samedi 21 avril 2012

Winston MANRIQUE SABOGAL/ Tomás SEGOVIA & Martínez de PISÓN, premios de la Crítica


Tomás Segovia y Martínez de Pisón, premios de la Crítica
Par Winston MANRIQUE SABOGAL 

La poesía de un gran poeta, Tomás Segovia por Estuario (Pre-Textos) y la narrativa de uno de las más destacados escritores españoles, Ignacio Martínez de Pisón por El día de mañana (Seix Barral) han sido distinguidos con los premios de la Crítica 2011. Así lo anunció en Soria el jurado de la Asociación Española de Críticos Literarios.

El premio, sin dotación económica y uno de los más prestigiosos, se entrega a un escritor en lengua castellana cuyo libro haya sido editado en España. El galardón, creado en 1956, fue obtenido el año pasado por Ricardo Piglia, y su Blanco nocturno (Anagrama), y el de Poesía fue para Juana Castro por Cartas de enero (Fundación José Manuel Lara).

La poesía de Segovia (Valencia, 1927-México, 2011), es una de las más importantes de la lengua castellana contemporánea. El fallecimiento del poeta, en noviembre pasado, fue recibido con tristeza tanto en España como en América Latina, con la que tenía un especial vínculo a través de México. En febrero se le rindió un homenaje en Madrid en el Café Comercial donde poetas y amigos hicieron un acto con lecturas y se proyectó un vídeo de Segovia.

Martínez de Pisón obtuvo el premio por la novela El día de mañana (Seix Barral). La novela del autor zaragozano (1960) es un mosaico del tardofranquismo y la transición a partir de Justo, un emigrante que acabará de confidente de la policía política. "La clase media en realidad no hizo nada. No eran franquistas, pero tampoco activamente demócratas", dijo en una entrevista, el año pasado, para este diario.

Es el tercer galardón que recibe Martínez de Pisón por esta novela. En 2011 obtuvo el Premio al Libro Europeo, otorgado por la Unión europea, y este año el Premio Ciutat de Barcelona. El narrador es es autor de una docena de libros, entre los que destacan la colección de cuentos El fin de los buenos tiempos (1994), las novelas Carreteras secundarias (1996), María bonita(2001) y El tiempo de las mujeres (2003), y el ensayo Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005), que obtuvo los premios Rodolfo Walsh y Dulce Chacón y fue unánimemente elogiado por la crítica en varios países europeos.

Entre las novelas seleccionadas por el jurado estaban Los enamoramientos (Alfaguara) de Javier Marías y Caligrafía de los sueños (Lumen), de Juan Marsé. También estuvo sobre la mesa el libro de cuentos Conversación (Tusquets), de Gonzalo Hidalgo Bayal.

Otros libro premiados en 2011 por la Crítica:

Lengua catalana en Narrativa: Jaume Cabré por Jo confesso. Poesía Perejaume por Pagésiques.

Lengua gallega en Narrativa: Antón Riveiro Coello por Laura no deserto. Poesía: Olga Novo por Cráter.

Lengua vasca, en Narrativa: Harkaitz Cano por Twsit. Poesía: Aritz Gorrotxategi por Hariaz.beste.

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ENTREVISTA: 
"La clase media en realidad no hizo nada. No eran franquistas, pero tampoco activamente demócratas"
Por Carles GELI 

El día de mañana es un poderoso relato coral cuyo eje es un emigrante traidor "turbio, canalla, irracional", como la dictadura

Los emigrantes eran devueltos directamente o encerrados en el castillo de Montjuïc si nadie los reclamaba; mi estanquero era de Murcia y fue allí a sacar a un primo suyo; lo de los timos de las apariciones de vírgenes en Sant Miquel del Fai me lo contó el escritor Jordi Puntí; y sí, un policía de la Brigada Político Social cobraba 11.000 pesetas al mes y los confidentes, 4.000". Son teselas con las que Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha construido el delicado mosaico de su novelaEl día de mañana (Seix Barral), sutil friso del tardofranquismo y la transición a partir de Justo, emigrante que acabará de confidente de la policía política.

PREGUNTA. Conocemos al protagonista por los demás. De nuevo estructura depurada, invisible.
RESPUESTA. Quería un personaje esquivo y esa solución coral me lo facilitaba; si le hubiera dado voz se hubiera convertido en novela policiaca; también buscaba un estilo cercano a la oralidad y una amplitud de territorio para ofrecer un fresco social de los sesenta y setenta; pero eso ya lo hizo Faulkner; o Kubrick, en Atraco perfecto...

P. Un traidor es el eje. ¿Qué buscaba con esa figura?
R. Justo es la representación de la dictadura; turbio, canalla, irracional; su degradación es la del régimen: muestra el envilecimiento de la tortura, aunque no he cargado las tintas en eso.

P. Madres que no comen bistec para fortalecer a sus hijos ante las oposiciones; homosexuales tratados como invertidos en centros psiquiátricos; mujeres insultadas por conducir los primeros seiscientos; especulación urbanística... Retrato certero de los sesenta.
R. En el fondo he hecho una novela sobre la clase media, protagonista de la historia, pero que en realidad no hizo nada. No eran franquistas, pero tampoco activamente demócratas; llegó Adolfo Suárez y tal y se fueron encontrando con la democracia; el suyo fue un protagonismo sin brillo alguno. Sí, escribo sobre algo tan falto de brillo como las clases medias, desvalidas aquí en lo literario...

P. ¿Nuestro John Cheever?
R. Sí, sería un Cheever español, si bien nuestra clase media es más sosa que la de Estados Unidos. También yo soy más piadoso que él, que los odiaba.

P. Usted no: sus personajes vuelven a sentir de una manera que son entrañables; incluso Justo.
R. Intento indagar en ellos: siempre dejo un atisbo de redención; incluso a los fascistas de Dientes de leche les redimo parcialmente; me gusta pensar qué habrían podido ser si hubieran tomado otra decisión.

P. Entre los ultras y esa gris clase media, aún habrá que felicitarse por la transición...
R. No se puede exigir más: la realidad era esa; una parte de la policía organizando los grupos de ultraderecha, pasándoles armas y dejándoles hacer... Se llegó a una democracia tan débil que casi no aguanta ni el 23-F: si Tejero dispara a Gutiérrez Mellado en vez de querer tirarle al suelo, la democracia se acaba ahí. Aquí quien cargó con la lucha fue el partido comunista, que después hizo grandes concesiones y que en 1982, cuando ya no eran necesarios, fueron borrados del mapa. Aunque fui duro con ellos en Enterrar a los muertos, la historia no los ha tratado bien.

P. Usted arranca junto a Ferrero, Gándara, Fernández Cubas... haciendo toda una literatura evasiva, muy alejada del realismo que practica ahora.
R. Durante años, en mi obra la realidad y lo colectivo no parecían existir; hoy me siento más a gusto con este Pisón que escribe con personajes y ciudades y épocas concretas; he borrado parte de mi producción porque es testimonio de lo que era.

P. Enterrar a los muertos, Dientes de leche, Partes de guerra, el guión de Trece rosas... ¿Voluntad de cronista de la transición?
R. La parte colectiva ocupa cada vez más en mis libros, aunque no se puede hablar de Historia en mayúscula sin acercarse a las historias de la gente corriente, que es lo que debe hacer un escritor. ¿La transición? Es mi época, mis años de formación. Cada escritor tiene un territorio de memoria en el que escarba. Me cuesta hablar de la actualidad: el mundo de mis personajes no es el de los móviles ni los portátiles.

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CRÍTICA:
La vida secreta
Por Jordi GRACIA 

Desde su mismo título, El día de mañana concentra la amargura y la ironía de una trabada y poderosa novela sobre nuestro origen reciente, en la década larga de la agonía del franquismo y la sociedad franquista.

El calor a la novela se lo pone su misma trama de vínculos, el tejido bajo de una Barcelona hecha de librerías de barrio, inspectores de policía, trabajadores, fábricas y otros desasistidos. Con ellos explora metódica y sutilmente la zona difusa en la que la pérdida y el vacío se convierten en el estado natural de las personas sin que de su parte hayan puesto graves errores o sin que la dictadura sea la coartada perfecta. No es una novela de víctimas; es una novela sobre mayorías sociales casi siempre invisibles para la mayoría de las novelas. Es una novela de destinos lúgubres o nada más que comunes, sin demasiada suerte para acertar con una vida mejor. Casi todo empieza en una riada destructiva en la Tarrasa de 1962 y casi todo termina en una casa sin terminar y en unos balazos casi ya fuera de plazo, cuando la ultraderecha paraestatal va perdiendo la protección de las jefaturas de policía y todos los niños hablan con los payasos de la tele Gabi, Fofo y Miliki. En medio respira la España que espera a noviembre de 1975.

De ella forman parte la docena de testigos que han vivido por debajo de la línea de visibilidad pero están por todas partes: las pequeñas tragedias de familias pequeñas con casas pequeñas, ambiciones pequeñas, destinos pequeños y unas dosis de fortuna tan pequeñas como casi todas las fortunas. Por eso la novela sobre todo trae a la memoria de hoy la ambigüedad moral de la vida bajo la dictadura y bajo el subdesarrollo. Pero Pisón ha hecho pivotar ese mosaico complejo en la biografía de un perdedor con marca de fábrica y secreta complejidad hasta el final: Justo no es nunca sólo un inmigrante que se hace soplón de la policía política franquista ni es sólo después un resentido ni es tampoco sólo un cómplice rebotado de la ultraderecha. Ese no ser sólo lo que parece vale para todas las peripecias narradas pero es Justo Gil, el Rata, quien se alza con la metáfora más compleja del libro porque no es sólo una víctima del cambio de poder tras la muerte de Franco ni lo es sólo de su biografía atropellada. Quizá lo es, sobre todo y como casi todos, del laberinto de insatisfacciones sentimentales y afectivas que no dependen ni de la dictadura ni de la resistencia a la dictadura.

Con casi todos los personajes la vida ha hecho lo que a ella le ha dado la gana: el heroísmo está expulsado de este libro porque es una narración pensada para quitarnos alegrías jactanciosas sobre la transición (sin cargarse la transición). La humaniza y le quita el triunfalismo que a veces se nos pone a los historiadores para echar luz en los ámbitos domésticos y las vidas privadas (y algunas de las páginas más conmovedoras tendrían la ilustración en blanco y negro del mismo Forcano que ilustra la portada). Martínez de Pisón pierde piedad e impasibilidad y gana retranca cuando la novela se va, de la mano del soplón, hacia los ambientes burgueses, las salas de fiesta de moda -Boccaccio- y la clandestinidad política, hacia los universitarios militantes y las tentativas patéticas de liberación sexual. Pero para ninguno de ellos el día de mañana resuena como una cantinela tan sarcástica como con Justo.

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CRÍTICA: LIBROS
Estuario Tomás Segovia
Por Manuel RICO 

Poesía. El símil de ecos manriqueños -estuario- que da título al último libro de Tomás Segovia (de Jorge Manrique es la cita que lo abre: "Nuestras vidas son los ríos...") es una confirmación de la raíz experiencial de su poesía.

El propio Segovia lo ha dicho más de una vez: "Para mí, la poesía es un vaso comunicante con todo el resto de la vida, cualquier parte de ésta puede dar entrada al poema", llegó a afirmar en 2005, al poco de recibir el Premio Juan Rulfo. Desde esa perspectiva, hay una coincidencia con los poetas de la generación del cincuenta. De algún modo, es el verso suelto de esa promoción poética, la prolongación de la misma en el exilio. Segovia, por fecha de nacimiento, es también niño de la guerra, pero opta por una estética muy alejada de la dominante en la generación. Su formación literaria, en un ecosistema cultural como el de México de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, muy diferente de la de la España de posguerra en que se forman los "poetas del interior", hace de su poesía un universo lleno de tensión lírica en el que los azogues existenciales aparecen fundidos con el afán de investigación en la palabra y alejados de experiencias directamente reconocibles o del verso de filiación realista. Estuario representa la "entrada al poema", dicho sea con la formulación del propio Segovia, de la edad de la conciencia del tiempo sobrante, de la etapa del recuento, de la de la recapitulación ya superados los ochenta años. Es un libro denso que se despliega a lo largo de seis apartados en los que la vida, las distintas vertientes de lo cotidiano, del amor, de la memoria y de la relación del poeta con el entorno y con los otros cobran un protagonismo sutil, quintaesenciado, como si cada uno de los textos, más allá de la anécdota originaria, ahondara en su trastienda, en sus zonas más misteriosas: "Lo que habita detrás de la puerta trasera / Era y no lo sabíamos lo suficiente". Tal vez la intención de Tomás Segovia al escribir Estuario no haya sido otra que indagar, con el lenguaje, en lo que habita en esa otra dimensión. El gozo de vivir, la iluminación de algunas zonas del pasado, especialmente de la infancia ("Salir a cualquier hora / Era siempre salir a la gran plaza"), la reflexión sobre el poema y sobre sus vínculos con la vida, son territorios que Segovia ensambla con su pasión, casi desde el origen, por la palabra poética, por lo que él mismo llama "lo indecible", y con la reflexión sobre el sentido de la existencia desde la perspectiva de la vejez (desde el "otoño"). Ambas tensiones conviven con la aspiración a un mundo diferente, más racional y más justo ("Lúcidamente sé en la mañana mía / Que tener domicilio en un mundo visible / Es tener domicilio también en la verdad"). El libro se cierra con un poema-homenaje a Ramón Gaya en el que Segovia juega con la perspectiva y con el diálogo, en segunda y tercera persona indistintamente, con el poeta y dibujante desaparecido hasta unificar alientos para alcanzar, en la ficción, el discurso compartido. Un colofón emocionado e intenso a un libro a la altura del mejor Tomás Segovia.

Articulo : http://cultura.elpais.com 16/04/2012

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