dimanche 13 mai 2012

Andrea BLANQUÉ/ Para lujo de la desmemoria


OBRAS COMPLETAS DE NANCY BACELO
Para lujo de la desmemoria
Por Andrea Blanqué

POR FIN HAN llegado, con el título El velo magistral que esconde todo, las obras completas de la poeta y gestora cultural uruguaya Nancy Bacelo (Nico Pérez, 1931-Montevideo, 2007) quien, a pesar de su importante rol en la literatura nacional, no parece haber sido canonizada y difundida con el mismo vigor que otros.

Existió alguna vez el lugar común de que "era una mujer poderosa". Por cierto, tuvo poder y lo usó para realizar emprendimientos. Pero cabe preguntarse cuál clase de poder era el suyo. Porque con 50 años de producción poética, hasta este libro, era muy difícil dar con un poemario de Nancy Bacelo.

No solo no existía una antología de su obra, sino que sus libros, editados casi todos por su autora en sellos que ella misma creó, no se vendían más que en la Feria del Libro y el Grabado. Salvo en esas noches calurosas de jazmines y actividades musicales, era difícil dar con los especiales libros-objetos de Nancy Bacelo.

La escritora se empecinó en no salir a la palestra poética del modo habitual, en editoriales de nombre o a través de concursos de inéditos. Pero además concibió una nueva manera de producir libros de poesía. En los años 60 y 70 fue una pionera que utilizó recursos seductores y no convencionales para llegar al público: desde los poemas ilustrados con que se entusiasmaron los jóvenes dibujantes del Club de Grabado, hasta la elaboración de ingeniosos libros/artesanía que incluyeron, por ejemplo, la impresión en letra manuscrita, o volúmenes "pobres" en papel de diario y tapas de cartón, o poemas en servilletas, en botellas, en bolsas, en macarrones pintados de negro y, sobre todo, la difusión de la poesía oral.

La oralidad de la poesía, que hoy es moneda corriente en las nuevas promociones de poetas, fue defendida desde la Feria del Libro y el Grabado con lecturas públicas. Varias promociones nuevas encontraron allí su punto de partida. Ella misma también en ocasiones leyó en peñas con una voz tanguera inolvidable para los testigos que la escucharon.

Inclasificable, distinta. Cuando Nancy Bacelo llegó a Montevideo a los 18 años, desde Nico Pérez, a estudiar en el Instituto de Profesores y a concurrir a la ópera y a las tanguerías, la generación del 45 estaba en su esplendor. Nancy era de la siguiente "generación", aunque habría que repensar ese corset en este Uruguay tan clasificatorio, que desde los liceos embute a los seres humanos el concepto de "generación". Cada pocos años, los estudiosos descubren una camada.

La edición de este libro -titulado con un verso de Bacelo: "El velo magistral que esconde todo"- estuvo a cargo de la escritora Silvia Guerra, quien ya ha trabajado en la investigación de la poesía de estas tierras. (Véase El ojo atravesado, correspondencia de Gabriela Mistral con uruguayos, libro publicado en Chile en coautoría con Verónica Zondek).

El velo magistral que esconde todo es un volumen contundente. No solo por sus casi 800 páginas, y porque es posible apreciar el valor de la poesía reunida de Nancy Bacelo, sino porque incluye más de 50 textos de recepción de lectores calificados. Si bien algunos comentarios se superponen conceptualmente, es una manera de observar (a veces para escándalo) cómo funciona el sistema cultural uruguayo, cómo se mueven sus personajes y cómo un autor es canonizado o no, o a medias.

Salta a la vista en varias críticas (que incluyen nombres claves), la pulsión común de colocar un poeta en una serie. En el extremo está Ruben Cotelo, quien insiste en la tradición erótica de las poetas uruguayas, en la cual coloca a Nancy. Este crítico resulta el emergente de una corriente de pensamiento que ha asimilado la producción poética de las escritoras uruguayas a una exclusiva temática sexual, como si a estas mujeres el mundo no les concerniera, tan solo su cuerpo y su afectividad.

Luego, está la cuestión de la generación desde el punto de vista etario. Cuando Nancy Bacelo comenzó a publicar sus poemas -su primer libro fue Tránsito de fuego, en 1956- la tan aplaudida Generación del 45 ya había impuesto su hegemonía. Verdad es que Monegal publicó algunos poemas de Bacelo en las páginas literarias de Marcha, pero, en esos días de la década del 50, Idea Vilariño era la verdadera diosa de la poesía.

La Otra Idea de mujer. Los famosos Nocturnos de Idea Vilariño se publicaron en 1955, y el best-seller poético Poemas de amor llegó en 1957. Ya llevaba varios libros publicados y alabados por la crítica hasta extremos indecibles (véanse al respecto reseñas de Emir Rodríguez Monegal y Mario Benedetti). A pesar de su aparente perfil bajo, Idea Vilariño era central en esa generación del 45 que estaba en su apoteosis. Era el modelo, la norma a la que una mujer poeta podía aspirar desde el punto de vista artístico y, en algún aspecto, social, pese a la famosa anécdota de la censura de Quijano.

Bella, admirada y rodeada de un aura de misterio, sus poemas daban cuenta de una opción amorosa heterosexual apasionada y una postura intelectual estricta y paradigmática, como lo ejemplifica el libro que siguió a Poemas de amor, Pobre mundo, en 1966. Al final de la década del 60 un poema de su autoría musicalizado por Los Olimareños, titulado "Los orientales", funcionó como banda sonora urbana. Con él, los altoparlantes convocaban y amenizaban actos políticos.

La trayectoria de Nancy Bacelo fue distinta.

"Hay otros mundos pero vivo en éste". Bacelo, nacida en un pueblo remoto ("Nací en José Batlle y Ordóñez/ Lavalleja, por más datos,/ que también es Nico Pérez, Florida de rato en rato") desde niña amó el teatro, la música y la poesía.

En la familia había corrido la sangre. De su abuelo, don Froilán, realiza un elocuente retrato: "Herido de lado a lado/ no quiso bajar la guardia/ y en su bayo iba montado/ contra el cuerpo y con su carga (...) Y enderezó hacia el Brasil/ con el plomo y con la suerte./ No era hombre de redil. Se peleó hasta con la muerte". Pero la niña debió vivir la tragedia familiar intramuros: un disparo dentro del hogar marcó su existencia y su poesía.

Solo tiempo después del suceso, Nancy supo qué había sucedido con aquel padre que había desaparecido. Sergio Justo Bacelo se suicidó de un tiro dejando a su esposa en avanzado embarazo, con una nena, Nancy, de menos de tres años. Y a cargo de otros seis niños, huérfanos, los hijos sin madre del primer matrimonio paterno.

Esta carencia marcará a Bacelo "desde el cielo" en numerosos poemas, como el "Olor a pólvora" que recuerda en el libro De sortilegios (2002), hasta el rostro que se evade, el esquivo rostro del padre que no puede recordar ("Pero esa cara no se asomará"). La barrera de los otros no le permite encontrar ese fantasma: "la foto de papá que nunca he conseguido".

El padre ausente se hace presente en la poesía de la hija que abandonó junto a la vida: "van dos niños tomados de la mano/ por un pretil angosto seguidos por un ojo/ (-son sus hijos-)". El citado padre continúa escabullido: "los niños no jugaron con su padre". Es una sensación fundacional en Bacelo, cuya poesía, de fuerte tinte autobiográfico, hace hincapié en la soledad, la ausencia y el destino en forma de azar que impide a los seres humanos cambiar lo que la suerte les deparó.

En este sentido, son numerosas en su obra las referencias al tarot, a la baraja, como si vivir fuera algo sin el control profundo del yo, el cual debe bregar, tenaz, contra sombras oscuras.

Una mujer fuerte. Parodiando el "Padre nuestro", en un poema titulado "Ora pro nobis", Bacelo enumera una sucesión de ruegos. Jugando con la tipografía -como a veces gustaba- usa las mayúsculas: "Te pido un poco de luz sobre el recinto. Un poco de piedad/ para la búsqueda frecuente y para el HALLAZGO DE LO NO FRECUENTE. No me dejes/ caer en la tentación de abandonar la lucha y la pelea".

Subyace en esta poesía una cierta épica del individuo, de su capacidad de resiliencia en momentos durísimos, como, por ejemplo, la dictadura. Varios poemas de los 70 y 80 aluden a la presión contra la pared, al muro de vivir sin libertad y en injusticia: "-sabe cuánto empujó/ para gran lujo de los desmemoriados-".

El mejor poemario de Bacelo, Los símbolos precisos (1983), de breves poemas que comienzan con la anáfora "una mujer/ esta mujer", muestra la voz de una verdadera guerrera, cubierta ya de polvo (metáfora que aparece desde temprano en su poesía) que "se desespierta navega como puede", que "escampa un duro amanecer", que está cansada -"tiene cansancio de explicar/ lo que no tiene explicación"- pero que a pesar de todo venda sus heridas: "envuelve su corazón/ en un pañuelo". En definitiva, elige estar ahí, donde está desde siempre, en su lugar, su puesto en el cosmos ("Una mujer sabe/ que vive entre fantasma/ pero comulga con los ángeles/ y no le importa/ nada nada").

En varios poemas se alude a la paciencia, a la capacidad de mirar en lugar de desacomodarse o empeñarse. Así se llega a "Una mujer golpea contra la adversidad/ tiene conciencia de su suerte/ -luchar es la consigna- apuesta al sol la luz la mañana/ la mesa con mantel de desayuno/ los gritos de los niños en la calle/ el desafío cierto a la belleza". Es tiempo de aceptarse, a pesar de golpear el pecho por la "inmensa pena que le parte la vida".

Outsider. Esta escritora es dueña de un ritmo avasallante, de una gran fluidez a la hora de jugar con las aliteraciones, repeticiones, diminutivos, palabras casi fetiches -cotidianas- y resonancias. Usa un léxico mágico y ancestral (sustantivos como sol, sal, flor, llave, cielo, mar, polvo, aire, luz, rayo, gota, piel, torrente). Es capaz de escribir (en tiempos de abandono de la métrica y la rima) modernos versos con rima consonante y asonante, par e impar, y lúdicos endecasílabos, octosílabos, coplas, cantares o, simplemente, como una artesana, hilvanar con soltura un largo poemario, en una cadena de pequeñas estrofas donde cada una guarda independencia de sus contiguas (como el sonoro Cantares de 1960).

Sin embargo, pese a su talento, fue relegada. Sus libros de juventud obtuvieron premios importantes, de poesía édita, pero pronto Uruguay encasilló a Nancy Bacelo en la hacedora de la Feria y se dio por satisfecho. No parece ser una voz central de la poesía en el imaginario colectivo.

Cabe preguntarse si ella lo buscó, si evitó la pasarela de papel y eligió la figura de luchadora solitaria, marcada por la rareza. Quizás esta fue una decisión madurada por los años. O fue fruto de su mirada sobre el mundo que, de algún modo, se le ofrecía como un desfile de disfraces. La metáfora del disfraz, del vestido impuesto, aparece varias veces a lo largo de su obra como uniforme que ella se niega a llevar, como igualación a la que no está dispuesta a plegarse: "No es cuestión de engranaje, sino de cambiar de traje".

Tal vez, cuando muy joven se trasladó a Montevideo, donde se enamoró de peñas tangueras y estudió en el Instituto de Profesores -pasaje obligado durante décadas para los que querían vivir con la literatura- cuando comenzó a codearse con literatos, pudo surgir ante sí la tentación del demonio: triunfar.

Viviendo en la calle Durazno, visitaba a Vilariño, quizás con la necesidad que los muy nuevos tienen de descubrir los caminos de aquellos dedicados al arte. Desde ese barrio, comenzó a tejer sus afectos: la amistad con la escritora Paulina Medeiros, y más tarde, en el IPA, inició una larga relación con la poeta Esther de Cáceres. Sin embargo, en una de las declaraciones de Bacelo recogidas por Guerra al final del libro, Nancy fue clara: "Nunca me involucré en los antes llamados cenáculos literarios o con los movimientos. Pero no por resistencia sino por modalidad, porque a pesar de todo soy bastante tímida, aunque no parezca".

Un poema muestra su postura ética: "Me senté a la mesa con comensales/ de rangos diferentes. Bebí en sus copas/ (...) Eran unos señores que encontré en el camino." Y en el poema "Comen/sales" del libro De sortilegios explicita su desdén por una actitud literaria que no es la suya: "En algunos festivales ves sentados/ en la misma mesa/ a señoras y señores que la historia/ se encargará de vestir o desvestir sin lástima./ (...) Poco importa. El apuro en quedar/ no cuenta en los relojes/ sino en el silencio del que atraviesa/ desnudo con su luz en medio de la multitud/ y se escabulle para que el ruido/ no estorbe la maravilla de su música".

Hacer en vez de parecer. Pero Nancy Bacelo, a medida que fue constatando su propia voz, en esos libros que ella misma diseñaba con amor y voluntad, no se dedicó al ostracismo literario. Al contrario: a través de su gestión cultural -la primera en el sentido que hoy se le da al término, cuando las universidades crean carreras con ese rótulo- propició un aluvión de jóvenes creadores de distintas artes. De hecho, la revista de poesía que inició junto a Circe Maia y Washington Benavides, Siete poemas hispanoamericanos, siempre la colocó como una hacedora de poesía que produce, no que "figura".

Al final de El velo magistral se lee lo que pensaba al respecto: "Sigue prevaleciendo la idea de que la cultura puede ser un adorno: somos los bufones de la corte. Hace falta una ubicación mínima de lo que yo creo que es cultura: algo alegre, no competitivo, lleno de vitalidad." Y esa vitalidad para la cultura, el encuentro entre el arte y el público y los hacedores de todas las disciplinas, es lo que buscó promover a través de su vida.

Apenas cinco años después de la publicación de su primer libro, Tránsito de fuego (1956), y luego de haber editado dos más que la afirmaron como poeta (Círculo Nocturno en 1959 y Cantares en 1960), inventó algo totalmente removedor en la sociedad montevideana y en la cultura uruguaya, una Feria del Libro (1961-2006), que dadas las ideas estéticas de su creadora, tenía un fuerte carácter interdisciplinario.

Quizás allí haya surgido la suspicacia. Cuando se lee una reseña anónima de 1963, demoledora con su libro Cielo solo (1962), se descubre que a algunos ya la figura de Nancy les producía cierta irritación. Joven, del Interior, lesbiana y sin filiación a cenáculos literarios ni políticos, profundamente renovadora, parece que al reseñista le "hirvió la sangre en las venas", y escribió "dándole de punta y hacha" contra esos poemas, a la manera de Martín Fierro -libro a quien el mismo crítico en otra parte asocia a Bacelo-.

Hoy, gracias a internet, es posible descubrir que esa agresiva reseña titulada "Contenido y continente", fue escrita también por Ruben Cotelo, que paradójicamente, antes, había leído con cierta simpatía los libros de la incipiente Bacelo. Pero con esta nueva reseña de 1963 se advierte -amén de la libertad crítica-, la ira que producía en la sociedad un individuo como Nancy, esa mujer creativa y homosexual que insistió en la no sujeción a la norma.

Tal vez para algunos Nancy Bacelo era molesta. También los militares durante la dictadura le hicieron la vida bastante imposible y la Feria, que durante algún tiempo se trasladó de un lado a otro, estaba siempre al acecho del golpe de la censura y de la mediocridad.

EL VELO MAGISTRAL QUE ESCONDE TODO, de Nancy Bacelo, Edición de Silvia Guerra. Fundación Nancy Bacelo, 2011. Montevideo, 784 págs.

¿Mejor no hablar?

ES CURIOSO que, en la gran cantidad de reseñas y semblanzas que recoge la segunda parte del libro concebido por Guerra, la mayoría de los críticos eluda el sesgo lésbico de la poesía amorosa de Bacelo y su constante alusión al estigma con que la ha marcado el mundo. Hay coartada: Nancy no explicita gramaticalmente que el tú amado/deseado sea masculino o femenino.

Solo al final de El velo magistral, luego de varios y buenos artículos que atienden a la sonoridad, el trabajo lingüístico y metafísico de esta poesía, o su itinerario a través de la literatura uruguaya, surgen dos artículos que redondean el volumen y le dan un sello excepcional. Se trata de los ensayos de Alicia Torres y de Roberto Echavarren quienes, conscientes de que son lectores en el siglo XXI, y de que Nancy Bacelo escribió en un Uruguay homofóbico y pacato, señalan ambos la necesidad metafórica de la poeta para poder trabajar su verdad.

Torres y Echavarren descorren "el velo magistral" de bellas palabras y sonidos y encuentran eso escondido, que está detrás, en segundo plano, en el mundo privado, íntimo, que habla y calla, que no lo dice todo, pero que late, ya por placer o por lacerada llaga.

Con la lectura de estos dos artículos imprescindibles ("La poesía de Nancy Bacelo como escritura privilegiada de la autobiografía", de Torres, y "Caprichosas verdades del destino: sobre Nancy Bacelo", de Echavarren), es casi un deber volver a leer los libros de Bacelo desde el principio en esa clave. Entonces relumbrarán en la oscuridad esas frutas tantas veces aludidas, esos torrentes y alusiones marinas, esos pétalos de flor que incluso se "arrancan", se "recortan y pegan".

En el Uruguay sesentista de fuerte presión ideológica, mientras en América Latina se extendía el grupo Tradición, Familia y Propiedad, y en Cuba Fidel Castro condenaba a los homosexuales, Nancy Bacelo, una mujer uruguaya y sola, miraba con ojos abiertos su identidad: "ojos/ que ven la/ verdad/ den gracias porque son ojos/ que ven / en la oscuridad".

De ese modo, es posible disfrutar a Bacelo como una autora "erizo", siguiendo a Isaiah Berlin. El filósofo lituano/inglés retoma a Arquíloco y su frase "Muchas cosas sabe la zorra pero el erizo sabe una sola, y grande", y percibe como zorros a aquellos escritores que están en actitud constante de búsqueda, de perpetua transformación de identidad y acomodo en el heterogéneo mundo. El erizo, en cambio, permanece con su esencia, su cotidianeidad, sus ideas, su lógica -sus púas- que le permiten sobrevivir. Y escribe siempre sobre ello. Como Bacelo.

Articulo: http://www.elpais.com.uy13/05/2012

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