samedi 21 avril 2012

Francisco GUTIÉRREZ SANIN/ El arte del trapecio


¿Recordar es morir?
El arte del trapecio
Por Francisco GUTIÉRREZ SANIN

La pregunta acerca de si todo tiempo pasado fue mejor, o si estamos en un afortunado punto de la historia, es retomada por el columnista en esta respuesta a un artículo de Steven Pinker.

En la edición 126 de esta revista apareció un artículo de Steven Pinker dedicado a denunciar las fáciles nostalgias en las que han caído comentaristas de todas las épocas. Antes el aire era más puro, se hablaba mejor, la gente no perdía su tiempo interactuando con máquinas absurdas, era menos agresiva. Si hiciéramos un recuento de nuestras nostalgias criollas, nos encontraríamos con tópicos igualmente populares, igualmente insostenibles. “Queremos volver a una Colombia donde se pueda pescar de noche”. ¿Como por ejemplo cuándo? ¿Y a quién diablos le gustaría pescar de noche? Se puede añadir a este tipo de reflexiones todos los etcéteras que uno quiera.

Y sin embargo... Pinker parece torcer la barra tanto en la dirección contraria, que termina cayendo en algo muy similar a lo que critica. Una suerte de nostalgia invertida, una rencorosa reivindicación del presente contra los horrores del pasado (“recordar es morir”), que lo lleva a gruesas y primitivas simplificaciones. Vamos a toda velocidad por la gran autopista del progreso, punto. Las limitaciones de la argumentación de Pinker se revelan sobre todo cuando habla de la violencia: porque todo lo que decimos se vuelve más frágil y escabroso cuando lo decimos acerca de la vida y la muerte. Afirma Pinker en esencia que antes se mataba más, con más sadismo, y con menos límites que hoy. Y en su apoyo invoca algunas anécdotas reveladoras y cifras contundentes. No me voy a referir a estas, cada una de las cuales sería motivo de un debate separado, ni al hecho de que datos tomados de un pasado remoto pueden ser falsos, o exagerados, o poco creíbles, sino a los enormes puntos ciegos de su entusiasta enamoramiento por la época en que vivimos. Dice Pinker: “Desde el pico que tuvieron durante la postguerra en 1950, las muertes en el campo de batalla han disminuido radicalmente a pesar de algunos reveses”. En algunos de esos reveses se trituraron cientos de miles de vidas humanas, como en el conflicto entre Irán e Irak. Para no hablar ya de la contabilidad de víctimas civiles, en la cual es difícil encontrar grandes signos de progreso sostenido. Si hiciéramos la contabilidad de eventos en los que el uso masivo de la fuerza se dirigió principalmente hacia civiles, entonces nos encontraríamos con “reveses” como el genocidio de Camboya (probablemente el mayor evento de esta clase en términos proporcionales del siglo XX), o como el de Ruanda.

El más estridente silencio de Pinker se refiere –muy en el espíritu de su texto– al impacto del cambio tecnológico sobre la manera en que matamos y morimos. Estoy dispuesto a conceder sin aspavientos que la nostalgia inspira lugares comunes erróneos y cursis. Pero no puedo aceptar la idea de Pinker de que en punto a la violencia no hemos visto más que éxitos, puntuados por algunas recaídas. Revela un poco la actitud de la institutriz ante el infante al que hay que enderezar, pero que aún comete travesuras. “No mates niño, caca”. Y no convence. Ante todo, porque desde el fin de la Segunda Guerra Mundial nos enfrentamos a un detallito nuevo: la humanidad tiene hoy la capacidad de hacer volar la tierra en pedazos. Eso no existía antes. Y fue lo que motivó enormes movilizaciones por la paz y contra la bomba atómica en la década de los sesenta, y el desarrollo de ese esfuerzo y ese aparato institucional con el que hoy contamos y que tanto admira –y con razón– Pinker, para limitar el ejercicio y las consecuencias de la violencia. El resultado tiene aspectos emocionantes: pero es insuficiente. Hoy por hoy tenemos numerosas potencias nucleares con dudosa estabilidad –repúblicas ex soviéticas, por ejemplo–, y varios focos nucleares de alta tensión –la península coreana, Pakistán e India, Pakistán y todos los demás–. A Pinker le dan rabia los nostálgicos, y se horroriza ante las brutalidades de nuestros tatarabuelos. Santo y bueno. Pero tenemos también excelentes motivos para sentir susto por muchos de nuestros contemporáneos.

Los cambios tecnológicos relacionados con la guerra no tienen que ver solo con la destrucción o con la miseria humana que causa, sino también con la manera en que se vive como fenómeno social. Pues la guerra, con todos sus horrores, fue uno de los grandes escenarios de inclusión social a lo largo de buena parte de la historia humana. Una porción sustancial de las conquistas sociales, incluido el voto femenino, tuvo que ver con un simple acuerdo: trabajadores manuales, u otros sectores subordinados, arriesgaban sus vidas y sacrificaban incontables horas en el esfuerzo bélico, a cambio de reconocimiento y libertad. Fue así como los consiguieron nuestros esclavos en las luchas de Independencia. De hecho, la defensa armada de la república constituía un componente esencial de la noción de ciudadanía. Por eso, según Jefferson, “de cuando en cuando hay que regar con sangre el árbol de la libertad”. Algo similar inspiró a nuestro Epifanio Mejía, cuando escribió en el himno de Antioquia “llevo el hierro en las manos porque en el cuello me pesa” (en ambos casos cito de memoria). Pues bien, en reciente editorial reporta el New York Times que, en los contratos de investigación y desarrollo del gobierno estadounidense, ya no hay ninguno que prevea la financiación de algún nuevo avión tripulado. Todos los nuevos prototipos serán drones. Guerra robotizada. Menos riesgo para ciudadanos americanos. De pronto más exactitud en los bombardeos. Y más facilidad para intervenir. Y ruptura de los mecanismos históricos que articulaban república y guerra.

¿Un gran avance? No. ¿Decadencia? Tampoco. Ambigüedad, cambio complejo. Entre las trampas de la nostalgia y las calenturas del progreso debe de haber un terreno de sensatez, de vigilia, en el cual quepan ambas: la expectativa y la alarma. 

Articulo: http://www.elmalpensante.com 02/2012

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