samedi 21 avril 2012

Pablo CAPANNA/ El libro, un mensaje para el futuro


LITERATURA
El libro, un mensaje para el futuro
Por Pablo CAPANNA

En tiempos en que el futuro del soporte en papel plantea incertidumbres sobre el porvenir de la cultura, Ñ propone invertir la pregunta y explorar las imágenes del futuro construidas por los libros. Desde las utopías de Moro a la ciencia ficción, los cambios en la historia pueden leerse en esas anticipaciones. En esta 38 ª Feria del Libro, también nos hablan, por cierto, de lo que vendrá.

Más allá de esas razonables conjeturas que nos permiten organizar el día de mañana, poco o nada es lo que sabemos del futuro. Hacemos citas, firmamos contratos, criamos hijos, construimos y destruimos. Hasta soñamos con que nuestro nombre perdure en el tiempo, a pesar de que unas pocas moléculas alojadas donde no deben alcanzan para acabar al instante con todas nuestras previsiones.

Todo lo hacemos a partir de nuestra experiencia pasada, pero siempre estamos tomando decisiones que comprometen el futuro. Nuestras expectativas no suelen ir muy lejos, a lo sumo un par de generaciones, y más allá de eso el futuro se nos torna nebuloso. Es entonces cuando la expectativa cede el paso a la curiosidad, que no siempre es inocua ni desinteresada. Desear que en el futuro triunfen nuestros valores puede alumbrarnos el presente, especialmente si se trata del futuro de la comunidad con la cual nos identificamos.

Cuando los hombres de Neanderthal comenzaron a enterrar a sus muertos y los congéneres de Cromagnon a pintar esos bisontes que nunca cazarían, el destino personal ya se inscribía en una trama mítica tendida entre el origen y la consumación del mundo.

La invención de la escritura permitió que esos mitos se codificaran en los libros sagrados y fueron el marco de sentido para las incógnitas del porvenir.
Aquí cabe preguntarse qué fue primero, si el libro o el futuro. No se trata de una pregunta tan ociosa como pareciera. Es cierto que siempre hubo textos, así se escribieran en piedra, arcilla, papiro, pergamino o papel. Pero el objeto llamado “libro”, con su tapa, contratapa y hojas, nació con ese códex que inventaron los primeros cristianos para no andar de aquí para allá cargando con los rollos de la Escritura. El libro siempre fue un mensaje para el futuro, que hasta podía esperar a un lector que aún no había nacido.

Volverse hacia el futuro

En cuanto al futuro en sí, concebido como dimensión histórica, diríamos que nació unos mil años después del libro, cuando el monje Joaquín de Fiore proclamó que para poder divisar la culminación de la historia había que volverse hacia el futuro.

Al parecer, este giro temporal fue un rasgo propio de la cultura occidental. Casi todas las culturas habían sentido la necesidad de narrar las crónicas del pasado, pero la civilización euroamericana fue la que se preocupó por componer utopías situadas fuera del tiempo, se esforzó por anticipar el futuro y hasta soñó con plasmarlo a voluntad.

Cuando la ciencia comenzaba a imponer su visión del mundo y prometía darnos más poderes, los artistas abrieron la polémica de los antiguos y modernos, que devaluó a los clásicos y apostó por el futuro. Para entonces, la imprenta ya había logrado que las utopías, a menudo pensadas para el príncipe, sedujeran la imaginación del lector común.

Por estos caminos, la modernidad organizó su proyecto en torno a un relato con final feliz: el Progreso. Un físico diría que el futuro fue el “atractor” capaz de modelar el deseo, la esperanza y hasta el miedo.

Paradójicamente, el primero que proclamó la inevitabilidad del progreso fue Condorcet, que escribía desde la cárcel. Su discurso se articulaba en torno a la fe en la acumulación del saber y el dominio de la naturaleza, que acabarían por modelar a las instituciones conforme a la racionalidad. Desde entonces, todos brindamos por un futuro venturoso, los rebeldes juran que la historia les hará justicia, y cada generación que fracasa confía en que la juventud realice sus sueños.

Las utopías de Moro, Campanella y Bacon fueron modelos ideales situados fuera del tiempo, instrucciones para construir una sociedad más justa y virtuosa. Moro confiaba en que la justicia se alcanzaría a través de la moral y la educación, y Bacon prefería hacer de la ciencia y la tecnología las claves del bienestar.

El siglo XIX fue prolífico en la construcción de utopías. Los escritores llenaron las bibliotecas de minuciosos programas utópicos y los reformadores sociales se atrevieron a experimentarlos fundando comunidades ejemplares. Muchos fracasaron porque pretendieron ignorar las debilidades humanas, pero otros plantaron las semillas del urbanismo, la emancipación femenina y la educación moderna. En ese marco se plasmaron los grandes relatos ideológicos que iban a disputarse el siglo XX. El cauce principal fue el socialismo, pero otros movimientos, como el nacionalismo, el eugenismo, el positivismo, la tecnocracia, el futurismo o el teosofismo, no dejaron de escribir sus peculiares guiones para el futuro.

A fines del siglo XIX, el Progreso –así fuera lineal o discontinuo, evolutivo o revolucionario– era una fe que no sabía de incrédulos. Cuando Edward Bellamy escribió El año 2000, si llega el socialismo (1888) echó a rodar un alud de ficciones anticipatorias que pintaban con optimismo un milenio dominado por la ciencia, la industria y las comunicaciones. En esos años, todos, fueran burgueses o proletarios, confiaban en que el progreso tecnológico acabaría con los viejos conflictos y traería el progreso social.

No bastó con una guerra mundial para enfriar la fe en el progreso, que recién comenzó a vacilar con la Gran Depresión y el surgimiento de los totalitarismos. La utopía se volvió “distopía” y amenazó con lóbregos futuros como los de Zamyatin, Huxley y Orwell. Ahora había anti-utopistas que se proponían alertarnos ante el peligro de un futuro sin libertad. El utopismo se hizo literatura de masas y se popularizó con el nombre de ciencia ficción, que supo ofrecer futuros a veces llenos de maravillas y otras de espanto.

Dispotías y ucronías

A pesar del malentendido que se impuso desde que H. G.Wells tituló Anticipaciones uno de sus libros, la esencia de la ciencia ficción no está en predecir qué comerán o cómo viajarán nuestros biznietos. Cuando la ciencia ficción recurre al futuro es para no tener que rendir cuentas a los historiadores, para especular con una ciencia que aún no existe o para disfrutar de las licencias que permite la fantasía. Puede pintar un futuro alarmante para advertirnos que vamos por mal camino (la distopía) o construir una historia alternativa para mostrar que las cosas podrían haber sido distintas: la ucronía. Pero aunque sea de manera hiperbólica, siempre remite al presente.

Los autores perezosos inventaron imperios galácticos sólo como nuevos escenarios para sus trilladas aventuras de capa y espada. Robert Heinlein quiso delinear una historia tecnológico-política de los próximos siglos, pero no tardó en ser desmentido por los hechos. Olaf Stapledon diseñó toda una historia del cosmos y se atrevió a ir más allá del destino de nuestra especie. Cordwainer Smith traspuso los conflictos políticos de su tiempo al futuro más lejano, e hizo que los viéramos desde otra perspectiva.

Fred Polak, uno de los pensadores que con más profundidad indagó en este tema, pensaba que la imagen que nos hacemos del futuro se despliega en dos ámbitos: la profecía y el destino. La profecía puede proponerse saciar las expectativas del presente como recriminarnos nuestros errores. El futuro del destino, en cambio, apunta al límite de la curiosidad, el fin del mundo. Ambas dimensiones están en La máquina del tiempo (1895) de H.G.Wells, que por algo es un clásico.

La cosmología basada en la ciencia del último siglo nos ofrece un mundo en evolución, muy distinto del universo atemporal que pintaba la física clásica. Ostenta una definida flecha temporal que parece apuntar, si no a la perfección, por lo menos a una complejidad cada vez mayor. Hay que admitir que, en este orden de cosas, los físicos han sido mucho más audaces que los narradores, desde J. D. Bernal y J. B. S. Haldane hasta Adrian Berry, que pretendió anticipar Los próximos diez mil años (1974). Frank Tipler, en su Física de la inmortalidad (1994) llegó a anunciar la transmutación final del mundo físico en un omnisciente sistema informático, al cual podríamos llamar Dios.

No faltaron quienes quisieron construir una ciencia del futuro. Así como la astronomía había nacido de la astrología, hace cuatro décadas tuvo su auge la Futurología, que pretendía convertir en ciencia esas conjeturas a las que nos había acostumbrado la ciencia ficción. Berger, Töffler, Jouvenel y Kahn diseñaron profecías “científicas” para uso de gobiernos y empresarios y por un tiempo generaron grandes expectativas. Tras algunos estruendosos fracasos –en 1972 Herman Kahn no fue capaz de prever la gran crisis petrolera del año siguiente– los empresarios desorientados acabaron por volver a los astrólogos y adivinos, con los resultados que están a la vista.

El optimismo progresista había dado su canto de cisne con la ciencia ficción de los prósperos años sesenta, que acompañó a la conquista del espacio y su utopía de la “última frontera”. No en vano Star Trek sigue teniendo un lugar en la nostalgia.

Ahogados en violencia los sentimientos de los sesenta, quedaron pocos escritores dispuestos a soñar con la utopía. Los punks proclamaron la muerte del futuro y los ciberpunks la escenificaron. Un moralista cruel como James G. Ballard habló del “presente invasor” que se había tragado el porvenir. El libro y las humanidades ya no servían para obtener el éxito social. Pero a medida que se iba renunciando a imaginar el futuro y se lo aceptaba con fatalismo, se iba abandonando la lectura y sustituyéndola por la información.

El alma del libro

¡El libro ha muerto, viva Internet! Umberto Eco, uno de los últimos que leyó El jorobado de Notre Dame sin ver la película, recuerda la escena en que el malvado archidiácono proclama que “esto (el libro) matará a aquello (las imágenes)”. Víctor Hugo no sabía que estaba creando un exitoso clisé, que tantas veces hemos escuchado luego: la radio matará al diario, la TV acabará con la radio, la pantalla terminará con el libro, etc. Todos esos medios han sobrevivido, aunque tengan que disputarse el mercado. Si Hugo viviera, se encontraría con que se lee y escribe en las pantallas pero generalmente lo que atrae son las imágenes, y es común que las persecuciones de autos derroten a las ideas.

Para el caso del libro, un ser que tiene un sustrato físico pero está hecho de símbolos, se diría que tiene plena validez el dualismo cuerpo-alma. El alma del libro puede trasmigrar y encarnarse en papiro, pergamino, papel de seda o de diario, pantalla o tableta. Aquello que suele rotularse como “contenido” (como si fuera una gaseosa o un puré de tomates) es lo único que justifica que el libro mude de aspecto sin renunciar a su lógica, algo que está más allá de la mera información.

Hasta se diría que la Red puede llegar a ser una nueva puerta al libro, al cine y a las artes, en cuanto la comunicación obsesiva comience a perder su poder adictivo.

Acabo de descubrir una perla en el célebre Rincón del Vago, donde los estudiantes aprenden a mentir desde temprano. El anónimo falsificador, que regala cuestionarios para que los maestros no piensen y respuestas para que los alumnos tampoco tengan que hacerlo, recomienda leer la novela Un mundo feliz, pero se la atribuye a Adolf Huxler. El estudiante posmoderno, munido de la más avanzada tecnología, se irá acostumbrando así al cambalache virtual, donde un escritor (Aldous Huxley) se confunde con un monstruo (Adolf Hitler) por unas pocas letras de diferencia. Está visto que los criterios para sortear el disparate siguen estando en los libros, así sean de papel, papiro, electrones o quarks.

Articulo: http://www.revistaenie.clarin.com 20/04/2012

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