samedi 7 avril 2012

Ignacio VALENTE/La inagotable NÉMIROVSKI


La inagotable Némirovski
Por Ignacio Valente

En El ardor de la sangre, el critico reconoce, de punta a cabo y entre líneas, “el temple de la mirada de Irène Némirovski sobre la existencia humana: una lucidez a ratos casi feroz, pero nunca carente de cierto dejo de ternura”.

 El ardor de la sangre es una novela descubierta hace poco por dos biógrafos de Irène Némirovski entre los manuscritos que ella dejo a su editor francés en 1942, cuando se le venia encima la persecución nazi, que termino con su vida –y la de su marido- en Auschwitz. Si ese feliz hallazgo no tendríamos el placer de leer esta maravilla de texto, una de esas novelas que rara vez se escriben hoy, e incluso en el ultimo medio siglo.

Su titulo dice exactamente la substancia de este relato, donde por tres veces se enciende ese “fuego sordo y oculto”, esa “llamarada de sueños” del eros juvenil, destinado a extinguirse con los años: una temprana fiebre de la carne y del corazón, con algo del amour-passion francés –pero más elemental y menos sofisticado- , y con una buena dosis de locura. Algo antropológicamente superior, pues, a esa mezcla de calentura barata, molicie de la carne y libido sin espesor humano, que desde la revolución sexual de los años 60 llamamos con los mismos nombres –eros, amor- a pesar de constituir toda una involución cultural –y quizá también biológica- de la especie, por lo menos en Occidente.

Una paradoja de esta novela reside en que, habiendo los padres ardido en ese fuego, y con consecuencias trágicas, no lo sepan reconocer en sus propios hijos cuando ellos repiten el mismo fenómeno, y con resultados no menos dolorosos. Porque, como dice el narrador en las antípodas de toda moraleja, esas locuras –tres adulterios- se pagan tan caras que no deben juzgarse con mezquindad, sobre todo si pensamos que él mismo, ya casi viejo, también conoció un día ese hervor de la sangre, solo que salio mejor librado que su parentela.

El ambiente de la acción es la campiña francesa del Borgoña, donde la autora paso breves temporadas. Imposible caracterizar mejor esa pequeña burguesía gala, hacendosa y pegada al terruño, codiciosa y avara, metida en su propiedad, hermética y desconfiada de los extraños, que nos recuerda a esos personajes paralelos de Mauriac, solo que la autora es una aristocrática judía ucraniana, literariamente tan rusa como Chéjov, pero que llego a ser tan francesa como Bernanos el propio Mauriac, a quienes tiene poco que envidiar por su maestría literaria y por la precisión de sus caracteres, así como también por su gran poder de observación de los objetos, sensaciones, gestos y rostros.

El punto de vista narrativo es todo un acierto. El personaje que narra en primera persona es un pariente mayor de los protagonistas, solitario y casi ermitaño, a la vez calido y distante, a veces un tanto cínico pero mas bien alguien que ha visto mucho mundo y viene ya de vuelta de la vida, y que salpica su relato con notas de sabiduría sentenciosa de tono entre escéptico y estoico. Su omnipresencia como personaje tras las bambalinas, en las antípodas de toda omnisciencia como narrador, le permite penetrar con la mayor naturalidad en los entretelones del nudo argumental más trágico, en los secretos inconfesables de las familias, que se destapan penosamente, uno tras otro, en estas páginas.

La secuencia de los hechos esta admirablemente armada, pues los sucesos que afloran del pasado no tienen la forma del flashbacks, que de ese modo podrían parecer manejados por el narrador, sino que surgen por si mismos de la historia actual, desde el interior de los hechos y diálogos presentes, de modo que el acontecer transcurre tanto del ayer al hoy como del hoy al ayer, con un ensamble y una espontaneidad muy notables. El suspenso es alto hasta la última línea. Y en todo momento, de punta a cabo, apreciamos entre líneas el temple de la mirada de Irène Némirovski sobre la existencia humana: una lucidez a ratos casi feroz, pero nunca carente de cierto dejo de ternura, una y otra templadas por una notable sabiduría de la vida, ésa que pertenece por derecho propio a quien ha conocido de veras el sufrimiento.

Articulo: http://www.mer.cl/ 01/04/2012

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