samedi 28 avril 2012

José VILLA/ El conjuro de la palabra


LITERATURA - Poesía
El conjuro de la palabra
Por José VILLA

La “Poesía completa” y el volumen “Yo, Claudia”, con sus columnas en una revista femenina, consiguen exponer las variables del singular universo de Olga Orozco.

La publicación de la Poesía completa por Adriana Hidalgo y los textos periodísticos reunidos en el volumen Yo, Claudia , próximo a publicarse por Ediciones en Danza, permiten realizar una revisión de la obra poética de Olga Orozco, a la que podemos leer como un solo libro escrito durante varias décadas, y obtener un contrapeso a partir de artículos que en ocasiones revelan un trazo de humor ausente en su poesía, más allá de alguna muesca de amarga ironía que se pueda encontrar en ella. La edición del volumen de Poesía completa , de bella presentación, al cuidado de la poeta Ana Becciú, reúne no sólo la totalidad de la obra poética sino que agrega tres significativos ensayos literarios y una cronología que se enriquece con pequeños episodios (en su mayor parte extraídos del libro Travesías , que consistió en el encuentro entre Olga Orozco y Gloria Alcorta), e incluye un prólogo escrito por Tamara Kamenszain.

El libro Yo, Claudia consiste en la compilación –realizada por Marisa Negri y Graciela Nocetti– de notas periodísticas publicadas en la revista mensual de interés femenino Claudia entre los años 1964 y 1974, que Orozco firmó con distintos nombres, lo que en cierto modo indica un rasgo de la otredad límite, constante de su poesía.

En una entrevista concedida a la revista Ultimo Reino (Nº 22/23, 1994), Olga Orozco decía a las poetas María del Carmen Colombo, Mónica Tracey y Patricia Somoza: “No sé si ustedes se han fijado que en mis poemas hay una estructura muy rígida, son de una arquitectura muy acabada. Es decir, las escaleras no dan al vacío, las ventanas no se abren en un pilar, se abren donde deben abrirse, lo que está en la línea veinticuatro no se contradice con lo que viene en la línea treinta y dos. Nunca un elefante levanta una pestaña ni sucede ese mundo de cosas”. Orozco se previene así de una lectura que la involucre con una idea defectuosa del neoromanticismo según un aspecto inmediatamente sentimental, o una apresurada asociación con el surrealismo por una gratuita liberación de la psiquis. Al contrario, manifiesta proyecto y control.

En busca de equilibrio

La poesía de Olga Orozco se apoya en un estilo que no genera ruidos ni vacilaciones. A cambio, resulta en una especie de prosa en verso, portadora de equilibrio y autonomía, que busca la veta de la realidad objetiva del poema, bajo las condiciones en que es únicamente posible. La sintaxis, en muchos casos, señala un método de elipsis del sujeto o de elusión de objetos por su nombre, cuyo fin, a mi entender, en el primer caso, es el de mantener el suspenso y la circulación de la historia y, en el segundo, más existencial, el de sondear los límites conociendo cara a cara los riesgos de la experiencia.

Bruma y niebla

Desde el primer libro, Desde lejos (1946), puede leerse a una escritora madura, sin fisuras o vergonzantes impulsos. En esta primera publicación, el yo lírico, que aparece contiguo, como una figura borrosa, e intrínseco al paisaje del poema, es consciente de la búsqueda de puntos remotos, siempre en el intento de ir más allá, que se expresa en la lejanía: “Acaso nos aguarde, en medio de la noche pavorosa,/ la enemiga de todos los amparos./ Ella, la lejanía” (“Entonces, cuando el amor”). Esto deriva en terminaciones deliberadamente difusas como la enunciación de “bruma”, “niebla”, “ciertos seres”, lo que transfiere un mundo despojado de contornos definitivos.

De las múltiples relaciones duales que se pueden establecer en la poesía de Olga Orozco diré que carece de advertencias entre lo cotidiano y lo extraordinario, o entre el mundo de los vivos y el de los muertos (tal vez, por eso no guarde la intención de provocar espanto). Más bien conduce a un espacio completamente habitado, de convivencia de relatos. La inclusión de una mitología personal recupera la infancia como edad sin término, que sería vanamente ilusoria sin duda, por lo formal, de no ser por la combinación con guías de conocimiento (esoterismo, astrología, ceremonias, como es nítido en Los juegos peligrosos , de 1962) y resonancias literarias o religiosas que producen un pasaje de imágenes, no redundantes, aunque con alguna sobrecarga, por un mismo núcleo para desplegar después otra órbita: “etapas que parecen las circunvoluciones de una esfinge de arena/ corredores tortuosos al acecho de la menor incertidumbre/ trozos desparramados de otro mundo que se rompió en pedazos” (“En el laberinto”).

Una experiencia compositiva dirige el intento en cada libro. Las muertes (1952), segundo trabajo de la poeta, uno de los puntos altos de su obra, es bien distinto de todos los demás por el predominio de citas literarias que enmarcan el poema y ahondan en el tema de la muerte. En este libro, su poesía, siempre signada por claroscuros, incorpora la evocación literaria para abrirse a sí misma. Así, con el rigor de la uniformidad de su estilo, al modo de un minucioso ensayo poético toma una primera persona en el punto de vista de un personaje de Faulkner, recorre el misterio de “El extranjero”, alguien ajeno a este mundo y posiblemente a cualquier otro, recrea un cuadro de Batlle Planas, o advierte al lector sobre la existencia de alguien llamado Maldoror y del peligro de encontrarlo del lado oscuro... La poesía de Orozco muestra, de esta manera, otro componente de su carácter: la creencia de lo múltiple a partir de lo uno, como dice el acápite del Rig-veda que encabeza Los juegos peligrosos : “lo eterno es uno solo, pero tiene muchos nombres”.

Museo salvaje (1974) es a su modo el reino de la mirada alucinada por obras de fantasmagorías y los diversos escalonamientos del tiempo. El viento, o figuras similares, adquiere en la obra de Orozco una presencia permanente que le da a los espacios y a los objetos cierto hálito o rigidez de símbolos, si por símbolo entendemos al esqueleto o ruina que antecede a una nueva transfiguración, al reconocimiento esencial: “Apenas me retienes por un lazo de sombra debajo de los pies/ apenas por un jirón de luz helada entre los dientes/ y no obstante persevero contigo en el destierro contra la voz que clama,/ me aferro como un mástil contra el ciclón de plumas que me aspira/ me adhiero como un náufrago al tablón que corre hacia el abismo” (“Mi fósil”). El último libro publicado en vida,Con esta boca , en este mundo (1994), es un notable conjunto de poemas en el que lo cotidiano, su serenidad de tono, gana lugar a la heroicidad lírica y de drama y a la necesidad de ir en oposición. Lo sombrío, ya proyectado sobre este mundo y los otros, no parece sostener la fuerza de un deseo, y pervive nombrado como ausencia. Prueba de ello es el poema dedicado a la muerte del poeta argentino Alberto Girri: “Pero yo sé que casi medio siglo de amistad, permanencia, emociones y amparo/ no me basta para encontrar que una pequeña huella/ una chispa en suspenso, un flotante perfume/ son, en medio del anónimo coro universal, de la corriente del acontecer, / tu modo de dictarme lo más justo, lo más bello y lo más verdadero,/ como antes, como siempre, con un gesto, con un talismán, con una lágrima.” (“Espejo en lo alto”).

La mujer moderna

El otro volumen que se publicará próximamente es Yo, Claudia , y reúne artículos de diferentes secciones de la revista Claudia, que asumió un enfoque moderno de la mujer en la década de los sesenta. Orozco, utilizando variados seudónimos, se ocupó del consultorio sentimental, la vida de escritores y otros artistas, observaciones costumbristas referidas a la mujer, temas esotéricos y notas bibliográficas, en un tono acorde a lectoras de cultura general y entretenimiento. De todos los nombres que Olga Orozco ha sido, Valeria Guzmán, consultora sentimental, es la que mayor interés provoca por su irreverente humor para con las lectoras que enviaban sus preocupaciones. También desde allí, justamente, remite veloces anotaciones sobre la poesía, ejerciendo una pedagogía de los sentimientos y el arte: “(...) sea dulce, atractiva, generosa, comprensiva, discreta y, sobre todo, no le pregunte a cada momento en qué está pensando. Los poetas hacen viajes interiores cuyas trayectorias no figuran en los mapas y en los que es imposible acompañarlos”, le dice a una lectora que encuentra a su novio poeta algo alejado de ella. A una mujer que “ama la poesía” y quiere aprender a escribir le aconseja: “no se escribe a través de conocimientos ni de episodios vividos emotivamente: es una conjunción de elementos mentales y sensibles”. La simplicidad de los interrogantes obtiene el reenvío de una suerte de cliché que intenta contener un espacio de libertad, y las lectoras lo agradecen. Mucho de su obra poética reverbera en los personajes que decide biografiar, entre ellos Marie Curie, Lord Byron y Nostradamus, cuyas vidas son relatadas al modo de ejemplares peripecias, con un estilo algo romantizado, por así decir, que su poesía tiene de reino perdido, extrañeza, reflejos y proyecciones fantasmales.

Como en la obra de tantos de sus contemporáneos de la década de los cuarenta, el artificio borgeano se ofrece como referencia en lo que la poesía de Olga Orozco esboza de múltiples tiempos y principios y fines laberínticamente inciertos. Severo rector, poeta en la sombra, el Borges que Olga Orozco interpreta se asimila al artilugio que enfrenta la identidad y el tiempo de lo que llamamos realidad: “El pretérito es tan dúctil, tan modificable como el futuro”, dice en el ensayo que cierra la Poesía completa (“Jorge Luis Borges en su historia de la eternidad”). El conjuro de la palabra, en la literatura de Orozco, yace en un esfuerzo que tiene de sacrificio lo inmensurable por llegar al punto exacto en que lo otro se revela, que no deforma ni asesina, si queremos asignarle una dimensión ética. Por lo demás, la vigencia de Olga Orozco en la poesía argentina actual, si se le interpone la famosa década de los noventa, y una sus líneas centrales, que propone una mirada directa y una crónica elemental del presente, salpicando lírica social en diferentes densidades, parece escasa y apenas visible por la impresión de un puente que, si bien no está roto, se encuentra un poco lejos.

Articulo: http://www.revistaenie.clarin.com 24/04/2012

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