo gesto vanguardista de escamotear lo narrativo en pos de una experiementación con el lenguaje que lo domine todo; se trata, más bien, de que lo narrativo no prime como en la novela clásica pero explote a cada rato. Todo es narrable, parece decirnos Levrero. Y no solo todo es narrable sino que todo es “Literatura”. Leemos en el libro: “No importa que me falle la memoria, o que me engañe, inventándome cosas o, peor, deformándome cosas. Lo que importa es que lo que yo escribo sea Literatura, es decir, que si alguna vez alguien lo lee, lo encuentre interesante, o entretenido”. La operación de Levrero es doble. Por un lado, incorpora todo a la literatura, ampliando el campo de batalla –quiere que todo sea literatura, según escribe–, y por otro lado da vuelta el sentido de lo “literario” –quiere entretener, divertir.

En el momento en el que todo es narrable, saltan las jerarquías y la literatura se despoja de los binarismos: en los cuadernos de Levrero es lo mismo una historia propia o una historia ajena, un sueño o una vigilia, una idea o una anécdota. Con naturalidad, el narrador le confiere el mismo grado de perplejidad y apatía a todo lo que cuenta, y todos los materiales pasan por el filtro de su subjetividad. En ese sentido, El alma de Gardel es un libro de la intimidad, sí, pero sin el despliegue del ego ni la construcción megalómana de una figura de autor. Las cosas simplemente pasan, y le pasan al que las escribe, y no sabe muy bien por qué pero las escribe. Eso es todo. Esa es la enseñanza más simple y más redentora del libro, y es un golpe de humildad para todos los narradores latinoamericanos. Si Bolaño nos enseñó que todavía se puede escribir la Gran Novela Latinoamericana, Levrero nos dijo que no hace falta escribirla.

Articulo:  http://www.revistaenie.clarin.com 23/03/2012

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