samedi 21 avril 2012

Pietro CITATI/KAFKA


'Kafka'
De Pietro CITATI
ACANTILADO

«El método de Citati es singular y complejo: ha leído todos los libros de Kafka y probablemente todo lo que se ha escrito sobre él, y ha dado vida a un libro que no es una biografía sino más bien una meditación, ha escrito casi la vida de un santo … Con elegancia pero sin que podamos escapar, Citati nos acompaña hasta las profundidades de un alma … Gran parte del placer que experimentamos leyendo a Kafka está en la escritura. Citati es un estilista maravilloso».
John Banville

«El libro de Citati es “impuro”: exactamente. Se parece a un diario privado que tuviera por tema a Kafka. Tiene la errática densidad de un epistolario, de un vasto cuaderno de notas, de una miscelánea con un único tema. Y a la vez es un libro estructurado con una especial atención, como se estructura una novela o una autobiografía, pero no como una biografía, porque, a pesar de las citas y las referencias factuales, el libro de Citati no es ninguna biografía. Y, entonces, ¿qué es? Es literatura».
Giorgio Manganelli

I – El Hombre en Laventana

Todas las personas que conocieron a Franz Kafka en su juventud o en su madurez tuvieron la impresión de que le rodeaba una «mampara de cristal». Allí estaba, detrás de ese cristal muy transparente, caminaba con gracia, gesticulaba, hablaba: sonreía como un ángel meticuloso y ligero; y su sonrisa era la última flor de una gentileza que se daba y enseguida se hurtaba, se prodigaba y se replegaba celosamente en sí misma. Parecía decir: «Soy como vosotros. Soy uno de vosotros, sufro y gozo como hacéis vosotros». Pero cuanto más participaba del destino y de los sufrimientos ajenos, más se excluía del juego, y esa sombra sutil de invitación y de exclusión en la comisura de sus labios aseguraba que él no podría estar nunca presente, que vivía lejos, muy lejos, en un mundo que tampoco era el suyo.

Pero ¿qué veían los otros detrás de la frágil mampara de cristal? Era un hombre alto, flaco, endeble, que paseaba su largo cuerpo como si lo hubiera recibido de regalo. Tenía la impresión de que no crecería nunca; y que jamás conocería el peso, la estabilidad y el horror de lo que los demás llaman con una incomprensible alegría la «edad madura». En cierta ocasión le confesó a Max Brod: «Yo no alcanzaré nunca la edad de hombre: de niño pasaré a ser enseguida un viejo con el pelo blanco». Todos se sentían atraídos por sus grandes ojos, que él mantenía siempre muy abiertos y en ocasiones desencajados y que en fotografía, impresionados por el imprevisto destello del magnesio, parecían de poseído o de visionario. Tenía unas largas pestañas y unas pupilas que son definidas a veces como marrones, otras gri ses, cuando no azul acero, o simplemente oscuras, mientras que un pasaporte asegura que eran de «un gris azulado oscuro». Cuando se miraba al espejo le parecía que sus miradas eran «increíblemente enérgicas». Pero los demás no se cansaban de comentar e interpretar sus ojos, como si solamente ellos ofrecieran una puerta de entrada a su alma.

Alguno los juzgaba llenos de tristeza; otro se sentía observado y escrutado; otro los veía iluminarse de repente, resplandecer cual pepitas de oro y luego volverse pensativos e incluso distantes; otro los veía teñidos de una ironía unas veces indulgente, otras corrosiva; otro descubría en ellos asombro y una extraña astucia; otro, que lo había querido mucho, tratando de mil maneras de descubrir su enigma, pensaba que, al igual que Tolstói, sabía alguna cosa que el resto de los hombres ignoraba totalmente; otro los encontraba impenetrables; otro, por último, creía que una calma pétrea, un vacío mortal, una extrañeza fúnebre dominaba a veces su mirada. Tomaba muy raramente la palabra por propia iniciativa: tal vez le parecía una insoportable arrogancia salir sin ser llamado al escenario de la vida. Su voz era dulce, clara y melodiosa: sólo la enfermedad habría de volverla apagada y casi ronca. Nunca decía nada trivial: todo lo que es cotidiano le resultaba ajeno, o bien era transfigurado por la luz de su mundo interior. Si el tema le inspiraba, hablaba con facilidad, elegancia, animación, a veces incluso con entusiasmo; se dejaba llevar, como si todo pudiera ser dicho a todos; trabajaba sus frases con el placer del artesano satisfecho de la propia obra; y acompañaba las palabras con el juego de sus dedos largos y etéreos. A menudo fruncía el ceño, arrugaba la frente, sacaba el labio inferior, juntaba las manos, las posaba abiertas sobre la mesa escritorio o apretaba una contra su corazón, como un viejo actor de melodrama o algún nuevo mimo del cine mudo. Cuando reía, inclinaba la cabeza hacia atrás, apenas abría la boca y cerraba los ojos hasta hacer que se convirtieran en unas finas hendiduras. Pero ya fuese la disposición de su alma feliz o triste, él no perdía nunca ese don de los dioses: su soberana naturalidad. Precisamente él, que creía ser y era contradictorio y retorcido—nada más que un despojo, una piedra, una madera rota introducida en un campo revuelto, un fragmento que ha quedado de otros fragmentos, nada más que grito y desgarro—, dejaba la impresión de que sus gestos expresaban la «calma en el movimiento». Ya en la vida, antes que en la escritura, alcanzaba la quietud. Nada puede provocar en los hombres una impresión más profunda.

Venían a él, inquietos o inseguros o simplemente curiosos, viejos amigos, escritores ya consagrados, jovencitos desdichados y megalómanos, y sacaban de él una impresión de bienestar y casi de alegría. Delante de él, la vida cambiaba. Todo parecía nuevo; todo parecía visto por primera vez; de una novedad a menudo muy triste, pero sin excluir nunca una última posibilidad de conciliación. Cuando daba una cita a los amigos, siempre llegaba con retraso. Llegaba a la carrera, con una sonrisa de embarazo en el rostro, y con la mano posada sobre el corazón como diciendo: «Soy inocente». El actor Löwy le esperaba largo rato debajo de casa. Si veía la luz encendida en el cuarto de Kafka, suponía: «Ahora está escribiendo»; luego se apagaba una luz de golpe, pero permanecía encendida en la estancia contigua, y entonces se decía: «Está cenando»; la luz volvía a encenderse en su habitación, donde él estaba lavándose los dientes; cuando se apagaba, Löwy pensaba que estaba bajando a toda prisa las escaleras; pero he aquí que volvía a encenderse de nuevo, quizá Kafka había olvidado algo… Kafka explicaba que le encantaba esperar: una larga espera, con lentas miradas de consulta al reloj y un indiferente ir y venir, le resultaba algo tan placentero como estar arrellanado en un sofá con las piernas estiradas y las manos en los bolsillos. Esperar daba un objetivo a su vida, que de lo contrario le parecía muy indeterminada: tenía un punto de referencia fijo ante sí, que marcaba su tiempo, y le aseguraba que existía. Tal vez olvidaba decir que llegar con retraso era para él una manera de eludir el tiempo: de triunfar sobre él, debilitándolo poco a poco y sustrayéndose a su latido regular.

Los amigos lo distinguían desde lejos, siempre vestido con ropa limpia y cuidada, nunca elegante: trajes grises o azul marino, como un empleado. Durante un largo período, en su sueño de escepticismo y de impasibilidad estoica, llevó un solo traje para la oficina, la calle, la mesa de trabajo, el verano y el invierno; y ya en pleno noviembre, mientras todos llevaban unos pesados sobretodos, él aparecía por las calles «semejante a un loco en traje veraniego con un sombrero estival», como si su intención fuera imponer un uniforme único a la diversidad de la vida. Apenas veía a los amigos, parecía feliz. Aunque se comunicase con ellos sólo «con la punta de los dedos», era de una cortesía china, nacida de la extenuación del corazón y de un casi inalcanzable refinamiento del espíritu. Tenía, en el porte, una gracia irónica, la ligereza de un Carroll, de un santo hasídico o de un duende romántico, una fantasía caprichosa, vaga y errabunda: delicadezas de poesía oriental, deliciosos marivaudages, juegos con el humo, con el corazón y con la muerte.

Cuando estaba con los amigos desplegaba de buen grado sus aptitudes de mimo. Unas veces imitaba a alguien manejando el bastón de paseo, el gesto de sus manos y el movimiento de sus dedos. Otras imitaba a una persona en toda la complejidad de su forma de ser, y su mimetismo interior era tan poderoso y perfecto que resultaba inconsciente. A menudo leía textos que le gustaban, con alegría y arrebato, con ojos brillantes de la emoción, con voz rápida, capaz de recrear el ritmo por medio de secretas vibraciones melódicas, haciendo resaltar las entonaciones con una precisión extrema, saboreando ciertas expresiones que repetía o subrayaba con insistencia; hasta en el momento en que Flaubert o Goethe o Kleist, él, que leía, sus amigos o sus hermanas se fundían en la estancia en un único ser. Era su sueño de poder: el único que él, enemigo de todo poder, deseara nunca ver hecho realidad. De muchacho, había soñado que estaba en una gran sala llena de gente y leía en voz alta La educación sentimental entera: sin detenerse, sin interrumpirse ni un solo momento, durante todas las noches, las mañanas y las tardes necesarias, como luego soñaría con escribir de un tirón El desaparecido o El castillo. Los otros le escucharían, sin cansarse, pendientes de sus labios, fascinados.

Terminada la velada, Kafka volvía a casa con su ligereza de pájaro. Caminaba con paso raudo y veloz, ligeramente encorvado, la cabeza un poco inclinada, oscilando como si unas ráfagas de viento lo arrastrasen ya a una parte, ya a otra de la calle; posaba las manos cruzadas sobre los hombros; y su gran zancada, la tez oscura de su rostro, hacían que le tomaran a veces por un indio mestizo. Pasaba así, en la noche ya cerrada, absorto en sus pensamientos, por delante de las casas, iglesias, monumentos y sinagogas, doblando por las pintorescas y oscuras callejas laterales que atraviesan Praga. Era su manera de despedirse de la vida y de restar fuerza a la segura infelicidad del día siguiente.

Por la mañana a las ocho llegaba puntual a su oficina en la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo para el reino de Bohemia. Delante de su escritorio cubierto de un montón desordenado de papeles y de asuntos, le dictaba al mecanógrafo; de vez en cuando, la mente se detenía, vacía de toda idea; y el mecanógrafo dormitaba, encendía su pipa o miraba por la ventana. Tomaba parte en reuniones.

Ficha técnica
Título: Kafka | Autor: Pietro Citati | Colección: El Acantilado, 244 | Temática: Biografías, Memorias y Diarios | Traducción: José Ramón Monreal | ISBN: 978-84-15277-58-3 |Encuadernación: Rústica cosida |Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 368 | Precio: 24.00 euros

Articulo: http://www.elboomeran.com 03/2012

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