¿Recordar es morir?
El arte del trapecio
Por Francisco GUTIÉRREZ SANIN
La pregunta acerca de si todo tiempo
pasado fue mejor, o si estamos en un afortunado punto de la historia, es
retomada por el columnista en esta respuesta a un artículo de Steven Pinker.
En la edición 126 de esta revista apareció
un artículo de Steven Pinker dedicado a denunciar las fáciles nostalgias en las
que han caído comentaristas de todas las épocas. Antes el aire era más puro, se
hablaba mejor, la gente no perdía su tiempo interactuando con máquinas
absurdas, era menos agresiva. Si hiciéramos un recuento de nuestras nostalgias
criollas, nos encontraríamos con tópicos igualmente populares, igualmente
insostenibles. “Queremos volver a una Colombia donde se pueda pescar de noche”.
¿Como por ejemplo cuándo? ¿Y a quién diablos le gustaría pescar de noche? Se
puede añadir a este tipo de reflexiones todos los etcéteras que uno quiera.
Y sin embargo... Pinker parece torcer la
barra tanto en la dirección contraria, que termina cayendo en algo muy similar
a lo que critica. Una suerte de nostalgia invertida, una rencorosa
reivindicación del presente contra los horrores del pasado (“recordar es
morir”), que lo lleva a gruesas y primitivas simplificaciones. Vamos a toda
velocidad por la gran autopista del progreso, punto. Las limitaciones de la
argumentación de Pinker se revelan sobre todo cuando habla de la violencia:
porque todo lo que decimos se vuelve más frágil y escabroso cuando lo decimos
acerca de la vida y la muerte. Afirma Pinker en esencia que antes se mataba
más, con más sadismo, y con menos límites que hoy. Y en su apoyo invoca algunas
anécdotas reveladoras y cifras contundentes. No me voy a referir a estas, cada
una de las cuales sería motivo de un debate separado, ni al hecho de que datos
tomados de un pasado remoto pueden ser falsos, o exagerados, o poco creíbles,
sino a los enormes puntos ciegos de su entusiasta enamoramiento por la época en
que vivimos. Dice Pinker: “Desde el pico que tuvieron durante la postguerra en
1950, las muertes en el campo de batalla han disminuido radicalmente a pesar de
algunos reveses”. En algunos de esos reveses se trituraron cientos de miles de
vidas humanas, como en el conflicto entre Irán e Irak. Para no hablar ya de la
contabilidad de víctimas civiles, en la cual es difícil encontrar grandes
signos de progreso sostenido. Si hiciéramos la contabilidad de eventos en los
que el uso masivo de la fuerza se dirigió principalmente hacia civiles,
entonces nos encontraríamos con “reveses” como el genocidio de Camboya
(probablemente el mayor evento de esta clase en términos proporcionales del
siglo XX), o como el de Ruanda.
El más estridente silencio de Pinker se
refiere –muy en el espíritu de su texto– al impacto del cambio tecnológico
sobre la manera en que matamos y morimos. Estoy dispuesto a conceder sin
aspavientos que la nostalgia inspira lugares comunes erróneos y cursis. Pero no
puedo aceptar la idea de Pinker de que en punto a la violencia no hemos visto
más que éxitos, puntuados por algunas recaídas. Revela un poco la actitud de la
institutriz ante el infante al que hay que enderezar, pero que aún comete
travesuras. “No mates niño, caca”. Y no convence. Ante todo, porque desde el
fin de la Segunda Guerra Mundial nos enfrentamos a un detallito nuevo: la
humanidad tiene hoy la capacidad de hacer volar la tierra en pedazos. Eso no
existía antes. Y fue lo que motivó enormes movilizaciones por la paz y contra
la bomba atómica en la década de los sesenta, y el desarrollo de ese esfuerzo y
ese aparato institucional con el que hoy contamos y que tanto admira –y con
razón– Pinker, para limitar el ejercicio y las consecuencias de la violencia.
El resultado tiene aspectos emocionantes: pero es insuficiente. Hoy por hoy
tenemos numerosas potencias nucleares con dudosa estabilidad –repúblicas ex
soviéticas, por ejemplo–, y varios focos nucleares de alta tensión –la
península coreana, Pakistán e India, Pakistán y todos los demás–. A Pinker le
dan rabia los nostálgicos, y se horroriza ante las brutalidades de nuestros
tatarabuelos. Santo y bueno. Pero tenemos también excelentes motivos para
sentir susto por muchos de nuestros contemporáneos.
Los cambios tecnológicos relacionados con
la guerra no tienen que ver solo con la destrucción o con la miseria humana que
causa, sino también con la manera en que se vive como fenómeno social. Pues la
guerra, con todos sus horrores, fue uno de los grandes escenarios de inclusión
social a lo largo de buena parte de la historia humana. Una porción sustancial
de las conquistas sociales, incluido el voto femenino, tuvo que ver con un
simple acuerdo: trabajadores manuales, u otros sectores subordinados,
arriesgaban sus vidas y sacrificaban incontables horas en el esfuerzo bélico, a
cambio de reconocimiento y libertad. Fue así como los consiguieron nuestros
esclavos en las luchas de Independencia. De hecho, la defensa armada de la
república constituía un componente esencial de la noción de ciudadanía. Por
eso, según Jefferson, “de cuando en cuando hay que regar con sangre el árbol de
la libertad”. Algo similar inspiró a nuestro Epifanio Mejía, cuando escribió en
el himno de Antioquia “llevo el hierro en las manos porque en el cuello me
pesa” (en ambos casos cito de memoria). Pues bien, en reciente editorial
reporta el New York Times que, en los contratos de investigación y
desarrollo del gobierno estadounidense, ya no hay ninguno que prevea la
financiación de algún nuevo avión tripulado. Todos los nuevos prototipos
serán drones. Guerra robotizada. Menos riesgo para ciudadanos americanos.
De pronto más exactitud en los bombardeos. Y más facilidad para intervenir. Y
ruptura de los mecanismos históricos que articulaban república y guerra.
¿Un gran avance? No. ¿Decadencia? Tampoco. Ambigüedad, cambio complejo. Entre las trampas de la nostalgia y las calenturas del progreso debe de haber un terreno de sensatez, de vigilia, en el cual quepan ambas: la expectativa y la alarma.
¿Un gran avance? No. ¿Decadencia? Tampoco. Ambigüedad, cambio complejo. Entre las trampas de la nostalgia y las calenturas del progreso debe de haber un terreno de sensatez, de vigilia, en el cual quepan ambas: la expectativa y la alarma.
Articulo: http://www.elmalpensante.com 02/2012

