samedi 17 mars 2012

Pedro B. REY/ El pánico de todos los tiempos


Libros y autores
El pánico de todos los tiempos
Por Pedro B. Rey 

Aleksandar Hemon, estadounidense de origen bosnio, se vale en El proyecto Lázaro de un oscuro caso de principios del siglo XX para dar forma a una novela actual y personal

El crítico George Steiner definió como "extraterritoriales" a aquellos escritores que nacen en una lengua y escriben en otra. Joseph Conrad y Vladimir Nabokov son los ejemplos notorios, aunque, más discutiblemente, también entraba de refilón en la categoría un autor como Borges por el papel clave que cumplió el inglés en su formación temprana. Esos escritores, cuando tienen un talento desmesurado, hacen sonar con repiqueteos ajenos, con ecos de otro orden la lengua ajena (Nabokov opera sobre el inglés después de haber escrito largamente en ruso, su lengua materna, pero también se da el caso contrario: en Borges, es el inglés, según Steiner, lo que rarifica su español).

Al escritor de origen bosnio Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964), radicado en Estados Unidos, se lo asoció de inmediato con aquellos antecesores. Las fugas lingüísticas en literatura no son necesariamente tan novedosas ni productivas como décadas atrás y la filiación suena a lugar común, pero puede justificarse en la evidente vocación de Hemon por moldear un inglés distintivo y personal. El escritor había llegado a Estados Unidos en 1992, como turista, y ante el estallido de la guerra en los Balcanes, optó por no volver. Se dio cinco años para aprender y escribir en la lengua de su país adoptivo, y en 2000 publicó una sarcástica, brillante y algo desordenada colección de relatos, La cuestión de Bruno, en que se rememoraban los paisajes de la infancia, se narraba a la ambigua luz de la figura paterna la historia del famoso espía Richard Sorge o discurría sobre la llegada a Estados Unidos de un desquiciado álter ego del autor, Josef Pronek. Las tramas balcánicas, el fantasma de la Yugoslavia de Tito, la impronta del exilio hicieron de Hemon un autor temáticamente excéntrico. Algo parecido, para bien o para mal, ocurría con su prosa que, para algunos críticos, seguía la florida senda de Nabokov, al que el bosnio reivindicaba (astutamente) como una de sus influencias mayores, y, para otros, abusaba del diccionario de sinónimos.

El proyecto Lázaro, publicada originalmente en 2008, es la segunda novela del escritor bosnio. La primera, El hombre de ninguna parte, retomaba y expandía las aventuras del ya citado Pronek. La identidad, sus fluctuaciones y la perplejidad del desarraigo son también temas decisivos en estas páginas, lo que tal vez sea la razón de ser de toda una literatura o su simple condena. "El hogar es allí donde tu presencia no pasa desapercibida", razona Vladimir Brik, narrador y nuevo álter ego del autor, aunque mejor integrado a la sociedad estadounidense que su predecesor. Como Hemon, Brik vive en Chicago, escribe columnas periodísticas y tarda su tiempo en darles forma a sus libros. Sobrevive gracias a los buenos oficios de Mary, su mujer estadounidense, cirujana, pero, con algo de culpa, está a la caza de una beca que le permita investigar un caso histórico que convoca su atención: el asesinato a principios de siglo de Lázaro Averbuch, un joven judío, supuesto anarquista, a manos del jefe de la policía de Chicago.

El proyecto Lázaro se propone -como ya ocurrió tantas veces- como la crónica de un fracaso: es la novela de la novela que no se pudo, o no se quiso, escribir, pero que, gracias a la confesión parcial de su impotencia, termina por revelarse novelesca en el momento menos esperado.

La obra funciona como un díptico. Por un lado, la historia de Lázaro (y la de su hermana Olga, y la de su amigo Isador, dado que Lázaro muere en la primera escena), que transcurre en 1908 y se narra de manera discontinua, a la par que el lector asiste a las reflexiones dubitativas de Brik, a sus propios dilemas maritales o nacionales, y a sus frustraciones creativas.

Aunque inspirado en una historia verídica, el referente histórico presenta los problemas de toda alegoría sometida a una alta exposición. Hemon parece reconocer el problema, y, en vez de moderar su evidencia, la tensa al límite. Lázaro, que sobrevivió a un pogromo en Europa y terminó en Estados Unidos con una fascinación que no desentona con la que sintió Karl en la América de Kafka, no sólo sufre una muerte violenta, absurda y canalla. Lo espera además una vida póstuma más cruel todavía: se lo acusa de complotador anarquista (un insulto que, en aquel principio de siglo, justifica indirectamente su muerte) y sobre él recaen en masa los estereotipos políticos y raciales que maneja el poder de la época. Incluso el cadáver es robado por unos estudiantes de medicina y mutilado, sin tener en cuenta las promesas de resurrección presentes en el nombre bíblico del muerto. El pánico a las ideas radicales, el miedo al extranjero, la histeria social aluden visiblemente a la paranoia y reacciones posteriores al 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, y reducen esa franja de la historia a un cómic brutal o cuento aleccionador.

Pero "Lázaro" no deja de ser un proyecto: los trazos gruesos de ese destino trágico se van fundiendo y diluyendo en el tronco del verdadero relato: las peripecias de Brik, el escritor. Es en el avance zizgzagueante de esa narración personal, que ocupa la mayor parte del volumen, donde se anuda la novela. Picaresca en sus inicios, la trama de la vida de Brik va desplazándose poco a poco hacia terrenos más lábiles. "Ciudadano razonablemente leal de dos países", casado "con una mujer autóctona", una vez al año el protagonista se comporta como un "patriota bosnio" y concurre a los festejos de la comunidad en suelo estadounidense. La fecha de la independencia real de Bosnia, en los años noventa, fue un 29 de febrero, "un embrollo -anota Hemon- típicamente bosnio". Esa primera parte de la novela -a diferencia de la historia de Lázaro- es vagamente jocosa, como si Hemon, actual ciudadano de Chicago, buscara rendirle homenaje a Saul Bellow, el novelista más reconocido de la ciudad. La aparición de Rora, un antiguo condiscípulo que se dedica a la fotografía, es dado a la fábula y a los chistes folklóricos de dudosa calidad, le da un impulso decisivo a todo el libro. Es él quien incita a Brik a realizar el viaje a Kishinev, la ciudad moldava de donde provenía Lázaro Averbuch, y quien, al acompañarlo en su travesía, permite un periplo etnográfico en que se van detectando las huellas trágicas del pasado y del presente. El Este europeo, curiosamente, ha sido también territorio frecuentado por otros escritores estadounidenses más jóvenes (Jonathan Safran-Foer y Gary Shteyngart). El fotógrafo Rora, al que Brik no quiere especialmente, es también el medium para poder rememorar -sea lo que cuenta verdad o pura invención- la guerra de los Balcanes y sus implicancias más mafiosas y rastreras.

Hemon, todo hay que decirlo, no se parece a Nabokov. Quizá sea más justo relacionarlo por su ironía con otro balcánico, Danilo Kis, al que también admira, aunque en los sutiles entresijos de El proyecto Lázaro su prosa -fielmente reproducida por Rita da Costa- luzca más americana que nunca. Ser "extraterritorial", al fin de cuentas, no es una norma, sino una excepción.

*EL PROYECTO LÁZARO
Por Aleksandar Hemon
Duomo
Trad.: Rita da Costa, 362 páginas, $ 77 .

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 15/03/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...