TRIBUNA
Carlos Fuentes: su verbo, ahora, derrota
el tiempo
Por Ricardo LAGOS
Desde la inmortalidad de su obra su
mensaje queda más vigente que nunca
Impactado por la noticia de su muerte,
intenté reiteradamente un twitter para compartir con todos de inmediato cómo
dar las gracias a Carlos Fuentes.
Después de mucho puse: “Gracias Carlos
Fuentes por regalarnos la belleza de las letras para contar historias
inolvidables y exigir un mundo más justo y solidarios”.
De eso se trataba. Carlos Fuentes el
hombre de letras. Carlos Fuentes el político con compromiso. Carlos Fuentes el
intelectual. Carlos Fuentes el que amaba la vida. Es que son muchos Carlos
Fuentes. Casi tantos como los cinco soles de México que él describiera con
elegancia y nitidez.
Quiero hablar más que del literato que nos
regalaba la belleza de sus palabras engarzadas una tras otra en torno a una
novela o cuento. Quiero hablar del político, que yo le decía a ratos llevaba
oculto. Porque claro, el político, el hombre que piensa el futuro, cómo moldear
una sociedad para hacerla mejor, estaba también en esas historias inolvidables
en sus novelas. No sólo en La silla del águila, no sólo cuando escribe En
esto creo. Esas 41 palabras que van de “amistad” a “Zurich” y que reflejan
su pensamiento en temas pasando por educación, globalización, historia,
izquierda, Iberoamérica, Kafka, política, revolución, sociedad civil.
Tuve el privilegio de la amistad de Carlos
Fuentes. De conocer su compromiso con cómo hacer que el mundo sea mejor. ¿Cómo
discurrir de las coordenadas para lograrlo? Dar el último y gran esfuerzo como
intelectual. Porque éste, en último término, analiza la sociedad en la cual
vive y de tanto pensarla concluye que puede perfeccionarse. Aunque sea un poco,
pero perfeccionar es cambiar lo que existe y entonces, la relación entre el
intelectual y el poder se torna compleja. El poder por definición quiere
mantener un statu quo precisamente para seguir conservándolo. Pero el
intelectual cuando lo cuestiona está siendo el acicate indispensable para crear
un mundo mejor. Y este acicate Carlos Fuentes lo entendía a cabalidad. Este
acicate Carlos Fuentes lo comprendía como el rol fundamental en donde, o usaba
las bellas letras de la novela o usaba esas mismas bellas letras para avanzar
sus ideas, para castigar a aquel que lo hacía mal y decirlo con claridad y para
a aquel otro que iba, a su juicio, en la dirección correcta. Un testigo
apasionado de su tiempo. Y fue también un testigo capaz de denunciar las
injusticias de su tiempo. Fue en cierto modo un político que entendía que su
cátedra era el verbo y la palabra. Que entendía que su rol era interpretar este
mundo en el que le tocó vivir, en que la globalización se enseñoreó del planeta
y cómo tener entonces una globalización con rostro humano que retomara a escala
planetaria las necesidades de una gobernanza civilizada como civilizado fue el
esfuerzo que se hizo desde la Revolución Francesa por tener una democracia en
beneficio de las mayorías al interior de nuestros países.
Pero cuando cae el Muro de Berlín y luego
cae Lehman Brothers, muchas estanterías dogmáticas caen también. Hacen falta
las estanterías, de la tolerancia, de la ausencia de prejuicios, de la
sabiduría humana para enfrentar con otras ideas una ruta para continuar el
progreso. Y allí entonces la palabra de Carlos Fuentes se hace indispensable,
porque no era hombre ni de dogmas ni de aceptación de verdades reveladas. Era
un hombre que creía en la razón, en la explicación y en el diálogo. Y lo hacía
con fuerza, como corresponde a aquel que está convencido de lo que creía.
Tuve el privilegio, además de su amistad,
al final de su vida por una forma fortuita, de tener un diálogo largo de dos
días y medio. Carlos Fuentes presidía el Foro Iberoamericano y me invitó a
co-presidirlo con él en el año 2006. Se iniciaron así cinco años de
conversaciones ininterrumpidas de qué tratar en el próximo Foro, de la crisis
económica, de los TICS, de cómo nuestra América enfrenta nuevos desafíos y
somos inmunes a un nuevo populismo. Con motivo de una de estas conversaciones
alguien nos propuso: “¿Por qué mejor no siguen hablando frente a una
grabadora?”. Surgieron entonces lo que, creo, fueron algunas de las últimas
conversaciones largas de Carlos Fuentes sobre los temas de nuestro tiempo.
Sobre “el siglo que despierta” y en donde de una manera un tanto desvertebrada
—como toda conversación debe ser— fueron surgiendo temas, sugerencias y
desafíos de este mundo de hoy.
Allí surgió entonces de nuevo el hombre
que, con más de 80 años, mira el camino recorrido y al final dice “no sé si
tengo más certezas que ayer, porque los cambios son acelerados, pero los
principios que han guiado mis pasos en la vida, son los mismos, no han
cambiado. ¿Cuáles son los instrumentos con los que los llevo a la acción en
este mundo en cambio? ¿Cómo paso de mis certezas del Estado-nación al planeta
global? ¿Cómo logro dar ese salto que, —me permití decirle—, es como cuando se
pasó del alto medioevo y los señores feudales al poder del Estado central y el
surgimiento del Estado nacional?”.
Estos grandes temas de nuestro tiempo son
de los que Carlos Fuentes a lo largo de sus años fue un faro y un guía. Su
palabra y su verbo eran escuchados por todos. Políticos y gobernantes,
empresarios y académicos, trabajadores de cuello y corbata y de overol. Ese
Carlos Fuentes que se va nos deja el sello del compromiso grande del
intelectual. Sé que se ha discutido mucho sobre literatura comprometida. La de
Carlos era una literatura comprometida con la calidad, con la excelencia que
emanaba de su pluma, pero al mismo tiempo, sea en la novela, en el ensayo, en
la conferencia, el maestro hablaba siempre con sus principios diáfanos para
hacerlos realidad. Ahí estaba Carlos Fuentes, el político, ese político que nos
deja una estela de ilusión en el pensamiento, en la cultura y en el diálogo.
Y en la amistad de una conversación larga,
que no termina cuando Carlos Fuentes se va, sino a lo mejor comienza de una
manera distinta con las enseñanzas y sus escritos que son de una lealtad
permanente en aquello que se cree. Cada uno debiera también escribir En
esto creoy, de esa manera, acercarse a la transparencia de un hombre íntegro
que convivió con el poder, pero que lo colocaba en su justo lugar, porque sabía
que había un poder superior: el de las ideas del intelectual lúcido que él fue.
Ese poder que se pone al servicio de los que más lo necesitan. Por eso, dije,
quería un mundo más justo y más solidario. Es el gran legado que nos deja el
amigo que se fue y desde la inmortalidad de su obra su mensaje queda así,
transparente más vigente que nunca. Su verbo ahora, derrota el tiempo.
Ricardo Lagos fue presidente de Chile
entre 2000 y 2006. Es coautor junto a Carlos Fuentes de El siglo que
despierta, Taurus.
***
Una autobiografía literaria de Carlos
Fuentes en diez libros
Por Winston MANRIQUE SABOGAL
Carlos Fuentes evocó, el verano pasado, su
trayectoria personal y creativa en un recorrido por sus libros más emblemáticos
A los 11 años, Carlos Fuentes recibió el
premio del Instituto Nacional de Chile, en Santiago. Para entonces ya había
escrito pequeños ensayos, cosas breves y, cuando tenía 18 años, participó en su
escuela de México en un concurso de literatura. Ganó el primero, el segundo y
el tercer premio. “Así decidí que mi destino estaba hecho. Y el de mis amigos
también, porque se dedicaron a la política, no teníamos otra salida”, dijo
mientras subía las cejas con risa burlona en la playa de Formentor, en
Mallorca, donde el verano pasado recibió el Premio Formentor de las Letras.
Allí desandó sus 82 años de vida por medio mundo. Gracias, primero, a la labor
diplomática de su padre y después a los caminos por los cuales lo reclamó su
propio éxito literario, hasta convertirlo en uno de los autores e intelectuales
hispanohablantes clave de la segunda mitad del siglo XX y XXI y uno de los
pilares del boom latinoamericano junto a Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y
Gabriel García Márquez. Allí, a orillas del Mediterráneo, trazó su arco
personal y literario y evocó algunos de sus libros.
‘LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE’
México habla al escritor (1958)
“Pertenecía yo a una tradición, era muy
amigo de Rulfo. Admiraba mucho su obra y me parecía que El llano en llamas y
Pedro Páramo eran obras definitivas que cerraban un capítulo de estilo, de
temática; y quedaba otra parte de la ciudad que no estaba escrita. Yo viví
mucho la ciudad: fui muy parrandero, iba a cabarets, a burdeles, a los bailes,
conocía mucho a la gente. Salía con Salvador Elizondo, éramos compañeros de
parranda, y él se admiraba de mí y, a veces, cuando estábamos en alguno de
estos sitios, me decía: ‘¿Por qué mejor no ves a las muchachas en lugar de
estar tomando notas?’. Pero yo lo hacía, sin saberlo, para La región más
transparente. De manera que cuando me senté a escribir la novela tenía una
cantidad de elementos ya guardados inmensa, y la ciudad misma que estaba
clamando por ser escrita. Yo sentía eso, que la ciudad me gritaba: ‘¡Escríbeme,
por favor!, ¡Escríbeme, ¿por qué nadie me escribe?!’. Cuando salió decían que
esa novela no valía la pena”, recordaba Carlos Fuentes. Así surgió una gran
novela urbana cuyos retratos siguen vigentes.
‘AURA’
La luz y Maria Callas (1962)
“Estando en casa de una amiga en París vi
que ella salía de la recámara y al pasar por el tragaluz, ella, de tan solo 20
años, se transformó en una vieja por la luz que le cayó de repente. Así nació
Aura, que escribí en cinco días en un café de París en 1962. Creyendo, como
puede uno creer, que la obra era muy original, que no tenía antecedentes, la
verdad es que no es así. Uno de ellos lo recordé más tarde, cuando vi en
México, en los años cincuenta, La Traviata con María Callas. Ella hacía algo
extraordinario al final de la ópera; mientras todas las sopranos echan el Do de
pecho y se despiden con un aria enorme, María Callas no. Ella iba apagándose
como una llama y cantando más levemente. Se apagaba la voz, se apagaba la vida.
Eso me impresionó, y tiene que ver con Aura”. Esa historia de la joven que vive
con su tía anciana y viuda y que Felipe Montero quiere liberar hasta que en su
empeño entra en la confusión de la realidad.
‘LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ’
Pasado, presente y futuro (1962)
“Entre tanto escribí La muerte de Artemio
Cruz, que me faltaba como novela de mí país, de la revolución mexicana. Pero
también era yo muy conciente del antecedente realista de otros autores
españoles y pensé en la manera de darle otra forma a esta novela. Imaginé que
habría tres personas que la contaban: un moribundo Artemio Cruz, en primera
persona; la conciencia de Artemio Cruz, en segunda persona; y la vida de
Artemio Cruz, en tercera persona. Presente, pasado y futuro”. Con esta novela
empezó a adentrarse en la historia, el pasado mexicano, que sería uno de sus
pilares literarios.
‘CAMBIO DE PIEL’
Para Julio Cortázar (1967)
“Empezado los años sesenta iba muy bien,
pero fue muy problemático porque uno no espera a los 30 años tener tanto éxito.
Eso es antes de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Entonces sí tenía
nervios, dudas, desorientaciones. Publiqué en 1967 Zona sagrada y Cambio de
piel, pero no me sentía a gusto en mi propia piel”. La escribe y la dedica a
Julio Cortázar, cuyo mundo late en sus páginas. Cholula es el pueblo mexicano
en el que cuatro personas, que iban rumbo a Veracruz en un coche, desvelarán
sus personalidades. De nuevo, las sombras de la historia, pero aquí en lo
personal, sobre todo de Javier, que sacrificó sus sueños políticos e
intelectuales por el amor.
‘TERRA NOSTRA’
Un proyecto de 10 años (1975)
“No me sentí bien en mi propia piel y me
preguntaba: 'Después de este éxito qué voy a hacer yo ahora? ¿Acaso voy a ser
de esos escritores que escriben dos libros y se quedan en silencio, como Rulfo,
o acaso voy a tener una existencia literaria más larga? No lo sabía. Entonces
me embarqué en un proyecto literario que duró diez años: Terra nostra. Eso me
dio aliento para seguir. Es una novela en la que tuve que investigar a fondo la
época. Iba escribiendo poco a poco y la novela iba creciendo como una planta,
como un arbolote. La terminé un año nuevo en Washington. Para muchos de mis
lectores es mi mejor novela. Es para una minoría, no es una novela popular, de
ninguna manera”. Es su obra más experimental. Trata del poder trasplantado de
la corona española a sus colonias y para eso se remonta a los orígenes.
‘GRINGO VIEJO’
Un cruce de fronteras (1985)
“Es un continuo cruce de fronteras en toda
clase de ámbitos”, decía de Gringo viejo. La vida del periodista y escritor
Ambrose Bierce, que un día cruza la frontera mexicana y busca unirse a las
tropas de Pancho Villa, le sirve para decir que la vida no es una línea recta,
y que no es solo el factor político el que determina destinos.
‘EL ESPEJO ENTERRADO’
La edad del tiempo (1992)
La historia, el tiempo, la memoria y la
imaginación están imbricadas en sus narraciones. Pero, ¿en qué momento
reflexionó sobre eso?: “Fue a comienzo de los años ochenta. Era un momento
blanco. No había más que nieve alrededor mío. No podía ni salir a la calle.
Estaba muy encerrado y pensaba en el trópico, en las palmeras, en el mar. Y
también en mi obra, entonces pensé en darle un título general y un orden. De
ahí salió el nombre de todo mi ciclo literario: La edad del tiempo”. Entonces
surge El espejo enterrado. De nuevo las relaciones entre España y América. El
mirar atrás. La búsqueda de identidad de una metamorfosis continua. Un ensayo
pormenorizado desde el punto de vista sociocultural. Un mundo que es ahijado de
la tragedia de una vida utópica y real al tiempo.
‘LOS AÑOS CON LAURA DÍAZ’
La mirada de la mujer (1999)
“Las mejores novelistas del mundo son
nuestras abuelas y a ellas, en primer lugar, les debo la memoria en que se
funda esta novela”, escribe. Es la reivindicación femenina en la historia de
México. Narra de manera paralela la historia de una mujer y la de su país
durante una centuria: de 1868
a 1968. Independencias, guerras, revoluciones, guerras
cristeras, PRI, modernidad… y los conflictos del mundo.
‘LA SILLA DEL ÁGUILA’
México, el enigma (2003)
“México es un enigma para mí. Un país que
se desborda y al que he buscado, tratado de entenderlo desde sus orígenes pero
una de las respuestas y señas de identidad es que todo siempre se complica”. Y
aquí lo hizo a través de una obra de corrupción política y de la ambición
desmadrada que parecen sostener a toda una sociedad.
‘ADÁN EN EDÉN’
Lá última cruzada (2009)
Es el comienzo de la última cruzada de
Carlos Fuentes por radiografiar, descifrar y denunciar los males de la sociedad
de su país: el narcotráfico y su capacidad para pudrir el tejido social.
***
El territorio de La Mancha
Por Juan GOYTISOLO
Escribir sobre la muerte de un gran
escritor al que me unían, además, estrechos vínculos de amistad a lo largo
de medio siglo es un ejercicio desolador.
¿Cómo resumir en unas pocas cuartillas lo
que significaron para mí la relación con él y la lectura de las novelas que nos
ha dejado en herencia? Las imágenes del autor, acompañadas siempre de la
belleza frágil de Silvia Lemus, aparecen y se desvanecen ante mí como si al
plasmarlas en el papel se borraran. ¿Existieron, fueron reales en la ficción
del tiempo, desaparecerán una vez evocadas por mi pluma? La angustia del vacío
que nos deja y me atenaza busca aferrarse en vano a lugares y fechas. Veo al
joven Carlos, desbordante de energía y vitalidad, que estrelló su vaso de
tequila contra el suelo para celebrar nuestro primer encuentro.
Al cuate divertido que me acompañó a escuchar los mariachis en la
plaza Garibaldi y me condujo, en compañía de Fernando Benítez y José Emilio
Pacheco, al Teatro Blanquita. Al escritor elegantemente vestido que apareció en
el vestíbulo de la Editorial Gallimard para firmar el contrato de traducción
de La región más transparente o de La muerte de Artemio Cruz.
Veo aún al amigo de siempre en Madrid,
Barcelona, Cuernavaca, Nueva York, Londres, Santander, Mallorca… Su imagen se
esfuma y reaparece como embajador de su país en París, cuando me invitó a su
residencia en la banlieue y me presentó a dos niños, sus hijos, que
me llamaban Juan Sin Tierra, como el protagonista del libro de cuentos que
devoraban. La acronía que manejó sabiamente en sus novelas —pienso en la
fascinadora protagonista de Aura— se ha adueñado de mí al redactar estas
líneas, y le veo tan pronto, siempre con Silvia, en el campus de alguna
universidad norteamericana, contemplando el muro de Berlín desde la atalaya de
Oranienburgerstrasse, o tomando el sol en la terraza de mi casa en Marraquech.
Viajero incansable trataba de seguirle la pista a través de nuestros amigos
comunes o en las entrevistas y reseñas aparecidas en la prensa. El más mexicano
de los escritores era también el más trotamundos. Siempre venía de algún lado o
estaba a punto de hacer las maletas.
Hablar de su novelística es trazar la
cartografía de una navegación solitaria, preferentemente por áreas remotas o
desconocidas. Atento y fiel lector de Cervantes, reivindicaba con orgullo,
frente a la fanfarria patriótica, la nacionalidad cervantina. Si su inmensa
obra —La edad del tiempo— puede ser comparada a la de Balzac por su incisivo
retrato de la sociedad de su tiempo, se distingue de ella en el enfoque de su
trabajo: Carlos no cambiaba de tema, cambiaba de planteamiento literario.
Concebía la obra en ciernes como una incursión en el ámbito de lo desconocido.
Buscaba aclimatarse en un espacio no hollado por pie alguno, “en esos pocos
metros de tierra”, decía, “que los holandeses ganan al mar”. La escritura,
vivida por él como una aventura, convertía en su vez en aventurero al atento
lector de sus páginas.
Recuerdo la dicha que me embargaba al
adentrarme en Terra Nostra,Cristóbal Nonato, Diana o la cazadora
solitaria, El naranjo… Explorador de lo incógnito, Fuentes no amarraba
su nave a puerto alguno. Levantaba el ancla y partía de nuevo. Su asombrosa
vitalidad y poder creativo admiraban a todos sus amigos. Era una fuerza de la
naturaleza y desoía las palabras de cuantos les aconsejábamos una vida más
sosegada. La escritura, me decía, es mi droga diaria, y para desintoxicarme de
ella si aumento la dosis parto de viaje a descansar, a leer o a dar
conferencias. Si quería comunicarme con él recurría a la agencia Balcells.
¿Está en Londres, en Buenos Aires, en Cartagena de Indias? ¿O terminaba acaso
el nuevo libro que preparaba con sigilo?
La última vez que le vi fue en
Aix-en-Provence el pasado mes de octubre con motivo del homenaje que se rendía
a su obra de toda la vida. Rebosaba salud y alegría sin que las jornadas exhaustivas
de la celebración hiciesen mella en él. Le veo, le veo aún en el hermoso jardín
del hotel, siempre junto a Silvia, departiendo hasta las tantas con sus
admiradores y amigos.
Carlos Fuentes
ha vivido hasta el fin en la plenitud de sus dones. No ha conocido los achaques
ni heridas de la vejez. Y ahí está la obra que nos lega para recordarnos la
perdurabilidad de lo escrito, no solo en el vasto mundo de nuestra lengua sino
también en el universal e ilimitado territorio de La Mancha que él reivindicó como
suyo.
Articulo : http://elpais.com 15/05/2012
***
La última canción con Carlos Fuentes
Por Antonio SKÁRMETA
El escritor chileno Antonio Skármeta se
despide de su amigo contando su encuentro en Santiago, hace 10 días.
Hace unos diez días, domingo por la noche,
Carlos Fuentes y su esposa Silvia nos invitaron a cenar con mi esposa en el
restaurante de su hotel en Santiago de Chile.
En junio del 2011 los mismos comimos en un
restaurante de Londres junto el escritor mexicano Xavier Velasco que andaba por
eso pagos escribiendo sobre tenis, acaso Wimbledon. Yo había asistido a la
grabación de las canciones de un musical basado en una novela mía y desde allí
continuó desenredándose una hebra que venía de años en nuestra amistad con
Fuentes: el gusto por los musicales. Cantamos en Londres como habíamos cantado
antes en una taberna de Colorado Springs que terminó en un pugna a lo western
donde todos pelearon contra todos y demolieron el local. Testigo de esto, que
puede parecer exagerado, es el académico doctor Salvatore Bizzarro de Colorado
College. Si la cultura de Fuentes era abarcadora y global en asuntos de
literatura, pintura, cine, historia, política, su conocimiento de musicales no
era nada menor.
Durante la cena reciente Fuentes estaba
contagiosamente jovial: le causaba placer recordar sus años escolares en
Santiago y habíamos compartido ese mismo día, durante el almuerzo en casa del
ex - presidente Ricardo Lagos, una apasionante conversación y un delicioso menú
que sacó literalmente aplausos para el chef.
En la noche el no tomó vino, pero yo sí, y a la primera en que citó una canción, continué cantándola. Se trataba de “Hey there”,un tema que yo había conocido en Chile por los años cincuenta interpretado por Rosemary Clooney o Sammy Davis Jr , y cuyo texto permanecía fresco en mi memoria.
Fuentes me acompañó en un buen trecho de
la hermosa canción: Hey there, you with the stars in your eyes….Al finalizar me
pregunté en voz alta de qué comedia musical se habría desprendido este tema y
arriesgué un título: “Pal Joey”, la genial historia de John O’Hara sobre
pequeños hampones llevada a la escena por Rodgers y Hart.
Fuentes me dijo que no.
Le pregunté entonces de qué comedia era.
No sé, contestó, pero no de “Pal Joey”.
Expresó su negativa con firme
convencimiento y autoridad.
Por la noche me precipité a Google y hube
de darme puñetazos en la frente al comprobar que la canción pertenecía al
musical “The pajama game” de Adler y Ross.
Muchas veces a lo largo de décadas he comentado y enseñado textos de Fuentes y sé que la imagen que tienen de él sus lectores, los alumnos en las universidades, y sus relaciones políticas, es la un brillante enciclopedista, un creador infatigable y un intelectual full time. Pero hoy quiero destacar otro matiz al despedirme de él: este recuerdo de una noche reciente en Santiago donde derrochó calidez y entusiasmo en el conocimiento de asuntos que no tienen la gravedad de las aulas y las tribunas. Se lo dedico con gran cariño a su esposa Silvia en estas horas de desolación.
Articulo: http://www.revistaenie.clarin.com
18/05/2012

