vendredi 20 avril 2012

Patricia SUAREZ/ Predicciones, la voluntad de creer


LITERATURA
Predicciones, la voluntad de creer
Por Patricia SUAREZ

Desde el siglo III dC., cuando Claudio Ptolomeo redactó el primer tratado de astrología, las artes adivinatorias siguen dibujando páginas y calmando anhelos.
En el principio fue el Verbo. Así, lo divino tiene la forma de las palabras y las palabras prefiguran nuestro destino.

Todo lo que habrá de sucedernos ya está escrito: todos los acontecimientos están predestinados, creían los estoicos. Y si está escrito, puede leerse. El lector no será cualquiera, sino aquel iniciado en las artes mánticas cuya cultura aprueba y consulta. En los orígenes, había diferencia entre oráculo y adivinación o profecía; en el primero, los dioses se expresan a través de sacerdotes que se limitan a dar una respuesta a quien inquiere sobre algo específico; en las otras, predecirán el futuro. Hoy por hoy, no están muy distantes una de otra: quien consulta a un adivino querrá saber tanto de qué color será el cabello de su amado, como todo lo que le ocurrirá en las próximas tres décadas. Aristóteles criticaba a aquellos que decían que sus sueños eran proféticos y estaban inspirados por los dioses: “ ... si fuese dios el que envía los sueños, vendrían de día, y los tendrían los sabios.” De la misma manera, el escéptico se pregunta con ironía por qué aquellos que pueden predecir tantas cosas de los demás, no pueden predecir su propia fortuna, aunque fuera una única martingala en la ruleta o un mísero número de la quiniela nacional, a los diez.

Leer y predecir

Se llaman lecturas a todas las acciones que hará el mántico: se lee la carta astral, se lee la borra del café, se lee el tarot, se lee el vuelo de las aves, se leen las líneas de la mano. Se leen, claro, los libros de predicciones y profecías. Aunque cada uno, en su interior sabe que habla más de uno mismo y su futuro el resumen de la tarjeta de crédito o la declaración de ganancias, que el I Ching. Dicen más sobre nuestro futuro, los prospectos de los tres o cuatro medicamentos que tomamos por semana, que saberse del signo de los peces en la astrología persa, gallo en la china, jaguar en la maya, serpiente en la azteca.

Muchas de las antiguas artes adivinatorias reaparecen entre nosotros como superstición, especie de sobrevivencia mnémica de las viejas religiones. Jugar a las tabas fue antes la astragalomancia, el arte de adivinar mediante el modo en que caen los huesos de la pata del carnero. En Licia (hoy Turquía) iba el suplicante al templo y después de una oración y una ofrenda, lanzaba las cinco tabas de una vez o una taba cinco veces. De acuerdo con la puntuación obtenida podía conocer las respuestas en una tabla del Oráculo. De esta práctica viene la frase “la suerte está echada”, cuando se arrojan los dados, porque originalmente no hablaba de la suerte del jugador, sino de la fortuna del suplicante. Muchas artes mánticas fueron abandonadas. La antropomancia, la adivinación mediante la inspección de las entrañas humanas, fue dejada de lado por criminal; según Heródoto, como Menelao era detenido por vientos contrarios en Egipto sacrificó a dos niños elegidos del país al tuntún y buscó en sus palpitantes entrañas la aclaración de su destino. Los griegos y romanos fueron grandes cultores de la ornitomancia, la interpretación del vuelo de las aves, si era propicio o nefasto para acontecimientos futuros, o si sus tripas, siendo escarbadas por el adivino, revelaban buenos o malos augurios. La expresión “pájaro de mal agüero” que solemos utilizar, viene de esta práctica. La ornitomancia cayó en desuso, por vetusta, y a nadie se le ocurriría hoy día volver a practicarla. ¡Uno hasta rechaza el menudo en la pollería, con todo lo que tendría para decirnos un pollo sobre cómo quedará después de él nuestro organismo, una vez servido y disfrutado con papas al horno! No obstante, no todas las artes mánticas fueron dejadas de lado por obsoletas. Fernando Savater en su libro sobre la libertad, declara que la inquietud humana obliga al hombre a padecer la zozobra del tiempo. De aquí, según el filósofo, que su mayor afán es el de seguir durando, la “voluntad de futuro”. Y ésta, deberá ser garantizada como se pueda, aun con la creencia en lo imposible: la magia. Tal es el caso de la astrología.

Inicialmente, la astrología y la astronomía nacieron unidas. Babilonios, persas, sumerios y caldeos, estuvieron al mando de organizar el mundo en doce constelaciones que escandían el paso del tiempo en el valle de la Mesopotamia cinco mil años atrás. Para estos pueblos que hacían de la agricultura la fuente de sustento primordial, era esencial comprender las mareas y las crecientes de los ríos. Divinizaron cinco planetas, Mercurio, Marte, Venus, Júpiter, Saturno y a la Luna, que tomaron el nombre y la investidura, más adelante, de los dioses griegos.

Astrología en los libros

En el siglo III dC., Claudio Ptolomeo redactó el primer tratado de astrología, llamado Tetrabiblos . Por los mismos años, San Agustín de Hipona escribía: “El buen cristiano deberá guardarse de los matemáticos y de todos aquellos que practican la predicción sacrílega, particularmente cuando proclaman la verdad. Porque existe el peligro de que esta gente, aliada con el diablo, pueda cegar las almas de los hombres y atraparlos en las redes del infierno.” Durante la Edad Media, comenzará a tomar caminos y mientras los sabios musulmanes hispánicos asumirán posiciones antiastrológicas, Alfonso X, el Sabio, escribirá sobre los astros en sus libros. Asimismo, San Alberto Magno, incorporará la astrología en su libro Los admirables y maravillosos secretos de la naturaleza : “La esfera de Saturno, si se cree a los astrónomos, está inmediatamente después del firmamento, y el alma recibe del planeta el discernimiento y la razón; seguidamente está Júpiter, que da al alma la generosidad y muchas otras pasiones; el Sol le infunde la ciencia, el gozo y la memoria; Venus los movimientos de la concuspiscencia; Mercurio el gozo y el placer; y la Luna, en fin, que es el origen de todas las virtudes naturales, la fortifica”. En la actualidad se considera a este libro apócrifo, escrito por alguien del pueblo que tomó el nombre del santo. Sin embargo, hasta Santo Tomás de Aquino opinó sobre el asunto y expresó: “Los astros inclinan, no obligan”. Paulatinamente, con los hallazgos científicos de Galileo, Copérnico, Kepler y Newton, la astrología comenzó su largo divorcio de la astronomía y cambió para siempre su estatus por el de pseudo ciencia.

Aunque la astrología tome el cariz de cientificidad gracias a sus cálculos astronómicos y matemáticos, la premisa de base es falaz. Los astros y los movimientos de los mismos por el cielo, influyen en nuestro ser, nuestro comportamiento y por ende, gestan nuestro destino. Muchos argumentos rebaten esta idea. Miguel Angel Sabadell, el astrofísico español, se pregunta: “¿Por qué el amoníaco de Júpiter puede influir en nuestro carácter y el que tenemos en el armario de la cocina no?” Otro dato curioso, esta vez tomado de Taringa: el médico obstetra ejerce una atracción gravitatoria sobre el recién nacido seis veces superior que la que ejerce sobre el mismo el planeta Marte. Tampoco la astrología logra pasar la prueba de los gemelos, que nacidos con apenas diferencias de minutos, puedan tener un destino profundamente distinto, cuando uno de los dos muere o sufre un accidente. Otros argumentos en contra: ¿por qué se habla de doce signos zodiacales, omitiéndose a Ofiuco y la Ballena, constelaciones que también forman parte de la eclíptica? El planeta Urano fue descubierto en 1781, Neptuno en 1846 y Plutón en 1930. ¿Cómo es que estos planetas no ejercían influencia alguna antes de su descubrimiento? Sin embargo, la astrología tiene cada vez más adeptos y no hay diario o revista que no tenga la sección correspondiente. Las mismas publicaciones no tienen una sección de astronomía. Carl Sagan escribió al respecto: “En las fiestas, a veces cuando me encuentro con personas que no saben que soy un científico, me preguntan: ‘¿Eres Géminis?’ (posibilidad de acertar: una entre doce). O: ‘¿De qué signo eres?’ Con mucha menos frecuencia me preguntan: ‘¿Estabas enterado de que el oro se crea en las explosiones de supernovas?’ O: ‘¿Cuándo crees que el Congreso aprobará el vehículo de exploración de Marte?’” La astrología tiene en su poder lo que el filósofo inglés A. C. Grayling llama –a propósito del Tarot– “la receta del desatino”, la misma requiere que “tomemos algo de apariencia extraña cuyo significado haya sido olvidado y le agreguemos una generosa dosis de imaginación y superstición”. La pregunta del millón es: ¿por qué leemos el horóscopo? Carl Sagan sugiere que es porque necesitamos sentirnos conectados con el Universo, aun cuando la mayoría de los horóscopos diarios repiten vaguedades y generalidades que pueden ocurrirle a cualquiera, puesto que no predicen sino que aconsejan: “Evite las discusiones en el trabajo”, etc. Hace poco tiempo atrás, el mentalista y psíquico inglés Derren Brown hizo un experimento en uno de sus shows por TV para demostrar que la astrología no existe. Reunió a un grupo de jóvenes y tras hacerles anotar en secreto la fecha de su nacimiento, se retiró unas horas a redactar las supuestas cartas astrales de cada uno. Al cabo de un rato, les entregó varias hojas de lo que parecía un horóscopo detallado, que cada uno de los participantes leyó en privado. Todos declararon que Brown los describía en profundidad. Fue entonces cuando les pidió que leyeran una de las descripciones astrológicas en voz alta y resultó que todos los escritos eran iguales.

La creencia en la astrología o en otras artes adivinatorias nos mantiene en un infantilismo psíquico, diría Sigmund Freud, a veces menos doloroso que la neurosis, pero ilusorio a todas vistas.

Emile Ciorán quizá tenga el argumento más radical de todos: “quien ha vislumbrado las verdades mortales, llega a no poder vivir con ellas: si les permanece fiel, está perdido. Siguiendo a la mentira, cualquier mentira, la idolatra y espera de ella su salvación.” O para decirlo con las palabras del rey Salomón: “En la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.” Caer en la creencia pudo haber sido algo contingente, casi una frivolidad; la elección acerca de si creer o no, es un deber, un acto de dignidad.

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Articulo: http://www.revistaenie.clarin.com 20/04/2012

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