dimanche 8 avril 2012

Javier RODRÍGUEZ MARCOS/ En la hora de la biografía


BIOGRAFÍAS
En la hora de la biografía
Por Javier RODRÍGUEZ MARCOS

El género biográfico no ha ocupado en España el lugar que tiene en otras tradiciones.
A los prejuicios contra la intimidad se le unía la desconfianza editorial.
Colecciones, premios y nuevos títulos —Baroja, Delibes o Terenci Moix— llenan hoy esa laguna

Un día de 1978 un hispanista irlandés de 39 años llamado Ian Gibson se presentó en las oficinas de la editorial Planeta acompañado de su agente literario. Gibson había publicado siete años antes un libro sobre el asesinato de Federico García Lorca y tenía otro proyecto: la gran biografía del autor de Romancero gitano. Según sus cálculos, necesitaba 10.000 libras para vivir durante los cinco años que durase la investigación y la redacción y ya tenía un contrato con la editorial británica Faber & Faber, que pagaba la mitad. “La otra mitad”, le había asegurado ufano su agente, “la pondrá sin problemas un editor español”. Casi cuatro décadas después, Gibson se ríe recordando su propia ingenuidad, la suficiencia de su acompañante y el sonoro “no” que cosecharon ambos.

Por mucho que su libro sobre la represión en Granada se hubiera traducido a 14 idiomas y su autor tuviera “un nombre”, una biografía del poeta español más famoso del siglo XX no interesaba. En el ascensor, recuerda Gibson, se le ocurrió una idea a la desesperada: “¿Y un ensayo histórico sobre José Antonio Primo de Rivera?”. La respuesta del editor fue inmediata: “Firmamos mañana”. Le pusieron un sueldo mensual y se compró un somier para el colchón en el que dormía: “Trabajaba en José Antonio de día y en Lorca, de noche”, cuenta Gibson, que había abandonado su puesto en la Universidad de Londres y se había instalado en Madrid para no ser un “hispanista a distancia”.

Aquel contrato, insiste, le salvó la vida. Y le valió el prestigioso Premio Espejo de España por En busca de José Antonio. Fue en 1980. La primera parte de la biografía de Lorca se publicó cinco años después, en Grijalbo. La segunda tardó dos más. Hace unos meses, Crítica la reeditó en un solo tomo. Fue la primera de la serie de biografías de referencia firmadas por el autor dublinés. Luego vendrían Salvador Dalí y Antonio Machado. Actualmente trabaja en la de Luis Buñuel. Acaba de terminar la primera parte: 500 páginas que llegan hasta el advenimiento de la República. Un tercio del total después de tres años de trabajo. Por supuesto, no le falta editor.

Las cosas han cambiado mucho desde aquel chasco del 78 y las biografías de españoles empiezan a dejar de ser una anomalía en España. Si el último Premio Nacional de Historia recayó en el trabajo sobre la vida de Isabel II firmado por Isabel Burdiel (Taurus), en estos días aparecen la biografía —con un pie en el ensayo— de Miguel Delibes (Destino), firmada por Ramón Buckley, y la de Terenci Moix (RBA), con la que Juan Bonilla obtuvo el último Premio Gaziel de Biografías y Memorias. Sin olvidar aproximaciones recientes a figuras como Catalina de Aragón (Crítica), por Giles Tremlett; Calderón de la Barca (Gredos), por Don V. Cruickshank; María Moliner (Turner), por Inmaculada de la Fuente; o Blanco White (Renacimiento), por Martin Murphy. En mayo, además, verá la luz el trabajo de Shirley Mangini sobre Maruja Mallo (Circe). Incluso el polémico Diccionario Biográfico Español lanzado meses atrás por la Academia de la Historia hubiera marcado época con sus 43.000 entradas si la manipulación de algunas no hubiera adulterado el conjunto. Basta pensar que su equivalente británico vio la luz en 1885 para calibrar el retraso hispano.

Es posible, con todo, que la mayor iniciativa editorial reciente para impulsar el género sea la colección Españoles Eminentes que la editorial Taurus acaba de inaugurar con Pío Baroja, de José-Carlos Mainer. Le seguirán, entre otros, San Ignacio de Loyola, Bartolomé de las Casas, el Cardenal Cisneros o Larra, firmadas estas dos últimas por Joseph Pérez —biógrafo de Carlos V y Santa Teresa de Jesús— y Santos Juliá —que lo fue de Manuel Azaña—. En la explicación que abre el primero de los títulos publicados, Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, impulsora del proyecto, recuerda que este nació de una evidencia: “Las biografías no han alcanzado en la historiografía española la maestría que es notoria en otros países, donde muchos son los aficionados a su lectura y abundante la oferta editorial”.

¿A qué se debe la anomalía española que ha provocado esa laguna editorial? Ian Gibson, que vive en el barrio madrileño de Lavapiés, llega a uno de los bares más concurridos del barrio con una fotocopia: cuatro páginas de la historia de la literatura española que Gerald Brenan publicó en 1951. El mítico historiador británico subraya allí la carencia en España de cartas, diarios, memorias y biografías. ¿La razón? “La fuerte convención española”, escribe Brenan, “que prohíbe la publicación de detalles íntimos acerca de las vidas de personas cuya descendencia hasta la quinta o sexta generación todavía vive”. Si se juzgara por lo publicado, añade, “se llegaría a la conclusión de que ningún español ha escrito jamás una carta de amor”. Y añade: “Aunque los españoles son muy dados a la murmuración y el escándalo, sus opiniones acerca de la personalidad humana carecen del pulimento y la sutileza que se dan por supuestos entre los intelectuales de otros países”.

Según Ian Gibson, nacionalizado español, una sociedad necesita dos cosas para que el género biográfico pueda asentarse: estabilidad y curiosidad. Si hay 25 biografías distintas de Lord Byron, dice, es porque en los países anglosajones se ha dado un ambiente político y social que favorecía la investigación y la apertura. En España “ha primado la amnesia y la falta de interés real por los demás. Es un país que no escucha; todo el mundo quiere hablar, por eso hay tanto ruido”, dice en el fragor de tazas y cucharillas. “¿Qué español dedica cinco años a otro español?”. Así, el trabajo que no hicieron los españoles sobre sí mismos durante décadas lo tuvieron que hacer los extranjeros, dando lugar a ese fenómeno único en el mundo que es el hispanismo. No es, por tanto, extraño que —Lorca, Dalí y Gibson aparte— hasta ahora las biografías de referencia de nombres tan señeros como Felipe II, Cervantes, Gaudí, Picasso, Franco o el Rey estuvieran firmadas, respectivamente, por Geoffrey Parker, Jean Canavaggio, Gijs van Hensbergen, John Richardson y Paul Preston.

Para José-Carlos Mainer, biógrafo de Baroja y director de la Historia de la literatura española que la editorial Crítica viene publicando en nueve tomos, entre los géneros literarios que han marcado el siglo XX, en España faltaba la biografía pese a que, recuerda, en los años veinte y treinta el género se puso de moda y se consolidó en toda Europa. En Francia con André Maurois, con Stefan Zweig en Alemania y en Inglaterra con Lynton Strachey: “Aquí hubo un intento parecido. Se hicieron unas vidas españolas e hispanoamericanas del siglo XIX que publicó Espasa Calpe. Ya en los años cuarenta hay autores que escriben biografías como Benjamín Jarnés en el exilio o Fernando Vela en España. Se leen muchas biografías pero no hay una producción importante”. Junto a “un concepto equivocado del pudor”, Mainer evoca el desprestigio que durante años arrastraron las dimensiones biográfica y psicológica de una obra: “En el fondo una biografía lo que hace es indagar en las motivaciones más íntimas de los actos”. Frente a lo psicológico, se consideraba más importante lo social y lo histórico: “La biografía parecía un género menor, de entrometidos, de gente que se complacía en conjeturas psicológicas. La historiografía ha ido perdiendo esos prejuicios. Y ahí estamos”.

Tres décadas de democracia parecen haber traído la estabilidad que reclama Gibson. En 1994 la Universidad de Barcelona creó la Unidad de Estudios Biográficos, que publica una revista y cuenta con un grupo de investigadores, una biblioteca y un archivo especializados. Su creadora y directora es Anna Caballé, biógrafa de Francisco Umbral y Carmen Laforet y pionera en España de una serie de estudios que han ido cubriendo lentamente el hueco de lo que Caballé llama la dejación biográfica. “La biografía es muchas cosas”, explica. “Es una forma de escritura, una metodología de investigación y un modo de comprender el pasado que toma como referencia no a la sociedad sino al individuo. En los últimos años, del rechazo intelectual y moral hemos pasado a abrazar el género sin grandes conocimientos sobre su tradición y menos sobre sus metodologías. ¿Por qué este cambio? Porque las condiciones de libertad moral en que vive la sociedad española ahora permiten abordarlo —como permitieron antes la escritura autobiográfica, que fue la primera en abrir pista en los años setenta— y por el éxito que lo rodea en la esfera internacional, lo que ha estimulado a las editoriales españolas”.

En 1988, un año después de que Ian Gibson culminase su obra magna sobre Lorca, se produjeron en España dos pequeños hitos editoriales en el ámbito de las biografías: por un lado, nació el sello Circe, especializado en el género; por otro, Tusquets falló el primer Premio Comillas de Historia Biografía y Memorias. Silvia Lluís, directora de Circe, cuenta que la editorial nació porque “aquí no había una colección dedicada a la biografía”. Fue un éxito. Eso sí, dos décadas después, entre las 90 biografías de su catálogo —de Frida Kahlo a Jackson Pollock pasando por Susan Sontag— solo una está firmada por un español: la que en 2004 Miguel Dalmau dedicó a Jaime Gil de Biedma. Polémico como libro, el trabajo de Dalmau —que ya había dedicado un estudio a los hermanos Goytisolo— inspiró en 2010 la no menos polémica película de Sigfrid Monleón El cónsul de Sodoma. “El estreno favoreció la segunda edición”, dice Silvia Lluís, que recuerda cómo firmó con Dalmau cuando este tenía ya el libro escrito. La propuesta fue del autor y no del editor. En mayo, el fondo español de Circe crecerá con una biografía de la pintora Maruja Mallo firmada por la hispanista estadounidense Shirley Mangini y en otoño verá la luz la de Dora Maar a cargo de Victoria Combalía. Este último será el primer encargo de la editorial en 24 años. Lo habitual es traducir una obra extranjera. ¿Por qué? “Porque no hay que esperar”, dice Lluís. “No es por el adelanto —el género se vende y tiene lectores muy fieles—, pero si encargas una biografía arriesgas una inversión, no sabes cuándo te la entregarán, puede salir otra del mismo personaje…”.

Tampoco la editorial Tusquets ha encargado jamás una biografía para su colección Tiempo de Memoria, con 129 títulos. Allí se alojan los ganadores del Premio Comillas, en cuyo palmarés están las memorias de Carlos Barral, Castilla del Pino, Adolfo Marsillach, Isabel García Lorca, Alberto Oliart y Jaime Salinas —la autobiografía abre pista, recordaba Caballé—, pero que apenas cuenta con media docena de biografías, entre ellas las de Luis Cernuda, Luis Martín Santos, el general Rojo o el cineasta Ricardo Muñoz Suay. Según Josep Maria Ventosa, miembro del jurado y responsable actual de la colección, además de esa mezcla de rigor y claridad que los anglosajones manejan magistralmente, una buena biografía requiere “dedicación, viajes, inversión… algo que una editorial no se puede permitir y que no puede darse sin el apoyo de universidades o instituciones”. De ahí el proyecto de la Fundación Juan March o el que lleva años impulsando la Residencia de Estudiantes de Madrid para recuperar la dimensión biográfica de los autores de la Edad de Plata.

En opinión de Anna Caballé, es “grave” el problema que todavía subyace a la escasez de biógrafos españoles. “¿Qué pasa cuando una sociedad se muestra indiferente hacia ese deber moral que es la construcción y revisión incesante del propio pasado —y no solo de 1936 a 1975— y se desentiende por pereza, por falta de confianza o de recursos, por pura inconsciencia, por venganza, de su patrimonio biográfico?”, se pregunta Caballé, que echa de menos alguna mujer entre los primeros títulos de la colección Españoles Eminentes. Javier Gomá, impulsor de la serie, responde que esta sigue abierta y que si desecharon encargar obras sobre Santa Teresa o Emilia Pardo Bazán fue porque ya existían buenas biografías suyas: las de Joseph Pérez y Eva Acosta.

En lo que todo el mundo coincide es en el esfuerzo, de investigación y de escritura, que supone un estudio biográfico: “Una buena biografía requiere no menos de cinco años de dedicación”, subraya Ian Gibson, para el que, al redactar, “hay que luchar contra la tentación de ponerlo todo”. El estilo debe enganchar: “Una biografía no es una crónica donde incluir hasta el menú de cada día”. La suya sobre Dalí —La vida desaforada de Salvador Dalí (Anagrama, 1998)— la pagó, dice, la BBC. Él escribió el libro mientras trabajaba en un documental sobre el artista. Eso le permitió viajar y, entre otras cosas, dedicar cinco meses a leer en la hemeroteca de Madrid, página por página, El diario de Barcelona de 1882 buscando noticias sobre la muerte del abuelo del pintor: “Alguien en Cadaqués me había dicho que se había suicidado, pero nadie recordaba cuándo ni dónde estaba la tumba. ¡Cuando vi la esquela en el periódico! Se había tirado por una ventana víctima de la paranoia. Dalí siempre tuvo miedo de haber heredado la enfermedad. Eso marcó su vida y su obra. Era una clave nueva y yo era el primero en tenerla delante. ¿Te imaginas el subidón de adrenalina?”.

Gibson admite que la digitalización de documentos y su difusión por Internet han facilitado mucho las cosas. “Antes pasaba meses esperando a que los libreros de la Cuesta de Moyano me encontraran un libro. Ahora los pido a Tejas o a Torrelodones. Y llegan antes de Tejas…”, se ríe. Lo que no se arregla con Internet es la ausencia de material, la pérdida, por ejemplo, de las cartas de muchos autores, que contienen una verdad privada que muchas veces contradice su imagen pública. Si Anna Caballé reivindica a Carmen Bravo Villasante como avanzada a la hora de utilizar las correspondencias como base de sus trabajos, Ian Gibson afirma que sin sus cartas será muy difícil hacer la biografía definitiva de Valle-Inclán, que a los siete años de su muerte ya contaba con tres biografías: “Encargó una a Gómez de la Serna sabiendo que estaría llena de invenciones”. Ser biógrafo es ser un poco detective, sugiere. Para encontrar una esquela y para no dejarse engañar por el biografiado. Sobre todo cuando él mismo ha escrito unas memorias: “La memoria falla. Buñuel confunde a veces Un perro andaluzy La Edad de Oro: no las separa más que un año. Y si lees La arboleda perdida parece que Lorca y Alberti se veían a diario, pero este se lamenta por carta de lo poco que se ven. Incluso la mentira dice algo del biografiado. Pero hay que detectarla. La envidia, por ejemplo, nunca se declara: se camufla de odio o de desprecio”. “Yo no tengo la costumbre de mentir”, escribe al abrir sus memorias —2.000 páginas— Baroja, un autor que escribió tanto de sí mismo que, dice Mainer, “se corre el riesgo de pensar que tienes el trabajo hecho”.

La lenta consolidación de la biografía en España se ha beneficiado también de la superación del cliché de que la vida de un autor está en su obra: la vieja disputa entre Proust (la obra es autónoma) y Sainte-Beuve (la vida es clave para entender la obra). Los artistas no tienen biografía, decía Octavio Paz. “Tan prejuicio es decir que la obra de un escritor es la proyección de su biografía como decir que la obra es lo único que importa. En medio hay un proceso complicado. El escritor construye una imagen a través de la escritura, pero no construye una biografía, construye un personaje que coincide esencialmente con el autor. Se trata de una construcción imaginativa que no se puede tomar como un hecho notarial. Por eso mismo hay que tener en cuenta la vivencia de las cosas que un escritor traslada a la literatura”. Esa es la hora de la biografía. 

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BIOGRAFÍAS
Pío Baroja desde su obra
Por José María RIDAO 

La perspectiva que ha adoptado José-Carlos Mainer en su biografía del autor de 'César o nada' parte de sus escritos para llegar a desentrañar la intimidad del ser humano. Autor incómodo tanto para los demócratas como para el franquismo, requiere hoy una nueva valoración

La figura y la obra de Pío Baroja no han dejado nunca de despertar interés, tanto entre los lectores como entre los críticos literarios o los historiadores de las ideas. Más allá del valor de sus ficciones, objeto de una recepción tan desigual entre sus contemporáneos como entre quienes se asomaron y se siguen asomando a ellas después de su muerte en 1956, la razón tal vez haya que buscarla en su condición de narrador obsesivo y, al mismo tiempo, de atento testigo de la historia de España desde la pérdida de las colonias hasta los primeros años del franquismo. Sobre Baroja y sobre el tiempo crucial que le tocó vivir se ha acumulado durante más de medio siglo una abundante bibliografía que ha permitido incrementar el conocimiento pero que también ha acentuado el riesgo de la redundancia. En la nueva biografía del escritor, titulada, escuetamente, Pío Baroja, e incluida en una colección sobre “españoles eminentes”, José-Carlos Mainer ha conseguido conjurarlo al invertir la perspectiva habitual en este tipo de trabajos: no va de la vida a la obra sino de la obra a la vida, desarrollando hasta sus últimas consecuencias la idea de que los autores del 98 personalizan la escritura además de profesionalizarla.

Mainer comienza estableciendo un sugerente paralelismo entre la obra de Baroja y la del sudafricano Coetzee, quien, como el autor de La busca, se vale de su propia experiencia en sus novelas autobiográficas,Infancia, Juventud y Verano. Al igual que en Baroja, la ficción de Coetzee no recae tanto sobre los hechos como sobre el punto de vista desde el que se narran, como si el empeño de ambos escritores fuera imaginar una galería de personajes desde la que contemplarse a sí mismos. Mainer subraya el recurso a las técnicas del folletín y de la novela de aventuras y de viajes en el caso de Baroja, lo que, en principio, debería alejarlo de la personalización de la escritura. Pero, incluso en esa parte de su obra que más parece entregarse a la fantasía, Baroja se mantiene fiel a su experiencia y a su propósito de dar cuenta de ella: Mainer suscribe y hace suya la definición de “aventurero pasivo” con la que lo describe Miguel Sánchez-Ostiz. La indagación en el yo que Baroja comparte con otros autores de la generación del 98, además de con Coetzee, estará también en el origen de “un género a medio camino entre el reportaje y la ficción” que, señala Mainer, “estaba inventando” cuando se decide a escribir sobre el atentado contra Alfonso XIII perpetrado por Mateo Morral.

En el trayecto de la obra a la vida, Mainer no evita dar cuenta de las ideas de Baroja que autores como Giménez Caballero invocaron para incorporarlo a las filas del fascismo y que, desde otros ámbitos ideológicos, despertaron los recelos o el abierto rechazo de Ramón J. Sender, Luis Martín-Santos o Manuel Vázquez Montalbán en periodos sucesivos. A lo largo de Pío Baroja, Mainer no intenta ningún género de exculpación pero tampoco de condena, enfática de puro obvia: el autor de El árbol de la ciencia mantuvo una actitud favorable a la colonización de Marruecos basada en argumentos racistas, asumió con crudeza los tópicos antisemitas, se manifestó contra la democracia y a favor de las salidas dictatoriales, mostró su admiración por “la tendencia de la Alemania actual”, refiriéndose a la de 1933. En contrapartida, nunca dejó de proclamar un irreductible laicismo y un individualismo radical, en todo punto incompatible con el totalitarismo comunista, contra el que Baroja se pronunció de forma expresa en repetidas ocasiones, y con el fascista, que, en palabras de Mainer, “tardó en entender en los mismos términos de repudio”. Si una cara de su ideología resultaba grata al franquismo, la otra hacía de él un escritor incómodo. Y precisamente esta condición de escritor incómodo fue la que, en estricta simetría, lo avaló entre los opositores a la dictadura, lo mismo que sucedió con otras figuras relevantes que regresaron a España después de la Guerra Civil.

La rigurosa indagación de Mainer en la vida y la obra de Pío Baroja tiene, entre otras virtudes, la de reiterar una de las más importantes tareas que sigue pendiente en la historia de las ideas en España: filiar correctamente la tradición liberal. El indiscutible valor literario de la obra de algunos autores entre los que Baroja ocupa un lugar destacado nada dice de sus actitudes civiles y políticas. De la misma forma que sus actitudes civiles y políticas no sirven para negar el valor literario de sus obras. No es una paradoja que solo se produzca en la literatura española; lo que sí parece más característico de España es la inercia de seguir considerando como partidarios del liberalismo a unos escritores, incluso, a unos magníficos escritores, que poco o nada tuvieron que ver con él.

'Pío Baroja'
José-Carlos Mainer
Taurus. Madrid, 2012
462 páginas. 20 euros (electrónico: 10,99)

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BIOGRAFÍAS
Miguel Delibes y su sombra alargada
Por Javier GOÑI 

En la amplísima bibliografía de Delibes, el gran clásico popular, como subtitula Buckley su libro, hay un título, menor acaso, que pasa desapercibido entre sus grandes novelas y que a mí siempre me ha interesado.

Se trata de un diario, Un año de mi vida (1972), que le arranca casi a la fuerza —esta era una imagen que a Delibes le gustaba mucho dar— su editor, José Vergés, quien le insinúa en 1970 que por qué no escribe un diario, sus lecturas, sus impresiones, sus venturas y desventuras cinegéticas, sus alardes trucheros, sus inquietudes ecologistas y rurales, etcétera; un año de su vida, en fin. Delibes se escandaliza, aparentemente, a quién le va a importar sus cosas, él es consciente de las limitaciones de su personalidad literaria, ese adanismo que viene arrastrando desde siempre, y además a él —se justifica— cualquier desahogo intimista le repugna: repugna, qué contundencia tan castellana. Pero lo escribe, claro, anota un año de su vida, primero en la revista Destino y luego en libro.

Pues bien, releyendo este diario para acompañar la lectura del libro de Buckley, uno se da cuenta de que todas las posibles caras de ese calidoscopio que explican a Delibes, escritor, pero también ciudadano, están ya ahí, en aquel diario, con sus lecturas del año —el descubrimiento de algunos del boom latinoamericano, por ejemplo—, con sus vagabundeos por la naturaleza, buena pluma, buena escopeta, hábil con los aparejos de la pesca y también ciudadano responsable que igual protesta, individualmente, eso sí, por un abuso policial, con resultado de muerte —tres obreros, en Granada, aquel verano—, por un maltrato estudiantil en una comisaría o por un consejo militar con peticiones de pena de muerte. Ciudadano. Todos los que nos hemos acercado a Delibes, como periodistas (autores de libros de conversaciones con él, desde luego, decisivo, el de César Alonso de los Ríos, yo mismo, o Ramón García Domínguez, su más completo biógrafo) o como estudiosos (locales o extranjeros, que fueron legión) de su mundo literario tan conocido y aparentemente tan claro y evidente, todos, unos y otros, hemos barajado, de distinta forma, más o menos, pero casi todos con los mismos naipes. Pero dando juego, él.

Ramón Buckley, viejo estudioso de la obra literaria de Delibes, ha vuelto ahora a ella para releyendo sus novelas intentar conseguir —y lo ha conseguido— que aparezca otra vez el hombre, el escritor; un hombre de media docena (larga) de convicciones, pero firmes, y en radical e individual independencia, y un escritor que alardeaba —como sus viejos campesinos castellanos, con aire zumbón— de adanismo, pero que escribió, en 50 años, algunas de las mejores novelas españolas del siglo pasado. Un escritor, un clásico popular, al que se ha acercado Buckley, título a título, no con prurito de sorprender, de asediarle por flanco descuidado —Delibes es un escritor tan leído como analizado, y con complicaciones intelectuales, las justas—, sino para volvérnoslo otra vez a poner delante, para acercárnoslo. No ha escrito, pues, una biografía al uso, tampoco ha intentado mostrar una originalidad sorprendente o desconcertante (a mí, viejo lector, como a él, me ha sorprendido mucho el episodio del secuestro del cónsul alemán cuando el Proceso de Burgos, tal como se lo han contado sus hijos, y que desconocía), pero sí ha hecho un libro que deja ver, perfectamente, al hombre, y su sombra alargada, lo que no es poco.

'Miguel Delibes, una conciencia para el nuevo siglo'
Ramón Buckley. Destino.
Barcelona, 2012
281 páginas. 19,50 euros

Articulo: http://cultura.elpais.com 07/04/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...