samedi 28 avril 2012

Luis Miguel RIVAS/ El tamaño de tu esperanza


Artículos
El tamaño de tu esperanza
Por Luis Miguel Rivas

En pos del Argentinian Dream, el autor se encontró entre las poco alentadoras opciones del hambre o las ventas telefónicas. En esta crónica regresa a aquellos días de largas llamadas y cortas ilusiones.

¿Hablo con don Jorge Ramírez? Don Jorge, buenos días, habla con Luis Miguel Rivas, yo soy asesor médico y le estoy llamando desde los laboratorios Vita-bio, con sede en Nueva York, ¿Cómo ha estado?”.

Así comenzaba yo las llamadas en aquella época fugaz en la que trabajé como vendedor telefónico de potenciadores sexuales y elongadores para el pene, elaborados por los laboratorios Vita-bio con sede en Nueva York, que en realidad estaban ubicados en la calle Adolfo Alsina de Buenos Aires, Argentina.

“¿Cómo ha estado don Jorge? –continuaba sin darle tiempo a responderme para pasar de inmediato a anunciarle la gran noticia–: lo estoy llamando para contarle que usted ha sido uno de los diez afortunados ganadores, seleccionados entre nuestra base de datos, para recibir un tratamiento completamente gratuito de productos Vita-bio, además de un bono extra por valor de 50 dólares. Cuénteme: ¿usted ha oído hablar de los productos Vita-bio? ¿No? Muy extraño porque nosotros tenemos publicidad en la televisión y en los periódicos más importantes de Norteamérica –don Jorge, como todos los potenciales clientes que aparecían registrados en las bases de datos que me entregaba mi jefe todos los días, era un inmigrante latino del sur de los Estados Unidos–, pero le cuento para que se acuerde: nosotros somos un laboratorio especializado en medicina natural elaborada con la más alta tecnología… y cuénteme, ¿cuántos años tiene usted don Jorge? ¿81? ¡Qué maravilla!, pero se le oye una voz muy recia, muy vital. Y dígame, ¿ha estado yendo a revisiones médicas este año?…”.

Si don Jorge no me colgaba en ese momento o no me había colgado antes, yo seguía haciéndole preguntas indirectas con las que extraía información sobre su salud en general, su vida familiar, su poder adquisitivo, las relaciones con su esposa, sus estado de ánimo, la actividad de su libido y la concordancia entre los impulsos de esta y la posibilidad biológica de satisfacerlos. Si don Jorge ya no tenía libido, o posibilidades, le hacía caer en cuenta de que precisamente allí radicaba el origen de su desánimo con la vida, de su actitud cansada, de esa ausencia de alientos que tal vez a veces lo hacía sentirse como si fuera un viejito. “Pero es que soy un viejo”, me decía escéptico y tozudo, como si fuera un viejito de 81 años. Era el momento en el que yo me enojaba un poco, lo reconvenía recordándole que la juventud es un asunto mental y le reiteraba que las capacidades viriles del hombre nunca mueren: “No hay cosas imposibles, hay hombres incapaces”. O hay hombres que no conocen los laboratorios Vita-bio, con sede en Nueva York.

Pero generalmente don Jorge (o don Carlos o don Roberto o don Jesús) ya me había colgado. Esa fue la razón por la que mi paso por los laboratoriso Vita-bio, con su sede de Nueva York en Buenos Aires, fue tan fugaz. Y también hubo otra: dejé de creer en la bondad de los productos que promocionaba tan entusiastamente.

Nuestra idea de la salud en Vita-bio era integral y no se reducía solo a la faceta sexual del ser humano. Ofrecíamos productos para toda la familia y para todos los problemas de la vida: tratamientos adelgazantes, vitaminas, curas para el cáncer, medicamentos para el cansancio, pastillas para la inteligencia, rejuvenecedores de la piel, revitalizadores para el pelo, laxantes, analgésicos, curas para el estrés, controladores del sistema nervioso, reguladores para el aparato digestivo… Lo extraño es que viendo las cajitas de los productos que enviábamos a nuestros compradores me pareció que todas llevaban el mismo contenido, solo que con diferente empaque. Y yo tenía la impresión de que les estábamos despachando lo mismo a un señor que anhelaba una erección, a una señora que tenía salpullidos en el brazo, a un muchacho que sufría de estreñimiento y a una joven que quería darle brillo a su pelo.

No aguanté la duda y, al quinto día de trabajo, me acerqué a mi jefe e instructor. Se llamaba Fernando, un dominicano de treinta años, con barba en forma de candado y en cuyos gestos se alcanzaban a vislumbrar los rezagos de una antigua espontaneidad tropical domada por diez años de vida en Buenos Aires. Estaba sentado en un escritorio grande de una oficina amplia y desalojada que en algún momento debió acoger a un gerente de verdad. Tenía los pies sobre el escritorio y estaba recibiendo una llamada en la que le anunciaban su paso a la segunda entrevista en el proceso de selección para el cargo de supervisor en un gran call center de la ciudad. Colgó sonriente y me miró feliz con la inminente posibilidad de abandonar esa empresa que él mismo me había hecho apreciar en las recientes charlas de inducción.

–Oíste Fernando –le dije después de escucharlo–, disculpá que te cambie de tema, es que tengo una duda… Creo que nos equivocamos de dirección y trocamos el frasco del señor de Texas con el de la muchacha de Alabama.
–¡No te preocupés, che, eso es lo mismo, chico! –me dijo palmoteándome la espalda como si fuera mi abuelo, y salió exponiendo su dentadura a los cuatro vientos.

Al día siguiente, Fanny, mi única compañera de trabajo y la única persona que vendía algo en la empresa, una argentina de sesenta años que había levantado toda una familia hablando por teléfono, terminó una conversación entre maliciosa y profesional, y colgó el teléfono con una sonrisa triunfal.

–¡Vendí un elongador!

En cinco días de trabajo constante yo no había podido vender nada y la noticia fue un golpe para mi autoestima profesional. Pero pude difuminar mi frustración pensando que a una mujer con un dejo malicioso en la voz le quedaba mucho más fácil venderle un elongador de pene, por teléfono, a un viejito en el sur de los Estados Unidos. Fernando, que en la inducción no me había mostrado ese producto, se puso feliz con la venta y sonrió como diciendo: “Hoy es mi día”. Inmediatamente fue a la bodega y trajo el aparato para proceder a las diligencias del envío. Yo nunca había visto un elongador en mi vida y antes de llegar a laboratorios Vita-bio, con sede en Nueva York, no se me había pasado por la cabeza que existiera el acto de elongar.

Era una especie de botella plástica de gaseosa litro, abierta en la base y de cuya boquilla o pico salía una manguerita que remataba en una pera de caucho. Me sorprendió que un mecanismo tan básico, de fabricación prácticamente casera, se vendiera con términos tan sofisticados y costara tanto. Fernando lo depositó sobre el escritorio de uno de los cubículos desmantelados de la oficina que algún día fue un gran call center, y se puso a conversar alegremente de otras cosas con Fanny hasta que se fueron a almorzar.

Cuando salieron miré el elongador sobre el escritorio y me acerqué para tratar de comprender su lógica. Lo observé un rato y teoricé sobre su funcionamiento. Volví a mi puesto, hice varias llamadas infructuosas y volví al cubículo donde reposaba el aparato. Esta vez lo observé bien, lo manipulé y lo acomodé superficialmente en la posición en que debería ser usado, como cuando uno se mide un pantalón por encima, en un almacén. Era obvio que la botella de plástico debía hacer un vacío y que al apretar la pera de caucho se hacía una compresión de aire. ¿Pero cómo se ajustaba al cuerpo la botella para que no saliera aire y para que el órgano aprisionado en su interior quedara como empacado al vacío? No vi otra manera de resolver mis dudas que el uso del método empírico. Me dirigí a la oficina de Fernando con el elongador en la mano, me bajé los pantalones y procedí a probármelo. No se ajustaba con precisión a la piel y siempre quedaba un espacio por el que se salía el aire, impidiendo la creación del vacío. Intenté un largo rato tratando de ceñir la base lo más posible a mi bajo abdomen. Cuando por fin lo estaba logrando, un silbido me interrumpió. A través de la ventana vi a dos albañiles en el techo de la casa vecina, haciendo muecas y gesticulando mientras llamaban a un tercero. Con los pantalones en el suelo y elongador en ristre caminé como un pingüino hasta la ventana y la cerré. Continué con mi trabajo hasta que la botella quedó completamente adherida a mi piel.

Entonces empecé a apretar la pera de caucho y sentí como si el centro de mi ser empezara a ser absorbido por una fuerza desconocida, casi espiritual. Me dolió. En ese momento sonó una llave que entraba en la chapa de la puerta principal. Solté la pera pero la botella no se desprendía. La llave dio dos vueltas adentro de la chapa. Forcejeé jalando la botella que al principio no quería adherirse y ahora no se quería desprender. Oí el chirriar de la puerta abriéndose y las voces de Fernando y Fanny cada vez más nítidas. Hice un acopio desesperado de todas mis fuerzas y volví a jalar la botella insistentemente hasta que la pude arrancar de sopetón. Sonó como si hubiera destapado una gigantesca botella de champaña. Me volvió a doler. Subí mis pantalones, ajusté la correa y salí de la oficina caminando informalmente e imitando con los labios el ruido repetido de un corcho que brota del vidrio. Deposité el elongador sobre el escritorio en el mismo momento en que Fernando y Fanny entraban. Hice como si recién me parara a mirar el producto y hablé con tono profesional.

–¿Y esto cómo funciona?

–Eso no funciona, che, lo único que funciona son las ganas, chico –me contestó muerto de la risa, pero esta vez logré esquivar el palmoteo.

Esa tarde tampoco vendí nada. Menos mal que Fanny sí porque yo ya estaba empezando a sentir compasión por la empresa. Alguien al otro lado de la línea le pedía rebaja por un producto argumentando que había comprado antes y que les estaba dando una segunda oportunidad. Fanny le dijo que esa decisión no dependía de ella porque se trataba de precios estándares e internacionales, pero dado que se trataba de un cliente fiel iba a remitir la llamada directamente al despacho del jefe nacional de ventas. Tapó la bocina, espero unos segundos, hundió teclas al azar y le hizo un gesto urgente a Fernando que estaba absorto en el Facebook auscultando el perfil de una chica. El jefe corrió al lado de Fanny, le quitó la diadema, se la instaló en la cabeza y procedió a convencer al señor de la generosidad de la oferta y del privilegio que la empresa le estaba otorgando, con tal autoridad y tal convicción, que estuve a punto de encargar un paquete de los mismos productos para mí.

Esa noche en mi casa concluí que no podría serle útil a la empresa y que los laboratorios Vita-bio, con sede en Nueva York, tampoco podrían beneficiarme en nada. Al otro día llegué al trabajo puntualmente para hablar con Fernando, decirle que no seguiría y disculparme por haberle hecho perder tiempo en la inducción. Fernando me escuchaba tranquilo, acostumbrado a la rotación del personal en una empresa que contrataba personas indocumentadas pagándoles un básico de 600 pesos mensuales. En ese momento tocaron la puerta y entró la chica que yo había alcanzado a ver en las fotos del Facebook: una venezolana caderona y vivaz, con la mirada optimista de su primer día de trabajo. Fernando la saludó y le dijo que siguiera a su oficina y le esperara un momento. Los dos miramos sus nalgas bamboleantes alejándose hacia la gerencia. Fernando me sonrió:

–No hay drama, che, no hay drama, chico –dijo, y sentí sus palmadas en mi hombro.

Dio vuelta y fue tras la venezolana. Al pasar por el escritorio vio el elongador empacado en su caja, lo empujó con los dedos y giro hacia a mí pelando los dientes:

–Lo único que sirve es la pasión, che, las ganas de hacer las cosas, chico –y siguió raudo a iniciar el proceso de inducción con la venezolana.

Articulo: http://www.elmalpensante.com Marzo 2012 

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