dimanche 13 mai 2012

Daniel GIGENA/ Bajo el signo de la paranoia


Bajo el signo de la paranoia
Por Daniel GIGENA

Dos libros de jóvenes narradores argentinos exploran con temáticas y recursos compartidos imaginarios realistas que parecen destinados a la catástrofe

Dos libros de cuentos de narradores argentinos publicados por editoriales independientes,380 voltios y Los chicos y las guerras , reciclan géneros y temáticas bajo el signo de la paranoia: bandas de amigos armados, con revólver o gomeras, recorren las calles del conurbano para "ver qué pinta" en boliches y veredas; familias clase A recogen cadáveres de víctimas en un Estado gobernado por parapoliciales; zombis excitados invaden el centro de Buenos Aires; el hijo de un diseñador free lance paga las culpas del padre. Esteban Castromán (Buenos Aires, 1975) toma prestadas en 380 voltios voces de diferentes prácticas: del periodismo, la pasión sensacionalista; de la sociología, cierta impersonalidad imperturbable ante los hechos más desgraciados; de la clínica, una casuística sin objetivo evidente. Con perspectiva de "gran angular" obtenida por la suma de los puntos de vista de sus personajes, en general entregados a un destino del que desconfían, sus ficciones paranoicas inquietan al lector porque, en determinada línea de diálogo o pensamiento o descripción, lo reflejan. "Ley seca" cuenta la salida de cuatro amigos de Villa Martelli a una discoteca de San Miguel. El narrador no puede entrar porque usa zapatillas; sus amigos lo dejan en la puerta y él inicia un recorrido exploratorio. Se encuentra con dos chicas de Lanús que lo gozan porque está vestido como un "careta" y cae en un antro donde se siente relajado, hasta que aparece un pseudogurú (y extranjero, para colmo) que vaticina apocalipsis a corto plazo. Harto de escucharlo, dispara un tiro y hiere al barman. Huye para reencontrarse con sus amigos; en el auto una idea liga el deseo sexual con la pulsión mortífera: "Rozo con mis dedos el glande, liberado por un prepucio mortal, del revólver 38 que sostiene el cinturón en la retaguardia de mi cuerpo, enfriándose". Construidos con esos pequeños embragues de sentido, similares a descargas eléctricas, los cuentos de Castromán definen ambientes y personajes sometidos a procesos disciplinarios.

Los chicos y las guerras , de Bruno Petroni (Buenos Aires, 1984), también se nutre de una imaginación formateada por la violencia y la sexualidad. Distintos materiales sociales -los desaparecidos, la Guerra de Malvinas, los años posteriores a la crisis de 2001- aparecen travestidos ideológicamente, a veces por el sarcasmo, la alegoría o el detalle siniestro agigantado por la voz neutra de un narrador impasible: "Mi mujer me acaricia un hombro. Tranquilo, me dice. Una mujer muerta en el medio de la sala, rubia como nuestras hijas, ejemplo de lo que nuestras hijas pueden ser si no son bien educadas, y ella me dice tranquilo" ("Cambalache"). "Japón", otro relato atravesado por tensiones extrañas, saturadas, funciona como documento poscrisis, homenaje a la literatura de David Viñas y tratamiento extraterritorial del paisaje cotidiano. Como los pasos de un experimento donde se elabora una voz propia, sus cuentos construyen, deforman y derriban épicas ordinarias de jóvenes sin futuro (y, sobre todo, sin presente). A diferencia de Castromán, Petroni centra su atención en los rasgos específicos del habla juvenil. No obstante, ambas colecciones de relatos comparten inflexiones, motivos y recursos, como la apelación a estéticas cinematográficas, el uso de la descripción en apariencia inocente de objetos insignificantes o de la imaginación desbocada de los protagonistas orientada casi sin excepción hacia la catástrofe, una catástrofe que, en principio, opera en la lengua.

LOS CHICOS Y LAS GUERRAS
Por Bruno Petroni
Mil Botellas
84 páginas
$ 28

380 VOLTIOS
Por Esteban Castromán
Pánico el Pánico
64 páginas
$ 25

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 13/05/2012

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