samedi 21 avril 2012

Pablo CAPANNA/ ORWELL o la política ficción de cada día


LITERATURA
Orwell o la política ficción de cada día
Por Pablo CAPANNA

El jueves se estrena en el Teatro San Martín una versión de “1984”, de George Orwell, escrita hace más de medio siglo. Pero “la ciencia ficción no tiene nada que ver con nuestro ser nacional”, ironiza el autor de este artículo. ¿O sí?

Cada vez son más los escritores argentinos que repudian la ciencia ficción, un género que unos confunden con los efectos especiales y otros atribuyen a oscuras maniobras de la CIA.

Pero entonces, ¿qué me puede decir de una obra como 1984 de George Orwell?

–¿Cuál? ¿La del Gran Hermano? No, eso es política-ficción.
–Pero a mí en Instrucción Cívica me enseñaron que la política es una ciencia.
–Bueno, será lo que será, pero a mí el único género que me gusta es el policial negro –responde el literato, sin disimular su fastidio.

Debo admitir que con ese argumento ha logrado convencerme. La ciencia ficción puede estar bien para los japoneses, pero no tiene nada que ver con nuestro ser nacional. Aquí vivimos en una realidad que rebosa de historias policiales, y eso no nos deja tiempo para ninguna literatura de evasión.

Para terminar de convencerse basta con echar un vistazo al mundo de 1984, la novela que escribió George Orwell hace más de medio siglo, cuando Europa estaba barriendo los escombros de la guerra y aquí gobernaba Perón. Salta a la vista que es el delirio de un sujeto depresivo, que tuvo la desgracia de vivir en una época que aún no conocía el Prozac. Orwell imaginó un truculento Estado totalitario, que todo lo subordina a conquistar la Victoria en un mundo donde sólo hay otras dos potencias, por cierto muy similares. Todo su poder reposa precisamente en su capacidad para sostener el estado de conflicto permanente, aunque esto lo obliga a cambiar periódicamente de enemigos y de aliados.

Esta estrategia le permite intervenir activamente en la construcción de la realidad y someterla a constantes refacciones, siempre pensando que mañana puede llegar a necesitar como enemigo a quien hoy es su aliado. Para mantener movilizado al frente interno, el régimen ha inventado el Traidor Oficial, papel que le asignó a quien había sido el segundo en la jerarquía del poder. La televisión dedica horas enteras a denunciar las aviesas maquinaciones de sus cómplices, así como los errores de todos aquellos incautos que le hacen el juego. También suele echarle la culpa de todo lo que sale mal a una tozuda y férrea oposición; de hecho, ésta parece ser bastante virtual, porque nadie la conoce más que por rumores y todo hace pensar que ya ha sido cooptada por el partido único.

A menudo se hace necesario convocar a la militancia juvenil, que llena las calles con rituales en los cuales rivaliza en ultrajar la imagen de los malvados que gozan de más popularidad. Hace tiempo que concentraciones y asambleas han sido reemplazadas por vistosos y ordenados desfiles, con pancartas, banderas, acróbatas y muñecos de papel maché, donde el pueblo se encolumna tras los carteles de sus respectivos ministerios.

Pero no todo acaba ahí, porque es propio de este género que cuando los autores están cebados pierdan todo respeto por la verosimilitud y no vacilen en burlarse de la buena fe del lector. El protagonista de la novela trabaja en un instituto consagrado al revisionismo histórico, que depende del Ministerio de la Verdad. Esta repartición tiene a su cargo tanto el adoctrinamiento como el registro y edición del pasado histórico. Allí no sólo se traducen los libros clásicos a un lenguaje más adecuado; también se reescriben los diarios recientes para ajustarlos al discurso oficial, cada vez que sea necesario. A menudo se hace necesario borrar de las fotos a esos personajes que se han vuelto indeseables, con lo cual se limpia el pasado de alianzas vergonzosas y no se pierde tiempo en desmentir frases desafortunadas. No pocas veces los editores tienen que diseñar héroes imaginarios conforme a las necesidades del momento, cuando no se trata de mandar a un segundo plano a las figuras que han dejado de ser vistas como ejemplares.

El Poder es la única divinidad reconocida, y en su nombre es posible cambiar la historia a voluntad, porque “quien controle el pasado, dominará el presente tanto como el futuro.” Al parecer la edición del pasado comenzó a practicarse en los textos escolares, que reformaron y enriquecieron el relato de los últimos siglos para lograr que el régimen actual (una suerte de socialismo nacional) apareciera como la fase superior del proceso histórico.

La audacia del autor roza el absurdo cuando pretende que creamos algo tan inverosímil como la violación de las estadísticas. En el Estado que simbólicamente conduce el Gran Hermano las estadísticas se inventan y siempre es posible corregirlas. Una de las tareas asignadas al protagonista es la de bajar las cifras de la producción de zapatos del trimestre anterior, para que sea posible anunciar que en éste acaban de ser ampliamente superadas. En realidad las cifras anteriores también eran imaginarias y todavía en la calle se ve a mucha gente descalza, pero ya se organiza al pueblo para que festeje el aumento de la felicidad y el bienestar.

La prensa popular brinda una generosa oferta en materia de deportes y loterías, donde tampoco faltan los crímenes, los horóscopos y los desnudos. El Estado no tiene conflictos con los medios porque hace tiempo que todos le pertenecen. Eso le permite practicar una suerte de comunicación “radial” (manda órdenes en todas direcciones) gracias a la cadena nacional. Si bien Orwell no usa el término “radial”, éste podría ser un aporte argentino a la Neohabla, el lenguaje políticamente correcto que permite expresarlo todo sólo con abreviaturas, apodos, diminutivos o siglas. El objetivo de la Neohabla no es enriquecer el vocabulario sino ir reduciéndolo hasta que alcance su mínima expresión hacia el año 2050. Para evitar malentendidos y pensamientos erróneos, se aspira a reducir cualquier texto a poco más que unos cien caracteres. Con eso no sólo se permite que los funcionarios puedan lucir su ingenio, sino se evita hacer concesiones al sentido común, que sólo sirven para ahondar la brecha entre la realidad y su narración. No es necesario seguir añadiendo detalles para que hasta el más distraído de los lectores se harte de tantos desvaríos. Cosas como éstas pueden ocurrir en las siniestras dictaduras de ficción, pero son imposibles en el mundo real. Por lo menos, no en el realismo mágico.

Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com 13/04/2012

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