samedi 7 avril 2012

Sergio C. FANJUL/ Prostitutas de novela


Prostitutas de novela
Por Sergio C. FANJUL

Los avatares artísticos y reales han vuelto a poner a las prostitutas como protagonistas
Repasamos la presencia de la prostituta en la literatura, desde la bíblica María Magdalena hasta la Delgadina de 'Memoria de mis putas tristes', de García Márquez

Pintadas, cantadas, filmadas, esculpidas y, especialmente, escritas, las prostitutas han sido reflejadas en las artes desde diferentes ópticas que van desde la degradación y el poder sutil, pasando como refugio de amores frustrados. Mujeres tan señaladas por la sociedad como inspiradoras de personajes artísticos en una gama que las muestran como personas liberadas, o como viles pecadoras; o como influyentes hetairas y cortesanas; o como crueles mentirosas y ambiciosas; o como seres que se abren paso en la vida; o como consuelo de los hombres. Muchas veces, lejos de la denuncia periodística, la literatura ha dado visos de normalidad e idealización a la prostitución.

Desde la María Magdalena bíblica de la cual san Lucas dice que Jesús la curó de espíritus malignos y le sacó demonios, hasta la Delgadina deMemorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, las prostitutas siempre han acompañado a las obras literarias. Una presencia que ahora recuerda la reedición de El Libro de Monelle, de Marcel Schwob (publicado por Demipage con traducción y prólogo de Luna Miguel), cuyas narraciones combinan la fantasía del cuento de hadas con la poesía más macabra. Un libro entre tierno y terrible que le fue inspirado al crítico y escritor francés por la joven prostituta Monelle (Louise en la realidad) que falleció prematuramente de tuberculosis dejándole a Schwob el corazón destrozado.

“En la literatura grecolatina hay varias formas de ver la prostitución, desde la más modesta y miserable hasta la más sublimada”, explica Emilio Suárez, catedrático de Literatura de la Universidad Pompeu Fabra. No hay que olvidar que en aquellos tiempos ellas podían ser desde esclavas (alguna se ganaban su libertad prostituyéndose) hasta poderosas hetairas, como Aspasia “que tuvo gran influencia sobre Pericles y, según Plutarco, lo llevó a iniciar la Guerra del Peloponeso. Estas mujeres no eran exactamente prostitutas pero eran músicos o bailarinas, con otras habilidades, que estaban en los simposios de los mandatarios donde no llegaban las mujeres de a pie”, aclara Suárez. En la comedia griega y latina, agrega el catedrático, "aparecen personajes de prostitutas (y prostitutos), generalmente se refieren a ellos de manera irónica y les meten puyas. En el Satiricón de Petronio se describe a veces el mundo más sórdido y masivo de los lupanares romanos. Y el poeta Arquíloco difama a sus enemigos atribuyéndoles a sus hijas prácticas propias de la prostitución”. Sin olvidar a las prostitutas sagradas, como las sacerdotisas en el templo fenicio de Astarté donde “la pasión se veía como el ámbito de dioses como Eros o Afrodita, y Gorgias disculpa así el adulterio de Helena de Troya”.

Las épocas posteriores fueron difíciles para los temas eróticos debido a la preeminencia del poder eclesiástico, pero la prostitución aparece en obras medievales como Los Cuentos de Canterbury de Chaucer o elDecamerón de Bocaccio, en los que frecuentemente se ve a las prostitutas como mujeres que engañan, enamoran y se llevan la fortuna de los burlados. También aparecen obras como La Celestina con presencia, en tono de picaresca, de las meretrices. En el Romanticismo “la eclosión de la mujer y sus derechos, incluso antes de las sufragistas, da una visión idealista de la prostituta. En la novela gótica, por ejemplo, como mujer dueña de su cuerpo y de su destino. La literatura las ve con simpatía, como libertarias”, explica Javier Aparicio, profesor de literatura de la Universidad Pompeu Fabra. Un ejemplo podría ser la Clarissa de Samuel Richardson.

"En todas las épocas en las que la literatura ha tenido carácter social, la figura de la prostituta ha sido frecuente", recuerda Aparicio, quien añade que "en los realismos del XIX se asocia la prostitución al mundo de la marginalidad, como producto de la degradación de la sociedad”, como es el caso de Naná, de Émile Zola. La situación cambia a principios del siglo XX, con la llegada de las vanguardias histórica, donde la prostituta suele aparecer como una mujer liberada y culta, dueña de su cuerpo. “En los años 20 y 30 del siglo pasado vuelve la mujer liberal, que no es necesariamente una prostituta que cobra por sus servicios, pero sí una mujer que frecuenta el sexo de manera natural, algo que no encaja en la burguesía, que tienen una vida fuera de los cánones”, asegura Aparicio. Ya en el siglo XX, algunos ejemplos de su presencia son La Romana, de Alberto Moravia; El palacio de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata; Pantaleón y las Visitadoras de Mario Vargas Llosa; o El lugar sin límites, de José Donoso.

“Por lo demás, en la literatura siempre ha habido interés por las putas, sin duda porque, como decía Engels, la prostitución y el adulterio no son una amenaza para el matrimonio burgués, sino parte de él”, explica el escritor Rafael Reig, cuya tesis doctoral fue Mujeres por entregas: la prostituta en la novela del XIX. “A mí, en literatura, lo que me interesa de las putas es que ofrecen de inmediato su cuerpo, a cualquiera, pero sus sentimientos son inaccesibles para todos. El símbolo de esto es la leyenda de que las putas no se dejan besar en la boca. Esto me parece fascinante y una visión que se subleva contra la norma: la intimidad no está entre las piernas, sino dentro de una misma. En ese sentido, las putas llevan al extremo la alienación que provoca el capitalismo, la ponen en evidencia al convertir su cuerpo en herramienta de trabajo, como cualquier albañil”.

* Recientemente han salido dos ensayos generales sobre el tema de la prostitución: Las ocultas. Una experiencia de la prostitución,de Marta Elisa de León, editado por Turner; y La sabiduría de las putas. Burócratas, burdeles y el negocio del sida, de Elizabeth Pisani, editado por Sexto Piso.

***
Once obras esenciales
Por Sergio C. FANJUL 

Ocho escritores eligen once grandes libros y películas donde las prostitutas y su mundo juegan un papel esencial.

Enrique Vila-Matas: Juntacadáveres. Juan Carlos Onetti. Larssen, también llamado Junta, un hombre envejecido y frustrado, liga su suerte a su habilidad de proxeneta con las mujeres y, año tras año, espera a que lleguen los permisos o las circunstancias adecuadas para llevar a cabo su sueño: montar un prostíbulo en Santa María. Cuenta para ello con María Bonita, Nelly e Irene. Cuando logra finalmente abrirlo, encuentra la oposición del cura del pueblo y de la Liga de Caballeros Católicos. Una novela memorable en la que se halla admirablemente sintetizado todo el escéptico y pesimista mundo del gran Onetti.

Mercedes Cebrián: El tedio. Alberto Moravia. ¿Es Cecilia, la protagonista femenina de El Tedio, una prostituta al uso? A mí me interesa particularmente su actitud que, en palabras de Ana María Moix, "roza la prostitución”, ya que, además de cobrar por ser la modelo y amante del pintor Balestrieri, acepta ocasionalmente dinero de Dino, a quien ve casi a diario sin establecer con él vínculo afectivo alguno. No se ofende Cecilia cuando Dino pretende insultarla tildándola de prostituta, pues parece tener claro que todo encuentro sexual es un intercambio, así, sin más misterios, y es en ese punto donde radica su sabiduría y su carácter inaprensible.

Rafael Reig: La Dama de las Camelias. Alejandro Dumas. Naná. Emile Zola. Me interesa la representación de la prostituta a lo largo del XIX, que yo veo situada entre dos modelos: La Dama de las Camelias yNaná. Cada una representa lo que para la burguesía era la amenaza en ese momento. A principios de siglo, aún reciente la revolución burguesa, la amenaza era todavía la aristocracia y por eso las putas en las novelas son cortesanas, como la Dama de las Camelias, con los rasgos que la burguesía censura a la aristocracia (vagas, dilapidadoras, ociosas y elegantes, etcétera.). Hacia el final del siglo, en cambio, las putas son como la Naná de Zola: de origen popular, peligrosas, que contagian enfermedades terribles y expanden el mal entre la clase media (la legendaria sífilis de la época) y que son destructivas. Las cortesanas, al final, se redimen por amor. Las meretrices obreras revientan tras intentar destruir todo. ¿Por qué? Porque entre una y otra se había publicado el Manifiesto Comunista y empezó la lucha obrera: el enemigo de la burguesía ya no era la antigua nobleza, sino el proletariado que empezaba a organizarse.

 Patricio Pron: Pagando por ello. Memorias de un putero. Chester Brown. Ocultas. Marta Elisa de León. Quienes carecemos de experiencia personal con la prostitución tendemos a pensar en ella adoptando los modos propios de cierta literatura que convirtió a las prostitutas en heroínas y a su oficio, en una resistencia de alguna índole. Nuestros tiempos (más pragmáticos) conciben la prostitución como solución y como problema. La primera postura esta ejemplificada en la novela grafica de Chester Brown Pagando por ello. Memorias de un putero (La Cúpula), fruto de su experiencia con prostitutas canadienses durante un largo periodo. La segunda, por el testimonio de Marta Elisa de León Ocultas (Turner), que narra sus inicios en la prostitución y la forma en que escapo de ella. Dos textos sobre un tema que parece solo poder ser visto desde ambos extremos y que quizás requiera terceras lecturas.

 Elvira Navarro: Teoría King Kong. Virginie Despentes. La puta encarna la forma en la que convencionalmente se ha pensado a la mujer. Por un lado, es un ser sometido al hombre, como demuestra el hecho de que dependen de chulos y de que lo que venden las torna, desde el punto de vista de la moral tradicional, indignas. Sobre este último aspecto llama la atención que su labor a menudo se haya legitimado en términos de mal menor en comparación con el mal mayor que supondría un hombre que no pudiera dar salida a sus instintos sexuales. Por otra parte, encarna el pecado. Virginie Despentes, autora que fue prostituta y que habla del asunto en Teoría King Kong, me hizo reparar en aspectos de la prostitución que no había contemplado, como el poder de las putas, si bien Despentes fue puta de lujo, y su experiencia no puede equipararse a quien ejerce este oficio por necesidad.

Guillermo Aguirre: Canciones de Bilitis. Pierre Louis. La ingenua libertina. Colette. Probablemente mi cortesana preferida de la literatura sea la Bilitis de Pierre Louis, la de sus Canciones de Bilitis (concubina desde la tierna infancia) y lo es así porque al separarse la obra del presente y recuperar la tradición griega, la maravillosa Bilitis se ve libre de esa habitual decadencia social que rodea a las putas del “cristianismo”, (La Celestina y otras tantas) y narrada igual en imagen a los dioses. En esa misma línea de frontera, La ingenua libertina de Colette, que sin ser puta es amante desbocada, me parece que inaugura el perfil moderno de una mujer que será llamada invariablemente puta por muchos hombres en adelante. Podría decirse que putas las hay de dos tipos y, de aquellas que no facturan, la literatura ha dado buena cuenta: la Justine de Durrell, la Bovary de Flaubert o la Lolita de Nabokov, son ejemplos que le pueden volver a uno loco sin que tenga que realizar ninguna clase de reembolso.

Manuel Vilas: Portero de noche. Liliana Cavani. El postnazismo como post-prostitución, eso es Portero de noche (1973), la siempre incómoda película de Liliana Cavani. Dos seres rotos, prostituidos por la Historia, que siguen prostituyéndose más allá de la Historia. Un amor sádico, un amor infinito, santo, naïf, abyecto. Me encanta.

Gabriela Wiener. Chaperos. Dennis Cooper. Lo de Dennis Cooper es un caso clínico muy serio. Su espeluznante descenso hacia las letrinas de la prostitución masculina en Internet hace parecer a Bukowski un osito de peluche. Escrita con la frialdad estilística de una web de contactos, los personajes de Chaperos son abyectos participantes de un foro que se pasan la vida haciendo informes, votando y elogiando la competencia sexual del joven escort llamado Brad, pero el camino de los excesos hacia el palacio de la sabiduría no puede desandarse sin pasar por tags como snuff, enfermedad, mentiras y crueldad intolerable. Un libro como una monstruosidad formidable donde la muerte es apenas una fantasía sexual.

***
Cuentos de niñas perpetuas
Por Tereixa CONSTENLA

Marcel Schwob escribió 'El libro de Monelle' tras la muerte de una niña prostituta a la que amó

Marcel Schwob amó la infancia perpetua. Tanto su biografía como su literatura se inclinan con terquedad hacia el terreno de quienes viven con más comodidad en la fantasía de los niños que en el realismo de la madurez. Su biografía fue corta -murió a los 38 años en París- y movida. “Fue maestro en fugas y experto en desertar de cualquier aire estable”, escribió sobre él Enrique Vila-Matas. De mayor siguió dejándose llevar por deseos infantiles. Vila-Matas recuerda que la conmoción que le ocasionó la lectura de La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson, le empujó a visitar la tumba polinesia del escritor (detalló la experiencia en el diario Viaje a Samoa) que tan hondo le había marcado.

Pero es en El libro de Monelle, que acaba de reeditar Demipage, donde su canto a la infancia perdida con voz nostálgica, imaginativa, misteriosa y dolorida desvela su amor por esa fase embrionaria en la que está todo y nada. En algún momento de su corta vida Marcel Schwob (Chaville, Hauts-de-Seine, 1867-París, 1905), que había nacido en el seno de una familia judía acomodada, se enamoró de una menor llamada Louise que se prostituía en un barrio obrero. Ella murió en 1893. El escritor buscó sosiego en la literatura, en la suya y en la de otros. El libro de Monellees un conjunto de relatos poéticos y fantásticos protagonizados por niñas que podrían haber sido Louise. Está también repleto de guiños a sus maestros y personajes literarios: Cenicienta, Robinson Crusoe, Aladino o Blancanieves.

Las pequeñas protagonistas sueñan con príncipes azules, no quieren crecer, se aventuran por mundos exóticos, traman tragedias, derrochan inocencia, se regodean con la sangre y se sacrifican en vano. Niñas con deseos y perversiones de adultas. Pequeñas que no quieren ser mayores. “No deseaban nada más que la ignorancia perpetua”, escribe Schwob.

El libro de Monelle fue acumulando devotos lectores mientras pasaba de mano en mano. Borges afirmó que los seguidores de Schwob se esparcían por todo el mundo en una suerte de “pequeñas comunidades secretas”. Por supuesto él, que describía su Historia universal de la infamia como “una copia rebajada” de las Vidas imaginarias de Schwob, se autoincluía en esa logia de iniciados, donde conviven vivos y muertos como Leopoldo María Panero, Enrique Vila-Matas o Luis Alberto de Cuenca.

A la comunidad clandestina se sumó en plena adolescencia la poeta Luna Miguel. Tenía 15 años. “Había leídoLolita y Alicia en el país de las maravillas, y mi madre me dijo ‘espera porque aún no has leído nada’. Y me dio El libro de Monelle, es uno de sus libros favoritos”. Le atrapó esa mezcla de prosa poética y mundos ingenuos y oscuros que construye el escritor francés. Lo ha releído una y otra vez, cambiando arbitrariamente sus preferencias en cada reencuentro. Ha elevado a Monelle a los altares, junto a Dolores Haze y Alicia Lidell. Por encima de Dolores Haze y Alicia Lidell. No es de extrañar que su devoción haya culminado en una ofrenda editorial: ha traducido y prologado la actual edición de Demipage. “Monelle es una especie de heroína literaria de mi adolescencia”, declara.

Entre los cuentos de Monelle, elige Cinco anillos de oro, donde se narra la historia de Jeanie, prometida con un marinero que nunca regresa y al que sale a buscar ignorándolo casi todo sobre los hombres, los caminos, los puertos y las “casas pintadas de amarillo y azul con cabezas africanas e imágenes de pájaros de pico rojo. De noche, grandes farolas bailaban ante sus puertas donde acudían hombres que parecían ebrios”.

Sostiene Vila-Matas que Marcel Schwob aparenta ser un autor menor. “Pero”, añade, “no hay que olvidar que las apariencias se las pasó siempre por el forro”. Y también los convencionalismos sobre la vida. “Nosotros”, se lee en El libro de Monelle, “mentimos a todo el que viene con nosotros, para que sea feliz”.

Articulo: http://cultura.elpais.com 02/04/2012

Alberto GORDO∕La vida salvaje de THOREAU

La vida salvaje de THOREAU Por Alberto GORDO Distintos sellos celebran los 200 años del nacimiento del pensador norteamericano con ...