samedi 17 mars 2012

Robert DOUGLAS-FAIRHURST/¿Puede una novela inconclusa ser una obra maestra?


Finales imprevistos: sobre “El rey pálido” de David Foster Wallace:
¿Puede una novela inconclusa ser una obra maestra?
Por Robert Douglas-Fairhurst

Las novelas no terminadas suelen fascinar. Desde Dickens hasta Fitzgerald y Nabokov. Así como el libro que David Foster Wallace estaba escribiendo cuando se suicido. El profesor de Oxford Robert Douglas-Fairhurst saca sus conclusiones. Y hay ejemplos chilenos, desde Baldomero Lillo a Bolaño.

Hasta los mejores escritores a veces se quedan sin palabras. Más dificultosas todavía son las ocasiones en que quieren librarse de ellas. ¿Cómo se debe poner fin a una novela? La antología de 1995 hecha por Georgianne Ensign Grandes finales (“Great endings”) compendia algunas de las opciones modelo, desde el optimismo (“Y vivieron felices para siempre”) al desanimo (“Y las cosas nunca volverían a ser lo mismo”).

Pero una categoría importante no esta en su lista. Se la podría llamar “el final imprevisto”: la ultima frase que esta garrapateada en el cuaderno del escritor antes de que su proyecto tropezara con una interrupción, o la pagina que fue encontrada en su maquina de escribir después de su muerte – siendo la muerte una especie de bloqueo del escritor del cual nadie se salva.

El primer tipo de final imprevisto por lo general atrae simpatías, indudablemente ayudado por el número de aspirantes a novelistas que escriben solo un puñado de capítulos antes de que su obra sea trasladada desde el escritorio a un tranquilo lugar de descanso eterno, tal como una caja en el ático, donde sus bordes se puedan enroscar sin ser molestados.

El segundo tipo es mas a menudo asunto de comedia, como cuando los caballeros en “Monty Python y el Santo Grial” descubren las ultimas palabras de José de Arimatea talladas en una pared: “Aquel que sea valiente y puro de espíritu puede encontrar el Santo Grial en el Castillo de… Aaaaarrrrgggghhh”.

Ambos tipos pueden tocar las fibras de corazón. Una novela inconclusa es un Peter Pan, una novela neonata, detenida en una etapa temprana de desarrollo y perseguida por los fantasmas de lo que podría haber sido. Y su popularidad parecer ir en aumento.

En año 2010 vio una excesivamente promocionada adición al género: El original de Laura, de Nabokov, que reproducía las fichas manuscritas del autor en papel perforado, lo que permitía a los lectores barajar la historia en el orden que escogieran.

El ano 2011 la atención se desplazo a El rey pálido, de David Foster Wallace, que ofrece una versión aun mas extrema del paquete de tarjetas de Nabokov: 200 paginas de una novela inconclusa que fueron encontradas prolijamente apiladas sobre el escritorio del autor al momento de su suicidio en 200, vinculadas con docenas de otros fragmentos que el agente de Wallace descubrió apiñados en diversos cajones y gavetas.

Perlas perdidas

El resultado, dependiendo del punto de vista, es o un brillante ejemplo de trabajo forense editorial o algo tan auténtico como uno de esos monstruos (fenómenos) de espectáculos victorianos  creados al coser retazos de pieles de distintos animales. No hay duda de que el libro va a provocar reacciones que eran desde el aplauso embelesado hasta un cínico mirar al techo. La única reacción que no debería provocar es sorpresa. Después de todo, las novelas encabadas, aquellas, tienen una historia tan larga como la novela misma. El cuento de Henry James “La edad madura” se trata de un novelista que esta en su lecho de muerte, pensando en las historias que podría hacer creado, y observa que “La perla es lo que no tiene impurezas, lo que queda, lo perdido”.

Obras como El rey pálido muestran hasta qué punto el mundo editorial ira tras la creación de una perla artificial en torno a los restos de arena que un novelista deja tras de si. Pero el agente y el editor de Wallace están lejos de lo inusitado en su deseo de traer a la luz obras perdidas. Seria posible surtir una pequeña biblioteca con obras sin terminar, publicadas de manera póstuma, comenzando con El ministerio de Edwin Drood, de Dickens, pasando por ejemplos tan diversos como El ultimo magnate, de Francis Scott Fitzgerald; El hombre sin atributos, de Robert Musil, y las obras completas de Franz Kafka, que fueron rescatadas de las llamas por su albacea literario Max Brod, en afectuoso desafío a los deseos de olvido del propio Kafka.

Su atractivo

El atractivo de estas obras puede ser difícil de explicar. Uno no compra una chaqueta con un solo brazo; entonces, ¿por qué escoger lo que equivale a un muñón creativo o un esbozo narrativo? Por cierto, los autores de best sellers tienen lectores garantizados, estén o no disponibles para la firma de libros.

Uno se pregunta si una obra póstuma como Latitudes piratas, de Michael Crichton, ¿habría atraído tanta atención si hubiera sido escrita por alguien con la doble desventaja de ser desconocido y de estar vivo? ¿Habría tanto alboroto en torno a la “casi terminada” cuarta novela de Milenio, de Stieg Larsson, si no hubiera la expectativa de una suculenta disputa sobre los derechos de autor? El auge de la novela neonata también parece abarcar factores meno cuantificables. Tales obras ofrecen un pase privado al taller del escritor, donde podemos ver las ideas surgiendo desde la página en blanco como las estatuas de Miguel Ángel desde el mármol. En una cultura que se ha vuelto cada vez más suspicaz respecto del entretenimiento relucientemente empaquetado, las novelas inconclusas regresan la escritura a un estado que parece más auténtico, más genuinamente experimental.

Reemplazan la revelación completa por los provocativos placeres del vislumbre.

En el caso del El rey pálido, por supuesto, también existe la fascinación morbosa de leer aquello en lo que Wallace estaba trabajando cuando se mato. Incluso el mas firme defensor de la travesura posmoderna encontrara difícil de leer este “tornado” de fragmentos (una metáfora que Wallace apunto en algunos de sus cuadernos) sin preguntarse en qué medida el estado fracturado de la obra reflejaba el estado mental del autor, y como se debería reacciono ante el hecho de que muchos de los capítulos se apagan a mitad de párrafo. A pesar de su ingenio y humor, El rey pálido corre el riesgo de ser leída como poco mas que una nota de suicidio: interrupciones a si mismo y silencios que muestran al autor ensayando como perder su voz para siempre.

El fin corona todo

A primera vista, tales narraciones a la deriva y dando tumbos pueden parecer singularmente reñidas con los modelos tradicionales de cómo funciona la novela. “El fin corona todo”, escribió Shakespeare en Troilo y  Crésida, y desde Jane Austen hasta Bridget Jones esa, habitualmente, es la manera en que la forma ficción al ha sido entendida.

Considerando que la vida cotidiana esta llena de cabos sueltos, se piensa, la última página de una novela nos ofrece una tranquilizadora sensación de plenitud: un modelo de orden en un mundo desordenado. Ese es un lado de la historia. El otro lado implica un reconocimiento de que los finales narrativos pulcros son potencialmente tan artificiales como el sibilante cierre del telón en un escenario; de ahí, las alternativas del siglo XX, tales como el final de Huxley para Un mundo feliz, que termina con “…”, un apagarse narrativo que también se ve extrañamente parecido al inicio de un mensaje de S.O.S.; o el de Joyce par Finnegans Wake, que termina con una frase inacabada que se repite en las palabras iniciales de la novela, haciendo de la experiencia de lectura del total un poco como estar atrapado en una inmensa puerta giratoria.

Pero novelas anteriores a menudo están dispuestas a lucir como si se hubieran interrumpido sin terminar. El viaje sentimental, de Laurence Sterne, y Casa desolada, de Charles Dickens, por ejemplo, ambas terminan con guiones, alcanzando el mundo de sus lectores como un pequeño puente. Ambas nos recuerdan que, en cierto sentido, toda novela esta incompleta hasta que es hecha suya por sus lectores.

David Foster Wallace parece haber admitido todo esto desde siempre. Su primera novela, La escoba del sistema (“The broom of the system”), terminaba en mitad de una frase, con el editor ficticio RIck Vogorous explicando que “Puedes confiar en mi… Soy un hombre de”. Automáticamente nos encontramos rellenando lo que falta: “palabra”, lo que es a la vez una broma acerca de los editores, quienes siempre tienen la ultima palabra y un recordatorio de que hemos sido colaboradores de Wallace desde el principio. Su cuento “El neon de siempre” termina dos veces, una con la frase “Ni una palabra más”, y de nuevo dos paginas antes, con una nota que concluye “FIN”. Es, por tanto un ejemplo admirable de acierto editorial que el fragmento escogido para concluir El rey pálido tiene “tú” como ultima palabra; “Ella esta ahí, hablando tranquilamente, y también tú”. Porque es a él a quien los escritos de Wallace se dirigen: no al autor, sino a “ti”, el lector.

Todo o que él escribió estaba inconcluso, porque se presentaba como una de las partes de un pacto: él extendería el sentido de lo posible para sus lectores, y todo lo que pedía era que ellos poblaran su mundo de ficción para hacerlo sentir menos solo. Hizo de todo lo que escribió una obra en progreso. Pero por otra parte, como un personaje de una de las obras de Tennessee Williams apunta: “La humanidad es simplemente una obra en progreso”.

Traducción: Patricio Tapia
Articulo: http://www.mer.cl 11/03/2012

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