samedi 7 avril 2012

Chuck PALAHNIUK, Al desnudo


Chuck Palahniuk Al desnudo

El autor de El club de la lucha regresa con una novela plagada de nombres propios que camina entre Eva al desnudo y American psycho

El autor de 'El club de la lucha' regresa este 12 de abril con 'Al desnudo' (Mondadori), una novela que narra la historia de 'Katherine Kenton, una estrella inestable y en decadencia (en un Hollywood ya decadente también) a lo Gloria Swanson en 'El crepúsculo de los dioses'. Sobre ella el autor admitió que le recordaba "a esa generación de mujeres que sienten que la forma más sincera de adulación es la erección masculina". Con unos ojos que matarían de envidia a la mismísima Elizabeth Taylor y el apetito sexual de Catalina la Grande, Kenton es una caricatura de la famosa actriz. Neurótica y alcoholizada, recluida en lujosas mansiones, amada por millones que solo conocen su imagen y esclava de su desesperada necesidad de ser amada, la vida de la actriz es manejada hábilmente por su incansable sirvienta, Hazie, que también es la narradora de la novela. Cuando entra en escena Webster Carlton Westward III, que corteja a Katherine descaradamente, Hazie, que sospecha de las intenciones del donjuán, se siente amenazada y decide emplearse a fondo para destruir la relación. A continuación reproducimos unas páginas del segundo capítulo del libro.

ACTO 1, ESCENA 2

Si me permiten que atraviese la cuarta pared, me llamo Hazie Coogan.

No tengo vocación de dama de compañía a sueldo, ni tampoco de ama de llaves profesional. Ahora que soy vieja mi rol es fregar las mismas ollas y cazos que ya fregué en mi juventud -he hecho las paces con ese hecho-, y aunque ella no los ha tocado ni una sola vez en la vida, esas ollas y cazos siempre han pertenecido a la majestuosa y gloriosa actriz de cine, la señorita Katherine Kenton.

Todos los días me compete a mí prepararle un huevo duro poco hecho. Encerarle el suelo de linóleo de la cocina. La tarea interminable de sacar el polvo y bruñir la cantidad nada desdeñable de objetos decorativos y baratijas con baño de oro que le han sido concedidos a modo de premios a la señorita Katie, ese trabajo también me toca a mí. Pero ¿acaso soy la sirvienta de la señorita Katherine Kenton? No más de lo que el carnicero hace de sirviente del corderito.

Mi propósito es imponer orden en el caos de la señorita Kathie… infundirle disciplina a su legendario carácter caprichoso de artista. Soy la persona a la queLolly Parsons se refirió una vez como un "espinazo de alquiler".

Aunque puede que sea yo quien pasa el aspirador por la casa de la señorita Kathie y hace los pedidos a la tienda de comestibles, mi verdadero cargo profesional no es tanto mayordomo como cerebro en la sombra. Puede dar la impresión de que la señorita Kathie es mi jefa, en el sentido de que parece darme dinero a cambio de mi tiempo y mi trabajo, y en que ella se relaja y florece mientras yo me esfuerzo; pero usando esa misma lógica, se podría argumentar que el granjero es el empleado de la gallina joven y del colinabo.

La elegante Katherine Kenton es mi dueña en la misma medida en que el piano es el dueño de Ignace Jan Paderewski... parafraseando a Joseph L. Mankiewicz, que me parafraseaba a mí, que soy quien dijo e hizo la mayoría de esas cosas inteligentes y deslumbrantes que más tarde contribuyeron a hacer famosa a otra gente. Es por eso por lo que puedo decir que ya me conocen ustedes. Si han visto ustedes a Linda Darnell en el papel de camarera de bar de carretera para camiones, colocándose un lápiz detrás de la oreja en ¿Ángel o diablo?, ya me han visto a mí. La Darnell me robó a mí ese detalle. Igual que Barbara Lawrencecuando soltó esa risa suya parecida a un rebuzno en Oklahoma. Ha habido tantas grandes actrices que me han mangado mis gestos más efectivos, y también la precisión de mi habla, que ya han visto ustedes artes de mí en las interpretaciones de Alice Faye y de Margaret Dumont y Rise Stevens. Reconocerían ustedes fragmentos de mí -una ceja enarcada, una mano nerviosa que juguetea con el cable de un auricular de teléfono- en incontables películas de antaño.

No se me escapa la ironía del hecho de que, mientras que Eleanor Powell se atribuye mi rasgo distintivo en materia de moda, que es llevar numerosos lacitos de pequeño tamaño, ahora yo hago gala de las rodillas rojas de una mujer de la limpieza y de las manos hinchadas de una fregona. Un bromista tan ilustre comoDarryl Zanuck me dijo una vez en tono despectivo que yo parecía Clifton Webb con falda a cuadros escoceses. Mervyn LeRoy difundió el rumor de que yo era la hija ilegítima secreta de Wally Beery y su frecuente partenaire en las películas, Marie Dressler.

En la actualidad, las obligaciones habituales de mi cargo incluyen descongelar la nevera eléctrica de la señorita Kathie y plancharle las sábanas, y sin embargo mi cargo no es el de lavandera. No trabajo en el ramo de la cocina. Tampoco tengo vocación de sirvienta doméstica. Mi vida está mucho menos dirigida porKatherine Kenton de lo que la vida de ella lo está por mí. Es posible que las demandas y necesidades diarias de Katherine Kenton determinen mis actos, pero solo en la misma medida en que los límites de un coche de carreras dictan los de su piloto.

Soy mucho más que una mujer que trabaja en una fábrica que produce a la siempre deslumbrante Katherine Kenton. Soy la fábrica misma. Las palabras que escribo aquí no me convierten en un simple cámara o director de fotografía; soy la lente misma: favoreciendo, acentuando, distorsionando... registrando cómo va a recordar el mundo a mi coqueta señorita Kathie.

Y, sin embargo, mi especialidad no son los hechizos. Son los hechos.

La señorita Kathie apenas tiene que hacer ningún esfuerzo para ser ella misma. El grueso de ese trabajo manual lo realizo yo, en tándem con un ejército de fabricantes de pelucas, cirujanos plásticos y dietistas. Desde que ella firmó su primer contrato con los estudios, yo me he ganado la vida peinando y acicalando su pelo a menudo rubio, a veces moreno y ocasionalmente rojo. He adiestrado su dulce tono de voz para que todo lo que ella diga sugiera una línea de diálogo que le hubiera escrito Thornton Wilder. No hay nada innato en la señorita Kathie, salvo el color violeta casi sobrenatural de sus ojos. A ella le corresponde el trono, situado en el mismo panteón de hielo que los de Greta Garbo y Grace Kelly yLana Turner, pero soy yo quien levanta el peso considerable que la mantiene allí en lo alto.

Y aunque la meta de toda sirvienta doméstica bien entrenada sea parecer invisible, esa es también la meta de todo marionetista hábil. Bajo mi control, la casa de la señorita Kathie parece dirigirse a sí misma sin problemas, y da la impresión de que es ella quien gobierna su propia vida.

No es que yo tenga el cargo de enfermera, ni de sirvienta, ni de secretaria. Tampoco ejerzo de terapeuta profesional ni de chófer ni de guardaespaldas. Pero aunque mi cargo profesional no sea ninguno de los anteriores, yo desempeño todas esas funciones. Todas las noches corro las cortinas. Saco a pasear al perro. Cierro las puertas con llave. Desconecto el teléfono, me aseguro de que el mundo de fuera se quede donde le corresponde. Sin embargo, mi trabajo cada vez en mayor medida consiste en proteger a la señorita Kathie de sí misma.

Corte a un interior, de noche: vemos la lujosa alcoba de Katherine Kenton, inmediatamente después de la cena de sociedad de esta noche, mientras mi señorita Kathie permanece detrás de la puerta cerrada con llave de su cuarto de baño anexo. Fuera de plano oímos el susurro de la ducha y los chapoteos de un baño en pleno curso.

Pese a las especulaciones populares, la señorita Katherine Kenton y yo no disfrutamos de lo que Walter Winchell llamaría una "amistad de meterse los dedos". Ni tampoco nos permitimos esa conducta que haría que la revista Confidencial nos calificara de "muchachas tenorias", o que Hedda Hopperdescribe como "chuparse el morro rosado". Los deberes de mi cargo profesional incluyen echar un Nembutal y un Luminal en el cuenco de esmalte chino que la señorita Kathie tiene encima de la mesilla de noche. A continuación llenar un vaso de diseño anticuado con cubitos de hielo hasta arriba y echarle un trago corto de whisky gota a gota por encima del hielo. Rematar la copa con otro trago corto. Y por fin rellenar el vaso con soda.

Sobre la mesilla de noche no hay nada más que una pila de guiones. Una pila tambaleante de guiones mandados por Ruth Gordon y por Garson Kanin, pidiéndole a mi señorita Kathie que regrese a las tablas. Suplicándoselo, de hecho. Entre ellos hay musicales hipotéticos de Broadway con los actores disfrazados de dinosaurios o de Emma Goldman. Una versión en forma de largometraje de animación de Macbeth de William Shakespeare, interpretada por cachorros de animales. Para que ella haga de voz en off. El eslogan: una mezcla de Bertolt Brecht con Lerner and Loewe y una pizca de Eugene O'Neill. Las páginas amarillean y se doblan, manchadas de whisky escocés y de humo de cigarrillos. El papel marcado por los aros marrones que van dejando las tazas del café solo de la señorita Kathie.

Repetimos este mismo ritual todas las noches, después de cualquier cena de sociedad o inauguración a la que mi señorita Kathie haya asistido. Cuando volvemos a su casa, le suelto el broche que tiene en la parte de arriba del vestido y le bajo la cremallera. Le enciendo el televisor. Le cambio el canal. Le vuelvo a cambiar el canal del televisor. Vacío el contenido de su bolso de noche sobre la colcha de satén de la cama: el pintalabios Helena Rubinstein de la señorita Kathie, las llaves y las tarjetas del banco, y se lo vuelvo a meter todo en el bolso de día. Le pongo las hormas dentro de los zapatos. Le sujeto con alfileres la peluca de color caoba a la cabeza de espuma de poliuretano. A continuación enciendo las velas con aroma a vainilla que tiene alineadas en la repisa de la chimenea de su dormitorio. Mientras mi señorita Kathie hace sus cosas al otro lado de la puerta del cuarto de baño anexo, en medio del borboteo y del vapor de su baño, su voz se oye monótona a través de la puerta: ladrido, mugido, maullido... William Randolph Hearst. Gruñido, chillido, gorjeo... Anita Loos.

En el centro de la colcha de satén está despatarrado su pequinés, Amoroso, en medio de un desparrame de envoltorios arrugados de papel, de las dos mitades de cartón de una caja de bombones en forma de corazón, con varias rosas plisadas de seda y brocado de color rosa grapadas a la tapa de la caja, y los pliegues plisados del encaje cayendo como flecos por los bordes de la caja. La vaporosa colcha de satén rojo de la cama está cubierta de este desparrame de cosas: los envoltorios huecos de los bombones y el pequinés despatarrado.

Del bolso de noche de la señorita Kathie caen su encendedor, un paquete de cigarrillos Pall Mall, su pastillero diminuto recubierto de rubíes y turmalinas y lleno de pastillas de Tuinal y Dexamyl que traquetean en el interior. Ladrido, cloqueo, graznido... Nembutal. Rugido, relincho, rezongo... Seconal.
Maullido, gorjeo, mugido... Demerol.

Por último cae una tarjeta blanca, revoloteando. Se posa en la cama, un tarjetón grabado de los que había en la mesa de esta noche. Sobre el fondo blanco del tarjetón, en gruesas letras negras, el nombre Webster Carlton Westward III.

Lo que Hedda Hopper llamaría a este momento -"una vida entera en Hollywood"- expira.

La imagen se congela. Un plano inserto de la pequeña tarjeta blanca tirada sobre la cama de satén, junto al perro inerte.

En la televisión, mi señorita Kathie está interpretando el papel de la reina Isabel I de España, que se ha escapado de sus obligaciones reales en la Alhambra para echarse unas vacaciones rápidas en Miami Beach, fingiendo que es una simple bailarina de circo a fin de conquistar el corazón de Cristóbal Colón, interpretado por Ramon Novarro. La imagen pasa por corte a una breve aparición como invitada de Lucille Ball, por cortesía de la Warner Bros., que interpreta a la rival de la señorita Kathie, la reina Isabel I de Inglaterra.

He aquí la historia de Occidente entera, convertida en la puta de William Wyler.

Al otro lado de la puerta del cuarto de baño, bajo el chorro de agua caliente, mi señorita Kathie sigue hablando: Ladrido, rebuzno, rezongo... J. Edgar Hoover. Yo intento oír su cháchara.

Cuelgan flecos del borde de la colcha de satén rojo, del dosel de la cama, del volante de la ventana. Todo está tapizado de terciopelo rojo, terciopelo labrado. El papel de pared, pintado con relieve de terciopelo. Las paredes de color escarlata, almohadilladas con botones y abarrotadas de espejos estilo Luis XIV. Las lámparas, atiborradas de cuentas de cristal y cargadas de cositas resplandecientes. La chimenea, de ónice y de cuarzo rosa labrado. Todo transmite una sensación de aislamiento y de silencio tan intensa que casi parece que estés durmiendo bien arropado en las profundidades de la vagina de Mae West.

Las molduras y adornos de la cama de cuatro postes han sido bruñidos hasta el punto de que la madera parece mojada. Tirados sobre ella, los envoltorios de bombones, el perro, el tarjetón. 

Articulo: http://www.elcultural.es 06/04/2012

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