samedi 21 avril 2012

Marcelo COHEN/ La enciclopedia del porvenir


LITERATURA
La enciclopedia del porvenir
Por Marcelo COHEN

Diestro en imaginar mundos futuros, Marcelo Cohen dibuja aquí unaanticipación en la que la novela será “la gran fuente de meditación y praxis”.

En 1865, mientras preparaba París en el siglo XX y De la Tierra a la Luna , Julio Verne se asesoró largamente con expertos para asegurarse de no quedar por detrás de los últimos desarrollos de la ciencia. Si bien de ese desvelo resultaron predicciones pasmosas, como la calculadora o la silla eléctrica, es improbable que alguno de los científicos que consultó Verne se oliera que la teoría de la relatividad y la cuántica iban a desgarrar el bastidor conceptual de la física y propiciar tecnologías asombrosas.

Hoy parte del encanto de Verne radica en que sus novelas son atlas del futuro caduco, o errado, y un alerta de que la pasión de los entendidos no suele anticipar los cambios de paradigma más radicales. Algo muy parecido pasa con Asimov, y con muchos más recientes. Por eso desde un buen rato las ficciones de anticipación ya no creen en el desarrollo lógico de los saberes científicos y sociales que tienen a mano; creen en el acervo de su género, o se fabrican uno nuevo. La prospección es cada vez menos profética y más fantástica, o de cualquier tipo.

En la literatura realista, los datos necesarios para hacerse una idea de lo que un relato no explica se obtienen del conocimiento de la cultura en donde transcurre la historia. Las ficciones de mundos posibles o imposibles, en cambio, han ido acumulando su propio archivo de ítems inventados, que es el que permite al lector inferir los datos de paisaje, identidades o circunstancias que la acción del relato da por sentados o sugiere vagamente.

En base a un conocimiento medio de la enciclopedia de las ficciones de prospección, hoy, abril de 2012, se podría anticipar por ejemplo que: En el futuro habrá vehículos movidos por la energía del flujo sanguíneo del conductor; habrá dispositivos individuales de transporte aéreo llamados alademoscas. Antes que personas-libro, como en lóbregas predicciones de la ciencia-ficción, habrá eruditones, individuos que después de haber leído muchísimo, con detenimiento y profundidad, ofrecerán en quioscos callejeros servicios de instrucción profunda, varia y relacionada que el usuario general de datos a raudales ya no sabrá extraer de su telefonín. En el futuro se podrá optar por una vida más económica, para el individuo y la sociedad, en forma de cerebro sin cuerpo atendido por expertos en alguno de los populares hogares-taller; habrá uniones conyugales de a tres; el premio mayor de una lotería mundial será la operación de eliminado de la memoria.

En el futuro la música será apretada y bella como una castaña seca. Lanzaderas cuánticas permitirán trasladarse a un hotel espacial en un abrir y cerrar de ojos, si el viajero acepta el riesgo de desaparecer para siempre en una posibilidad de onda. En el futuro circularán la práctica sal-moneda y la unidad monetaria botella de agua; persistirá la compulsión a trabajar mucho.

No habrá edificios colosales ni jardines flotantes ni viajes intergalácticos ni píldoras alimenticias en vez de lasaña; todo será sobrio, gustoso, accesible; y superpoblado, porque en ciertos períodos los movimientos de resistencia lograrán neutralizar la pulsión capitalista de eliminar estómagos excedentes. La difusión ilimitada de la persona mediante hologramas habrá vuelto la clonación tan cursi que sólo la practicarán los políticos bisoños y apresurados.

La Mancomunidad de Extremo Oriente será una potencia dominante en declive, abrumada por el peso de su producción desmedida y sus mil millones de ciborgues. Después de que una ley global los haya liberado de todo yugo, los animales se habrán diezmado entre sí, y los más fuertes sobrevivirán en páramos especiales; de vez en cuando un uargo se colará en un barrio humano para darse el gusto de comerse a un viejito. Habrá circos clandestinos, donde arrobados espectadores furtivos verán a una muchacha de pie sobre un caballo, un perro bailando y un audaz metiendo la cabeza entre las fauces de un tigre. Todo lo demás será bastante seguro, salvo la minería del maquinio, el metal multiuso que los movimientos téctónicos y la química natural habrán sintetizado con equipamiento industrial sepultado.

Todos estos augurios pueden permutarse por otros igualmente posibles. En el futuro la humanidad habrá alcanzado el punto decisivo de su labor de destrucción de la Tierra, otros planetas y los humanos mismos, y a la vez la sabiduría necesaria para enfrentar el fin con una calma templada, rayana en la indiferencia zumbona, porque este camino doble hacia la muerte y la comprensión lo ha recorrido siempre.

Pero que los mórbidos soñadores del apocalipsis no se hagan ilusiones: no va a haber final abrupto ni extinción a plazo fijo. No.

Esta historia va a durar mucho, mucho, y de nosotros dependerá que sea un climaterio insufrible o una vejez tercamente juvenil. Cada generación heredará de la anterior el mismo jardín, con sus alimañas, su cicuta, sus daños, con todas las herramientas útiles, aparatos obsoletos y flores fecundas, y podrá elegir entre estropearlo más o componérselas para cuidarlo en bien de las generaciones sucesivas.

La novela habrá asimilado a regañadientes que no puede hacer nada en la realidad pero sí hacer cosas junto con la realidad; será el espectáculo más absorbente y la gran fuente de meditación y praxis. Una parte de la política seguirá adherida a su condición de ardid, dominio y porfía, al bamboleo entre el avance triunfal y el abismo. Otra parte de la política habrá entendido que es el lenguaje el que crea mundos, tanto dominables, aciagos y exiguos como indómitos y abiertos. En el futuro podría aceptarse al fin que un mundo son innumerables entes y seres relacionados con un mismo espacio y un mismo tiempo, pero que por cada individualidad de este mundo hay una alternativa en algún mundo posible. De la indiscutible abundancia de mundos posibles, justamente, se ocupan las ficciones fantásticas y prospectivas. Lo real y lo posible no interactúan; pero, como prueba sobra la Historia, si el lector modifica y amplía su enciclopedia de nuestro mundo con las de los mundos en donde reside mientras lee, tarde o temprano el mundo real se transforma.

Articulo: http://www.revistaenie.clarin.com 20/04/2012

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