samedi 24 mars 2012

Sandro Romero REY/ Ser o no ser John MALKOVICH


Artículo
Ser o no ser John Malkovich
Por Sandro Romero Rey

No solo se trata de uno de los íconos contemporáneos de Hollywood. John Malkovich ha hecho de su rostro la imagen del villano por excelencia. En su reciente visita a Colombia, el actor trajo de vuelta a las tablas el talento que lo ha convertido en un mito del cine: su capacidad de revolver, entre el amor y el odio, lo que sentimos por el malo de la historia.

En la entrevista titulada El cine según Hitchcock, el evangelista díjole a su discípulo François Truffaut que mientras mejor fuese el villano de una historia, mejor sería una película. Esta máxima parece haberla asumido John Malkovich para inventarse el fantasma de sí mismo. El actor de Relaciones peligrosas ya no es simplemente un actor. El cine se ha encargado de inventar su propio mito, no solo en la carrolliana película ¿Quieres ser John Malkovich? (Spike Jonze, 1999), sino a través de todas las claves que, por casualidad o destino, nos ha ido lanzando a lo largo de su ya extensísima filmografía. Ahora, en el nuevo milenio, ha conseguido ser el más malo entre los malos, regresando a una de sus viejas pasiones, tan vilipendiada por los amantes de la cultura a contrarreloj: Malkovich ha vuelto a ser actor de teatro. 

Y digo “ha vuelto”, porque allí comenzó su historia interpretativa, sobre las tablas, en La muerte de un viajante. Los que no tuvimos la oportunidad de verlo, debimos esperar hasta la puesta en escena para la televisión que hizo Volker Schlöndorff de la obra de Arthur Miller. Allí estaba el irreconocible joven Malkovich, en el rol de Biff, el hijo pródigo de Willy Loman (encarnado por el ahora veterano Dustin Hoffman). Biff, ahí, es un ángel vigía. Hoy por hoy, cuando revisamos dicha versión, nos parece que el personaje del muchacho es interpretado por el nieto de John Malkovich y no por el actor mismo; máscara bonachona de una leyenda que no parece querer ser el personaje que interpreta. El rol de Malkovich en La muerte de un viajante es el del Dr. Jekyll inocente, escondiendo sin saber a su Mr. Hyde. 

Pero dicho desconcierto no solo ocurre con La muerte de un viajante. En general, es difícil murmurar el apellido Malkovich y no pensar en la sombra de un vampiro, cada vez que vemos aparecer su engreída figura de profanador de tumbas en cualquiera de los más de 65 largometrajes que lleva hasta el momento. Se ha prestado para iluminar las sombras del expresionismo en películas como Sombras y niebla de Woody Allen o se ha calcinado bajo El imperio del sol de Steven Spielberg o ha vuelto imagen lo que antaño fuese verbo en las memorables versiones para el cine de Bajo el cielo protector de Paul Bowles y De ratones y hombres de John Steinbeck (dirigidas por Bernardo Bertolucci y Gary Sinise, respectivamente).

En Colombia conocimos a Malkovich sin saberlo, jugueteando como extra en La boda de Robert Altman. Pero su nombre solo comenzaría a retumbar gracias a su interpretación del fotógrafo Al Rockoff en la película Los gritos del silencio de Roland Joffé, donde el acorralado americano se protegía los ojos con una toalla sanitaria. A partir de ese momento, uno no se vuelve a olvidar de Malkovich: así se lo proponga, así haga películas intrascendentes u obras maestras, no logra pasar desapercibido. Ha aprendido a fabricar su propia aura, el aura de un demonio que ha bajado a la tierra para comprometerse a fondo con las travesuras y los embaucamientos. Su presencia en la versión para el cine de Relaciones peligrosas (Stephen Frears, 1988) lo convertiría para siempre en un empolvado objeto del deseo, un inolvidable vizconde de Valmont, odiado por los hombres, adorado por los homosexuales y deseado por las mujeres impuras. La película, gracias a Malkovich, puso de moda en los noventa una suerte de sadismo galante, bien recibido por el público en celo que gimió con la húmeda compañía de Glenn Close, Michelle Pfeiffer y, sobre todo, Uma Thurman. Así, siempre rodeado de envidiables acompañantes, como una variación juvenil de Anthony Hopkins, Malkovich se volvería el hombre de las mil máscaras, pero con el sueño del mal entre pecho y espalda. No importa si el destino lo empuja a ser el príncipe de la bella durmiente: sus ojos indicarán que tras de sí se esconde siempre un hacha, un asesino en serie, una daga o un estupro.

John Malkovich quiere producir miedo. Anhela intimidar. Y lo sabe. Lo sabe tanto, que decidió construir su personalidad alrededor de la desconfianza. Sus gestos reposados, su mirada de subtexto, sus silencios pertinaces, todo en él apunta a que sus personajes siempre esconden un secreto que, por lo general, es el resultado de un pathos, de una oscura noche del alma. Aunque en el fondo es un villano inofensivo, exhibicionista, coqueto, con ganas de morder lóbulos, antes que de atravesar yugulares; un villano de pasarelas, confiable, de buena familia. 

A pesar de haber afianzado esta imagen del malo de la película desde finales de los ochenta, uno no logra entender muy bien cuándo el actor John Malkovich se convirtió en el mito John Malkovich. Uno se lo pregunta, sobre todo, por la película de Spike Jonze; hasta el momento en el que vio la luz, no se había dado en la historia del cine un¿Quieres ser Jack Nicholson?, o un ¿Quieres ser Dennis Hopper? No. El fin del milenio nos sorprendió con una leyenda demasiado reciente, con un demonio que, a los 46 años y con la sangre todavía fresca en las venas, ya tenía su propia caverna en los cerebros de los espectadores. 

Si me lo preguntan, consolidó su personalidad en una película aparentemente insulsa, pero que lo transformó, quizás sin saberlo, en “la unidad sellada” de John Malkovich: me refiero a En la línea de fuego, el thriller de Wolfgang Petersen que en 1993 protagonizase el inagotable Clint Eastwood, donde un “buen” guardaespaldas del presidente de Estados Unidos debe enfrentarse a un inteligentísimo asesino interpretado por nuestro antihéroe. Allí, Malkovich supo construir un hijo de puta al que adoramos por su capacidad sobrenatural para convertirse en el peor de todos. Con el desarrollo de la historia, el espectador está –estamos– en contra del héroe, en contra de Clint Eastwood. Clint ya no es Harry-el-sucio sino el veterano protector del presidente, y en el fondo todos queremos que fracase. Queremos que Malkovich mate al presidente de la república, porque Malkovich lo merece, lo ha trabajado, se ha esforzado, el malo es el héroe. Aquí, como en Seven, como en El silencio de los inocentes, uno está –qué duda cabe– del lado del villano. Para eso se inventó el cine, el teatro, la literatura. Para que nos volvamos cómplices de las conciencias torcidas. Y Malkovich siempre será en el fondo el hombre al que amamos odiar.

Asesinatos en serie y música de cámara

Ahora John Malkovich no quiere ser John Malkovich solo para la pantalla. Como Marlon Brando, uno supone que se aburrió muy pronto de ser un fantasma y ha querido librarse de sí mismo, buscar otros horizontes. Tras tocar el cielo de su propio personaje, ha regresado, para fastidio de los escenófobos, al epicentro de las tablas.

Ya en 2009, el actor había dirigido, primero en francés y luego en español, una versión de El buen canario, la obra de teatro de Zach Helm sobre los infiernos de la literatura. El asunto continuó con el montaje de la pieza La comedia infernal, escrita especialmente para él por el dramaturgo Michael Sturminger. La obra se ha presentado con inmenso éxito desde su estreno. En 2010, el actor se concentró exprimiéndola hasta sus tuétanos, en múltiples escenarios internacionales. 

Para cerrar el círculo, La comedia infernal estuvo en Colombia. Aquí fuimos testigos, en el efímero testimonio de la escena, de cómo el mito del asesino en serie se pone al servicio de una estrella. El autor del texto lo descubrió cuando se le apareció la virgen de los dramaturgos y supo que podía contar con Malkovich. ¿Qué hacer? En ese momento recordó la historia del asesino austríaco Jack Unterweger y La comedia infernal comenzó a convertirse en una realidad.

El caso Unterweger era fascinante y había desconcertado de manera significativa a la sociedad, tanto germánica como norteamericana. El asesino de una prostituta, a quien estrangulase con su propio corpiño, fue condenado a cadena perpetua en 1974. En la cárcel comenzó a escribir textos de todo tipo, incluso su autobiografía. Poco a poco se iría convirtiendo en una figura de éxito, hasta el punto de que distintos escritores (Günter Grass, Elfriede Jelinek, entre otros) pidieran su liberación. Así sucedería, después de quince años de encierro. Pero el asunto tuvo su propia vuelta de tuerca cuando se descubrió que, mientras Unterweger disfrutaba de su pequeña fama, continuaba estrangulando mujeres. Por fin sería capturado en Miami y, antes de que se le dictase sentencia, se ahorcaría en la prisión. En el documental realizado por Matthias Leutzendorff sobre La comedia infernal, el escritor John Leake (autor de un libro acerca de Unterweger, tituladoThe Vienna Woods Killer) comenta que, al haberse suicidado antes de ser declarado culpable, Unterweger es considerado oficialmente inocente.

De allí nace el texto. La obra que vimos en Bogotá es una conferencia de Jack Unterweger (interpretado, naturalmente, por Malkovich) al auditorio real en la que el asesino-escritor regresa del infierno para presentarnos su último libro. El “autor” está acompañado por una orquesta de música de cámara y algunas solistas femeninas. El contrapunto entre la vida y el discurso más allá de la muerte se multiplica. El recurso no es nuevo, por supuesto. El regreso de las profundidades es un tema que está presente de diversas formas en la literatura y en el teatro. 

Aquí volvemos al mito del actor. La comedia infernal sería un asunto muy distinto si Unterweger no fuese representado por un intérprete con la carga referencial de la estrella que nos ocupa. Todos sabemos que quien está en el escenario (o, a veces, entre el público) es el actor John Malkovich, que disfruta haciéndose el austríaco y que juega a convertirse en el cadáver, o mejor, en el alma de un asesino. El artificio es necesario para que todas las piezas de este ajedrez desencajado (Unterweger, la fama, la literatura, la ópera, la conferencia, la muerte, la impostura) convivan gracias al tácito guiño que el conjunto del espectáculo presenta. 

“Mi libro es un fracaso, igual que yo”, dice el pícaro Unterweger/Malkovich en un momento de la farsa. Y el fracaso es una de las herramientas con las cuales el actor construye su rol, vestido de blanco, con camisa negra de pepas, sobradísimo, como un dandy de medio pelo. El mismo Malkovich lo dijo en su rueda de prensa bogotana: “A mí me interesaba el personaje porque, al verlo, sabía que estaba diciendo algo falso”. ¿Cómo entonces se construye la verdad en alguien que siempre miente? A partir, creo, de una cínica sinceridad. Si Malkovich se apoyase en el engaño para construir al personaje Unterweger, terminaría condenado a los profundos infiernos. Por el contrario, estamos frente a un pícaro del cual uno podría enamorarse, gracias a su franqueza, a su calculado sentido del humor, a sus ingenuas justificaciones y, por supuesto, a la estrategia de presentación de su libro, compuesta por un dispositivo donde la ópera sacraliza su desastre, relaja los sentidos y de alguna manera nos convierte en cómplices. Así, el Unterweger que Malkovich construye es heredero indirecto de su vizconde de Valmont, es un seductor que busca el perdón a través de la indulgencia. Es, así mismo, un hijo del Mitch Leary de En la línea de fuego, con la diferencia de que en el película el personaje no pretende seducir a una multitud de espectadores, sino neutralizar a un superhéroe, enamorar con su genio al adusto Clint Eastwood. Las herramientas del Unterweger teatral se apoyan en los artificios del John Malkovich creador de monstruos cinematográficos. Su verdad radica en lo que esconde, su frenético discurso se nutre de sus silencios, su éxito se nutre del inteligente camuflaje de sus mentiras. 

Sí. John Malkovich es un astuto villano de las tablas. Su Comedia infernal nos invita a los territorios secretos de los sudores fríos. Y se aparea sin remilgos con sus antagonistas representados para el cine, aquellos antihéroes que han nutrido sin complejos nuestro agotado inconsciente. Es muy probable que, después de ver tantos asesinos ficticios en acción, la vida sea menos negra que en el cine negro o el terrible infierno de nuestros pasos diarios sea mucho más cómico, gracias a los cadáveres exquisitos que actores como John Malkovich han sabido entregarnos, con su sobrada gracia, en la pantalla de los buenos días y en los escenarios de las malas noches. 

Para terminar, debo decir que en Bogotá las opiniones sobre el actor fueron encontradas. El público del Julio Mario Santo Domingo se dividió entre los que salieron defraudados y los que preferían al asesino de la escena antes que a nuestros criminales de siempre. Otros, como yo, nos sentimos felices de curiosear a Malkovich por algunas horas: en el proscenio, en su conversación con Nicolás Montero, en sus dos noches calcadas al video que ya habíamos esculcado. Pero sobre todo disfrutamos ante la evidencia de que una representación confirma, así sea por complementación o por ausencia, que el cine se inventa la vida, y la vida finalmente termina reinventada, a través de las contundentes mentiras del teatro.

Articulo: http://www.elmalpensante.com 02/2012

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