samedi 28 avril 2012

ESPECIAL Recuerdo El Cultural/CLARÍN


Clarín filósofo
El calor sentimental de las ideas
  
Cuando, cien años después, los Artículos completos de Clarín estén al alcance del público (gracias a Ediciones Hobel), el lector podrá encontrar en ellos, como en los Ensayos de Montaigne, parcelas de buen sentido, granos de sabiduría para sazonar o condimentar, con humor o con seriedad, cualquier cocido o cualquier salpicón intelectual.

He aquí un bálsamo de sabiduría clariniana para matizar picores en momentos de fiebre.

"( ...) Hay en los estudios de erudición salidas abundantes para el prurito intelectual y de publicidad que aqueja a nuestra época; las medianías y aun las nulidades doctas y trabajadoras, asiduas en el afán de procurarse un pedazo de fama, más perecedera de lo que ellos se figuran, encuentran ancho campo en revistas y bibliotecas y archivos y sociedades científicas, en colegios y universidades, para satisfacer sus apetitos a veces inocentes; y es más, de estos esfuerzos casi anónimos, de este montón de sabiduría gris resulta a la larga algo bueno, un elemento que ayuda en alguna parte al verdadero sabio, al inventor verdadero, al hombre científico, de pensamiento original y fuerte". (Selección de Y. Lissorgues)

Era un enamorado de la religión del pensar y tenía ese don mágico de la fascinación". Quien escribe es tas palabras en 1908 es Santiago Valentí Camp, un intelectual catalán clave en el mundo editorial y periodístico de la Barcelona de comienzos de siglo (fue el director de la colección "Novelistas del siglo XX", en la que en el año 1902 aparecieron Amory pedagogía, El mayorazgo de Labran y La voluntad). Se refiere a su maestro en la Universidad de Oviedo en los años 1895-97, Leopoldo Alas, de quien recuerda-en la espléndida semblanza que de él escribió para el volumen Ideólogos, teorizantes y videntes (1922)-la defensa que Clarín hizo en mayo de 1897, a raíz de los fusilamientos de Montjuich, de la rebeldía como elemento propulsor de la reforma interior, personal, y de las grandes reivindicaciones sociales, que han de preparar el advenimiento de una sociedad sotto il regno de la vinú. "En ningún escritor utopista he leído un alegato tan caluroso y enérgico", afirma Valentí Camp.

Venía de lejos ese afán clariniano por el calor de las ideas y su pragmática. Primero fue voz de la libertad y del libre examen, ayudando a secularizar el poder espiritual en la España posterior al sexenio revolucionario (1868-1874). Después (1881-1892) pasó a ser un incansable regenerador de la cultura nacional, abriendo las ventanas a los cuatro vientos del espíritu, y terminó, sin descuidar la implicación social de las ideas (sus trabajos y sus días en la "Extensión Universitaria" ovetense así lo atestiguan), en el exacerbado espiritualismo finisecular, que traduce -mediante el fragmentarismo y la interrogación, el monólogo interior y la pasión autobiográfica- el anhelo de idealidad (la verdadera actitud moral ante la vida) en la radical necesidad -casi enfermedad- de vivir para el alma, desde la convicción del carácter central que la muerte tiene en cualquier pensamiento que se precie de serlo. Por eso postula un destino utópico, el porvenir espiritual del racionalismo armónico, tanto en la esfera de la propia personalidad como en "el sacerdocio de servir eficazmente a sus semejantes", según describe en 1890.

Anudando su aventura intelectual queda el pensamiento crítico regeneracionista, que labora en pos-lo dice el texto más emblemático de su ideario, el Discurso de apertura del curso académico 1891-92 de la Universidad de Oviedo` del "edificio espiritual de la futura España regenerada, resucitada, mediante una educación y una enseñanza inspiradas en el ideal más alto, pero llenas de vida moderna". Las invariantes de su discurso filosófico, político y moral le situaban en una trayectoria nacida en Feijoo y Jovellanos en el siglo XVlll y que encontró en su maestro, don Francisco Giner de los Ríos, al hombre extraordinario para catalizarla e impulsarla. Alas pertenece por derecho propio al linaje que Américo Castro definió en 1919 como el de los intelectuales que sintieron "con más acuidad el dolor ante el atraso español", sin que ello implique un nacionalismo alicorto o un patriotismo ciego e irresponsable. Alas no era un cosmopolita que prescindiese de la patria, pero tampoco un patriota antes que todo, porque veía en ello una manifestación del egoísmo más irreductible.

De ahí que en plena crisis del 98 pudiese escribir que "más que España amo yo al mundo, y más que a mi tiempo a toda la historia de esta pobre, incesante humanidad que viene de las tinieblas y se esfuerza, incansable, por llegar a la luz. Las cosas constantes, fundamentales, son las que más interesan, las que más valen". La utopía clariniana trascendía los límites nacionalistas: su horizonte estaba en la Humanidad, su punto de partida en texto de Krause y Sanz del Río, Ideal de la Humanidad para la vida, y su historia en el yunque incesante del trabajo intelectual que Alas aprendió de Giner.

Hijo del 68, gracias al aprendizaje krausista en la Universidad Central (1871-75) emancipó su pensamiento de joven liberal católico hacia la dignidad de la conciencia personal como eje de cualquier reflexión. En la gimnasia krausista del espíritu aprendió a echarse, por su cuenta, al mar de la filosofía, forjando un pensamiento sentimental, en el que tal y como escribió en una página autobiográfica de 1889, "el cálculo sentimental sigue bajando cuando ya se ha acabado la sonda que oscila en la incertidumbre oscura". eopoldo Alas, gracias al magisterio krausista y a los estímulos de lo que él llamaba los "pensadores artistas" (San Pablo, Fray Luis, Goethe, Leopardi, Hugo, Carlyle, Renan, Zola, Tolstoi, etc.) quiso bajar a beber al fondo de las ideas, que es el abismo del que arrancan sus reflexiones sobre la muerte, lo divino, la tradición, el cristianismo, etc., temática que según Azorín -el escritor de la generación siguiente que mejor lo comprendió cabía en "un espiritualismo indefinido, un spinozismo vago y profundo".

Alas se convirtió en el mejor maestro de ese aprendizaje. Desde su interés vivo y amoroso por las ideas mismas; desde su pensar sentimental de fondo ético, de tendencias resueltamente espiritualistas, afirmadas en la irrenunciable conquista de la realidad, transitó con más intensidad que ningún otro intelectual español por unos tiempos (el fin-de-siécle) en los que, a la par que censuraba la pobreza espiritual de sus contemporáneos, era capaz de afirmar el espíritu nuevo, que como escribe en Cartas a Hamlet (1896), "no consiste en pretender haber descubierto que se puede saber lo que tampoco el positivismo sabía si se puede saber o no. Lo que el espíritu nuevo cree haber descubierto es que no se puede vivir bien sin pensar en eso. La metafísica es, por lo menos, un postulado práctico de la necesidad nacional".

Desde su inquebrantable filiación krausista (de ahí su sátira de los krausistas afectados) y con el equipaje de la filosofía idealista (compartió a Guyau y Bergson y despreció a Nietzsche), abrió el pensamiento y la literatura española a la modernidad, con inteligencia e independencia, con melancolía e irritación, convencido -como su admirado Tolstoi-de la existencia (parafraseo a Isaiah Berlin en su magistral ensayo El erizo y la zorra a propósito del autor de Guerra y paz) "de las corrientes profundas, las raisons de coeur, que ellos no conocían por experiencia directa, pero ante las cuales -estaban convencidos- los artificios de la ciencia no eran más que una trampa, un engaño". 

En el fondo, Clarín no compartía la escandalosa campaña de Brunetiére contra la ciencia moderna. La "bancarrota de la ciencia" era una vulgaridad que escondía "el desengaño de los que han ido a buscar allí lo que allí no podían encontrar", sostiene en una de las conferencias del 97 en el Ateneo madrileño. Mientras, se sentía sabedor de que la vida del alma debe desembocar en la otredad, en la fraternidad racional y sentimentalmente entendida.

Leopoldo Alas quiso agotar el campo de lo posible, "penetrar en el misterio para saber su destino, porque teme y quiere esperar ser feliz", según dice el personaje autobiográfico de su diálogo Jorge (1899). Frente a los sistemas filosóficos prefirió la continuada guerra de guerrillas del moralista, del pensador sentimental, en la que el sacrificio, la caridad y la fraternidad son metonimias del deber moral. En fin, hizo suyo, con autenticidad el verso de Píndaro que Paul Valery tradujo como paratexto inicial de Lecimetiéremarin (1920) y que Albert Camus empleó en 1942 para abrir Le Mythe de Sisyphe: "Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de los posible!". Era el evangelio de una conducta que sabía que la Historia es nuestro único medio vital.

***
Clarín, centenario inédito

Hoy se cumplen cien años de la muerte de Leopoldo Alas, Clarín, autor de una de las novelas fundamentales de nuestra historia literaria, La Regenta, y creador de un perfil de crítico independiente que ha tenido escasos seguidores por lo incómodo y arriesgado de su actitud.

Con tal motivo, EL CULTURAL reúne a siete expertos (Sergio Beser, José Luis García Martín, José María Martínez Cachero, Santos Sanz Villanueva, Ricardo Senabre, Gonzalo Sobejano y Adolfo Sotelo) para confirmar lo due sus lectores saben: que cien años después, Clarín sigue vivo, muy vivo, y con él los inolvidables personajes de sus novelas y cuentos. También su propio personaje: fiel retratista de la sociedad en la que vivió, fue Leopoldo Alas un incómodo crítico de los vicios y los bocios de la literatura de su tiempo y de la moral de cualquier época. EL CULTURAL celebra el centenario publicando un buen puñado de inéditos de Clarín. Son varios poemas, el comienzo de una obra de teatro que jamás llegó a estrenar, una carta en la que defiende su teatro y condena la mala crítica. El último de los inéditos (último en orden cronológico) es el más sorprendente. Si había alzuna duda sobre la profunda religiosidad del Clarín de los años finales de su vida, esta hermosa declaración de principios titulada "Soñando..." lo aclara definitivamente.

Soñando...

Yo deseo para España la creación de un gran partido obrero, sin imposiciones socialistas ni individualistas, sin exclusivismos de clase ni de géneros de trabajo; un partido obrero en que quepamos todos los que, en efecto, somos trabajadores, jornaleros. Ese partido sería político y se propondría, ante todo, y como necesario camino para lo demás, la sinceridad del sufragio universal, las elecciones verdaderas; y después, el día en que se demostrara con votos que somos los más, haríamos que el Estado declarara como ley suprema la de atender a mejorar la vida de los más pobres, de los más abrumados por el trabajo y la miseria. No es posible que no fuera justa una ley cuya aspiración coincidiría con la sustancia más auténtica de la doctrina de Cristo. De este gran partido no quedarían excluidos los obreros de las artes liberales; pero sí todos los egoístas, todos los que no fueran capaces de mirar esta vocación de la defensa común según pide la austera santidad de tan caritativo propósito. En esa política obrera, la cosa pública no se podría considerar como objeto de una carrera, sino como una estrecha orden religiosa. ¡Ay de todos los partidos políticos que prescindan en su programa de la abnegación y el sacrificio! Todo hombre público que no esté preparado para ser mártir tiene algo de cómico.

Obreros que buscáis guía, jefe, capitanes; no os fijéis en la condición material de que sean trabajadores mecánicos; buscadlos virtuosos. No es lo principal que tengan callos en las manos, sino que no lleguen a criarlos en la conciencia. Entre San Francisco de Asís y cualquier Carlos Marx, yo estaría por San Francisco. Obras son amores. El Evangelio enseñó al mundo la ley redentora; pero quien lo redimió fue la Cruz.

LEOPOLDO ALAS "CLARíN"

***
En sus trece
Clarín inédito: poemas

Leopoldo Alas, como Ana Ozores, escribió poemas en su juventud. Sólo unos pocos se publica- ron en revistas de la época -reproducimos dos aparecidos en El Eco del Nalón-, quedando la mayoría inéditos; de ellos entresacamos una romántica evocación de la propia muerte y una sátira al carlismo. El Clarín de la madurez sólo cultivó, y en contadas ocasiones, la poesía satírica como en este "Nego supositum", también inédito, que publicamos en esta página.

Mi muerte 

Si el cielo bondadoso me dijera
¿cómo quieres morir?
escoge tú la muerte que prefieras, 
le contestaría así:
Quiero que sea en el sereno otoño, 
cuando un rayo de sol
ilumine las hojas amarillas 
y cante un ruiseñor
que en el bosque olvidó la primavera, 
su postrera canción.
Quiero morir como en otoño muere 
de Natura el vigor,
no quiero ver la muerte hasta tenerla 
dentro del corazón.
Como el ave en la rama morir quiero 
cantando al expirar,
y que llegue hasta el fondo de las almas 
mi canción inmortal,
que atraviese los aires y penetre en el 
seno de Dios...
y quiero que al morir selle mis labios 
el beso del amor,
el beso de una rubia a quien adoro, 
la más hermosa en que se mira el sol. 
Si el cielo me negara esta ventura 
pidiérale morir
en medio de sangrienta primavera, 
escuchando el clarín,
el ruiseñor que canta en las batallas 
el estrago sin fin.
Pidiérale morir en primavera de guerra, 
entre el horror
de las rosas sangrientas que brotaran 
de herido corazón.
También del mío, atravesado, roto, 
brotaría una flor,
roja flor de la muerte, flor sangrienta, 
pero entonces ¡oh Dios!,
al caer del caballo entre los muertos, 
al punto de expirar,
quisiera que los labios me sellara 
con un beso inmortal
de los seres celestes el más santo 
¡la hermosa libertad!

La mujer de piedra 

¡No te muevas! Así, viva figura
de la pasión que siento, 
tú pudiste mostrar en escultura 
la flor del sentimiento.

Imita tu cabeza encantadora, 
sobre el pecho caída,
la actitud humillada del que adora 
¡qué bien, qué bien fingida!

¡No me miréis! jamás el mármol frío 
imitó la mirada...
Para ser una estatua, ídolo mío, 
ya no te falta nada.

(30 enero 1878) 

La protesta eterna

Ensoñaba un brahmán en la pagoda
al pueblo soñador y entristecido, 
que era del hombre la existencia toda 
a manera de un árbol invertido. 

"Las ramas, les decía, por el suelo 
se arrastran, son hermosas, pero mueren; 
las raíces, que suben hasta el cielo, 
de Brahma al pecho con amor se adhieren".
Luego, al salir del templo, dos amantes 
decíanse, abrasándose a miradas: 
"No es verdad, catos sabios tan pedantes 
hablan de muchas cosas ignoradas". 
"No es verdad, atengámonos al hecho; 
nosotros dos vivimos muy felices,
y tiene cada cual dentro del pecho 
de la vida del otro las raíces".

(22 enero 1878)

Nego supositum

Entre las varias 
extraordinarias 
cosas que busco 
por los diarios, 
nada más chusco 
que los rosarios 
-pues, de la aurora 
con que se zurra 
hora tras hora
la gente nea
de Monte-jurra 
que se apalea 
que se hace añicos 
muy santamente 
y mutuamente
a los hocicos
del contendiente 
dispara burlas
y excomuniones 
(aquí son santas 
otras razones)
no hay más probanza 
de la doctrina, 
esta es la usanza 
de la boína. 
Azota el siglo 
-que es un vestigio 
más que futuro 
duro que duro 
las carnes flacas 
de los Pidales,
y estas urracas
sentimentales
con mucha maña 
sin escarceos 
desde la España 
se hacen los neos 
entreverados
de pensadores 
de alto coturno 
y a lo moderno 
(quieren un turno 
para gobierno) 
pero no vale, 
que el Siglo sabe 
con "quanta cura" 
y otros latines 
-que se procura
para estos fines
los entreteje 
como una araña, 
prueba a "la España" 
que es hasta hereje 
mas Pidalejo, 
chico de chispa casi de ciencia, 
[ilegible] se crispa 
con su influencia 
gracias a Moreno
que le hice bueno
lo que antes dijo
y alegre queda. 
¿Quién desenreda 
tal armadijo

CLARíN 

Clarín, acaso el crítico literario más respetado y temido de su tiempo, reflexionó también sobre el oficio de escritor, los secretos de la novela y de la crítica:

"Lo que necesita el novelista es ser buen gramático, no en el sentido de respetar hasta lo excesivo las meticulosidades de los desocupados académicos, sino en el de conocer bien el genio del lenguaje nacional y los tesoros de su diccionario. Cuando se saben muchas palabras y se ha pensado reflexivamente en su significado, es posible llegar a la exactitud y a la concisión, que tanto sirven para dar al estilo elegancia, verdad, relieve, fuerza, sus principales y más sólidas bellezas".

"La crítica propiamente literaria, la que juzga, la que empieza a ser despreciada por la llamada crítica científica, lejos de morir, revive, se transforma, se extiende y llega a ser preocupación muy seria de los mismos ingenios creadores, y de los filósofos, y de los sociólogos, y de cuantos tienen, por un concepto o por otro, que atender a la vida del arte".

"Es preferible el novelista que produce la ilusión de la realidad en tal grado que el lector olvide el medio literario por el cual se le comunica el espectáculo de la realidad imitada, y piense que directamente asiste a los sucesos que se narran en el lugar en que se suponen. Las más patéticas escenas, los más correctos rasgos de carácter de las novelas más famosas están expresados en ese estilo que recomiendo, sencillo, severo, exacto, fuerte, en el cual la retórica no es más que un medio y no un fin, como en la oratoria clásica".
"Si a mí me han llamado crítico y hasta erudito, y cosas así, no tengo yo la culpa. A otros se lo llaman, y tampoco lo son. Sin embargo, entendámonos: si crítico es el que juzga por sí mismo y no habla de los libros sin leerlos, y no comulga con ruedas de molino, y tiene su malicia literaria en su armario, crítico me soy"

"Con motivo, triste motivo, de las últimas vacantes de la Academia, se ha hablado de multitud de candidatos para llenar esas plazas... y hasta se ha hablado de autores ilustres que no han escrito ningún libro, o han escrito alguno muy malo, cuya revisión sería cosa de verdadera gracia"
"Entre nosotros [...] por una debilidad de funestas consecuencias, se deja que entre cualquiera en el ruinoso templo de la fama y que se arrincone en cambio el mérito verdadero, o por cábalas de la envidia o por el hastío de los necios [...] Críticos hay entre nosotros que muestran grandísimo talento en todo menos en aplicar justicia distributiva a los autores"

Clarín

***
A Miguel Moya, director de El Liberal

Teresa, la única obra de teatro de Clarín estrenada, recibió un furibundo ataque del crítico de El Liberal, a la que el escritor respondió con exasperada réplica. Escrita en forma de carta al director del periódico, Miguel Moya, solicita incluso "el amparo de la ley" para que sea publicada. Parece que al final se arrepintió y no llegó a enviarla. Poco después (se publicó el 13 de abril de 1895) escribió un palique para el Madrid Cómico en el que responde a todas las críticas recibidas. A Moya le dedica unas líneas que son una versión reducida y atenuada de la carta anterior: "Así como Sagasta explicó la crisis... bebiendo vasos de agua, usted debía explicarme (pero no lo necesito) por qué después de solicitar mi colaboración años y años sin decirme que la deje, se deja de publicar mis cuentos... y se publican esas cosas de Arimón y de Blasco contra mí"

Oviedo, 6 de Abril 1895

Mi querido amigo: invoco la amistad, que entre nosotros es bien firme, para la publicación de este comunicado; pero si usted no puede insertarlo en El Liberal sólo por invocar yo ese título, pido lo mismo al amparo de la ley y en las condiciones todas por ella determinadas.

Si el Sr. Arimon no escribiese en periódico que tanto circula, bien libre estaba de que yo me acordase del santo de su nombre. Escriba críticas de letras el Sr. Arimon en El Tiempo, o en El.Siglo, y yo le dejaré tranquilo, así cuando me pregunta a mí por qué no se divorcia Teresa, como cuando trata de igual a igual al Sr. Galdós y le dice que no ha escrito más que otros o contra novelas aceptables. Pero mientras el Sr. Arimon tenga la confianza de la corona, como él dice (corona que es persona jurídica, no física, colectiva, no individual) yo no puedo menos de molestar el amor propio del Sr. Arimon, declarando públicamente que no le creo digno, por ser [ilegible] literaria, de ser, como si dijéramos, el Sorcey o el Faguet o el Lamaitre de España; pues El Libera lviene a ser, por ejemplo, el Journal des Debats o Le Temps de la prensa madrileña. Y es verdad, sí, que mis propósitos, no por celos mal reprimidos, sino por amor al arte, tienden hace mucho tiempo a intrigar para que el Sr. Arimon deje que hablen de teatros en El Liberal otros que yo juzgo más idóneos. Y hasta puede ser que el Sr. Arimon supiese algo de estas intenciones mías hace tiempo; verbigracia desde el extremo de Realidad que tanto le gustó aI Cavia y le gustó poco al Sr. Arimon.

(Digo siempre al Sr. Arimon por evitar la cacofonía). Por cuanto legítimamente pudieron subir al punto las quejas fundadas de Arimon contra la mala voluntad que yo le tenía a su manera de entender la estética, fue cuando el famoso prólogo de los Condenados me hizo aludir, en varios artículos, al crítico de El Liberal y otros semejantes, en términos, valga la verdad, nada limpios.

De modo que el Sr. Arimon está cargado de motivos para alegrarse de que Teresa haya tenido mal éxito; y no es de eso, ni de que no aduzca razones para explicar por qué el drama es tan malo, de lo que yo me quejo. Me quejo, sí, y pongo el grito en el cielo, de que El Liberal no tenga un especialista para la crítica de drama y comedias. Porque el Sr. Arimon también entiende de ópera y de zarzuela y lo mismo juzga a Eehegaray que a la Ira Pretel o a Mazzini y... ya se sabe, pluribus intentus...

Arimon sigue sin explicar por qué es mala, Teresa; su único argumento es el fracaso; pero para, ese viaje no necesitábamos crítico. Así, dicho sea, sin ofensa, juzga un acomodador.

Con cierta malicia, poca (porque el Sr. Arimon ser, es bueno; probablemente mejor que yo) quiere desvirtuar la fuerza que pudiera tener a favor de mi ensayo el voto favorable de Echegaray, Galdós, Balart, Menéndez y Pelayo, Lucinda Simóes, María Guerrero; y al efecto indica que ninguno de esos señores y señoras ha salido a defender en letras de molde mi Teresa Lucinda Simóes y María Guerrero creo que tienen excusa hasta en el sexo. Los otros señores no tienen por oficio ni por costumbre defender ni atacar comedias que se estrenan en artículos de periódico. Además, contra el fallo del público no hay defensa posible, y contra Arimon y consortes... no la necesito. Sin contar que, más o menos, otros me defienden como verbigracia el Sr. E Aurioles, en el Correo; Kasabal en La Ilustración Ibérica, París en El Español, La Publicidad de [ilegible], Tarfe en El Comercio de Gijón, y el mismo Sr. BustiIlo en La Ilustración Española y Americana pues su comedida y relativa, censura, junto a elogios que estimo, defensa es comparada con los [ilegible] de Arimon. P. Ditin y otros vocales del Horror. Además, Arimon da a entender que Echegaray, Galdós, Balart y Picón me hablaron bien de Teresa después del estreno y por vía de consuelo.

No fue así, y al testimonio de todos ellos me mito. Balart me felicitó, abrazándome, en un sayo, y a mis dudas y temores contestó reptidas veces animándome y asegurándome e para él aquello era dramático y hermoso. ¿Cree el Sr. Arimon que lo que el Sr. Balart sería era que me cogiese el toro? -Echegaray apadrinó mi obra por telégrafo, con entusiasmo, en términos que la modestia me impide estampar aquí; y después no dudó ni un momento. Lucinda Simóes elogió a Teresa demo que me llenó de confianza, en los ensayos; María Guerrero.... la hizo cosa suya, creía en ella más que yo, Menéndez y Pelayo, que no la vio hasta el estreno me dijo: Me ha gustado muchísimo... lo que me han dejado oír; crea usted que hay confabulación.

Galdós.... Galdós todavía cree en que Teresa puede tener buen éxito, hechas algunas modificaciones. No; señor Arimon; no se trata de consuelos, de honras fúnebres. Consuelos cariñosos los he recibido de otros, aunque el Sr. Sellés, el Sr. Simarro, cuyo texto no invoco porque no sé si es favorable a mi obra, aunque ellos sean tan buenos amigos. ¿Quiere el Sr. Arimon mayor lealtad?

¿No ve, además, que si insiste en dudar de la sinceridad con que me animaron y alabaron mi trabajo todas aquellas ilustres personas, a quien ofende es a ellos?

Y basta. Como estéticamente no considera mi drama el Sr. Arimon, pues decir que al público no le conmovió es poco para ser crítico, no tengo por qué presentar argumentos. Además, de ningún modo discutiría yo con Arimon; me limito a pedir a Dios... y a la Corona (basta la mayoría) que... pase del Sr. Arimon ese cáliz. Por último, porque el Sr. Arimon vea que a pesar de todo, no le quiero mal, le anuncio que la suya será la primera semblanza que publiquen en la colección que titulo "Vivos y muertos". Por supuesto, va en la sección de los vivos.

Le anticipo las gracias, querido director, y soy su leal amigo

LEOPOLDO ALAS "CLARíN"

Zamora, 1852... 

1852 Nace el 25 de abril en Zamora.
1859 Se traslada con su familia a Oviedo, tras unos años en León.
1868 Nace su periódico manuscrito Juan Ruiz. Colabora con varios periódicos ovetenses. Se declara republicano. 
1869 Estudia Derecho en Oviedo. 
1871 Termina la licenciatura. Marcha a Madrid para doctorarse y estudiar Letras. Entre sus profesores estarán Urbano González Serrano, Castelar, Francisco Giner de los Ríos...
1872 Junto a Tomás Tuero, Pío Rubín y Palacio Valdés saca tres números de Rabagás, "periódico audaz" de contenido político y tono satírico.
1875 Estrena el seudónimo "Clarín" en el periódico madrileño El Solfeo. 
1878 Comienza su "mala fama ovetense" a raíz de un artículo publicado en la revista Ecos del Nalón titulado "La verdad suficiente", que no sentó muy bien en la capital asturiana.
1879 Es elegido miembro del comité de la Unión Democrática Republicana de Oviedo.
1881 Se publica Solos de Clarín, colección de artículos de crítica literaria, con prólogo de Echegaray. Comienzo de sus colaboraciones en el semanario satírico Madrid Cómico.
1882 Se le concede la cátedra de Economía Política y Estadística de la Universidad de Zaragoza. Contrae matrimonio en febrero.
1883 Se traslada a la Universidad de Oviedo como catedrático de Prolegómenos, Historia y Elementos de Derecho Romano.
1884 Su mala salud se va agravando. Muere su padre.
1885 Aparecen los dos tomos de La Regenta. El obispo de Oviedo arremete contra la novela en unas líneas añadidas a una carta pastoral, provocando un gran escándalo en la ciudad. A finales de año publica Sermónperdido, conjunto de críticas, a propósito del cual dirá Pereda: "¡Cuan tísima gracia y cuantísimo garrotazo! La verdad es que buena falta hace".

...1901, Oviedo

1886 Funda su revista Folletos literarios. Publica Pipá, libro de cuentos.
1887 Es elegido concejal de Oviedo por el Partido Republicano Histórico de Castelar. Publica dos folletos literarios: Cánovas y su tiempo y Apolo en Pafos, y el volumen de críticas Nueva campaña. 
1888 Luis Bonafoux publica el folleto Yo y el plágiario Clarín, donde le acusa de plagiar a Zola, Flaubert e Isidoro Fernández Flórez. Clarín responde con Mis plagios.
1889 Publica Mezclilla, volumen de crítica; la novela corta Superchería y una semblanza de Galdós.
1890 El cura ovetense ángel Rodríguez le somete a una persecución escrita que durará lista 1895. Clarín contesta desde periódicos locales, con gran regocijo de los lectores de uno y de otro. 
1891 Publica la novela Su único hijo. Continúan los ataques contra él.
1892 Edita Doña Berta, Cuervo, Superchería y Ensayos y Revistas. Polémica con Fray Candil que acaba en duelo. Clarín sale del lance con una ligera herida en un labio. Fray Candil diría después: "Lo que yo padecí, nadie lo sabe. ¡Tener que matarme con un hombre a quien yo quería y admiraba!". Aparece en El Liberal el cuento "¡Adiós, Cordera!".
1893 El Señor y lo demás son cuentos. 
1894 Edita Palique, colección de críticas. Es cicerone de Galdós durante la visita del canario a Oviedo.
1895 Estreno en el Teatro Español de Teresa, ensayo dramático en prosa, con mala acogida por parte de público y crítica.
1896 Aparece Cuentos morales.
1898 Apoya la creación de la Extensión Universitaria en Oviedo, convirtiéndose en uno de los pioneros de las actividades extrauniversitarias.
1901 Prepara dos libros que aparecerán ya póstumos: Elgallo de Sócrates (cuentos) y Siglo pasado (ensayos). Muere el 13 de junio a las siete de la mañana, en su casa de Oviedo, víctima de una tuberculosis intestinal.

***
La aventura de sus cartas
Clarin inédito. Espistolario

Teresa, la única obra de teatro de Clarín estrenada, recibió un furibundo ataque del crítico de El Liberal, a la que el escritor respondió con exasperada réplica. Escrita en forma de carta al director del periódico, Miguel Moya, solicita incluso "el amparo de la ley" para que sea publicada. Parece que al final se arrepintió y no llegó a enviarla. Poco después (se publicó el 13 de abril de 1895) escribió un palique para el Madrid Cómico en el que responde a todas las críticas recibidas. A Moya le dedica unas líneas que son una versión reducida y atenuada de la carta anterior: "Así como Sagasta explicó la crisis... bebiendo vasos de agua, usted debía explicarme (pero no lo necesito) por qué después de solicitar mi colaboración años y años sin decirme que la deje, se deja de publicar mis cuentos... y se publican esas cosas de Arimón y de Blasco contra mí"

Recuerda Adolfo Alas, hijo del autor de La Regenta, que a su domicilio ovetense "llegaban cartas, muchas cartas, que venían hasta de los rincones más desconocidos y apartados del mundo", de amigos y enemigos, estimadas y conservadas algunas y otras destinadas irremediablemente al cesto de los papeles, como sucedía con las que contenían "tantos recortes de papel para que me entere de que me ha insultado la prensa de tal o cual partido judicial". Son las debidas a sus colegas las de veras estimadas y, por lo mismo, conservadas, protagonistas de la aventura que andando los años, víctimas de traslados y pérdidas, quedaron en poder de Adolfo Alas, quien pensó publicar la "riquísima colección" de centenares de misivas a Clarín.

Andaba en ello antes de 1936 pero la guerra civil paralizó el proyecto al que volvería ya en los años 40 cuando, de mano de Ediciones Escorial, vieron la luz-1941 y 1943-los dos primeros y únicos volúmenes cuya continuación hizo imposible la muerte del preparador. El primero contenía cartas de Menéndez Pelayo, Unamuno y Palacio Valdés y el segundo daba completo el epistolario cruzado entre don Marcelino y don Leopoldo, buenos y leales amigos por encima de las diferencias, como destacaría Marañón en su prólogo, fechado en París, 1942: "¿Por qué no se iban a entender estos dos hombres representativos, no de dos bandos, sino de diferentes, pero leves matices de un mismo ideal?"

A la muerte de Adolfo Alas las cartas quedaron en manos de su viuda, María Cuervo, y en el domicilio del matrimonio: Somió, Gijón. Allí tuvieron oportunidad de verlas e incluso de copiar algunas Dionisio Gamallo Fierros, primero, y Marino Gómez Santos, después, los cuales dieron a conocer su texto. Gamallo lo hizo en el número 2 (20-111-1944) de La Estafeta Literaria: tres cartas inéditas dirigidas a Leopoldo Alas por Campoamor (1883), Zorrilla (1893) y don Juan Valera (1896) -quien declara alegrarse muy mucho "al notar la grande autoridad que usted tiene y la popularidad de que goza, a despecho de tantos temibles enemigos como se ha creado, ya a causa de algunas sátiras [...], ya a causa de la inusitada severidad con que a veces censura a prosistas y poetas"-: cartas "entresacadas de un epistolario inédito que, debidamente comentado, publicará en breve el escritor Gamallo Fierros". Gómez Santos utiliza en Leopoldo Alas "Clarín ". Ensayo bio-bibliográfico (Oviedo, 1952) fragmentos de cartas debidas a Pereda (1884) y Emilia Pardo Bazán (1885).

Recuerdo que un día del verano de 1964 Gamallo Fierros me telefoneó para comunicarme que acababa de comprar a la señora Cuervo, por 25.000 pesetas, el epistolario a Clarín y que pocos días después vino a enseñarme una breve muestra del mismo; la traía en su famosa y descomunal cartera, celebrada así por Dámaso Alonso: "tu inmenso carterón, con tanta ciencia y tanta poesía (¡del siglo XIX!) dentro". Fue Dámaso, director de Gredos, quien le brindó el respaldo de la editorial para publicarlo, los tomos que sean, en el orden que quieras disponer las cartas -que primero iba a atender a la cronología y más tarde (o viceversa) al orden alfabético de los corresponsales-, con una introducción presentativa del conjunto y anotadas sus piezas-muchas, muchísimas notas (se exigía Gamallo)-: a las insinuaciones gamallescas asentía Dámaso que, conocedor del temperamento de su amigo, le instaba para que pusiera manos a la obra , prohibiéndose esas distracciones -el centenario de un escritor, pongo por caso- a las que Dionisio se entregaba con facilidad. Volvió a cumplirse la maldición pues a su muerte ninguno de los tomos proyectados había visto la luz.

Sería en alguno de los diarios madrileños (Abc, Arriba) y ovetenses (La Nueva España, La Voz de Asturias) y en alguna revista (Magister, la Revista de Occidente) donde -entre 1956 y 1985- reveló Gamallo Fierros el texto de alguna de esas cartas, decorado el texto ajeno con sus sabrosos comentarios; son cartas de Galdós, Campoamor, Pardo Bazán, Santos Chocano, Navarro Ledesma, Valle-Inclán y José Martínez Ruiz (que aún no era Azorín), reducida pero ilustre representación de un conjunto epistolar-cartas "a"; falta la otra cara de la moneda; cartas "de"cuya suerte, fallecido Gamallo Fierros en enero del 2000, está en manos de sus herederos.

JOSé MARíA MARTíNEZ CACHERO

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El lenguaje de Clarín: Popularismo y modernidad

Teresa, la única obra de teatro de Clarín estrenada, recibió un furibundo ataque del crítico de El Liberal, a la que el escritor respondió con exasperada réplica. Escrita en forma de carta al director del periódico, Miguel Moya, solicita incluso "el amparo de la ley" para que sea publicada. Parece que al final se arrepintió y no llegó a enviarla. Poco después (se publicó el 13 de abril de 1895) escribió un palique para el Madrid Cómico en el que responde a todas las críticas recibidas. A Moya le dedica unas líneas que son una versión reducida y atenuada de la carta anterior: "Así como Sagasta explicó la crisis... bebiendo vasos de agua, usted debía explicarme (pero no lo necesito) por qué después de solicitar mi colaboración años y años sin decirme que la deje, se deja de publicar mis cuentos... y se publican esas cosas de Arimón y de Blasco contra mí"

Las dos vertientes literarias de Clarín-su tarea como crítico y su labor creadora convergen con naturalidad en un punto que acaso no ha recibido la atención debida por parte de los estudiosos: la preocupación del autor por el lenguaje. La pluma que reprocha a ciertos escritores la caída en incoherencias expresivas y en fórmulas inertes es la misma que vigila cuidadosamente el uso idiomático en las creaciones propias. Hay declaraciones inequívocas en este sentido: "Se crea el lenguaje naturalmente; sale de las entrañas del pueblo [...] Pero una vez nacida la palabra, ya no se la puede profanar ni falsificar impunemente... Esto tratándose del lenguaje para uso ordinario: no digo nada si se trata del lenguaje como instrumento artístico. Decir, en literatura, que es bizantina la cuestión de la forma gramatical, es como pretender que el pintor desprecie por insignificante la materialidad de los colores, y pinte con la primera droga que se le presente" La impropiedad semántica y las malas traducciones son a menudo objeto de las burlas de Clarín, no sólo en artículos y ensayos, sino en los mismo relatos. Así, la historia de Cuento futura introduce la noticia de un supuesto poeta francés que había escrito, a propósito del sol: "C'estbéte de tourner toujours comme fa. á quoi bon cette sottisse éternelle? El Sol, ese burgués, me embiste con sus platitudes". El texto continúa con otros jocosos ejemplos de traducciones disparatadas. Clarín no pierde ocasión de zaherir los usos galicistas, aunque sea de pasada: "La banalidad (como dice un escritor español que escribe a ratos en francés)... Y aduce como argumento, sin abandonar la veta humorística, la superior riqueza léxica del español: "¡Cuántas palabras tenemos nosotros que no tienen los franceses! Por ejemplo, para dar un palo se andan con circunloquios, lo cual retarda el movimiento, y ya se sabe que el que da primero da dos veces". 

La prosa de Clarín es una compleja mezcla de modernidad y popularismo. Alas declara que su dedicación a la gacetilla periodística le impide cultivar un "estilo completamente noble", y que las "frases familiares [...]' y ciertas formas alegres, de confianza, antiacadémicas [...] acuden a mi pluma sin que yo pueda evitarlo". Dejando aparte el matiz irónico de la excusa, tal vez se refiera el autor a formas coloquiales que, en efecto, salpican su prosa, como deboquirris, la sin hueso, timarse-con el sentido de "entenderse con la mirada"- o desembuchar, pero también a improperios que califican a los personajes y que parecen anunciar al Baroja más hirsuto: podrido, rapavelas, sinvergöenza, cursi, asqueroso. En usos de esta índole, el carácter despectivo aparece a menudo reforzado mediante la sufrjación: hipocritona, mediquillo, librepensadonuelo, obispillo, mayorazguete. Y no falta la creación neológica: los malos poetas, por ejemplo, son versicultores.

Es también notable el acervo de vocablos procedentes del campo de las ciencias. Algunos términos, como neuralgia, sólo existían en libros técnicos antes de que Clarín los incorporase a su literatura. Muchos de ellos se utilizan con valor metafórico, como después ocurrirá en la prosa de Ortega, y componen una nutrida lista, de la que se pueden recordarse voces como bazo, escalpelo, gastroenteritis, orgasmo y otras. También la visión de las cosas tiene sus equivalencias en términos zoológicos. La postura altanera de don Fermín de Pas le lleva a ver a los demás como escarabajos, como gusanos o como infusorios -y no sólo cuando contempla Vetusta desde lo alto de la Catedral-, mientras que la propia personalidad del Magistral se equipara en ocasiones con la figura del sapo al acecho. El uso del estilo indirecto libre, modalidad narrativa en la que Clarín es un adelantado entre nosotros, le permite al autor reflejar paródicamente, sin necesidad de acudir al diálogo, el estilo y el vocabulario peculiares de cada personaje, aprovechando de este modo, como hizo el Galdós maduro, una genial innovación de Cervantes.

Otro aspecto que sólo ha sido objeto de indicaciones parciales es el uso de los nombres propios con intención caracterizadora. En Avecilla, el personaje de don Casto Avecilla tiene una mirada que recuerda "la de la codorniz sencilla" y lleva una vida "exageradamente casta". En Su único hijo, Bonifacio Reyes es hombre pacífico y de "rostro ovalado pálido". Hay todo un elenco de personajes cuyos nombres, obedeciendo a una perspectiva nominalista, tienen que ver con su carácter o sus costumbres: don Pánfilo Saviaseca en DoctorAngelicus; ángel Cuervo en Cuervo; Serafina Gorgheggi en Su único hijo; don Patricio Clemente Caracoles y Cerrajería en Doña Berta. La lista podría ampliarse con facilidad. Otros aspectos del lenguaje de Clarín, como la modernidad en la captación de sensaciones visuales y térmicas y un uso de la sinestesia que preludia los más audaces experimentos del Modernismo, requieren todavía estudios de cierta envergadura, pero es indudable que se trata de un campo fructífero que todavía puede ofrecer muchas sorpresas. 

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Leopoldo Alas, realista romántico
Clarín: la doble condición

Por Emilia Pardo Bazán sentía Clarín al principio un respeto táctico y, pronto y en espiral, aversión creciente hacia su apego a lo exterior y su elusión de "los recónditos rincones del alma propia". "No le gusta soñar en voz alta", escribía. Y en otro lugar afirma: "es una mujer completamente prosaica"

La doble condición de Leopoldo Alas, Clarín, como crítico literario y como novelista, permite aplicar a su persona y a su obra uno de los modos indirectos de aproximarse a un escritor: observar que piensa de otros escritores y qué juicio le merecen éstos. Pues el crítico literario no reserva tales estimaciones al área de lo privado: por ejercicio propio, tiene la obligación de hacerlas públicas.

Desde muy joven, Clarín se abrió camino como periodista, y en el curso de su vida fue publicando numerosos libros y folletos, y centenares de artículos (ensayos, revistas, paliques), muchos de ellos de crítica literaria. Como autor de novelas y de cuentos, aunque entre estos pueda hallarse gran variedad de especies, se adhirió Leopoldo Alas al realismo, de cuya variante extrema (el naturalismo postulado por Emile Zola) fue Clarín, en España, el intérprete más lúcido. La Regenta-se dice y se repite-es una novela "naturalista", y lo es también en muchos aspectos Su único hijo, más orientada hacia el "espiritualismo" del fin del siglo (para mí lo estaba ya, prematuramente, la primera novela).

Releyendo al crítico para comprender mejor al novelista, se echa de ver la persistencia con que valora aquel a escritores dignos de su atención según sean más capaces, o menos, de probar estas virtudes: interioridad (frente a exterioridad), grandeza (frente a perfección limitadora), poesía (frente a prosaísmo).

Por vía de ejemplo breve, recuérdese cómo enjuiciaba el crítico Clarín a algunos novelistas españoles de su tiempo, entre los cuales podía contarse él mismo, con pleno derecho, desde la aparición de La Regenta.

Reseñando la novela Mana y María (1883), de su amigo y coterráneo Armando Palacio Valdés, acusaba la preferencia de este por "lo más exterior, lo formal", la parte política y literaria del misticismo de una novicia; y en comentario a novela posterior halla que Palacio Valdés "peca de prudente", teme lo excesivo y contiene sus ímpetus.

Por Emilia Pardo Bazán sentía Clarín al principio un respeto táctico y, pronto y en espiral, aversión creciente hacia su apego a lo exterior y su elusión de "los recónditos rincones del alma propia". "No le gusta soñar en voz alta", escribía. Y en otro lugar afirma: "es una mujer completamente prosaica; creyó que el realismo era la prosa de la vida fielmente expresada, y de ahí el preferir para sus novelas la copia exacta del mundo... sin poesía".

A Galdós, tan admirado y paso a paso estudiado por él, le aconsejaba Clarín el sondeo en los interiores de las almas; "Ye hacía notar la "apariencia retórica" de los soliloquios ensayados en Realidad (1889), y descubría con asombro que Galdós, aun en los momentos de emoción, nunca deja de ser "llano, corriente y hasta muchas veces algo difuso": "no se exalta". Le consideraba el novelista menos "lírico" posible. (Y no le faltaba razón: Galdós atrae a sus sempiternos aficionados con otros resortes: la vitalidad de los personajes, la dinámica de la acción, la amenidad del relato, la gracia del lenguaje coloquial, el recurso a la Historia; rara vez con el resplandor natal de unas pocas palabras verdaderas).

Con frecuencia, en estos y otros comentarios, habla Clarín de aquellos escritores que le valen como modelos de intimidad, magnanimidad y altitud poética: Goethe, Heine, Richter y los románticos alemanes, Hugo, Stendhal, Baudelaire, Flaubert, Zola, Amiel, Renan, Tolstoi. Y, sin perjuicio del estudio y cultivo de las técnicas de la novela experimental, invoca una vez y otra un romanticismo perenne-anhelo de infinitud investido de energía satírica, penetrante observación de la realidad e inteligencia crítica.

Sergio Beser definió la primera novela de Leopoldo Alas con estas palabras claras y puntuales:
“La Regenta es un estudio de una concepción romántica de la vida, pero situada en un marco realista, y es este marco el que convierte el libro en novela. Esa puesta en escena realista comporta como exigencia la situación en un lugar y tiempo históricos y, a su vez, ese lugar y tiempo históricos, sitúan a la protagonista en un mundo social que rechaza y ridiculiza los comportamientos románticos. El conflicto entre la subjetividad de la protagonista y el mundo social, actuando como impedimento insalvable para la realización de aquella, se establece como núcleo temático de la obra".

Algo parecido cabe decir de otros protagonistas de la narrativa de Leopoldo Alas: de Pipá, el pillete harapiento capaz de sentir al Dios bueno y transfigurar la realidad más áspera en reverberante fantasía; del probo oficinista Avecilla, que se siente culpable de la imaginada prostitución de su hija por haberla llevado a una feria y haber accedido a tocar la pantorrilla de "la mujer gorda"; de Aquiles Zurita, el candoroso krausista inerme ante los avances del positivismo; de doña Berta, la madre sacrificada, encarnación del ansia de "idealidad en la realidad" del romanticismo penúltimo; de Bonifacio Reyes, el sonámbulo que, hundido en un pequeño mundo inmundo, va en busca de la fe y la redención a través de su único hijo; de Juan de Dios, el sacerdote enamorado en silencio de una joven enferma y que solo llega a hablarle y oír su voz cuando porta hasta el lecho de su agonía los sacramentos; de Jorge Arial, que se abre a la luz de la creencia al perder la visión; de ``la Ronca", del "cura de Vericueto", de "Vario", de "el Torso" (personas), de "El Quin" y de "la Trampa" (un perro y una yegua, como antes "Cordera", una vaca). Personas o animales humanados, criaturas que sufren y que hallan refugio en la compasión del narrador y de sus lectores.

Así definía Baudelaire, hacia 1846, la esencia del romanticismo sobreviviente: "intimidad, espiritualidad, color, aspiración a lo infinito". Y sin embargo, o por eso, era de la gran urbe moderna, de la ciudad doliente con todos sus estragos, de donde espigaba el poeta las flores del mal.

Así también, entre la prosa del mundo y a vueltas con ella, se obstinaba Leopoldo Alas en afianzar -en sus ensayos, sus novelas y sus cuentos- la interioridad, la grandeza y la poesía. Romanticismo realista. Realismo romántico.

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Sátiras y libros
Clarín periodista: Sátiras y libros

Resulta muy difícil, casi imposible, trazar un retrato plano e inmutable del Clarín crítico, dado que experimentó una extraordinaria evolución a lo largo de su vida, porque no hay un único Clarín crítico, en la misma medida que no hay un solo Clarín novelista o un Clarín narrador. Sin embargo, en vida quien gozó de mayor fama fue el crítico mordaz e implacable periodista. 

Como los grandes literatos del siglo XIX, como Larra, como Varela o el mismísimo Galdós, el primer Clarín fue articulista. Comenzó a colaborar en diversos periódicos muy joven, sobre todo en la prensa política radical de clara orientación republicana. Era entonces Leopoldo Alas un excepcional satírico en lo político y lo social, que sólo de manera ocasional se asomaba a los temas culturales y literarios, aspecto éste necesitado de una revisión en profundidad por cuanto uno de los grandes vacíos de nuestro conocimiento del siglo XIX es el de la literatura satírica, que dio a Clarín un conocimiento exacto del lenguaje y un poso literario que luego le resultarían esenciales en su trabajo como crítico y como novelista. Al periodismo dedicó Clarín veinticinco años tan intensos como fecundos, hasta el punto de convertirse en referencia indispensable.

El momento clave de su evolución se produjo al descubrir el naturalismo y muy especialmente a Zola. Entonces comenzó a dedicarse a la crítica literaria y fue desarrollando a través de sus artículos un concepto de lo que debía ser la novela moderna inspirado claramente en la obra de Galdós. De hecho, interpretó la novela a través del concepto que de este género tenía el autor de Fortunata y Jacinta. A partir de ahí, Clarín se convirtió en el crítico literario por excelencia, aquel al que los jóvenes autores como Unamuno o Azorín buscaban desesperadamente para que atendiera sus primeros escritos. La crítica le dio además un conocimiento exhaustivo de los problemas de la novela y un dominio y comprensión del oficio literario realmente excepcional, de modo que al publicar La Regenta presentó una novela de estructura formal perfecta que evidenciaba su conocimiento asombroso de todos los procedimientos narrativos. Y eso, insisto, se lo debió a la crítica.

En realidad, como ya he señalado, mientras vivió el más famoso fue el Clarín periodista y satírico. Luego se recuperó al genial cuentista, al autor de relatos breves prodigiosos y más tarde al novelista. La crítica literaria ha sido el aspecto que más tarde se ha recuperado. Sus reseñas,como las del mismo Henry James, son piezas casi perfectas, pero son reseñas de periódico y, por ello, se establece una dependencia en ocasiones excesiva con el momento. Eso se hace especialmente evidente al hacer crítica de teatro y de poesía. Respecto al primero, defendía la renovación del género y la búsqueda de un nuevo lenguaje mientras que en, poesía prefería casi todo lo extranjero, escribiendo, por ejemplo, una crítica antológica a Baudelaire. Existe la idea generalizada de que siempre estaba con los grandes del momento, con los Nuñez de Arce y los Campoamor, pero al releerlo se hace evidente que publicó también críticas muy negativas.

"Jornalero de las letras", "buhonero de la letra menuda", fabricante de "pacotilla literaria" fueron algunos de los juicios que su propia obra crítica le merecían. Hoy podemos descubrir que al menos en eso, al juzgarse a sí mismo, se equivocó.

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"Ana Ozores soy yo"
Clarín y "La Regenta"
Por Santos SANZ VILLANUEVA 

Un periódico ovetense halló el mismo año de la salida completa de La Regenta un remedio infalible contra el insomnio: aseguraba que la mayor parte de sus capítulos producen "un sueño casi instantáneo, tranquilo y reparador". La dosis mayor tolerada de este "específico" clariniano, dos capítulos, vencía el insomnio más tenaz, puntualizaba. No podría ni siquiera sospechar el desconocido y malintencionado gacetillero que un siglo después la obra de Clarín sería tenida por muchos como la mejor novela española tras el Quijote. Pero llegar a este reconocimiento ha supuesto para La Regenta una verdadera travesía del desierto sembrada de silencios, animadversiones, ignorancias o censuras.

Al cabo de este trayecto se ha venido a admirar la suma de cualidades que hacen de esa crónica provinciana una cima del arte novelesco: perspicaz estudio del medio, penetración psicológica, doble hondura en el sentir y pensar, compromiso moral y construcción calculada en sus mínimos detalles. Con ello Clarín hizo el retrato extenso de una levítica ciudad del norte peninsular, Vetusta, cuyo nombre simbólico bien pudo haber servido para rotular el libro, aunque prefirió destacar el apelativo popular de la protagonista, en sintonía con otras grandes narraciones de la época. Una historia de amor adúltero en sí misma no muy imaginativa sirve de engarce a numerosos episodios que, como parcelas de un gran mural, recrean un desolado documento de la vulgaridad y el fariseísmo de la vida urbana en tiempos de la Restauración.

No deja casi títere con cabeza Clarín. La aristocracia inútil, la burguesía adocenada, la Iglesia antievangélica quedan reflejadas en toda su fealdad mientras al fondo de la novela y en los arrabales de Vetusta se insinúa el peso futuro del proletariado industrial, no controlable por los caciques locales. Este valor documental, reformista y político implícito en una admirable obra de arte ha sido el que más ha llamado la atención en La Regenta, un tanto condenada a convertirse en paradigma de novela realista y crítica. Pero la grandeza de la obra, sin negar ni disminuir ese mérito, no puede radicar sólo en su espléndido testimonio de época. La decantación de Clarín al decidir el título sugiere que ese era también su propósito.

Cabe sospechar que la vigencia de La Regenta para un lector de hoy venga, más que de su vitriólica estampa de las clases dominantes a fines del XIX, de la sutil carga de ironía y sentimiento que atraviesa toda la ficción. Clarín es un maestro del humor. Toda la estupidez humana congregada en Vetusta se revela por medio de la mirada cómplice y por el humorismo bastante intelectual del narrador. Pero el sarcasmo (del que sospechosamente libró a sus colegas universitarios) no cae en el esperpento porque ahí está una intensa emocionalidad para equilibrarlo.

En el fondo de La Regenta sólo hay un conflicto: el enfrentamiento de una vulgaridad que todo lo arrasa y de una idealidad inalcanzable. Entre esos dos polos se mueve la caudalosa anécdota, dentro de la cual alguien, la guapa y ensimismada Ana Ozores, trata en vano de escalar los peldaños que llevan a un mundo ensoñado de verdad y belleza morales, de experiencias estéticas nobles y de vivencias espirituales sublimes. ¿Por qué la historia de esta chica bastante atolondrada conmueve tanto? Porque hay en ella una verdad última que viene de la intensidad con que alguien siente y explica su drama.

Clarín, intelectual bastante frío, proclive a un criticismo feroz que despertaba temor y odio, escondía un alma sensible de una espiritualidad intensa que terminó muy cerca o dentro del todo de la religión positiva. Los anhelos de Alas, su soterrada búsqueda de amor ideal y de belleza absoluta, su reprimido y vago misticismo, su capacidad para emocionarse casi hasta el llano ante la naturaleza o la nostalgia de la religiosidad infantil están diseminados por su novela mayor y en buena parte concentrados en Ana Ozores. Ya se han señalado alguna vez estos vasos comunicantes entre autor y personaje y, en general, el fondo autobiográfico de buena parte de su escritura, sobre todo de su narrativa breve, según señaló a propósito de ésta Laura de los Ríos. Alas, remedando a Flaubert, con quien tantos lazos lo unen, bien podría haber dicho "Ana Ozores soy yo". De ahí procede el pálpito auténtico que impregna a la Regenta y la desoladora verdad de su experiencia: en la vida solo hay mediocridad que mata cualquier anhelo superior.

El centenario de su temprana muerte le llega a Clarín en unas circunstancias de aprecio académico y popular a años luz del ambiente en que se conmemoró el del nacimiento en 1952. Entonces era un escritor -tanto como crítico, ensayista o narrador- en buena medida a descubrir. Hoy casi nadie le niega su enorme categoría en todos esos ámbitos. Pero no estoy seguro de que resulte todavía posible entenderlo bien porque hay un algo que se nos escapa, ese fondo de oscuridad y misterio que nimba al personaje y que sólo calando en sus profundidades nos desvelará al escritor completo.

Este centenario se saldaría con fruto si de él saliera la biografía total de Alas que no tenemos. En ella tendría que esclarecerse esa intimidad desconcertante, quizás acomplejada, por no decir frustrada, de la que emanan lo mismo arbitrariedades enrabietadas, desplantes o tozuda prepotencia intelectual que dudas ejemplares o anhelos místicos conmovedores. Para mí tengo que en las tribulaciones personales del autor está la clave fundamental de todos sus escritos. Incluso -pero esto es conocido- de por qué era con frecuencia tan chapuzas. Clarín sigue siendo un personaje extraño de cuyos recovecos y misterios está preñada su literatura, la cual, por eso, en buen-, medida resulta escurridiza. Extraña en grado sumo es, por ejemplo, su otra novela larga, Su único hijo. Hasta que no se desvele el enigma de Clarín tenemos que conformarnos con acercamientos parciales, insatisfactorios, a su vasta obra, una de las fundamentales del pensamiento literario español.

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"Palique"
Clarín, crítico militante

El calor sentimental de las ideas ¡Ya no hay librerías, sólo grandes superficies donde los bestsellers se venden junto a las lechugas!, clamaba hace poco en Bruselas uno de los más conspicuos intelectuales aznaristas, Fernando Sánchez Dragó. No hay librerías, no hay crítica literaria, no hay pensamiento libre, todo es globalización y tiranía del mercado, lloran los Goytisolo y los Saramago en las páginas culturales de todos los periódicos mientras preparan las maletas para visitar el Chiapas de turno y asegurarse unos minutos de promoción solidaria en los telediarios.

¿Hubo un tiempo mejor? Cualquier tiempo fue mejor para los partidarios de la enmienda a la totalidad. Miguel ángel Molinero añoraba recientemente en Letra Internacional, aquella época "en que ejercían la gran crítica, con más cuerpo de ensayo que de gacetilla periodística, figuras como Clarín, cierto Unamuno, y sobre todo el Olimpo cultural, Ortega". Entonces la crítica literaria no era como ahora: "El género adquirió una distinción de espíritu aristocrático. El oro del prestigio daba contraste a las aleaciones de metal de los autores".

Muy bonito. Pero esa edad de oro sólo existió en la nostalgia espongiforme de ciertos intelectuales que suelen desdeñar el sentido común y que no permiten que la realidad les lleve la contraria. Cuando Ortega comienza a publicar, ya Clarín llevaba algunos años muerto, amigo Molinero. Y Clarín escribió ensayos y revistas literarias, ciertamente, pero lo que le dio más fama fueron precisamente sus gacetillas periodísticas, sus paliques del Madrid Cómico, escritos a vuela pluma, saltando de un tema a otro, de un tonto a otro, juez de guardia de la actualidad literaria.

Clarín llamaba al pan pan y al memo memo. Era, ciertamente, una fiera literaria; algo tenía en común con esas ratas de alcantarilla que de vez en cuando se cuelan en nuestros buzones y a las que Luis María Anson, en un despiste raro en él, quiso presentar en sociedad en las páginas de su periódico.
Clarín, el Clarín de los Paliques, era irritable y a menudo injusto. ¿Resentido también, como los novelistas metafísicos y los poetas noclónicos? Es posible, sobre todo después del fracaso teatral de su Teresa, no del todo inmerecido. Pero tenía algo que no tenían sus imitadores de entonces o de ahora: talento.

Y respeto por las jerarquías literarias. Clarín se burlaba del integrismo católico y de los críticos de sotana, como el padre Blanco o el padre Muiños, pero respetaba más que nadie a Menéndez Pelayo, a Pereda, a Alarcón, ideológicamente en el bando contrario. Para Clarín un gran escritor no dejaría de serlo por fichar en la cuadra de Polanco o ganar un premio Planeta o Pandereta más o menos amañado:
Ya no hay críticos como Clarín!, claman de vez en cuando los profesionales del Apocalipsis. Y tienen bastante razón: los críticos como Clarín siempre han escaseado, incluso en la época de Clarín; sus émulos, un Antonio de Valbuena, un fray Candil, un Bonafoux, se quedaron en la minucia gramatical, en la estocada sin gracia, en el vuelo corto.

¡Ahora lo único que importa es vender libros, cuantos más mejor, el dinero lo ha corrompido todo!, se quejan algunos espíritus arcangélicos Galdós, en cambio, seguramente novelaba a destajo por puro afán de gloria; Valera nunca se preocupó de lo que producía su pluma; Clarín escribió dos o tres artículos diarios, durante la mayor parte de su vida, incluso en los peores momentos de su enfermedad, quizá sólo porque se aburría en el casino de Vetusta.

Los enemigos de Clarín sabían bien lo que le preocupaban las pesetas. "Clarindustrial" se titula un artículo en el que la Revista Nueva, donde el 98 veló sus primeras armas, arremete contra el crítico asturiano: "¿Fundar un periódico y no enviarle a Clarín siquiera ocho duros al mes? ¡Qué locura!" Viejo y chocho, añoden, sigue pregonando su mercancía: "¿No toman ustedes paliques? Los hay de muchos precios". La gente nueva le teme y finge despreciarle: "Perdone usted: aquí no se admiten mercancías averiadas".

No, no era el tiempo de Clarín mejor que el nuestro. Las páginas de los periódicos de entonces no prestaban más atención a los libros que los nutridos suplementos de hoy, y quien lo dude que rebusque en las hemerotecas. Y no había tantas, tan hermosas ni tan nutridas librerías como hay ahora (la próxima vez que nos encontremos en Bruselas llevaré a mi locuaz presentador televisivo favorito a Tropismes, en las decimonónicas galerías cercanas a la Grand Place: otra sucursal del paraíso).

"Ya no hay crítica", afirmaban los escritores en la época de Clarín, según señala él mismo en el prólogo a su libro Palique, de 1894.

Entonces como ahora, en opinión de poetas y novelistas, sólo había dos clases de críticos: los malos y los que los elogian. Y los segundos, claro, siempre resultan para su desaforada vanidad (lo único en lo que coinciden los grandes y los pequeños escritores) demasiado escasos.

Tan escasos, en su tiempo y en el nuestro, como los críticos capaces de enfrentarse a la actualidad literaria con el coraje, el talento y la gracia de Leopoldo Alas, cuyas feroces páginas volanderas sobre tantas obras con razón olvidadas siguen igual de vivas, de actuales y de divertidas como cuando fueron escritas.

Articulo : http://www.elcultural.es 13/06/2011

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