samedi 24 mars 2012

Pedro Pablo GUERRERO/ Bernardo TORO, el convidado de Jorge EDWARDS


Novelista chileno Inédito en español:
Bernardo Toro, el convidado de Jorge Edwards 
Por Pedro Pablo GUERRERO

Radicado en Francia desde los 17 años, el escritor chileno ha publicado dos novelas en francés y traducido a varios autores latinoamericanos. Jorge Edwards lo invito a participar en el seminario de homenaje por sus 80 años leyendo una ponencia acerca de su próxima novela, todavía inédita: “El descubrimiento de la pintura”.

No de piedra, en ningún caso, pero fue el convidado incógnito del seminario dedicado a Jorge Edwards. Un nombre que nada decía a los asistentes, aunque figuraba en el programa junto a los de reputados críticos, profesores y un rutilante premio Nobel de Literatura. Por eso causaba aun mas sorpresa que a este desconocido “escritor chileno radicado en Francia” le fuera confiada la misión de exponer acerca de la próxima novela de Edwards, “El descubrimiento de la pintura”, todavía inédita, lo que – para usar la expresión del propio Toro esa tarde en el CEP -, equivalía a “presentar la guagua” en sociedad. Una criatura que solo él y Vargas Llosa habían tenido la oportunidad de conocer.

Con Bernardo Toro no queda otra alternativa que partir desde el principio. Decir que nació en Santiago en 1964 y se fue a los 17 anos a Francia seria lo más simple. Pero nada es tan sencillo en la vida. Toro venia de una familia de izquierda. Su padre había sido exonerado de la universidad después del 11 de septiembre y trabajaba en la Fundación de la Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (Fasic) sacando a refugiados políticos que conmutaban sus penas de cárcel por el destierro.

“Nosotros nos manteníamos en una especie de exilio interno, sin participar en ninguna actividad social porque sentíamos que hacerlo era apoyar al gobierno. Fue la razón por la que me puse a jugar ajedrez. El ajedrez es un juego militar, y en ese momento era preferible conocer las reglas y la estrategia militar para desenvolverse. Además no tenia nada que hacer, era una vida muy triste”, recuerda Toro.

Llego a ser campeón juvenil en Chile y vicecampeón sudamericano. Eso le permitió salir muy temprano del país, gracias – por esas paradojas de la política – al programa de talentos deportivos impulsado desde el gobierno por Digeder, con el financiamiento de la Polla Gol. Su máximo logro competitivo llego el año 1980, en Dortmund, Alemania, cuando Kasparov le ofreció tablas. Cinco años mas tarde el soviético llegaría a ser campeón mundial.

Toro, en cambio, abandono el ajedrez. Fatigado de practicar todos los días desde las tres de la tarde, después del liceo, sin tiempo para leer. Le gustaba la literatura europea, sobre todo la de Francia. Por eso – y porque tenia una abuela francesa, lo que facilito los tramites para sacar la nacionalidad – después de egresar de la enseñanza media, Toro se fue a ese país.

Se matriculo primero en Letras modernas en Paris VII y luego se cambio a La Sorbonne para estudiar Literatura francesa. “A Proust lo descubrí allá – recuerda -. Fue mi primer gran descubrimiento literario. Me encanto, me deslumbro totalmente a pesar de que no comprendía bien cuando recién lo leí, porque no tenía un dominio del francés y Proust es un autor difícil. Hasta ese momento me acercaba a los libros por la historia, pero no por el estilo mismo, y ahí le tomé el gusto a la lengua francesa, que me pareció extraordinaria, y comprendí por la primera vez lo que era el estilo, fuera de toda consideración de intriga y contexto”.

Por diferencias con su profesor guía, nunca termino su tesis sobre el punto de vista en la obra de Proust. “Lo que aprendí lo he utilizado en mi trabajo literario”, dice hoy, con dos novelas escritas y publicadas en francés: Contretemps (2006) y De fils à fils (2010). La primera, sobre un joven chileno que llega a Paris a comenzar una nueva vida, cansado de la dictatura, decidido a “cambiar de lengua y de piel”, y conoce en un café que frecuentan los exiliados a la esposa de un refugiado de extrema izquierda.

El manuscrito del segundo libro de Bernardo Toro tuvo una acogida inmediata. Tres editoriales – Métailié, Albin Michel y Stock – quisieron publicarla, pero Stock le contesto primero. De fils à fils (De hijo a hijo) es una novela de corte familiar, intimo, la historia de un hombre con una infancia difícil. Su padre llega a casa tarde, mal y nunca. La madre dice que es buscador de oro, pero en realidad tiene otra familia. Aunque se ambienta en una región montañosa cercana a San Felipe, no hay en el libro referencias precisas de época ni lugar. “Me interesaba que no tuviera ninguna relación con Chile, porque yo me siento sobre todo escritor, no defensor de una cultura. Quería escapar a esa etiqueta que te ponen de escritor latinoamericano que siempre va a hablar del golpe y el exilio”, dice Toro.

Su tercera novela, sin embargo, que escribe gracias al apoyo de la beca Missions Stendhal, del Ministerio de Asuntos Extranjeros de Francia, regresa a la contingencia histórica al describir, a través de la vida de una militante socialista, el proceso de cambios en todo orden de cosas que se produjeron en Chile desde fines de los anos sesenta. Su titulo, Qui d’autre à part nous (Quién sino nosotros), alude al destino de sus protagonistas: “Gente muy joven que se da cuenta de que el combate que libran esta perdido, que la maquina represiva los va a demoler y su trabajo es completamente estéril, pero al mismo tiempo comprenden que alguien tiene que hacerlo y no se pueden quedar con los brazos cruzados”.

Con solo dos libros publicados, Toro ha conseguido un reconocimiento que no esperaba. Le Parisien, el diario mas leído de Francia, se refirió a él como “el autor con mas ambición literaria de su generación y el que mejor domina la lengua francesa”, lo que no esta nada de mal para un escritor que aprendió ese idioma a los 18 años.

La lección del maestro

Bernardo Toro y Jorge Edwards se conocieron en Francia el ano 2007. Toro presentaba en La maison de l’Amérique  Latine, de Paris, su novela Contretemps mientras Edwards hacia lo propio con la traducción francesa de El inútil de la familia. Tres anos mas tarde, cuando Edwards fue nombrado embajador en Francia, un grupo de organizaciones del exilio chileno en ese país lo declaro “Persona non grata”.

“Me pareció un síntoma escalofriante desde un punto de vista político – recuerda Bernardo Toro – No puede ser, me dije, y sentí ganas de apoyarlo, de ayudarlo, de decirle que en el exilio no todos éramos así. Como persona de izquierda, me sentí aun mas tocado por esta reacción terrible de gente que se quedo pegada en el discurso de la Guerra Fría: “Si no estas conmigo, estas contra mi”. Además comparto, a pesar de que me siento mucho mas de izquierda que él, la posición moderada y yo diría profundamente democrática de Edwards”.

A causa de esto y del trabajo de escritura de su tercera novela, Toro empezó a leer Los convidados de piedra.
“Me di cuenta de algo evidente: esa novela no había sido traducida al francés por la publicación de Persona non grata, que le había significado a Edwards quemarse con toda la intelligentsia francesa, que era en un 95 por ciento de izquierda. Además, en 1978, el año en que apareció Los convidados de piedra, Francia, Europa y el mundo entero esperaban un libro de corte testimonial sobre las victimas de la dictadura militar. Pero esta novela, en la que Edwards hablaba de estos burgueses que se reúnen en Zapallar para festejar porque va a beneficiarse del golpe y dirigir el país durante los 17 anos siguientes”.

Toro cree que existió una censura no asumida sobre la novela de Edwards y, debido a esto, tiene el propósito de publicar Los convidados de piedra en Francia. Traductor de escritores como Ramón Díaz Eterovic y el argentino Pablo Ramo, él mismo hará la versión en francés. “Me gustaría ver publicada la novela de Edwards en Francia junto a El infierno de Luz Arce: un libro testimonial sobrecogedor, de gran valor antropológico, que curiosamente incluso en Chile desapareció. En 2013 se cumplen los 40 anos del golpe de Estado y mi novela va a salir en ese momento también”.

Respecto del origen de la amistad que mantiene con Edwards, Toro explica: “Hay que pensar que en la embajada no tiene muchas posibilidades de hablar literatura, entonces el hecho de que pueda conversar conmigo va creando una amistad. Nos tenemos una confianza reciproca. De “El descubrimiento de la pintura” me paso una primera versión hace seis meses, luego una segunda y una tercera. He leído las tres. Cuando me pidió que viniera al seminario acepté encantado, porque he estado muy metido en esa novela, la he seguido, hemos hablado mucho de ella”.

Toro destaca en “El descubrimiento de la pintura” los paralelos entre la música y la plástica. “Es una novela muy penetrada de arte. Total, en ese sentido”, indica. Y llama la atención sobre el momento en que Edwards la empieza: “En la escritura de sus memorias, Edwards encuentra la necesidad de ir mas lejos, y la única manera es con la libertad que le otorga la literatura. Por eso tiene que hacer un paréntesis para profundizar en este pintor que en la historia familiar es un personaje oscuro, mediocre, la faz sombría de Joaquim Edwards Bello: un personaje luminoso, brillante. Fondo es como el reverso de esa medalla”.

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Bernardo Toro, editor de revistas

“No sé por qué yo siempre he sido de revistas. Debe ser el lado militante que no tuve”, comenta Toro respecto de su gusto por fundar publicaciones. La primera fue Lieux Extrêmes, una revista teórica de arte y literatura en la que, entre 1988 y 1993, colaboraron, entre otros, Jacques Derrida, Jean Baudrillard y Julia Kristeva. Alcanzo a durar siete números y cerro por falta de financiamiento.

En 1998, Toro fundo Rue Saint Ambroise, una de las tres publicaciones que hoy existen en Francia dedicadas al cuento. La revista, que ya alcanza 28 números, aparece cada tres meses y recibe un promedio de 150 relatos en cada edición. Aunque publica fundamentalmente narraciones en francés, mantiene un contrato para traducir y editar al ganador del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo. Aparte de este convenio, Toro incorpora, en cada número, dos o tres traducciones del español. Además de Jorge Edwards, ha publicado a Andrea Maturana y el próximo número incluirá un cuento de Alejandro Zambra.

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ENSAYO: Proxima novela del autor chileno
“El descubrimiento de la pintura”, de Jorge Edwards
Por Bernardo Toro

Este libro aun no publicado surge durante la redacción de las memorias del escritor chileno. Se podría incluso considerar un consecuencia de la excavación autobiográfica realizada por el autor.

No resulta difícil imaginar lo que pueden ser los días de un embajador en un país como Francia, ni lo que puede ser para un escritor volver después de tanto tiempo al lugar de su juventud.

Resulta mas difícil imaginar a Jorge Edwards emergiendo de la noche negra de Paris, sentado frente a su escritorio con una jornada abrumadora por delante y muchas otras por detrás, sacando del primer cajón un cuaderno, ese que dice “El descubrimiento de la pintura”, mientras el reloj mural (que por supuesto no existe, como tampoco existe el cuaderno, el libro fue escrito en una computadora) marca las seis y media de la mañana. No creo que se trate solamente de disciplina, ni de ambición literaria. En ese afán hay algo mas necesario y me atrevería a decir místico, si se entiende por místico todo acto que encuentra en si mismo su propia razón de ser. Si la vida es, como decía Scott Fitzgerald, un proceso de demolición, la literatura es quizás una de las pocas cosas que resiste, por la simple razón que la escritura es demolición, un ensayo del Juicio Final, en el cual nuestras vidas son puestas en la balanza. Personalmente, no creo que ningún escritor, Edwards aun menos que otros, crea realmente en la capacidad redentora del arte; la literatura no es más que un “quizás” y la escritura tan solo una apuesta. Tomarla demasiado en serio es privarse de su humor, de su ambigüedad, de su irreverencia. El tema profundo de la ultima, vital, mística, de la practica artística desligada de toda idea de reconocimiento social. “El descubrimiento de la pintura” cuenta ni mas ni menos la historia de un hombre que se consume por no poder seguir ejerciendo su arte.

Esta novela surge durante la redacción de las memorias de Edwards. Podríamos incluso considerarla como una consecuencia de la excavación autobiográfica realizada por el autor. Jorge Rengifo, su personaje principal, aparece como un cadáver exhumado mientras el autor rastreaba las tierras profundas de su infancia. Un hallazgo casual y de poco valor que cobra poco a poco relevancia y termina encerrado una clave importante del pasado del autor.

Una cierta mañana, Edwards decidió interrumpir sus memorias y retomar el cuento que dio origen a la novela. Por más que le hiciera un espacio, Rengifo no cabía en sus memorias. El personaje que lo inspiro sin duda que cabía y demasiado; el espacio que éste ocupo realmente en la vida de Edwards fue seguramente tan minúsculo, que le resulto imposible poner tanto significado en un ser tan ínfimo. En todas las memorias, por escrupulosas que éstas sean, hay alteraciones de proporciones, omisiones, brotes de ficción, pero a veces estas operaciones no bastan. Llega un momento en que las memorias no pueden contener la fuerza de expansión de un personaje, la fuerza de condensación de un recuerdo que anexa muchos otros. Tal acontecimiento, tal personaje. Requiere cortar las amarras que lo retienen a la realidad biográfica del autor. Pero esta liberación no es en más que aparente. La imaginación obedece a nuevas leyes que el escritor ignora, pero a las cuales se somete. Hay una lógica en ficción que el escritor no inventa, solo reconoce.

El personaje principal de esta novela, Jorge Rengifo, o Fonfo, es un auténtico caballero santiaguino, gris y misterioso, que ira ejerciendo con el pasar de los años una extraña fascinación. Oscuro empleado durante la semana en un departamento de cerrajería, Fonfo es un pintor de domingo, sin reconocimiento y sobre todo sin cultura, que se desinteresa totalmente por las obras de los demás.

Esta novela es apasionante por la complicidad que Edwards sabe instalar con el lector y por esa cualidad que yo llamaría tacto literario y que consiste en conocer los mas mínimos efectos de su prosa en el lector, como si en definitiva éste fuera para Edwards un libro abierto, en el que él lee todo lo que le va ocurriendo en el transcurso de la lectura de sus libros. Uno de los secretos literarios de Edwards es el uso que hace de los adjetivos. Pocos escritores pueden permitirse usarlos como él, en tal abundancia, sin fatigar la frase, ni quitarle al lector su espacio vital. Su forma de yuxtaponer adjetivos divergentes, de manera de hacerlos entrechocar como bolas de billar despidiendo destellos de sentidos (no significaciones, solo destellos de sentidos) es muy llamativa. Esta técnica genera al interior de la frase una suerte de tensión interna, como las burbujas en una copa de champaña. No creo ser el primero ni el ultimo en decir que el estilo de Edwards es burbujeante como una copa de champaña.

Esta novela, tan placentera, esta plagada de personajes antipáticos. Muchos de ellos se reúnen en las sesiones musicales que organiza los domingos por la tarde el medio hermano del narrador. Estas sesiones constituyen otra de las sorpresas del libro. Este “Descubrimiento de la pintura” es también un descubrimiento de la música. Los paralelos que Edwards establece entre los gustos musicales de Fonfo y su pintura constituyen, del punto de vista estilístico, los mejores momentos del libro. Pocos escritores saben hablar de música y de pintura con propiedad; no me refiero aquí a un asunto de cultura, sino a la capacidad metafórica que permite traducir los efectos visuales en efectos auditivos y viceversa. Ese juego de correspondencias requiere que un novelista no sea tan solo un prosador, sino también un poeta. “El descubrimiento de la pintura” es una novela en la cual, como decía Claudel, “el ojo escucha” y el oído ve.

Pintor autista que ignora la pintura de los otros, Fonfo es a pesar de todo un artista y el narrador que comienza a escribir sus primeros poemas no posee otro referente. Fonfo lo atrae sin poder llegar a constituir un modelo. Uno de los aspectos originales de esta obra reside en la ausencia de figuras incitativas.
“El descubrimiento de la pintura” es una novela de aprendizaje sin mentor en la cual de manera subyacente algo se transmite. La fuerza de repulsión generada por el padre y el medio hermano juega quizás un rol más preponderante que la débil fuerza de atracción del personaje principal. Edwards apunta aquí a la esencia de toda vocación literaria, un escritor escribe sobre todo contra algo o alguien; este combate es el motor oculto pero esencial de su vocación.

Al final de la novela, Fonfo accede a la prosperidad, lo que le permite emprender un viaje a Europa donde por primera vez contemplara las obras maestras de la pintura universal. De este descubrimiento de la pintura tardío, deslumbrante, demoledor, Fonfo no se repondrá jamás. Su fin nos recuerda el de Bergotte en La búsqueda del tiempo perdido, quien muere frente a un cuadro de Vermeer, convencido de que toda su obra no vale el fragmento de pared amarilla que contemplar anonadado. Algo parecido le ocurre a Fonfo que de vuelta a Chile dirá: “Parece que se me olvido pintar… O a lo mejor nunca supe”. Palabras lapidarias que su esposa interpreta con una sensatez digna de Sancho Panza: “Quizás habría podido ser feliz sin necesidad de pintar, con el solo recuerdo de los maravillosos cuadros que le había tocado ver al final de su vida”. ¿Por qué en lugar de hacernos feliz el parte puede destrozarnos? La esposa no lo comprende, quizás porque como la inmensa mayoría, ella piensa que el arte contribuye al desarrollo personal. Fonfo puede gozar pasivamente de la música, pero no de la pintura, cuya contemplación lo aniquila. Su desinterés no era una extravagancia, sino más bien un sistema de defensa destinado a proteger lo esencial: su deseo de pintar.

Este tema del pintor victima de su propio fracaso esta presente en dos de las más importantes obras literarias escritas sobre la pintura: La obra maestra desconocida de Balzac y La obra de Zola. Los escritores suelen ser crueles con los pintores, podríamos preguntarnos por qué tal ensañamiento, pero las preguntas ya están de más. El día comienza a aclarar en Paris. Son las ocho y media de la mañana. El computador sigue encendido, por Fonfo, el entrañable Fonfo ya se desvanece. Dentro de unos pocos minutos, la actividad volverá a la embajada, la vida retomara su curso, como siempre ha sido, real, demasiado real.

Articulo:  http://www.mer.cl 18/03/2012

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