samedi 7 avril 2012

Eduardo BERTI/ Sueños de TABUCCHI


Literatura / Homenaje
Sueños de Tabucchi
Por Eduardo Berti 

El autor de El país imaginado evoca en clave de ficción al creador de Sostiene Pereira

Una noche de marzo de 2012, en un hospital de Lisboa, después de haber comido una comida sin gusto ni olor, como casi todas las comidas de los hospitales, Antonio Tabucchi, escritor italiano amante de Portugal, tuvo un sueño. Soñó que estaba en París, en una casa a pocos metros de un edificio que rezaba "Facultad de Medicina", y que su mujer, María José, lo esperaba en el restaurante Vagenande para tomar un café. En la casa sonaba la voz de Roberto Goyeneche, un cantor que a él le gustaba mucho. Miró el reloj y eran las cinco de la tarde, la hora en que habían quedado con María José, pero era incapaz de irse hasta que no terminara Goyeneche; siempre le pasaba lo mismo, por más prisa que tuviera no se atrevía a interrumpir una canción. Al fin bajó por la escalera, salió a la rue de l'Université , dobló en la rue de Saints-Pères, rumbo al boulevardSaint-Germain, pero antes de llegar allí se topó con una estudiante, una futura médica, que llevaba bajo el brazo un libro suyo, un libro llamado Sueños de sueños , claro que no en italiano, sino en la traducción francesa a cargo de su amigo y también escritor Bernard Comment.

Vaya, se dijo, es la primera vez que sueño que alguien lee mi libro sobre los sueños. Y entonces, como si fuera la cosa más natural del mundo, abordó a la joven y le contó que él era el autor del libro. La estudiante, descalza y con un barbijo verde agua que le cubría la boca, observó el libro como si acabara de aparecer en su mano, dijo que no había pasado aún de la página veinte y le contó que lo había comprado por consejo de un buen amigo. Era el primer libro de Antonio Tabucchi que ella leía, salvo que en la tapa figuraba otro nombre, el de cierto Pereira. Como la joven no comprendía lo que estaba sucediendo, Antonio Tabucchi le explicó: el tal Pereira sostenía que él era el verdadero autor no solamente de este libro, sino también de muchos otros como Requiem oNocturno hindú . La joven, bastante hermosa, se puso a hacerle preguntas que se oían algo confusas, tal vez por culpa del barbijo. Preocupado porque se estaba haciendo cada vez más tarde, Antonio Tabucchi miró su reloj. Eran las tres y media, apenas. Resopló con gran alivio: tenía todo el tiempo del mundo y podía encender un cigarro.

Era una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y París resplandecía. De repente, sin embargo, se levantó un viento furioso desde el Sena. A la estudiante se le cayó el barbijo y Antonio Tabucchi vio que se parecía mucho a una enfermera del hospital de Lisboa, una que había nacido en las islas Azores, en Porto Pim. Con gesto tímido, la joven volvió a acomodarse el barbijo, que se había vuelto amarillo -como si el viento lo hubiese desteñido- y que también parecía haberse agrandado porque le cubría media cara. Antonio Tabucchi volvió a mirar su reloj. Eran las seis menos cuarto, María José iba a preocuparse, pero entonces notó que no recordaba el camino al Vagenande. La estudiante suspiró, lo tomó de la mano y, siempre descalza, empezó a caminar en puntas de pie. Al llegar al boulevard, Antonio Tabucchi vio que el paisaje era idéntico al de su pueblo natal: Vecchiano. ¿El Vagenande queda en Vecchiano?, preguntó. Claro que no, dijo la joven sin soltarlo. Una multitud de payasos avanzaba en sentido contrario, algunos tenían la cara de Berlusconi, otros no tenían cara porque estaban decapitados. Tras los payasos venían muchos caballos, tantos que tardaron una hora en recorrer doscientos metros. Por fin llegaron y el reloj de Antonio Tabucchi marcaba las dos y media.

El restaurante Vagenande se parecía demasiado al café Á Brasileira, de Lisboa. La diferencia era que, en lugar de la estatua de Pessoa ocupando una mesa en la calle, algún bromista había puesto una estatua suya, de Antonio Tabucchi, cosa que a todos los transeúntes les parecía muy normal. El autor de la escultura había resuelto incluir cierto bigote fino que Antonio Tabucchi ya no usaba desde hacía años. Con el bigote yo tenía un aire a Pessoa, ¿no lo cree?, le comentó a la estudiante, cuyo barbijo ahora se había vuelto azul. De espaldas, en una mesa que no era la de siempre, María José leía un libro de García Lorca y comía una omelette a las finas hierbas. Ahora fue Antonio Tabucchi quien guió a la joven de la mano. María José, le dijo, mira: esta muchacha es igual a la enfermera de Porto Pim. La estudiante se quitó el barbijo, a pedido de los dos, y apareció el rostro elegante, aunque cansado, de Marcello Mastroianni. Antonio Tabucchi sonrió, pese a que le daba pena que la joven se hubiera desvanecido.

-Por fin nos vemos las caras. ¿Cómo es posible, Pereira, que usted sostenga que mis libros son suyos?
-¿Por qué no? El poeta es un fingidor -respondió Mastroianni con tono burlón.
Antonio Tabucchi levantó los puños. Eso ya era demasiado.
-Vamos, Antonio, no seas tonto -lo calmó María José-. Lo que Pereira está diciendo es que él es un heterónimo.
-Como Ricardo Reis, como Alberto Caeiro -explicó Mastroianni, y le acarició suavemente la mejilla.
-No me haga reír, Pereira -respondió Antonio Tabucchi.
Mastroianni empezó a toser. Después se puso el barbijo y anunció que se retiraba.
-No, Pereira, quédese -le pidió Antonio Tabucchi.
-Lo siento, pero no puedo, dijo Mastroianni. El tiempo envejece de prisa, ¿sabe usted?
-Me gusta mucho esa frase -exclamó Antonio Tabucchi-, ¿puedo usarla en un libro mío?

Mastroianni asintió mientras se alejaba.
Antonio Tabucchi sacó el cuaderno Moleskine que siempre llevaba a cuestas, se sentó junto a María José, llamó al mozo, que se llamaba Tristano, le pidió un café y se puso a escribir. Estaba tan inspirado que, sin darse cuenta, se despertó. Era su última noche, pero él no lo sabía.

Antonio Tabucchi ha muerto, a los 68 años de edad, en Lisboa. Este texto es mi homenaje a su obra entera y, en particular, a su libro Sueños de sueños.

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 06/04/2012

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